n un
terreno generosamente abonado y bien sembrado, de guerra abierta
contra el neoliberalismo, la corrupción, la inmoralidad y contra los
políticos tradicionales y sus viejas armaduras partidarias, la aparición de
un liderazgo ajeno al manejo del sistema político imperante era una
necesidad inconfundible. Además el aval a esta tendencia contestataria y
antiimperialista no provenía sólo del país (Perú) sino del poder
integracionista sudamericano en gestación avanzada (MERCOSUR como bloque de
poder regional y rechazo al ALCA en Mar del Plata.) Y una muestra
representativa de todo este trabajo de la vanguardia política de izquierda y
los gobiernos progresistas de Brasil, Argentina y Venezuela fue el
inobjetable triunfo del Frente Amplio de Tabaré Vásquez en Uruguay y hoy en
día ha sido la aplastante derrota de la maquinaria oligárquica boliviana
con el triunfo de Evo Morales y el significativo alcance de un 53.7% de los
votos válidos a su favor (cifra oficial.) Resultado que para unos fue una
sorpresa y para otros el fruto de una dinámica evolutiva de las fuerzas
anticapitalistas en los propios Estados burgueses que bien podríamos llamar
una revolución de los votos o de los procesos electorales avivados por las
caídas de varios presidentes constitucionales provocadas por la insurgencia
popular participativa.
En este contexto, la recepción a un líder antisistema en el Perú estaba
descontada. En octubre pasado, en mi artículo
"El cambio está sólo en el
campo popular" mencioné: "Existe un bolsón
de votos no definidos que son anti-sistema, anti-corrupción e inmoralidad,
que aunque pesimistas irán a definir la elección en el tramo final apostando
por un cambio viable. Se habla con insistencia de Ollanta Humala, el
nacionalista comandante del ejército pasado a retiro, quien para llegar a
convertirse en el outsider buscado deberá entender la política con el más
amplio criterio consensual y pluralista del campo popular. Si así lo
entiende bien podría ser el candidato presidencial en un frente amplio de
todas las fuerzas sociales innovadoras." Al respecto, una parte de esta
visión se ha cumplido. El candidato Ollanta Humala ha llenado el espacio
vacío dejado a disposición de él por una vanguardia de izquierda incapaz de
haber creado el líder ideal para los tiempos que sobrevendrían, los de
juntar la enorme pluralidad de los representantes independientes de
izquierda (expertos, intelectuales, técnicos, cristianos progresistas,
ecologistas, etc.) cuyo denominador común es el anticapitalismo y, en
consecuencia, el antineoliberalismo unido a la desacertada idea (para los
países pobres) de la globalización.
A la fecha Ollanta Humala ha llenado ese vacío electoral del hartazgo con
los partidos tradicionales, pero lo ha hecho de una manera tal vez
precipitada por la urgencia de su inscripción presidencial ante el Jurado
nacional de Elecciones y la falta de reconocimiento oficial a su partido
(PNP.) Esta dinámica de atolondrada negociación permitió la invasión de
elementos corruptos, ávidos comerciantes de la política. No de otra manera
se explica la presencia en la fórmula presidencial de un funcionario dorado
del equipo inicial de Pedro Pablo Kuczynski y un abogado nexo con el
fujimorismo; esto separadamente de su unidad partidaria con la UPP, cascarón
partidario tradicional de sagaces utilitarios. Tal vez esta premura de la
inscripción sin partido reconocido lo puede haber llevado a una confusa
situación que contrariamente a la ambigüedad lleva como capital político el
bolsón de los votos de la confrontación con el sistema o sea del espacio
izquierdista que los partidos socialistas y afines no pudieron conquistar. Y
hoy a pesar del espaldarazo internacional recibido de parte Evo Morales y
Hugo Chávez en Caracas, no sabemos si Ollanta Humala es el candidato ideal
buscado, aunque sí por las simpatías que despierta el llamado a derrotar al
conjunto de los partidos tradicionales del sistema neoliberal impuesto desde
Washington: Unidad Nacional de Lourdes Flores, el APRA del acusado de
corrupción y genocidio Alan García y el Frente de Centro del ex presidente
provisorio Valentín Paniagua.
Sin embargo, no por una cuestión de simpatías sino de seguridad en torno a
la verdadera transformación del país, el requisito indispensable era la
conformación de un frente amplio popular como el uruguayo, representativo de
las luchas anticapitalistas y contra la vieja clase política anillada en
torno al cabecilla inmoral Alejandro Toledo. Y digo era sólo porque sigue
siendo aún una posibilidad. Ya que si bien hubo algunas conversaciones
alrededor de esta posible alianza de frente amplio popular a ser encabezado
por Ollanta Humala, el descalabro sobrevino de una parte por la falta de
consistencia ideológica y política de un candidato confundido por la
velocidad de los acontecimientos; y de otra por el dogmatismo de los
partidos de izquierda de auto-promoverse con la dirigencia en primera
instancia y no con el naipe abierto hacia los intelectuales y técnicos del
vasto campo popular. Debemos mencionar que Ollanta Humala es un candidato
caudillista (cuando la costumbre del caudillismo no ha sido desterrada de
América Latina;) y es uno, que de buenas a primeras encontró la mesa servida
gracias al trabajo de muchas fuerzas en juego en el ambiente nacional
exacerbado por la corriente sudamericana de los golpes de la insurgencia
popular producidos, principalmente en Argentina, Ecuador y Bolivia; de los
paros nacionales contra la política servil y de hambre de Alejandro Toledo;
y también del empuje de la revolución bolivariana de Hugo Chávez secundada
por Cuba. Por esas razones justamente, la izquierda partidaria o política
dejó pasar la oportunidad de la confluencia abierta a todos los sectores
agraviados por el sistema político vigente regido por el espurio estatuto de
Alberto Fujimori. Y esta clamorosa falta de dirección y visión política de
la izquierda se fundamenta en el perdurable dogmatismo de haber privilegiado
a la militancia, como siempre jugando a la posible representación
parlamentaria dentro del actual orden gubernativo (mínima en el mejor de los
casos) antes que pensar en la viabilidad de ser gobierno de cambio radical,
para lo cual es básico y forzoso ir contra el sistema vigente del llamado
consenso y el ilusorio Acuerdo de Gobernabilidad (lugar donde esta izquierda
tiene la triste presencia de los convidados de piedra).
En esta enorme confusión electoral peruana con la vergonzosa presencia de
una veintena de candidaturas presidenciales, una vez más la izquierda
partidaria padece no sólo de la falta de unidad sino también de la
insolvencia para comunicarse con amplios y diversos sectores de la sociedad.
Y en esta dirección como ocurrió en el 2000 y el 2001 los izquierdistas
activados han dejado la cancha libre para el advenimiento de otro Alejandro
Toledo, el hombre que se subió al coche en marcha de la rotunda oposición al
delincuente prófugo Alberto Fujimori, y lo hizo con un discurso emotivo de
raigambre popular, aprovechando sus inconfundibles rasgos indígenas, para
luego desde el poder servir con la mayor eficiencia a los propósitos de la
Casa Blanca. Sin embargo, hay que resaltar que Ollanta Humala posee una
formación diferente a la de Toledo y no ha sido incubado en las regias
hospitalidades de los organismos internacionales y la Casa Blanca. Y si esto
abona en su favor para no ser confundido con otro Toledo, no se puede decir
lo mismo de su miedo a la definición cabal y auténtica, porque una cosa es
su ideario de la creación de una Segunda República y otra muy distinta su
alianza con algunos políticos corruptos de vieja data. Aquí no cabe duda que
la creación homérica de Ollanta se debe al esfuerzo de su hermano Antauro,
los reservistas y el periódico que bajo el nombre del candidato circuló por
más de dos años con ataques virulentos contra el régimen pronorteamericano
de Toledo, la clase política corrupta y la costra inmoral de los
fujimoristas y los generales corrompidos encumbrados por el asesor y agente
de la CIA Vladimiro Montesinos. No obstante, todo aquello ha sido dejado de
lado a fin de tomar una distancia con su propia familia y fundamentalmente
con la sublevación de Antauro Humala en Andahuaylas que en un momento de
desbarajuste gubernativo (enero de 2005) pedía sólo la cabeza de Toledo y la
restitución del orden constitucional (Carta de1979) violada y burlada por el
ciudadano japonés Alberto Fujimori y sus sucesores, seguidores del estatuto
dictatorial que rige hasta nuestros días. Sublevación de Andahuaylas que no
apuntaba, como la prensa de la derecha quiere mostrarla, a la imposición
dictatorial del etnocacerismo. ("Perú:
evasión deliberada")
Ollanta Humala sólo reivindica la "quijotada" de Moquegua (levantamiento
contra Fujimori en las postrimerías de su huida a Japón) como bien lo ha
señalado el presidente Hugo Chávez; y no la de Andahuaylas tal vez por temor
a ser tachado de insurgente por una derecha hábil en la demolición de los
candidatos populares, lo cual es impropio en tanto y en cuanto en la lucha
política existen ejemplos de sublevaciones lícitas, de llamadas de atención
a la podrida clase gobernante, como por ejemplo la del propio Hugo Chávez
contra el impenitente inmoral Carlos Andrés Pérez; o la del mismo Evo
Morales contra Sánchez de Losada donde hubo decenas de muertos. Entonces,
debemos pensar seriamente en varios aspectos de esta candidatura vinculada a
la figura de Velasco Alvarado en la historia peruana, reivindicación
internacional hecha en el discurso de Hugo Chávez. ¿Significa este
acercamiento a Chávez una política de raigambre fundamental, de
identificación firme con el bloque de poder sudamericano en formación o es
sólo una pose electorera? Ulises Humala, el hermano también candidato
presidencial identificado con Antauro, piensa que tanto el presidente electo
de Bolivia, Evo Morales, como Hugo Chávez están equivocados respecto a la
posición progresista e innovadora de Ollanta. Pero, lo que cuenta en el
oficio político son los compromisos, los programas y las líneas de acción
inmediata y de ahora en adelante, para creerle, Ollanta Humala debe dejar de
lado su don de confusa presencia para reencontrarse con los mejores cuadros
del conglomerado disperso de las candidaturas de izquierda y las
progresistas a fin de conformar el más amplio frente popular de respaldo a
su candidatura, confluencia posible a través de las lista congresal y la
renuncia de las mini-candidaturas sin opción alguna. Si la izquierda peruana
ha madurado lo suficiente debe pensar seriamente en compartir el gobierno,
en ser gobierno, no elementos aleatorios de oposición consentida y alegre en
un Acuerdo Nacional que no sirve para nada, excepto para reforzar el sistema
de dominación y colonialismo dirigido por los partidos tradicionales. Y
tomándole la palabra a Ollanta Humala, después de su visita a Caracas,
estamos por su llamado a "la unidad política de todas las organizaciones
sociales y fuerzas de izquierda del país, ronderos, cocaleros, mineros,
alpaqueros; las puertas están abiertas en este proyecto nacionalista en
condiciones de igualdad," ha señalado. En este sentido, adelantó que en los
próximos días tomará contacto con los principales líderes de la izquierda y
otras organizaciones sociales para explicarles su propósito.
6 de enero de 2006