ara quienes recién egresados de la universidad vivimos el proceso
revolucionario de la Fuerza Armada, encabezado por el general Juan Velasco
Alvarado, nos queda poner en tela de juicio la interrupción escabrosa de una
traición. El primer pasaporte peruano obtenido por mí, allá en esa mi
juventud, llevaba un sello destacado de restricción, vamos de prohibición
digamos, para viajar a los países del ámbito socialista soviético, a Cuba,
China, Vietnam y Corea del norte. Estábamos en el primer gobierno
democrático de Fernando Belaúnde y ya la arbitraria expulsión de la hermana
república de Cuba de la Organización de los Estados Americanos (OEA) había
sido obedecida por los gobiernos sicarios de América Latina. Ninguno
levantaba la voz contra el amo rutinario del continente sometido. La ciega
obediencia a Estados Unidos, como hasta ahora subsiste en la mayoría de los
mandatarios, ni siquiera era discutida. Esa prohibición en los pasaportes
era sólo un símbolo de la servil subordinación de los Estados llamados
libres, soberanos y democráticos de América Latina. Pero a los pocos años,
mi pasaporte inicial tenía fecha de 1964, una sombra de esperanza se alzó
victoriosa en dos países importantes: Perú con Juan Velasco Alvarado y Chile
con Salvador Allende.
Velasco inició un proceso de ruptura con la oligarquía, los terratenientes y
la sujeción al mandato imperialista expulsando de palacio de gobierno, en
octubre de 1968, a Fernando Belaúnde, un presidente que si bien llegó al
poder como líder progresista en pos de la reforma agraria, la reforma de la
empresa y la nacionalización del petróleo, terminó en medio de los
escándalos de la corrupción y el inhumano entreguismo que agobia a nuestros
pueblos hasta ahora. Allende como sabemos sucumbió en el intento de llevar
el socialismo adelante por la vía democrática y constitucional, pero el
imperialismo norteamericano terminó con la vida del presidente y su
gobierno. Ya para nadie es un secreto que el sangriento golpe de Estado de
Augusto Pinochet fue una hechura del gobierno de Nixon y Kissinger; y que la
cruenta dictadura militar de los 17 años en Chile contó siempre con el apoyo
directo de la Casa Blanca.
Velasco Alvarado fue un general del ejército fuera del estándar, pues
encabezó un gobierno de la Fuerza Armada como tratando de vencer con ello el
síndrome de todas las derrotas, en especial la de la guerra con Chile. Y
desde el comienzo no sólo rompió con la oligarquía y los terratenientes
sino, principalmente, con la hegemonía de Estados Unidos en el aspecto
militar y económico. La compra de armamento y equipamiento de la Fuerza
Armada hasta su modernización más completa en lo fue la historia del país se
realizó con la Unión Soviética; y la nacionalización de los yacimientos de
Talara pertenecientes a la Internacional Petroleum Company IPC subsidiaria
de la Standard Oil y la de todos los yacimientos mineros importantes en
manos extranjeras como la Cerro de Pasco, Marcona, etc. marcaron el carácter
del proceso y la recuperación de la dignidad nacional. Sin embargo, aquello
no fue todo. Lo fundamental del nacionalismo castrense fueron las reformas
estructurales hacia una sociedad distinta enumerada como Democracia Social
de Participación Plena. En efecto, el proyecto denominado plan Inca inició
un camino sindicado como irreversible con la reforma agraria, la reforma de
la empresa, la reforma educativa, la reforma judicial, la comunidad
industrial (participación de los trabajadores en la gestión y la propiedad
de las empresas), la movilización social y el sistema prioritario de
propiedad social como base del futuro autogestionario de la sociedad
peruana.
La reforma agraria bajo el lema "campesino: el patrón no comerá más de tu
pobreza" confiscó de manera radical los latifundios azucareros, algodoneros
y todas las propiedades consideradas como una representación antisocial de
la tenencia de la tierra. Esta confiscación tuvo dos ejes principales: el de
la justicia social, sin llegar a destruir el complejo industrial en torno a
la propiedad de la tierra; y el de promoción, a través de la incorporación
de nuevas tierras de cultivo, la eliminación del minifundio y la propuesta
pro-industrialista de usar los bonos del tesoro público producto del pago a
justiprecio de las tierras expropiadas en la creación de empresas
productivas de los diversos sectores. Sólo en estos casos los bonos de la
reforma agraria se hacían efectivos de inmediato en un cincuenta por ciento
de la inversión estimada, el otro cincuenta por ciento lo ponía el
inversionista. Dionisio Romero, dueño del banco de Crédito (el principal del
Perú) y de múltiples empresas industriales aprovechó al máximo los bonos de
la reforma agraria para multiplicar su fortuna. Los resultados hablan por sí
solos. El establecimiento de las cooperativas agrarias de producción para
operar los latifundios y la creación de distintas empresas asociativas de
base campesina con la finalidad de dar cabida al esfuerzo de los
agricultores fue otro de los aspectos fundamentales de la ley. Así surgieron
las sociedades agrícolas de interés social SAIS, las asociaciones agrarias y
las ligas agrarias de campesinos.
Dentro del proyecto de la Fuerza Armada, la sustitución de la gran propiedad
privada se encausaba hacia un sistema de propiedad social autogestionaria y
hacia la industria básica y estratégica en manos del Estado; allí también
podían convivir las empresas privadas medianas y pequeñas reformadas a
través de la comunidad industrial. El tránsito progresivo de una sociedad
existente a otra totalmente distinta significaba por supuesto la
transformación global de las estructuras sociales, económicas y políticas;
proceso en el que los sectores populares de marginados urbanos, de
trabajadores, obreros y campesinos debían jugar el papel dinámico de la
revolución nacional. Sin embargo, planteado el esquema de transformación
revolucionaria faltó la clara visión de la institucionalización democrática
constitucional que diera legalidad al trabajo organizativo de la población a
cargo del sistema de la movilización social. La revolución bolivariana del
presidente Hugo Chávez sí posee esta herramienta fundamental de la legalidad
constitucional, ventaja que le da argumento y base en torno a la aplicación
de su programa nacionalista, revolucionario y organizativo. No obstante,
guardando la distancia de treinta años y las características de cada país,
Perú y Venezuela, los proyectos tienen muchas más semejanzas que
diferencias. Chávez viene reafirmando el proceso de cambios revolucionarios
en permanente consulta popular, disputando a los corruptos partidos
políticos tradicionales el espacio ciudadano. Competencia de irrestricto
orden constitucional donde la revolución bolivariana lleva una ventaja
enorme, habiendo ganado el liderazgo de Chávez ocho consultas nacionales y
otras tantas comunales, municipales y estatales. En retrospectiva este
ingrediente fue una ausencia sensible en la revolución peruana de la Fuerza
Armada y sobre todo de Velasco Alvarado.
Pero no se piense que Velasco Alvarado carecía de sustento popular. Lo
tenía, y mucho más que cualquiera de los partidos políticos tradicionales; y
lógicamente aflige ahora el que ninguno de sus asesores le hiciera ver la
necesidad de refrendar las reformas del proceso a través de una Asamblea
Constituyente al tercer año de producidas; y por supuesto su elección como
presidente constitucional de la república. Pues creo que de esa ausencia se
aprovechó la derecha y las fuerzas retardatarias internacionales para
combatir a Velasco hasta derrocarlo, conspiración que también se presenta y
seguirá presentándose con Hugo Chávez si se descuida. La institucionalidad
de la Fuerza Armada en el proceso peruano jugó el papel principal, sin
embargo, pasada la euforia popular por el cambio revolucionario tantos años
esperado, no fue suficiente. Faltó la institucionalización del país, más aún
porque a inicios del proceso éste nació también como un movimiento militar
contrainsurgente habida cuenta de las derrotadas guerrillas del MIR y ELN en
1965. En ese entonces los estrategas de la Fuerza Armada tomaron juicio de
un país convulsionado, enfrentado y dividido, sujeto a ser visto bajo la
lupa de la justicia social; y no les faltó razón porque al cabo de seis años
de derrocado Velasco, Sendero Luminoso inició la insurgencia armada y el
MRTA lo suyo propio. Inicio de quince años de una guerra civil en la
práctica, la misma que trajo el lamentable saldo de 70,000 víctimas como ha
calculado la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Y todavía no está dicho
todo porque el país continúa dividido aún más entre los inmensamente ricos y
las grandes mayorías marginadas y hambrientas; situación endeble, sostenida
por una legalidad deleznable, espuria y corrompida, auspiciada por el
estatuto de Fujimori que presume de ley de leyes, muy acorde a la
putrefacción de la clase política en el gobierno. Contexto propicio para los
golpes de la insurgencia popular en contra de la usurpación del poder
soberano del pueblo.
El 29 de agosto pasado, hace treinta años, el general Francisco Morales
Bermúdez y un grupo de militares corruptos como él traicionaron a Velasco
Alvarado, aprovechando de su enfermedad. El relevo del presidente Velasco
fue una infame felonía de quienes días anteriores lo celebraban como líder
de la revolución; y cuyo temor a la reacción popular les hizo demorar la
contrarreforma llevándola a cabo paulatinamente en varios episodios que
ellos mismos llamaron la segunda fase. El APRA, partido gemelo de Acción
Democrática en Venezuela, jugó el principal papel desestabilizador mediante
una asonada de vandalismo y saqueos en febrero de 1975, meses antes de la
traición de Morales Bermúdez. Pero seamos claros, la traición y la infame
felonía no fue contra una hombre, Juan Velasco Alvarado, sino contra una
nación en busca de la justicia social, contra un país con estabilidad
económica y contra las propias instituciones castrenses que volvieron a
degenerarse en un mar de corrupción y mafia como hemos visto en el balance
de los diez años del gobierno de Fujimori y Montesinos. El desmontaje de las
reformas estructurales no pudo ser total en la aventura de Morales Bermúdez
porque tenía la oposición popular a cuestas, de allí que durante dos años
consecutivos impuso el toque de queda, el estado de emergencia y la ley de
seguridad interior, hasta que un Paro Nacional de gran envergadura en julio
de 1977 lo obligó a la convocatoria de una Asamblea Constituyente. La suerte
del Perú estaba echada, porque con la ayuda de Morales Bermúdez regresaron
los corruptos partidos políticos tradicionales a terminar su trabajo de
desmontaje y destrucción, también a dictar la cátedra del país con los
resultados que el pueblo hoy lamenta hasta las lágrimas después de sufrir a
Fernando Belaúnde en su segundo período, a Alan García acusado de ladrón y
genocida, a Alberto Fujimori el delincuente prófugo y genocida; y al actual
Alejandro Toledo de comentarios reservados por cuanto gobierna única y
exclusivamente a favor de las transnacionales y los designios de Washington.