| BRECHA 19 de octubre de 2001
Islam político y globalización
imperialista
Al servicio
de su majestad
La asociación entre liberalismo
económico y autocracia política conviene a la clase dominante,
gestionaria de las sociedades de la periferia capitalista. Según
la interpretación de Amin, no será nada extraño que
Estados Unidos se aproveche de los servicios que le presta el islam político
para su proyecto de hegemonía mundial porque no está de ninguna
forma en oposición al imperialismo, todo lo contrario, es su perfecto
servidor.
Samir
Amin *
El drama argelino
muestra la naturaleza y las funciones que cumplen en el conjunto del mundo
musulmán contemporáneo los movimientos políticos que
se proclaman islamistas. Frente a su habitual calificación como
"fundamentalistas", prefiero utilizar la que es de uso en el mundo árabe:
"el islam político". Porque no se trata de movimientos de reflexión
religiosa -los cuales, si bien numerosos, son de hecho poco variados- sino
más vulgarmente de organizaciones políticas cuyo objetivo
fijo es la toma del poder del Estado, ni más ni menos, y que a estos
efectos hacen un uso oportunista de la bandera del islam.
El islam político
no se interesa por la religión a la que invoca, ni propone en este
aspecto reflexión alguna, ni teológica ni de naturaleza social.
En este sentido, no se trata de una "teología de la liberación",
homóloga musulmana de la que existe en los países de América
Latina, por ejemplo. Lo que retiene del islam es tan sólo el conjunto
de las costumbres -especialmente rituales, de los que exige un respeto
absoluto- de los musulmanes de nuestra época.
Simultáneamente,
el islam político exige el retorno de la sociedad al conjunto de
las reglas del derecho público y privado tal y como eran puestas
en práctica hace dos siglos -en el Imperio Otomano, en Marruecos,
en Irán y en Asia Central- por los poderes de la época. Que
en su discurso el islam político crea (aparenta creerlo) que las
reglas sean las del "islam verdadero" (el de la época del profeta)
no tiene demasiada importancia. Ciertamente el islam permite una interpretación
semejante, como medio de legitimación del ejercicio del poder. Así
se hizo en el pasado, desde los orígenes a los tiempos modernos.
Pero en este sentido el islam no es original.
ISLAMISMO
Y DEMOCRACIA
El cristianismo
ha sido el medio de legitimación del conjunto de las pirámides
de poder político y social en la Europa premoderna, por ejemplo.
Toda persona dotada de un mínimo de sentido de observación
y de capacidad crítica no puede ignorar que tras el discurso de
legitimación se perfilan sistemas sociales reales que tienen una
historia. El islam político contemporáneo no se interesa
por esto y no propone ningún análisis -a fortiori ninguna
crítica- de estos sistemas. En este sentido el islam contemporáneo
no es más que una ideología arcaizante que propone a los
pueblos a los que se dirige una simple vuelta al pasado, y más precisamente
al pasado reciente, a las épocas que precedieron inmediatamente
a la sumisión del mundo musulmán frente a la expansión
del capitalismo y del imperialismo occidental.
El retorno a este
pasado probablemente no es poco deseable (y en realidad no es deseado por
los pueblos en nombre de los cuales el islam político pretende hablar),
simplemente es imposible. Y es por esto por lo que los movimientos que
constituyen la nebulosa de este islam político se niegan a definir
en programa alguno, como es usual en la vida política, las respuestas
a las cuestiones concretas de la vida social o económica. Se contentan
con repetir la consigna vacía: "el islam es la solución".
Y cuando, puestos entre la espada y la pared se ven constreñidos
a optar por una respuesta, nunca fallan al decidir a favor de la que mejor
le convenga al funcionamiento de la economía capitalista liberal
tal y como es. Por ejemplo, inclinándose por la libertad absoluta
del propietario frente al campesino granjero (como se vio en el parlamento
egipcio). En su desafortunado intento de producir una "economía
política islámica", los autores de manuales en cuestión
(financiados por Arabia Saudí) no han hecho más que colgar
los colores de la religión a las propuestas de la vulgata liberal
estadounidense más banal.
Si el islam político
no es otra cosa que una versión del neoliberalismo económico,
elogioso en extremo de las virtudes del "mercado" -desregulado, bien entendido-,
es en el plano político la expresión de un rechazo absoluto
de toda forma de democracia. En su interpretación del islam, la
ley religiosa (la charia), una vez encontradas las respuestas principales
para todas las cuestiones que podrían ser formuladas, estima que
la humanidad no tiene leyes nuevas para inventar (esto define a la democracia);
no le queda más que interpretar una ley ya formulada por el poder
divino. Se entiende entonces que este discurso ideológico desconoce
la realidad, es decir, que en la historia vivida por las sociedades musulmanas
ha habido que inventarlas. Pero se ha hecho sin decirlo; y esto venía
a restringir este poder en la clase dirigente, atribuyéndose para
sí sola la capacidad de "interpretar". Arabia Saudí da el
ejemplo extremo de esta autocracia: sin Constitución (el Corán
ocupa su lugar, dicen). De hecho, como todo el mundo sabe, el poder absoluto
es de la monarquía y de los jefes de tribus. El Irán revolucionario
no ha concebido otro sistema político que el de la dictadura de
partido único en el cual los hombres de religión han monopolizado
la dirección.
La comparación
que a veces se hace -en la cual parece que habría que creer para
justificar las conclusiones- entre los "partidos islamistas" y los partidos
democratacristianos de Europa (si la Democracia Cristiana ha gobernado
Italia durante medio siglo, ¿por qué un partido islamista
no estaría autorizado a gobernar Egipto o Argelia?) no tiene base
entonces. Un gobierno islamista impide inmediata y definitivamente toda
forma de legalidad de la oposición.
LIBERALISMO
Y AUTOCRACIA
La asociación
entre liberalismo económico y autocracia política conviene
a la perfección a la clase dominante encargada de la gestión
de las sociedades de la periferia capitalista contemporánea. Los
partidos islamistas son todos instrumentos de esta clase. No se trata únicamente
de los Hermanos Musulmanes y de otras organizaciones de las llamadas "moderadas",
cuyos lazos estrechos con la clase burguesa son conocidos por todos. También
se trata de las pequeñas organizaciones clandestinas que practican
el "terrorismo". Están perfectamente instrumentadas por el islam
político dirigente, y el reparto de las tareas está claro
entre unos, encargados del uso de la violencia, y otros, encargados de
infiltrar las instituciones del Estado (en particular la educación,
la justicia y los medios masivos de comunicación, la policía
y el ejército si es posible).
El objetivo es
único: tomar el poder. Ello no quita que en la futura victoria la
dirección "moderada" se encargue de poner término a los excesos
de sus "radicales". Como se ha visto ya en Irán, donde el Estado
islámico ha constituido sus milicias terroristas de pasdaran (reclutados
en el lumpen) después de haber masacrado a los radicales (en este
caso fedayines y muyaidín que habían creído poder
asociar la movilización islámica y las transformaciones revolucionarias
populistas inspiradas en una lectura del marxismo-leninismo), sin los cuales
el triunfo de la "revolución islámica" hubiera sido imposible.
Los poderes locales
con los que tropiezan los movimientos del islam político son igualmente
los de la burguesía mercantil de la región, subyugándose
todos ellos a los dictados del liberalismo mundializado. Por lo demás
no son mucho más democráticos en sus prácticas, incluidas
las que se dan el lujo de elecciones parlamentarias "pluripartidistas";
y a menudo toman el pretexto del terrorismo islámico para legitimar
su rechazo a la democracia (éste es el caso de Argelia).
LA IZQUIERDA
TIMORATA
Se trata, entonces,
únicamente de un conflicto alrededor de la clase dirigente. Es una
lucha por el poder y nada más, en la que se enfrentan distintos
dirigentes y sus seguidores. Según las circunstancias, las formas
de este conflicto pueden variar desde la extrema violencia (el caso de
Argelia) hasta el "diálogo" (el caso del poder egipcio en sus relaciones
con los Hermanos Musulmanes). Los unos y los otros utilizan en muchos casos
la misma demagogia "islamista", creyendo de esta manera captar para su
beneficio el desarrollo de la población. Un desarrollo semejante
al de numerosos pueblos en el mundo, después de que se desmoronaran
las esperanzas depositadas en las potencias del populismo nacionalista
de la época anterior (Nasser, Boumedian, los partidos Baas en Siria
e Irak), y después de que los sustitutos del mercado hubieran revelado
la amplitud de las destrucciones sociales de las que son responsables.
Un desarrollo que es con mucho el producto de la timidez extrema de la
crítica de izquierda frente al populismo en cuestión, habiendo
optado las organizaciones que se proclamaban socialistas, comunistas o
marxistas, por su apoyo casi incondicional. La burguesía en el poder
no es "laica" para nada. Ella pretende ser no sólo tan "islámica"
como sus adversarios sino que también aplica las leyes islámicas
(en especial en la esfera del derecho familiar). El conflicto puede tener,
entonces, una solución de compromiso que podría acentuar
todavía más las opciones neoliberales y antidemocráticas.
El poder mundial
dominante -Estados Unidos asegurando su liderazgo- no ve ningún
inconveniente en tener en el poder al islam político. Este hecho
habla bastante de la hipocresía de sus discursos a favor de la "democracia"
y de que "mercado" y "democracia" lejos de ser nociones convergentes, según
lo proclama el pensamiento único, de hecho están en conflicto
entre sí. El apoyo al "islam político" pudo tomar su forma
más extrema en el entrenamiento de sus agentes, en el suministro
de armas y de medios de financiación como en el caso de Afganistán.
Evidentemente, el pretexto fue el de combatir al "comunismo" (de hecho
un régimen de populismo radical) pero el comportamiento insoportable
de los islamistas en cuestión (los que cerraban escuelas abiertas
para chicas por los terribles "comunistas") no dejó lugar a dudas
ni en los ministerios de Relaciones Exteriores de Occidente ni entre sus
feministas. Y los "afganos" -o sea los esbirros entrenados por la cia-,
"voluntarios" musulmanes argelinos y demás tienen hoy en día
el papel decisivo en las operaciones militar-terroristas efectuadas acá
y allá. Ese apoyo puede también tomar la forma de estatuto
de "refugiados políticos" otorgado de una manera demasiado fácil
por Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania, lo que permite a dichos
movimientos dirigir sus operaciones desde el exterior sin riesgo y con
eficiencia.
DOS TERRORISMOS
El acompañamiento
ideológico de esta auténtica alianza entre potencias occidentales
y el islam político está legitimado por los medios de comunicación
masivos que se manejan por la distinción "moderados-radicales" (que
no son nada más que una realidad ilusoria) o por los que alaban
la "especificidad cultural" (tan estimada por los estadounidenses, ya se
sabe) que tiene que ser respetada. Esas formas de "respeto de las comunidades"
son muy útiles para la gestión del capitalismo liberal mundializado
porque no implican ninguna confrontación con problemas reales (las
"comunidades" en cuestión participan del juego del liberalismo económico),
transfiriendo el debate -cuando tiene lugar- a la esfera del imaginario
cultural.
Por tanto, el islam
político no está de ninguna forma en oposición al
imperialismo, todo lo contrario, es su perfecto servidor. No obstante,
eso no impide a nadie hacer creer que es un enemigo, que participa en la
"guerra de civilizaciones", como nos quieren hacer pensar Samuel Huntington
y los servicios de la cia para los que él trabaja. Una guerra que
se está desencadenando sólo en el imaginario a nivel mundial,
y cuyas únicas víctimas son las poblaciones que los culturalismos
en cuestión (como el islam político) sitúan bajo su
golpe. Una guerra ideológica que además proporciona un pretexto
creíble para una intervención militar.
No será
nada extraño que Estados Unidos se aproveche de los servicios que
le presta el islam político para su proyecto de hegemonía
mundial. Ningún movimiento del islam político está
clasificado por Washington como un "enemigo". No hay más que dos
excepciones -Hamas en Palestina y Hizbollah en el Líbano-, porque
la geografía política hace de ellos los enemigos de Israel,
que evidentemente está antes que nada en la lista de preferencias
estadounidenses. Sólo esas dos organizaciones son calificadas como
"terroristas", aunque son las únicas que luchan contra una ocupación
extranjera. Las demás -aunque utilicen la violencia extrema contra
sus compatriotas- no están definidas como tales. Dos pesos, dos
medidas, el doble lenguaje de la hipocresía, ¿se puede esperar
otra cosa de los imperialistas? n
* Samir Amin es
egipcio, economista, y ha publicado varias decenas de libros sobre el mundo
árabe, el Tercer Mundo y la globalización.
(Publicado por
csca, España, octubre 2001.) |