oncluido
el proceso electoral peruano en su primera vuelta no debemos alejarnos del contexto previo a la votación. Allí la discusión principal estuvo situada entre un cambio sustancial de las políticas de Estado y el perpetuo continuismo de los últimos años, garantizado por la clase política tradicional y sus partidos. Eliminada de la contienda electoral la oligarquía antidiluviana representada por Lourdes Flores, muy a pesar de ella que quiso modernizar el discurso hacia lo social, la opción de la clase capitalista mafiosa ha recaído por trasvase natural en Alan García Pérez, un ex presidente conocido por su incompetencia, su proclividad hacia la inmoralidad y los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la “guerra sucia” emprendida por su gobierno. A este desplazamiento vertiginoso de la clase política tradicional se ha juntado una avalancha descomunal, mucho más entusiasta que la de la primera vuelta, de ataques de los periódicos, la radio y la TV contra el candidato nacionalista Ollanta Humala, líder de una corriente democrática del pueblo en busca de un cambio verdadero e histórico. Estos furiosos ataques eran de esperarse debido a la búsqueda desesperada de los operadores de la corrupción y la inmoralidad, por salvar, a cualquier costo, el Estado putrefacto del cual se nutren los políticos y empresarios deshonestos de la mafia existente como sistema. En este contexto, los empresarios honestos, los pioneros de la industria nacional nada tiene que temer y si mucho que ganar con Ollanta Humala en tanto el nacionalismo defiende sus intereses de peces chicos frente a los tiburones.
Seamos claros y conscientes, en esta tarea de salvación nacional, de liberarnos de la porquería política de una vez y por todas; la misma que los peruanos denunciamos a diario como una constante del presente y el pasado, nos enfrentamos al cogollo del poder político y económico despótico, comercializado como democracia. Y frente a ello no podemos ser complacientes ni engañados. Porque justamente por esa razón salen a agredir en defensa del sistema los pérfidos mastines del periodismo venal. Así el maniqueísmo de los medios de comunicación, de presentar una lucha entre el bien y el mal en términos casi religiosos, Alan García el pecador redimido y Ollanta Humala el Satanás ángel de la tinieblas, es una grosera manipulación de la conciencia ciudadana. Tan grosera e increíble que el más simple razonamiento nos asombra, puesto que la satanización tiene que ver sólo con enormes intereses económicos sacados a la luz del día por el candidato nacionalista. Tiene que ver con el dedo puesto en la llaga, donde la purulencia supura ardiente por la aparición de una candidatura con fuerza de cataclismo que no pertenece, ni le interesa pertenecer, a la podredumbre del país enfermo de Belaúnde Terry, García Pérez, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo; solamente para citar a los últimos gobernantes que han sumido a la mayoría de los peruanos en la miseria (54% de pobres) la falta de empleo, el hambre, el analfabetismo y el padecimiento crónico. ¿Tiene alguna lógica esta realidad de infortunio y desgracia en un país inmensamente rico en recursos naturales y energéticos de toda clase? ¿Son seres endemoniados los que pretenden corregir una situación de tortura nacional y de sacrificios inconcebibles de quienes sobreviven a duras penas con dos o tres dólares al día?
Y acusamos a la manipulación de los medios de comunicación porque son ellos quienes han fomentado y fomentan en coordinación con los partidos tradicionales una imagen no sólo negativa sino infame y perversa del comandante Ollanta Humala por el inusitado hecho de no ser miembro del club ni haber salido del sistema político de las desgracias nacionales. Alberto Fujimori también fue un outsider, pero consentido y luego incorporado a la maquinaria de la corrupción, la cual el ciudadano japonés fomentó hasta niveles de abominación aún presentes; Alejandro Toledo fue otro outsider enganchado de antemano por sus estrechos vínculos con la tecnocracia internacional de los Estados Unidos y la corrupción inmersa en las privatizaciones del neoliberalismo mal llevado. Ollanta Humala en cambio es un outsider diferente que se ha ganado la inmediata enemistad de los líderes tradicionales debido a su posición nacionalista de recuperación de la dignidad patria; en la perspectiva de realizar un cambio económico, político y social de liberación de las fuerzas productivas en beneficio directo del país. Programa mínimo que la prensa no cita, ni le interesa citar al haberse alineado primero con Lourdes Flores y hoy con el anteriormente repudiado Alan García. Reunificación práctica de la derecha, vía el alanismo militante, en la tarea artificiosa y mentirosa de salvar la democracia contra el autoritarismo.
Lo que sorprende de este embuste del autoritarismo es que nada tiene que ver con la realidad. Si no veamos el asunto con lupa de observador acucioso. Para el conglomerado de los partidos políticos tradicionales la democracia existe sólo cuando ganan ellos las elecciones y si las pierden es autoritarismo; y si las pierden varias veces seguidas más autoritarismo será del que las gana. El caso de Venezuela es elocuente, los partidos tradicionales perdieron las elecciones consecutivamente (más de ocho, con observadores políticos internacionales de todos los colores;) recurrieron al golpe de Estado donde también perdieron; y por último boicotearon las elecciones parlamentarias porque sabía que las iban a perder. Entonces, la prensa venezolana patronal y sus aliados internacionales comenzaron a acusar paulatinamente a Hugo Chávez de autoritarismo, de dictador caribeño, de autócrata, déspota, tirano, opresor, amo, mandón, etc. Sin embargo, ante tanto ataque ciego y sin sentido Chávez se jugó todo el poder de gobernante en una revocatoria a su mandato, cosa que nunca arriesgan los mandatarios que entienden la presidencia como un cheque en blanco para hacer lo que les da la gana como ha ocurrido con un desaprobado Alejandro Toledo; y en esta revocatoria los partidos tradicionales también perdieron y entonces la emprendieron con el sabotaje abierto al progreso de Venezuela como país y de su pueblo. Y, es tan cínica la posición de los partidos políticos tradicionales que la historia nos señala que el tan mentado autoritarismo, cuando es verdadero, obtiene de ellos la aceptación y el aplauso, un ejemplo reciente fue el caso de Alberto Fujimori y su golpe de Estado de abril de 1992, cuya tibia oposición de algunos los delata y a otros peor, los denuncia porque se incorporaron a la dictadura. Otro ejemplo fue la dictadura de Morales Bermúdez de la que los partidos tradicionales defienden sus “logros” de alevoso felón; sin embargo, acusan a la de Velasco Alvarado porque afectó sus intereses antinacionales.
Entonces, desde el punto de vista de la verdad histórica, si una cierta mayoría de peruanos cree estar representada por la “opinión pública” de esta prensa interesada en destruir el país, dándole continuidad a la farsa democrática y a la corrupción, está en un grave error. Fundamentalmente porque los formadores de esa “opinión pública” mienten todos los días, falsifican la verdad obedeciendo por consigna a la costra político-empresarial que no quiere cambios sino el continuismo que llene sus arcas de riquezas como hasta ahora. Las provocaciones de García Pérez a Hugo Chávez, avaladas por el gobierno de Alejandro Toledo, son parte del tinglado destructor de la opción del cambio representado única y exclusivamente, en esta elección, por Ollanta Humala. El inmediato padrinazgo de la candidatura de Alan García precisado por los intelectuales neoliberales encabezados por el escritor Mario Vargas Llosa y luego por el ciudadano norteamericano, primer ministro, Pedro Pablo Kuczynski, el embajador de George Bush, James Curtis Struble y el propio presidente Alejandro Toledo, nos notifica visiblemente que tierra estamos pisando.
Democracia y autoritarismo
Nos hubiera gustado una confrontación ideológica más transparente, entre Ollanta Humala y Lourdes Flores, a fin de no perder tiempo en desenmascarar el difuso y ambiguo discurso del candidato Alan García y la conocida “escopeta de dos cañones.” Ya que el nuevo representante de la derecha peruana, García Pérez, es el típico acróbata volantinero, el contorsionista corrompido capaz de acomodarse a las condiciones de los negociadores del poder y a la vez pretender ser candidato del pueblo. Por ello la derecha le ha dado la responsabilidad de salvar el frondoso sistema político de la inmoralidad, la indignidad y la injusticia, llamado democracia en el Perú. Compromiso inconfundiblemente que gustoso asume este individuo inescrupuloso calificado internacionalmente por el New York Times como un ex gobernante “irresponsable y corrupto.” Esa es la democracia de los lúcidos cerebros oligárquicos, la misma que quieren imponer y continuar con García Pérez frente al “autoritarismo” representado por Ollanta Humala. Por supuesto, un autoritarismo artificial, específicamente creado para descalificar la opción del auténtico cambio democrático fundado en la participación popular. “Autoritarismo” organizado por la derecha y el alanismo, primero porque viene de un hombre que vistió el uniforme del ejército; segundo porque se trata de censurar la mano firme de la lucha anticorrupción; tercero porque el programa nacionalista habla de la revisión y auditoria de los contratos de la privatización; cuarto porque goza de las simpatías del eje sudamericano de la integración (Lula, Chávez, Kichner, Vásquez, Morales) que se opone al ALCA y los TLCs unilaterales; quinto porque habla de la nacionalización de los recursos naturales energéticos; sexto porque no quiere la impunidad y plantea aplicar las recomendaciones del informe de la CVR; séptimo porque quiere acabar con la pobreza extrema y el analfabetismo; octavo porque plantea una Asamblea Constituyente para acabar con el monopolio del poder económico y para impulsar la revocatoria de mandatos y la renovación del Congreso por tercios; noveno porque quiere terminar con la estafa de la teoría del “chorreo” del neoliberalismo de Toledo; décimo porque se quiere realizar de manera seria y eficaz la descentralización del país. ¿Son estos diez acápites principales una opción autoritaria? ¿Tomar el toro por las astas para mejorar las condiciones de vida de los pobladores peruanos de la costa, sierra y selva, es una opción autoritaria? ¿Quebrar de una vez por todas el continuismo del engaño endémico nacional, es una opción autoritaria?
Si todo aquello es el autoritarismo en la versión de Alan García, Alejandro Toledo, el embajador James Curtis Struble y el ciudadano norteamericano Pedro Pablo Kuczynski, pues no tendremos más remedio que votar contra la democracia representada por el nuevo candidato de los ricos y las transnacionales, Alan García, quien basa su programa fundamental en proposiciones un tanto extrañas. Tan extrañas que el alanismo está bastante definido en perjuicio del aprismo, por cuanto propone activar a los jueces sin rostro; promulgar la pena de muerte; firmar el TLC de Toledo con Estado Unidos; proclamar la impunidad para los militares incursos en violaciones de los derechos humanos; burlar las recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación; disolver el Congreso si le hace oposición a sus planes; invadir la administración pública con gente de confianza alanista; revisar la expoliación de las transnacionales (proposición nueva de Alan García ante la insistencia de Ollanta Humala,) según dijo en el programa televisivo “Cuarto Poder,” conversando de limosnero a patrón, donde los negociadores y gobernantes se quedan con parte de la limosna; conseguir un equipo económico neoliberal “independiente,” mismísimo Alejandro Toledo, para no meter la pata como en su primer gobierno; y lo peor de todo, en cuanto a la lucha anticorrupción nada de nada porque se vería comprometido seriamente y no podría liberar a Alejandro Toledo de polvo y paja y tampoco a Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos a fin de ejercer el derecho presidencial de los partidos tradicionales, aquel de favor con favor se paga.
10 de mayo de 2006