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Luis Borges, para poner un ejemplo, fue un escritor de méritos
reconocidos. Ninguna critica o apreciación podría oscurecer el lugar
alcanzado por él en la literatura universal y latinoamericana en cuanto a
calidad estética y conocimiento del lenguaje; tampoco respecto a su
particular filosofía y su gran imaginación para enlazar los hechos reales
con la fantasía y el misterio. Pero quiero resaltar que en sus inicios como
escritor y poeta la caída del presidente Irigoyen en Argentina (1930) le
produjo el gran disgusto de su vida, tan grande como para colocar atrás la
política y tratar de ver las cosa a través del prisma insípido de la
inhibición ideológica. Luego, durante toda su vida creyó ser un creador
independiente, no alineado, sin compromiso con nadie, libre; un hombre
apolítico para ser exactos. Sin embargo, en cuanta entrevista concedió el
sarcasmo, muy usual en él, lo identificaba con el orden establecido de una
democracia en abstracto. De un sistema político ideal inexistente que
resumía a final de cuentas una posición política, de cierta manera
retrógrada y rancia. Por ejemplo su cólera y el rechazo total al populismo
de Juan Domingo Perón y la exaltación de los "descamisados" de Evita, estuvo
siempre presente en el transcurso de su existencia. Compromiso ideo-político
suficiente como para enviar el mensaje necesario a una clase media elitista,
exclusiva y cultivada, por supuesto completamente ajena a lo popular. Y
aunque si bien su obra primigenia recreó a los personajes del arrabal y de
los barrios pobres de Buenos Aires, la presencia de ellos es vista desde el
pedestal de los de arriba. Se produce así una obra para los individuos
cultos, que en la mayoría de los casos no leen pero sí comentan lo que no
han leído a fin de aparecer instruidos.
Someramente toco el tema de Borges para referirme en general al tema del
intelectual comprometido que él no fue; o que actuando como actuó pensó no
serlo. El argumento del intelectual comprometido, referido a los artistas en
general vistos como los hombres de izquierda tanto en posición como en
ideología es un cliché si bien determinante, un tanto equívoco. Y debemos
ser claros respecto a esta definición por cuanto del otro lado de la orilla
también existen los "comprometidos" que se sitúan por encima de la realidad
a fin de aparecer como los escritores castos o los intelectuales a secas,
aquellos que creen existir sin compromiso alguno excepto el de su creación.
Ciertamente este tipo de no compromiso es falso y la incorporación al orden
establecido es tan meridiana que la creatividad de ellos se ve menguada por
esa suerte de militancia elitista mercantil. Y la mayoría de las veces
producen cantidad pero no calidad, porque para todos ellos es preferible ser
aceptado por las editoriales que alejarse de ellas. De ahí una producción
regular aunque mediocre dentro de los parámetros establecidos para las obras
de carácter universal.
El autocontrol en algunos y la real autocensura en otros atenta contra la
creación literaria, pues no debe escribirse para reproducir escenas
conocidas sino para inventarlas. Ya que como señala el magnífico ensayo de
Oscar Wilde (Decay of Lying) presentado como el dialogo entre Cyril y
Vivian, "el arte es un velo antes que un espejo, el arte encuentra su propia
perfección dentro de él no afuera. la vida y la naturaleza se muestran en el
espejo, el arte no porque es la realidad existente." Los grandes artistas
son los creadores, los escritores que inventan a los personajes inexistentes
y les dan vida. En cambio en la vida y la naturaleza ellos (los personajes)
existen por sí solos y el escribiente, sólo los copia tratando de
introducirlos socialmente. Por ejemplo, nadie ha visto al Dios Padre pero
Miguel Angel en la Capilla Sixtina lo pinta en la interpretación de su
propia creación, como él lo pensó y vislumbró; Leonardo le da vida a una
mujer en la sonrisa enigmática, en el misterio de sus ojos; los famosos
pintores impresionistas pintan los paisajes no como realmente existen sino
como ellos los viven y los perciben; asimismo los escritores y poetas que
alguna vez han nombrado a la luna no la han visto como la gente común y
corriente en un espejo, diciendo que resplandeciente y que bella; no el
creador literario ha descrito algo más de ella: el misterio de su
existencia, el sabor de sus cráteres, sus efectos atmosféricos, sus cambios
de figura, en fin su afán ha sido colorearla en toda su majestad como si
fuera un sueño. Del mismo modo, la sociedad, el mundo, el poder, la
ambición, la injusticia, la pobreza, la guerra, no pueden ser sólo
descripciones con lujos de detalles sino interpretaciones en cualquier
estilo (romántico, modernista, surrealista, realista, mágico realitas, etc.)
que necesariamente indican una toma de posición del escritor creativo y
verdadero. Allí reside la gran diferencia entre el escritor y el
escribiente.
El problema de fondo es que los imitadores conforman una elite impenetrable.
Una legión de censores con alma de funcionarios. Son los escribientes que
por gozar de las sinecuras del poder establecido mantienen la influencia en
la media, en el circuito comercial de las editoriales y en las instituciones
culturales financiadas por los gobiernos. Y son quienes cultivando cierto
virtualismo en el lenguaje utilizan la posición del conglomerado oficial
para hacer política solamente anodina en apariencia, pues todos ellos saben
bien lo que buscan; y el compromiso real con el conservatismo los denuncia
todos los días. Desde esa tribuna los escribientes, críticos y hasta
censores, fustigan la creación artística de los intelectuales comprometidos,
a la que llaman acomplejada, subversiva, militante, panfletaria, etc. Y no
es de extrañar puesto que ellos también son "comprometidos" con los jugosos
estipendios metidos en el fondo sus bolsillos. Los dactilógrafos son otra
clase, periodistas de la masa-media empresarial, que en la mayoría de los
casos son peores, porque ellos sólo toman nota de los dictados y las
promulgaciones editoriales que luego deben escribir. En este mundo
aparentemente confuso el acomodo no es ajeno a los núcleos cerrados de las
mafias intelectuales, como todas las mafias difíciles de erradicar. Sin
embargo, la cuestión fundamental sigue siendo la calidad de las obras y el
contenido de las mismas, ya que en los ambientes refinados no encontramos
realmente producciones literarias de reconocimiento universal para dolor
enfermizo de las sectas en casi todos los medios escritos, de radio o
televisión, donde se elogia lo insignificante y se prohíbe el reproche al
sistema tan de boga del neoliberalismo, la globalización y la economía de
mercado.
El dominio de la palabra es exquisito de por sí, pero la creación es el arte
fecundo de lo político en cualquiera de sus vertientes, de la vida,
sociales, amorosas, nacionales, guerreras, reales, fantásticas, históricas,
etc. donde el juicio del escritor interviene con una posición filosófica e
ideológica. El mundo de la literatura está plagado de discusión no de
indiferencia y la existencia de esta controversia indica la existencia del
compromiso de uno y otro lado. Si alguien es totalmente indiferente por lo
que ocurre alrededor, no es insensible sino reaccionario. Si uno acepta el
abuso es abusador y si acepta la violación de los derechos es un violador
pasivo; si acepta el robo es cómplice y si el asesinato es asesino en
potencia. El silencio en todas sus formas es una aceptación tácita. El acto
de permanecer callado es ser culpable, callar es mentir como nos enseñara
Miguel de Unamuno. Las crónicas hepáticas de Mario Vargas Llosa contra el
líder de la revolución Fidel Castro, que agradan sólo a los cubanos de Miami
y sus congéneres, son ataques delirantes, desproporcionados e inexactos. Y
si estas crónicas las evaluamos en comparación a los informes documentados
que los organismos internacionales publican respecto a la salud, la
educación, la mortalidad infantil, la morbilidad, el deporte, la
alimentación, el avance médico y la cultura en Cuba, asoma el renegado
maldiciente no el escritor. Y si un hombre de su categoría pierde el sentido
de la realidad, estamos hablando, en este caso, de una clara militancia
obediente a su ubicación en el mundo de los negocios de la libertad en
abstracto, de la democracia del poder pecuniario de los monopolios y de las
leyes del libre mercado o del capitalismo salvaje como lo definió Juan Pablo
II. Y aquello es compromiso mondo y lirondo, como lo es el del actual Premio
Nobel de Literatura Harold Pinter mandando a la mierda la guerra de Irak y
llamando criminales de guerra a George Bush y Tony Blair.
A consecuencia de los comportamientos, los debates y la toma de posiciones
en el mundo, nunca existieron ni existen los intelectuales puros y todos de
una manera u otra están comprometidos, los más sensibles creadores se
alinean con la justicia social y los otros bajo la apariencia de
independientes con el status quo o sea el sistema de opresión imperante. No
hay términos medios, unos como Pablo Neruda, Jean Paul Sartre, José
Saramago, Darío Fo, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Gûnter
Grass, Albert Camus, George Bernard Shaw, Harold Pinter, tienen o tuvieron
una visión diferente a Jorge Luis Borges que al final de sus días,
inclusive, se opuso a la recuperación de las islas Malvinas territorio
argentino colonizado por los ingleses. Y por supuesto a Mario Vargas Llosa,
cuyas frustraciones como líder político de un frente ultra conservador en el
Perú, las pinta como novela bajo el título de "Pez en el Agua." En fin, los
compromisos existen y la opción que se tome define en mucho al escritor.
12 de noviembre de 2005