PERFILES
- LA JORNADA de México - 27 de April de 2003
EE UU:
El control militar del planeta
Samir
Amin *
1 Desde los años 80, cuando
se anuncia el desmoronamiento del sistema soviético, se diseña
una opción hegemónica que se granjea al conjunto de la clase
dirigente estadunidense (a sus establishment demócrata y
republicano). Llevado por el éxito de su potencia armada, que ya
no tiene ningún rival capaz de templar sus fantasmas, Estados Unidos
elige afirmar su dominio, en primer lugar, por medio del despliegue de
una estrategia estrictamente militar de "control del planeta". Una primera
serie de intervenciones ?Golfo, Yugoslavia, Asia Central, Palestina, Irak?
inaugura a partir de los 90 la puesta en marcha de este plan de guerras
made
in USA, guerras sin fin, planificadas y decididas unilateralmente.
La estrategia política que
acompaña al proyecto prepara sus pretextos: terrorismo, lucha contra
el narcotráfico o la acusación de producción de armas
de destrucción masiva. Pretextos evidentes cuando se conocen las
complicidades que permitieron a la CIA fabricar un adversario "terrorista"
a medida (los talibanes, Bin Laden, aunque los hechos del 11 de septiembre
nunca han sido clarificados) o desarrollar el Plan Colombia dirigido contra
Brasil. Respecto a las acusaciones de posible producción de armas
peligrosas lanzada contra Irak, Corea del Norte, y en el futuro contra
cualquier país, no son nada comparadas con el uso efectivo de estas
armas por parte de Estados Unidos (las bombas de Hiroshima y Nagasaky,
el empleo de armas químicas en Vietnam, la amenaza reconocida de
utilización de armas nucleares en futuros conflictos). Así
pues, se trata sólo de medios que son muestra de la propaganda en
el sentido que Goebbels daba al término, eficaces quizá para
convencer a la ingenua opinión pública estadunidense, pero
cada vez menos creíbles en otros lugares.
La guerra preventiva formulada desde
ahora como un "derecho" que Washington se reserva de invocar, supone de
entrada la abolición de todo derecho internacional. La Carta de
Naciones Unidas prohíbe recurrir a la guerra, excepto en caso de
legítima defensa, y somete esta posible intervención militar
propia a condiciones severas, además de establecer que la respuesta
debe ser mesurada y provisional. Todos los juristas saben que las guerras
emprendidas desde 1990 son absolutamente ilegítimas y que, por lo
tanto, sus responsables son, en principio, criminales de guerra. Naciones
Unidas ya es tratada por Estados Unidos, aunque con la complicidad de terceros,
como antaño lo fuera la Sociedad de Naciones por los estados fascistas.
2 La abolición del derecho
de los pueblos, ya consumada, sustituye el principio de su igualdad
por el de la distinción entre un Herrenvolk (el pueblo de Estados
Unidos, accesoriamente el de Israel) que tiene el derecho de conquistar
el "espacio vital" que considere necesario y los demás, cuya existencia
misma sólo es tolerable si no constituye una "amenaza" para el despliegue
de los proyectos de aquellos que están llamados a ser los "amos
del mundo".
¿Cuáles son, por lo
tanto, estos intereses "nacionales" que la clase dirigente de Estados Unidos
se reserva el derecho de invocar como le viene en gana?
A decir verdad, esta clase se reconoce
sólo en un objetivo -"hacer dinero"- y el Estado estadunidense se
ha puesto abiertamente al servicio prioritario de la satisfacción
de las exigencias del segmento dominante del capital constituido por las
multinacionales de Estados Unidos.
Así pues, a los ojos del
establishmentde Washington todos nos hemos convertido en pieles rojas,
es decir, pueblos que sólo tienen derecho a existir en la medida
en que no interfieran en la expansión del capital multinacional
de Estados Unidos. Cualquier resistencia será reducida por todos
los medios, incluso hasta el exterminio si fuera necesario, como nos asegura
Estados Unidos. Quince millones de dólares de beneficios suplementarios
para las multinacionales estadunidenses y, en contrapartida, 300 millones
de víctimas, sin duda alguna. Estados Unidos es el Estado canalla
por excelencia, por retomar la terminología de los presidentes Bush
padre, Clinton y Bush hijo.
Este proyecto es claramente imperialista
en el sentido más brutal, pero no es "imperial" en el sentido que
Negri da a este término, porque no se trata de controlar al conjunto
de las sociedades del planeta para integrarlas en un sistema capitalista
coherente, sino sólo de apoderarse de sus recursos. La reducción
del pensamiento social a los axiomas de base de la economía vulgar,
la atención unilateral dada a la maximización de la rentabilidad
financiera a corto plazo del capital dominante, reforzada por la puesta
a disposición de éste de medios militares conocidos por todos,
son los responsables de esta bárbara deriva que el capitalismo lleva
consigo, puesto que se ha desecho de cualquier sistema de valores humanos
que ha sido sustituido por las exigencias exclusivas de la sumisión
a las supuestas leyes del mercado. Por la historia de su formación,
el capitalismo estadunidense se prestaba a esta reducción mejor
aún que el de las sociedades europeas, porque el Estado estadunidense
y su visión política han sido formados para servir exclusivamente
a la economía, aboliendo con ello la relación contradictoria
y dialéctica economía-política. El genocidio de los
indios, la esclavitud de los negros, la sucesión de oleadas de emigraciones
que sustituían la maduración de la conciencia de clase por
la confrontación de los grupos que compartían supuestas identidades
comunitarias (manipuladas por la clase dirigente), han producido una gestión
política de la sociedad por parte de un partido único del
capital, cuyos dos segmentos comparten las mismas visiones estratégicas
globales, ya que se comparten la tarea por medio de sus retóricas
aptas para controlar cada una de las
constituencies, circunscripciones
electorales, de la mitad escasa de la sociedad que cree lo bastante en
el sistema como para tomarse la molestia de ir a votar. Privada de la tradición
por medio de la cual los partidos obreros socialdemócratas y comunistas
marcaron la formación de la cultura política europea moderna,
la sociedad estadunidense no dispone de los instrumentos ideológicos
que le permitirían resistir a la dictadura sin contrapeso del capital.
Por el contrario, es éste el que labra unilateralmente el modo de
pensar de la sociedad en todas sus dimensiones y, en especial, produce,
reforzándolo, su fundamental racismo que le permite verse como Herrenfolk.
El eslogan Play boy Clinton, Cow boy Bush same policy (play boy
Clinton, cow boy Bush: misma política), expresado en "lenguaje
indio", pone con toda justicia el énfasis en la naturaleza del partido
único que gobierna la supuesta democracia estadunidense.
Debido a ello el proyecto estadunidense
no es un proyecto hegemónico banal que compartiría con otros
que se han ido sucediendo a lo largo de la historia moderna y antigua las
virtudes de una visión de conjunto de los problemas que permite
darles respuestas coherentes estabilizadoras, aunque estén fundadas
en la explotación económica y en la desigualdad política.
Es infinitamente más brutal por su concepción unilateral,
extremadamente simple, y desde ese punto de vista se acerca más
al proyecto nazi, fundado también en el principio exclusivo del
Herrenfolk. Este proyecto no tiene nada que ver con lo que afirman los
universitarios liberales estadunidenses, que califican a esta hegemonía
de "benigna" ("indolora").
Si este proyecto se sigue desarrollando
durante cierto tiempo, sólo traerá un caos cada vez mayor
que apele a una gestión cada vez más brutal por medio de
acciones puntuales, sin una visión estratégica a largo plazo.
En última instancia, Washington ya no tratará de reforzar
verdaderos aliados, lo que siempre impone saber hacer concesiones. Unos
gobiernos títere, como el de Karzai en Afganistán, son más
útiles mientras el delirio del poderío militar permite creer
la "invencibilidad" de Estados Unidos. Lo mismo que pensaba Hitler.
3 El examen de las relaciones
de este proyecto criminal con las realidades del capitalismo dominante
constituido por el conjunto de países de la tríada (Estados
Unidos, Europa, Japón) permitirá medir sus fuerzas y debilidades.
La opinión general más
extendida, dirigida por aquellos media que no llaman a la reflexión,
es que el poderío militar estadunidense no constituye más
que la punta del iceberg, que prolonga la superioridad de este país
en todos los dominios, especialmente económicos, pero también
políticos y culturales. Debido a ello la sumisión a la hegemonía
que pretende sería inevitable.
El examen de las realidades económicas
invalida esta opinión. El sistema productivo de Estados Unidos está
lejos de ser el "más eficaz del mundo". Por el contrario, casi ninguno
de sus segmentos estaría seguro de superar a sus competidores en
un mercado verdaderamente abierto como imaginan los economistas liberales.
Prueba de ello es su déficit comercial que se agrava cada año:
de 100 mil millones de dólares en 1989 ha pasado a 450 mil millones
en 2000. Además, este déficit concierne a prácticamente
todos los segmentos del sistema productivo. Incluso el excedente del que
se beneficiaba en el terreno de los bienes de la alta tecnología,
que era de 35 mil millones de dólares en 1990, se ha convertido
actualmente en déficit. La competencia entre Ariane y los cohetes
de la NASA, Airbus y Boeing son testimonio de la vulnerabilidad de la ventaja
estadunidense. Frente a Europa y Japón para los productos de alta
tecnología a China, Corea y otros países industrializados
de Asia y de América del Sur para los productos manufacturados corrientes,
a Europa y al Cono Sur para la agricultura, Estados Unidos probablemente
no los superaría sin recurrir a los medios "extraeconómicos"
que violan los principios del liberalismo impuestos a sus competidores.
De hecho Estados Unidos sólo
se beneficia de las ventajas comparativas establecidas en el sector del
armamento, precisamente porque escapa ampliamente a las reglas del mercado
y se beneficia del apoyo del Estado. Sin duda esta ventaja implica algunas
consecuencias para la vida civil (el ejemplo más conocido es Internet),
pero también está en el origen de las importantes distorsiones
que constituyen desventajas para muchos de los sectores productivos.
La economía estadunidense
es parásita en detrimento de sus socios en el sistema mundial. "Estados
Unidos depende para el 10 por ciento de su consumo industrial de bienes,
cuya importación no está cubierta por exportaciones de los
productos nacionales". (E. Todd, Après l'empire, p. 80).
El crecimiento en los años
de Clinton, alabado por ser producto del "liberalismo" al que Europa, desgraciadamente,
se había resistido demasiado, es de hecho muy facticio y, en todo
caso, no generalizable, porque descansa en transferencias de capital que
implican el estancamiento de los socios. Para todos los segmentos del sistema
productivo real, el crecimiento de Estados Unidos no ha sido mejor que
el de Europa. El "milagro estadunidense" se ha alimentado exclusivamente
del crecimiento de los gastos producidos por el agravamiento de las desigualdades
sociales (servicios financieros y personales, legiones de abogados y de
policías privados, etcétera). En ese sentido, el liberalismo
de Clinton preparó claramente las condiciones que permitieron el
desarrollo reaccionario y la ulterior victoria de Bush hijo. Además,
como escribe Todd (p. 84), "inflado por los fraudes, el PNB estadunidense
empieza a parecerse, por la fiabilidad estadística, al de la Unión
Soviética".
El mundo produce, Estados Unidos
(cuyo ahorro nacional es prácticamente nulo) consume. Su "ventaja"
es la de un depredador cuyo déficit está cubierto por el
aporte, consentido o forzado, de terceros. Los medios puestos en marcha
por Washington para compensar sus deficiencias son de distintas naturalezas:
repetidas violaciones unilaterales de los principios del liberalismo, exportaciones
de armamento (60 por ciento del mercado mundial) ampliamente impuestas
a aliados subalternos (que, además, como ocurre en los países
del Golfo, ¡nunca utilizarán ese armamento!), búsqueda
de subrentas petrolíferas (que suponen poner a los productores bajo
su autoridad de forma regulada, motivo real de las guerras en Asia Central
e Irak). En todo caso, lo esencial del déficit estadunidense se
cubre por las aportaciones en capital procedentes de Europa y de Japón,
del sur (países petrolíferos ricos y clases compradoras 1
de todos los países del tercer mundo, incluidos los más pobres),
al que se añadirá la sangría ejercida a título
del servicio de la deuda impuesta a la casi totalidad de los países
de la periferia del sistema mundial.
Las razones que dan cuenta de la
persistencia de los flujos de capital que alimenta el parasitismo de la
economía y de la sociedad estadunidense, y permiten a esta superpotencia
vivir al día son indudablemente complejas. Pero en absoluto son
resultado de las supuestas "leyes del mercado", que son a la vez racionales
e ineludibles.
La solidaridad de los segmentos dominantes
del capital multinacionalizado de todos los socios de la tríada
es real y se expresa mediante su adhesión al neoliberalismo globalizado.
En esta perspectiva Estados Unidos es visto como el defensor (militar,
si es necesario) de estos "intereses comunes". En todo caso, Washington
no pretende "repartir equitativamente" los beneficios de su liderazgo.
Por el contrario, se esfuerza por avasallar a sus aliados, y en ese espíritu
sólo está dispuesto a consentir concesiones menores a sus
aliados subalternos de la tríada. ¿Acaso este conflicto de
intereses del capital dominante está llamado a acentuarse hasta
el punto de acarrear una ruptura en la alianza atlántica? No es
imposible, aunque sí poco probable.
El conflicto prometedor se sitúa
en otro terreno: las culturas políticas. En Europa sigue siendo
posible una alternativa de izquierda que impondría simultáneamente
una ruptura tanto con el neoliberalismo (y el abandono de la vana esperanza
de someter a Estados Unidos a sus exigencias, permitiendo así al
capital europeo librar una batalla sobre el terreno no minado de la competición
económica), como con alineamiento a las estrategias políticas
estadunidenses. El excedente de capitales, que por el momento Europa se
contenta con "situar" en Estados Unidos, podría entonces destinarse
a una recuperación económica y social, sin lo cual ésta
seguiría siendo imposible. Pero cuando Europa eligiera por ese medio
dar prioridad a su desarrollo económico y social, la artificial
salud de la economía estadunidense se desmoronaría y su clase
dirigente se enfrentaría a sus propios problemas económicos
y sociales. Ese es el sentido que doy a mi conclusión: "Europa será
de izquierdas o no será".
Para lograrlo hay que librarse de
la ilusión de que la carta del neoliberalismo debería ?y
podría? jugarse "honestamente" por todos y que, en ese caso, todo
iría mejor. Estados Unidos no puede renunciar a su opción
en favor de una práctica asimétrica del liberalismo, porque
es el único medio que tiene de compensar sus propias deficiencias.
El precio de la "prosperidad" estadunidense es el estancamiento de los
demás. ¿Por qué, entonces, a pesar de estas evidencias,
continúa el flujo de capitales en su beneficio? Sin duda para muchos
el motivo radica en que Estados Unidos es "un Estado para los ricos", el
refugio más seguro. Este es el caso de las inversiones de las burguesías
compradoras del tercer mundo. Pero, ¿en el de los europeos? El virus
liberal ?y la creencia ingenua de que Estados Unidos acabará por
aceptar el "juego de los mercados"? opera aquí con una fuerza evidente
entre las grandes opiniones públicas. En este espíritu el
FMI ha consagrado el principio de la "libre circulación de capitales",
de hecho simplemente para permitirle cubrir su déficit por medio
del bombeo de los excedentes financieros generados en otros lugares por
las políticas neoliberales, a las que Estados Unidos sólo
se somete selectivamente. Sin embargo, para el gran capital dominante la
ventaja del sistema prevalece sobre sus inconvenientes: el tributo que
hay que pagar a Washington para asegurar su permanencia.
Existen países calificados
de "países pobres endeudados" que están obligados a pagar.
Pero también existe un "país poderoso endeudado", del que
debería saberse que nunca va a devolver sus deudas. Debido a este
hecho, el verdadero tributo impuesto por el chantaje político de
Estados Unidos sigue siendo frágil.
4 La opción militarista
del
establishment de Estados
Unidos se sitúa en esta perspectiva. No es otra cosa que el reconocimiento
de que no dispone de otros medios para imponer su hegemonía económica.
Las causas que están en el
origen del debilitamiento de su sistema productivo son complejas, No son,
desde luego, coyunturales, y que por ello se podrían corregir, por
ejemplo, por medio de la adopción de una tasa de cambio correcta,
o mediante la construcción de relaciones más favorables salario-productividad.
Son estructurales. La mediocridad de los sistemas de enseñanza general
y de formación, producto de un prejuicio tenaz que favorece sistemáticamente
lo "privado" en detrimento del servicio público, es una de las principales
razones de la profunda crisis que atraviesa la sociedad de Estados Unidos.
Así pues, deberíamos
sorprendernos de que los europeos, lejos de sacar las conclusiones que
impone la constatación de las insuficiencias de la economía
estadunidense, se apresuren, por el contrario, a imitarlas. A este respecto
tampoco el virus neoliberal lo explica todo, aunque sí satisfaga
algunas funciones útiles para el sistema, paralizando a la izquierda.
La privatización a ultranza, el desmantelamiento de los servicios
públicos sólo podrán reducir las ventajas comparativas
de
las que aún se beneficia la "vieja Europa" (como la llama Bush).
Pero sean cuales sean los daños que ocasionen a largo plazo, estas
medidas ofrecen al capital dominante, que vive en el corto plazo, la ocasión
de beneficios suplementarios.
La opción militarista de Estados
Unidos amenaza a todos los pueblos. Procede de la misma lógica que
antaño fue la de Adolfo Hitler: modificar por medio de la violencia
militar las relaciones económicas y sociales en favor del Herrenfolk
del momento. Esta opción, imponiéndose por delante del escenario
mundial, sobredetermina todas las coyunturas políticas, porque la
prosecución del despliegue de este proyecto debilitaría extremadamente
todos los avances que los pueblos podrían obtener por medio de sus
luchas sociales y democráticas. Por consiguiente, hacer fracasar
el proyecto militarista estadunidense se convierte entonces para todos
en la tarea primordial, en nuestra principal responsabilidad.
La lucha para hacer fracasar el proyecto
de Estados Unidos es ciertamente multiforme. Comporta aspectos diplomáticos
(defensa del derecho internacional), militares (se impone el rearme de
todos los países del mundo para hacer frente a las agresiones planeadas
por Washington ?no hay que olvidar nunca que Estados Unidos ha utilizado
armas nucleares cuando tenía su monopolio y que ha renunciado a
ello cuando no lo tenía) y políticas (especialmente en lo
que concierne a la construcción europea y a la reconstrucción
del bloque de los países no alineados).
El éxito de este combate dependerá
de la capacidad de los espíritus para liberarse de las ilusiones
liberales. Porque nunca existirá una economía globalizada
"auténticamente liberal". Y, sin embargo, se intenta y se seguirá
intentando por todos los medios hacerlo creer. Los discursos del Banco
Mundial, que opera como una especie de ministerio de propaganda de Washington,
concernientes a la "democracia" y al "buen gobierno", o la "reducción
de la pobreza", tienen esta única función, como el ruido
mediático organizado en torno a Joseph Stiglitz, al descubrir algunas
verdades elementales, afirmadas con autoridad arrogante, sin sacar, sin
embargo, la menor conclusión que cuestione los prejuicios tenaces
de la economía vulgar.
La reconstrucción de un frente
del sur, capaz de dar a la solidaridad de los pueblos de Asia y Africa,
y a la tricontinental, una capacidad de actuar en el plano mundial pasa
también por la liberación de las ilusiones de un sistema
liberal globalizado "no asimétrico" que permitiría a las
naciones del tercer mundo superar sus "retrasos". ¿No es acaso ridículo
ver a los países del tercer mundo reclamar la "puesta en marcha
de los principios del neoliberalismo, pero sin discriminación alguna",
y beneficiarse entonces de los nutridos aplausos del Banco Mundial? ¿Desde
cuándo el Banco Mundial ha defendido al tercer mundo frente a Estados
Unidos?
La lucha contra el imperialismo estadunidense
y su opción militarista es la lucha de todos los pueblos, de sus
víctimas principales de Asia, Africa y América del Sur, de
los pueblos europeos y japonés condenados a la subordinación,
pero también del pueblo estadunidense. Saludemos desde aquí
el valor de todos aquellos que en el "corazón de la bestia" se niegan
a someterse igual que sus predecesores se negaron a ceder al macartismo
de los años 50. Igual que quienes osaron resistirse a Hitler han
conquistado cuantos títulos de nobleza puede otorgar la historia.
¿Será capaz la clase dominante de Estados Unidos de volver
sobre el proyecto criminal al que se ha adscrito? Pregunta difícil
de responder. Poco, si no nada, en la formación histórica
de la sociedad estadunidense dispone a ello. El partido único del
capital, cuyo poder no se discute a Estados Unidos, no ha renunciado hasta
el momento a la aventura militar. En este sentido no se puede atenuar la
responsabilidad que esta clase tomó en conjunto. El poder de Bush
hijo no es el de una "camarilla" ?los petroleros y las industrias de armamento.
Como en toda la historia moderna de Estados Unidos, el poder dominante
nunca ha sido otro que el de una coalición de intereses segmentarios
del capital (mal calificados de lobbies). Pero esta coalición
sólo puede gobernar si lo aceptan los demás segmentos del
capital. En su defecto, todo sucede en este país tanto menos respetuoso
de hecho del derecho de lo que parece serlo en principio. Desde luego,
algunos fracasos políticos, diplomáticos y quizá hasta
militares podrían animar a las minorías que en el seno del
establishment aceptarían renunciar a las aventuras militares
en las que su país está embarcado. ¡Esperar más
me parece tan ingenuo como podía serlo la esperanza de que Adolfo
Hitler entrara en razón!
Si los europeos hubieran reaccionado
en 1935 o en 1937 habrían logrado detener el delirio hitleriano.
Al reaccionar solamente en 1939, se infligieron decenas de millones de
víctimas. Actuemos para que la respuesta sea más temprana
frente al desafío de los neonazis de Washington.
Traducción:
Beatriz Morales, CSCAweb para el Comité de Solidaridad con la Causa
Arabe
El texto aquí reproducido
tiene la autorización del autor
Nota: 1 Clases no productivas que
sirven de enlace con el capitalismo exterior
*ECONOMISTA EGIPCIO, DIRECTOR DEL FORO
DEL TERCER MUNDO EN DAKAR, SENEGAL