n Bolivia se juega algo más que un simple cambio de presidente y de
gobierno. De los sucesivos golpes de la insurgencia popular en América
Latina, fenómeno que da cuenta de la decadencia del sistema democrático
electoral impuesto por Washington, destacan por sus características
revolucionarias los dos últimos en Bolivia y por supuesto el de Venezuela,
donde por primera vez en la historia de nuestras repúblicas la movilización
social puso de regreso en el gobierno al legítimo presidente Hugo Chávez,
derrocado durante 48 horas por un golpe militar inspirado y conducido por la
CIA y los asesores de la Casa Blanca. Distinguimos estos golpes de la
insurgencia popular (GIP) porque en ambos casos las revueltas sociales en la
escena política del continente van vinculadas al intento básico de
desensamblar, para luego destruir, el status quo del sistema político
sostenido por los partidos tradicionales adictos a la sumisión antinacional,
la inmoralidad y la corrupción, en cuyo tejido mortal para los pueblos se
desarrollan las insaciables políticas del neoliberalismo y la globalización.
La marcha de la revolución bolivariana en Venezuela se consolida día a día
alentando los objetivos de una integración latinoamericana (ALBA) diseñada
exclusivamente con el propósito de salvaguardar los intereses nacionales de
cada país, en contraposición a los proyectos coloniales perseguidos por la
hegemonía de la superpotencia mundial, expresados en los tratados de libre
comercio TLC y el ALCA; en las economías subordinadas al FMI, al Banco
Mundial y al Departamento del Tesoro norteamericano; en las democracias
corruptas obedientes al mandato imperial; y por último en los planes
"antiterroristas" de George W. Bush como la manera de implantar bases
militares en todo el mundo. En Bolivia, en cambio, la situación está en el
estado embrionario de una transformación social de características propias,
donde se combinan aspectos económicos, sociales, étnicos, gubernativos y
geopolíticos. En anterior oportunidad hemos señalado que el actual
presidente boliviano Eduardo Rodríguez es simplemente un mediador de la
enorme crisis de legalización a la fuerza del GIP que produjo la renuncia de
Carlos Mesa, de ninguna manera puede ser considerado un gobernante; sin
embargo alineado con la presunta legalidad administrativa de su país, viene
siendo presionado por los partidos tradicionales para llevar a cabo, en
diciembre de este año, elecciones generales anticipadas.
Demás está repetir que la insistencia sobre este último tema es una salida
política forzada, pues obedece única y exclusivamente a los intereses de
distinto origen que persisten en mantener el sistema político actual sin
modificaciones. Los partidos políticos tradicionales quieren olvidar que lo
fundamental en los GIP bolivianos tiene que ver con sustanciales
innovaciones revolucionarias desde la Asamblea Constituyente en la dirección
de derrotar al viejo Estado, a fin surjan nuevas y verdaderas instituciones
representativas de la sociedad boliviana, hasta la nacionalización de los
hidrocarburos y el gas en la perspectiva de construir una economía nacional
mixta; además en ese caminar se atraviesa por el sendero de la reafirmación
del Estado boliviano contra la amenaza de la desintegración auspiciada por
la oligarquía de procedencia extranjera que domina la economía en la región
de Santa Cruz.
La rebelión popular para derribar a un segundo presidente constitucional en
menos de dos años y de tachar a los presidentes de las Cámaras Legislativas
(Vaca Diez y Cossío) como sucesores constitucionales del saliente Carlos
Mesa, mostró con claridad meridiana el punto de partida hacia la solución de
problemas vigentes de profunda trascendencia histórica como son el combate a
la pobreza, el empleo, el alza de los salarios, la tenencia de las tierras,
el agua, el conflicto de las autonomías y por supuesto la renta y la
nacionalización de los hidrocarburos. Pero es bien sabido que ninguno de
estos objetivos será logrado sin el replanteamiento de la lucha popular
antes de ir a las elecciones generales adelantadas, o sea, sin antes tener
trazado el nuevo sistema político. Téngase en cuenta que la designación de
Eduardo Rodríguez fue una especie de tregua política cuya misión mediadora
terminará aniquilada si él insiste con la iniciativa de las elecciones y
nada más; puesto que esta propuesta es la decisión de una institucionalidad
precaria, insolvente, la misma que pretende seguir usufructuando de un poder
estatal evaporado justamente en la caída de dos presidentes; y que además
enfrenta a la iniciativa de las masas y la dirigencia revolucionaria. Las
asambleas populares constituidas por trabajadores y vecinos no han bajado la
guardia y exigen desde los bastiones de El Alto y La Paz la confluencia de
una asamblea nacional representada desde abajo, la que reordene el país con
la prioridad de una nueva institucionalidad democrática, participativa y
directa; y que efectúe la nacionalización de los hidrocarburos.
Las urgencias de una nueva institucionalidad porque la vigente está pegada
con saliva y no existe en la práctica, y la nacionalización de los emporios
del gas porque el valor total de las reservas probadas alcanza a los ochenta
mil millones de dólares, es decir, 16 veces el total de la deuda externa
boliviana, constituyen el propósito de la concreción palpable de los GIP en
Bolivia. Movilización social insurgente gestada contra la dominación
económica ejercida por el neoliberalismo y la descarada actuación de las
transnacionales amparadas en contratos contraproducentes y lesivos a los
intereses nacionales. Los 52 trillones de píes cúbicos de gas boliviano son
superiores en su conjunto a las reservas de Argentina, Chile, Brasil y el
Perú; por ello no tiene sentido el acuerdo de constituir un anillo
energético sin la participación del país altiplano como en extraña movida de
fichas pretenden los gestores políticos de esta resolución. Y más extraño
resulta que esto suceda cuando existe el intento de destruir a Bolivia como
país a través de una secesión organizada por la oligarquía cruceña que ha
visto con buenos ojos la aprobación del gobierno paraguayo de permitir el
ingreso de tropas de Estados Unidos en la región de la triple frontera.
Movilización de tropas con el objetivo de instalar en el corazón de MERCOSUR
una avanzada militar persuasiva, por ahora, con la finalidad de
contrarrestar la franca oposición al ALCA y además con miras a desarrollar
una misión de tutelaje a las empresas transnacionales interesadas en
apoderarse de los recursos naturales de la región, especialmente del agua,
el gas y el petróleo.
La expectante situación innovadora en Bolivia devuelve la fe en los procesos
de liberación nacional, pero al igual que en Venezuela debe lograrse la
legalidad institucional requerida a través de nuevas instituciones
nacionales y una constitución política acorde, vinculada al proceso de la
movilización social de los GIP, la misma que debe dar vida a la democracia
participativa y directa. No debe perderse de vista que Hugo Chávez en
consecutivas consultas populares ha logrado volcar toda la legalidad a su
lado y emprender desde allí la revolución bolivariana, consiguiendo el apoyo
de la mayoría de los países de la OEA y de cierta manera la "neutralidad"
obligada de la Casa Blanca luego de la derrota sufrida en Florida por
Condoleeza Rice y su tesis intervencionista del "monitoreo a las
democracias." Tampoco debe perderse de vista que a pesar de la legalidad
obtenida por Hugo Chávez y su gobierno, la lucha continúa con mayor vigor
que antes contra las manifestaciones golpistas de los empresarios ricos, los
partidos tradicionales, los políticos corruptos, el dominio de la prensa
televisiva, radial y periodística, la curia reaccionaria del Opus Dei, etc,
todos ellos financiados a manos llenas por la CIA y las manos negras del
imperialismo. Manifestaciones antichavistas golpistas que son rechazadas a
diario por las masas pobres, los trabajadores, los obreros, los campesinos,
gran parte de la clase media y la iglesia católica progresista.
Nadie duda de la capacidad de la inversión extranjera ni de la tecnología
requerida para la explotación de los recursos naturales en cada país, de lo
que se duda y con mucha razón es de desnacionalización de estos recursos
propios, de la riqueza natural expropiada por las empresas transnacionales
con el beneplácito de los gobiernos vendepatria, inmorales y corruptos. En
el caso boliviano como en el peruano, ecuatoriano o colombiano, para citar
sólo algunos ejemplos, las ansiadas y fomentadas inversiones transnacionales
no dejan ni para el té con galletas, porque los inversionistas escasamente
pagan impuestos gracias a las gollerías otorgadas por elementos
delincuenciales tales como Menem, Fujimori, Sánchez de Lozada, Lucio
Gutierrez, Toledo, Uribe, etc. En Bolivia las empresas transnacionales
controlan el total de las reservas de gas de las cuales el 85% están en
Tarija; la privatización de YPFB dejó en manos extranjeras el mercado de los
hidrocarburos a casi nulos niveles tributarios; la inversión entre 1997 y el
2002 fue apenas de 3,035 millones de dólares en exploración y explotación y
de 2,300 millones en infraestructura de transporte y se estima que por cada
dólar invertido se obtendrán diez, altísima rentabilidad de la cual hasta
antes de las revueltas de los GIP quedaría en Bolivia un escaso cinco por
ciento. Enorme rentabilidad de ENRON, SHELL, TRANSREDES, PETROBRAS, REPSOL,
BRITISH GAS, PETROL, que se incrementa debido al control absoluto que estas
empresas tienen sobre la producción y el mercado interno, llegándose al
contrasentido de colocar el gas para los propios bolivianos a cinco dólares
por encima del precio internacional; ganancias que se incrementan también
por la ausencia de fiscalización estatal respecto a los chanchullos de la
contabilidad, inflar costos y no pago de impuestos.
Además un conglomerado de empresas piensa exportar el gas boliviano a
Estados Unidos a una rentabilidad de un dólar invertido por veinte de
utilidad queriendo la compañía PACIFIC LNG (British Gas, British Petroleum,
Repsol) sacar el gas (36 millones de m3 diarios) por el puerto chileno de
Patillos durante veinte años (6.26 trillones de píes cúbicos en ese período
de los 52 trillones de la riqueza boliviana). De seguro esta elección será
muy rentable para la PACIFIC LNG, pero ha sido hecha sin tener en
consideración el sentimiento anti-chileno de los bolivianos luego de la
guerra del Pacífico de 1879 donde perdieron su acceso al litoral; elección
riesgosa que el consorcio transnacional piensa defender en base a los
principios del libre mercado y las decisiones privadas que les corresponde
como propietarios.
Como se observa en todas estas cifras la exigua inversión extranjera de ni
siquiera seis mil millones de dólares a la fecha, revertirá en el futuro no
menos de cinco veces el valor de los 80 mil millones de dólares de las
reservas a boca de pozo calculados, esto si se tiene en cuenta el valor
agregado del transporte y la conversión del gas natural en energía. Así la
multimillonaria explotación de los hidrocarburos bolivianos llegaría, pues,
a los 400 mil millones de dólares con una inversión en progresión que no
pasará de los 20 mil millones de los cuales la mitad será fuera de Bolivia
en puertos chilenos o peruanos, abultada suma de dinero que de ninguna
manera puede ser expropiada a un país pobre que en todos estos primeros
pasos de privilegiar la privatización sólo recibió la ridícula renta de 70
millones de dólares por año desde 1996 al 2002. Por ello el mandato popular
unificador de la recuperación del gas boliviano y los hidrocarburos,
anulando los ilegales y lesivos contratos con las transnacionales, va unido
al creciente prerrequisito de crear un sistema político de democracia
participativa y directa, de nuevas instituciones populares que liquiden al
viejo Estado y los partidos tradicionales, por supuesto antes de las
elecciones generales de diciembre.
Fuente de las cifras: Superintendencia de Hidrocarburos de Bolivia.