escasos días de las elecciones generales peruanas del 9 de abril, debemos destacar la labor de la prensa, radio y televisión. Sobresale aquí el fracaso de la estrategia periodística, elaborada por sectores empresariales nacionales y extranjeros vinculados a los partidos tradicionales. Este género de periodismo, conducido por la pedantería de creerse la última palabra, practicó el mismo método utilizado por Montesinos y Fujimori en cuanto a la destrucción mediática de los opositores; hoy en día contra el candidato nacionalista, comandante Ollanta Humala. Ciertamente, la reunión de reporteros, investigadores, intelectuales y analistas de todo pelaje, en el cometido, bien pagado, de destruir la opción del cambio económico y social frente al continuismo neoliberal, no pudo repetir la historia de la demolición sufrida por Andrade y Castañeda como posibles reemplazantes del ahora ciudadano japonés preso en Chile.
La explicación, simple y precisa, para el mismo fenómeno de aniquilación mediática es que los candidatos anteriormente nombrados apostaron para el año 2000 por el continuismo neoliberal del gobierno de Fujimori, donde por supuesto mejor era el propio protagonista que los reemplazantes. La diferencia presente, en el nulo efecto de demolición de la prensa contra Ollanta Humala, se manifiesta no en el hombre-objetivo a destruir sino en la imposibilidad de vencer la proclama de ruptura del esquema de encadenamiento y persistencia en un modelo continuista, Fujimori-Toledo, ya fracasado y palpable. Se manifiesta también en el rumbo diferente que viene tomando la región latinoamericana en Argentina, Brasil, Venezuela, Uruguay, Bolivia y probablemente México, donde incuestionablemente en el Perú, el lugar ha sido capitalizado por Ollanta Humala.
En este sentido la torpe labor del periodismo empresarial, responsable de la polarización política que juega a favor de Ollanta Humala, indica a su vez la pobreza de argumentos de la clase política tradicional y de la tan mentada libertad de expresión en manos de los dueños y apoderados, todos ellos ávidos de ejercer la manipulación de conciencias a fin de proteger sus intereses, sus sociedades y negocios. Este arbitrario manejo de los medios de comunicación a favor del continuismo de la derecha en el poder con Lourdes Flores o Alan García, ha sido un boomerang que indudablemente sacude al propio sistema democrático de ellos, donde la democracia no existe ni como sombra de la definición o hechura imperfecta a ser revisada. La grave responsabilidad de incentivar las pasiones a través de la descalificación injusta, ilícita y censurable de Ollanta Humala, recae en un periodismo que no ha permitido y menos estimulado el debate serio alrededor de la problemática nacional. Se han exigido planes y programas de gobierno, sin embargo, la artillería pesada de la prensa en general se ha desviado hacía las acusaciones triviales, mentirosas y festivas, en un afán de logros primarios emocionales dirigidos a la decisión disparatada del voto mayoritario que, felizmente, no ha llegado a calar en el pueblo por cuanto este tipo de irracionalidad periodística sólo sirvió para alimentar el entretenimiento mas no el razonamiento. Y allí donde la clase política tradicional y sus voceros propios y alquilados ven un voto emotivo a favor del candidato nacionalista, en realidad existe un voto masivo razonado y bien pensado.
No hay otra explicación. El voto masivo del campo popular por Ollanta Humala, se distingue por un razonamiento madurado en más de veinte años de sufrimiento y engaño. Y el voto repartido de Lourdes Flores y Alan García obedece, de una parte, a la clase social privilegiada y de la otra, a la percepción del miedo inculcado en los más débiles, en relación a las libertades, bienestares y prerrogativas democráticas que nunca tuvieron. Ese y no otro es el resultado de la campaña de difamación contra un candidato que recoge un sentir nacional de cambio económico y social, traicionado por Alejandro Toledo en la presidencia, luego del apoyo logrado en la marcha de los cuatro suyos contra la corrupción y la dictadura de Alberto Fujimori. ¿Convenía a los candidatos de la derecha, Flores y García, discutir planes de gobierno, programas, ideario? Por supuesto que NO. Y con toda claridad respondemos NO, por cuanto a ambos candidatos de la continuidad institucional, corrupta e inmoral, les habría sido imposible responder al clamor nacional que exige como programa mínimo una serie de reformas fuera del libreto del pertinaz neoliberalismo que ellos suscriben, apoyan y defienden, tal como se les ha visto actuar durante el gobierno de Toledo. Además, los planes de gobierno de los partidos tradicionales siempre han sido sólo un prerrequisito de presentación en sociedad, pues nunca se han cumplido en sus gobiernos dirigidos a control remoto por el Fondo Monetario Internacional y las “reformas estructurales” de sus programas.
A exigencia de los partidos tradicionales se reclamó el prerrequisito del plan de gobierno a Ollanta Humala, sin embargo, presentada la propuesta no cambió en nada la acusación de la improvisación y el salto al vacío, pues el interés por la propuesta en realidad era secundario, como secundarios son los planes de Unidad Nacional y el APRA, cuya definición real de los mamotretos empastados corresponde, sin lugar a dudas, a la de un inventario de acciones continuistas dispersas, sin sustento presupuestario ni análisis financiero. Por consiguiente, las inclinaciones políticas del grueso de la población no educada más tienen que ver con las intenciones de buen o mal gobierno, referentes a una mejor distribución de la riqueza y el acceso a los beneficios directos de la educación, el empleo, la salud, la vivienda, la alimentación, la seguridad y el bienestar general. Todas ellas promesas fallidas de los sucesivos gobiernos de la clase política tradicional; tradicional no por antigua, habitual y rutinaria sino por corrupta, inmoral y putrefacta; la misma que ha llegado a través de su comportamiento despótico, descarado y abusivo, a su decadencia final. Tanto es así que los candidatos más representativos de ella, Lourdes Flores y Alan García, aceptan la derrota cabal anunciada en las encuestas y pelean desesperadamente el segundo lugar, no el primero, donde de antemano reconocen a Ollanta Humala como ganador indiscutible.
El síntoma de aceptación de la derrota es inequívoco. La irracionalidad de atacar sin clemencia y de descalificar al rival político contra el continuismo putrefacto, Ollanta Humala, ha llevado a los dos candidatos relegados a autodefinirse y acuchillarse mutuamente como representantes de la oligarquía y de los ricos. Rincón donde Alan García lleva la peor parte debido a su desastroso gobierno al servicio de los doce apóstoles (grupo financiero de Dionisio Romero-Banco de Crédito,) a la corrupción generalizada de su período, a la quiebra del país y a los crímenes de lesa humanidad; y Lourdes Flores por sus vínculos a los consorcios industriales y financieros nacionales y extranjeros. La líder socialcristiana es una representante consumada de la derecha y García Pérez no se queda atrás, pues representa los mismos intereses aunque es, por definición, un chacal disfrazado con piel de oveja.
En conclusión este 9 de abril se va a elegir por un nuevo Perú, de ninguna manera por fragmentarios planes de gobierno, no discutidos seriamente en ninguna instancia. Se va a votar por intenciones y propósitos políticos. Y la enorme ventaja de Ollanta Humala en esta autopista de velocidades diferentes entre lo viejo y lo nuevo, está en el ideario político innovador del Partido Nacionalista Peruano, que se contrapone a las débiles plataformas del social-cristianismo prehistórico y del partido aprista convertido en el vetusto aparato de una camarilla obscena de mando unipersonal. Frente al ideario del PNP los partidos políticos tradicionales no han sido capaces de dar respuesta y han preferido armar la no discusión, el no debate, a fin de evadir la enorme responsabilidad que tienen frente a la situación de miseria, abandono y exclusión, en la que vive más del 60% de la población nacional. Justamente por ello se votará a favor del candidato nacionalista Ollanta Humala por la instauración de la segunda república (vía Asamblea Constituyente,) por la promoción del empleo y la defensa de la identidad nacional; por el rechazo a los monopolios y la liberación de la economía; por la revisión de los contratos de la privatización fujimorista y contra la corrupción generalizada y el narcotráfico; por el apoyo y la defensa de la agricultura, la ganadería, y la agroindustria; por la integración étnica nacional en condiciones de igualdad; por la educación y salud sistémicas de alcance a los más necesitados; por la regeneración de la Fuerza Armada y el Poder Judicial; por la nacionalización de los recursos naturales y la defensa del Mar de Grau; por la defensa de la democracia participativa y la opción de la revocatoria del mandato de los representantes y autoridades elegidas; por la protección y defensa del trabajador y los jubilados; por la integración latinoamericana antiimperialista; por fortalecimiento del capital nacional, la industria estratégica y la exportación; por la soberanía popular, la justicia social y el nuevo Perú.
Todas estas líneas de acción programática, contenidas en el ideario del PNP, se ubican en la combinación más amplia de la ansiedad colectiva en espera de sus reivindicaciones, postergadas por decenas de años de gobiernos tradicionales putrefactos marcados por la historia. Y ninguno de estos objetivos nacionales prioritarios están contenidos en los mamotretos del Fondo Monetario Internacional entregados a Lourdes Flores y Alan García por el ciudadano norteamericano Pedro Pablo Kuczynski y Alejandro Toledo, a fin de que con las gradaciones coloreadas sirvan de plan de gobierno de la supuesta administración de continuidad salvadora de la caricatura de democracia acostumbrada. La verdad sea dicha y de una vez. Los partidos tradicionales, la prensa, la radio y la TV, los empresarios nacionales vinculados a las transnacionales, los agentes financieros, el gobierno de Toledo y la embajada norteamericana, previnieron y evitaron toda discusión programática por cuanto un esclarecimiento pleno de la problemática nacional hubiera alimentado aún más la votación favorable a Ollanta Humala; de allí la beligerante campaña de descalificación de la candidatura nacionalista en la persona del comandante, no en el ideario, que les ha sido contraproducente por la sencilla razón que a estas alturas nadie cree en la propaganda masiva de origen plutocrático o sea de la preponderancia de la clase dominante en el gobierno; excepto, claro está, para el chiste y el entretenimiento.
3 de abril de 2006