Un debate difícil de soslayar está abierto en América Latina. De una parte
los partidos tradicionales no se explican el por qué de la crisis
generalizada de gobernabilidad, cuya repercusión primaria ha sido la caída
de varios presidentes elegidos mucho antes de la finalización de sus
mandatos; y de otra parte, el por qué los ciudadanos organizan los golpes
de la insurgencia popular (GIP) como la forma de salir de estos personajes
declarados perjudiciales en sus respectivos países. Tomemos en cuenta que
estos hechos no son aislados, pues más de una docena de mandatarios
constitucionales fueron expelidos de la silla presidencial en los últimos
quince años.
Los partidos políticos tradicionales o la corrupta "clase política" de la
región, en defensa del status quo o de sus propios fueros, clasifican a los
GIP como el rechazo público a un mal gobierno; sin embargo, este singular
fenómeno va bastante más allá del rostro de los gobernantes, sus forma de
gobierno, sus errores y compromisos, su política económica, sus intereses
personales o de grupo, ya que con certeza la complicación de fondo es la
falta de respuesta del sistema político frente a las situaciones de crisis.
En pocas palabras, el sistema político llamado democrático no funciona, no
puede ejercer el poder en circunstancias difíciles puesto que carece de
representatividad real y las instituciones que sustentan este sistema son
muy endebles y precarias. Envejecidas por años de corrupción, cohecho e
inmoralidad, todas las instituciones supuestamente representativas de los
Estados latinoamericanos como los poderes Ejecutivos, Legislativos,
Judiciales, Electorales; o de la sociedad como son las entidades
empresariales, profesionales, sindicales, militares y hasta eclesiásticas,
son desbordadas por las fuerzas sociales que no tienen acceso al sistema
político.
Frente a esta realidad concreta de predominio de una minoría sin base social
auténtica, el no acceso al sistema político de las fuerzas sociales, deja
una única puerta de entrada en el acontecer nacional y éste ingreso se
presenta en el rechazo al orden supuestamente democrático y a sus
representantes elegidos o no. Así los GIP se constituyen en una necesidad
perentoria de los gobernados, quienes hartos de no percibir una solución a
sus problemas económicos y sociales apuntan a la caída de los presidentes en
la perspectiva, también equivocada, de reemplazar a unos por otros dentro
del mismo sistema político, dejando la opción de gobierno a los mismos
sujetos con distinta cara. La gran media por su lado alimenta la idea de que
con las protestas y la insurgencia se está atacando a la democracia,
asumiendo por sí y ante sí que a determinadas fuerzas sociales les interesa
los regímenes fuertes o que son proclives a las dictaduras. Esto último se
ensambla en la perfecta manipulación de salvar el sistema político con
cualquier rostro presidencial, pues al final de cuentas no interesan los
líderes, buenos o malos, sino el orden establecido.
En esta dinámica de responsabilizar a los presidentes y de catalogar a unos
como buenos y a otros como malos, las fuerzas sociales no se dan cuenta de
su error. No se dan cuenta que la misión de cualquier presidente, obediente
a la política imperial del neoliberalismo y la globalización, consiste en
garantizar los intereses de las finanzas internacionales, la banca acreedora
y los mercados, antes que iniciar la mínima reforma social o económica a
favor de los gobernados pobres, los trabajadores, los campesinos o de las
clases medias. En ese único plan, indigno de cualquier gobernante
nacionalista, la "clase política" en su conjunto pide cada vez mayores
sacrificios a los trabajadores, les reduce los salarios, les arrebata las
conquistas sociales, los reduce a la inestabilidad constante, abusa de los
jubilados, se burla de los pobres, de la salud, de la educación, del
desempleo, etc., siempre bajo el engaño y la trampa de poner el presupuesto
nacional en equilibrio como la única manera de mantener el crecimiento
económico. Crecimiento económico que como ya hemos señalado en análisis
anteriores favorece sólo a las empresas transnacionales y a la ambición
desmedida del capital financiero internacional.
Tres palabrejas han jugado un papel preponderante en la política de los
últimos tiempos. La gobernabilidad o sea la desesperada búsqueda de
estabilidad política. La concertación o sea la alianza partidaria de sostén
del sistema político. Y el consenso o sea el equilibrio de mantener
discrepancias -no confrontacionales- entre los partidos políticos, donde
inclusive hacen la corte al neoliberalismo ciertas fuerzas del sindicalismo,
de la izquierda cristiana y de la ex izquierda marxista. Pero es muy claro
que estos visibles componentes del ensamblaje político en defensa del status
quo tampoco han servido a los partidos tradicionales ni a la "clase
política" para asegurar la permanencia y duración de los presidentes
elegidos y sus gobiernos, continuidad vacilante donde todos los que tienen
acceso al sistema político, ahora en decadencia, comparten el poder, ya sea
en oposición o en alianza.
Los ideólogos y analistas de este tipo de democracia no se explican el
fenómeno, la razón de la caída de los gobernantes elegidos cuando todos los
esfuerzos se destinan a no hacer olas y a hacer durar el mandato
constitucional; y no se lo explican porque olvidan la ausencia de
representatividad de las instituciones, olvidan que están situados en el
esqueleto de las elecciones generales como sinónimo de democracia y no en el
cuerpo vigoroso de la democracia real, aquella de la participación
mayoritaria de la población que no tiene acceso al sistema político
controlado por una minoría de elementos corruptos e inmorales enganchados a
la maraña de los Estados putrefactos. Esta confusión es sencillamente el mal
de todos sus males; y lo es fundamentalmente porque la alternancia en el
poder a la que todos los partidos aspiran ya no marcha, menos en la
mentalidad del ciudadano común y corriente que juzga a todos por igual,
porque iguales son en considerar al Estado como un botín para el
enriquecimiento ilícito y la desnacionalización de los países en aras de sus
bolsillos personales, familiares y amigos.
La llamada crisis de gobernabilidad es, pues, en sí misma, una crisis de
representación y también una crisis de valores; una crisis de incumplimiento
de promesas electorales, de engaño y trampa porque es imposible cumplir con
las reformas sociales mientras el sistema esté reclutado a los designios de
los entes internacionales como operadores directos en las políticas
nacionales, los mismos que toman las principales decisiones: el FMI, el
Banco Mundial, el Departamento del Tesoro norteamericano y la Casa Blanca.
Todas estas manifestaciones de debilidad sistémica como bien puede
observarse son las gestoras del carácter insurreccional de las fuerzas
sociales a través de los GIP que surgen espontáneamente y casi sin dirección
política con la mira de derrocar a los presidentes, en lo fundamental, como
una manera de simbolizar el desencanto popular debido a una situación de
insoportable indiferencia, marginación y pobreza. Sin embargo, la
simbología de tirarse abajo a la cabeza del sistema no soluciona el problema
de fondo de la inexistente democracia en el sistema político actual de la
región, régimen amparado por Estados Unidos, la OEA y la mayoría de los
gobiernos de la región. Y entendiéndolo de esta forma son justamente estos
defensores del sistema político -y sus cartas democráticas- los que vienen
dando salidas institucionales a los GIP antes de enfrentarlos con la
represión y el choque de asalto, es decir antes de hacer uso de las fuerzas
armadas y policiales. La idea de arreglar el conflicto insurreccional vía la
sucesión institucional, significa ni más ni menos que admitir la derrota
para quedarse en el poder con otro títere por cabeza. Pero la recompensa de
los insurrectos está en la legalización de los GIP, en la aceptación de la
derrota por la "clase política" obligada a dar un paso desesperado, un paso
que los desestabiliza a futuro. Esta especie de empate estratégico permite a
los partidos tradicionales, no nos equivoquemos, a rearmar sus fuerzas a fin
que los gobiernos continúen con otro jefe pero con el mismo sistema y hasta
con las mismas políticas económicas y sociales. En el futuro, en el caso
boliviano, dadas las características de la presión social por la
nacionalización de los hidrocarburos, la constituyente, la presencia de las
asambleas populares revolucionarias y el peligro de las autonomías
regionales con intenciones de desintegración del país, podría darse una
evolución distinta a lo que hasta ahora hemos visto con los GIP. Sería, por
supuesto, una progresión diferente a ser analizada.
Entonces, prestemos atención que a los numerosos golpes de la insurgencia
popular se les ha dado una salida institucional, no escrita en ninguna
constitución; y si bien la "clase política" ha seguido una línea de sucesión
presidencial en concordancia a la norma constitucional, ésta ha sido forzada
y hasta negociada con los insurgentes de las fuerzas sociales, creándose así
una jurisprudencia aceptada a regañadientes. Una jurisprudencia, mal les
guste, del laberinto social, de la rebelión de los sectores populares, del
desafío a la ley, del levantamiento contra la tiranía de aspecto legal, del
motín contra las medidas del gobierno, de la revuelta contra los planes del
imperialismo nutridos por la servidumbre de los líderes políticos apátridas.
En conclusión, el trabajo de las vanguardias políticas de izquierda -no
comprometida con el status quo- debe quedar circunscrito a los temperamentos
de los GIP, dándoles la dirección política que se necesita para la
transformación del sistema político con miras de alcanzar la democracia real
de la igualdad de derechos, la misma que empieza por el derecho a la vida,
la alimentación, la salud, la educación, la cultura y el trabajo, todos
ellos como los fundamentales elementos para llegar a la libertad plena del
ser humano. Trabajo consistente en América Latina que debe utilizar en la
participación electoral a secas el resquicio de la denuncia al sistema
político imperante, obsoleto y manipulador, única manera de acumular fuerzas
revolucionarias innovadoras destinadas a realizar el cambio social. Los
sucesivos procesos de votación y participación popular electoral en
Venezuela constituyen un ejemplo a seguir.