Carlos Angulo Rivas - rodelu.net |
20 de junio de 2006
|
Coletillas al Margen
Frente nacionalista, democrático y popular
Carlos
Angulo Rivas
Mientras
el ex candidato presidencial Ollanta Humala mantenga una posición firme y honesta, ajena a los arreglos bajo la mesa de los partidos políticos tradicionales, podemos afirmar que en el Perú algo está cambiando. El prematuro y desleal alejamiento de un minúsculo grupo de parlamentarios “nacionalistas” electos, encabezados por Carlos Torres Caro, hoy connotado tránsfuga incorporado de mutuo propio a la putrefacta clase política tradicional, confirma justamente ese cambio puesto que las manzanas podridas se irán cayendo por sí solas. Aquello era de esperarse por la forma apurada como se constituyó la candidatura de Ollanta Humala ante la demora burocrática de la inscripción del Partido Nacionalista Peruano fundado por el comandante en retiro. Fue en esos momentos cuando muchos aprovechadores de profesión se subieron al coche nacionalista que en marcha acelerada inició la convergencia de amplios sectores populares de izquierda en pos del cambio del sistema político, económico y social. Dinámica sin la cual la irrupción de Ollanta Humala como líder no convencional hubiera sido imposible.
El país entero es conciente de los escasos tres puntos que le faltaron a Ollanta Humala para convertirse en el presidente de la república con la opción del cambio en sus manos. Así es, las matemáticas no engañan, porque con esos tres puntos faltantes Humala hubiera subido a 50.4% y García hubiera bajado a 49.6% de acuerdo a los resultados oficiales publicados. El país es testigo que aún con la derrota por esa mínima diferencia Ollanta Humala se ha constituido en la fuerza política más sólida y la más consistente en términos cuantitativos y cualitativos, la misma que apunta contra un sistema político inmoral y decadente rescatado por los náufragos de todos los partidos tradicionales, salidos precariamente a flote a través de un ex reo contumaz como es Alan García Pérez, por quien Mario Vargas Llosa llamó elegir tapándose la nariz con tal que no apareciera un nuevo Hugo Chávez en Latinoamérica. Precisamente, para la oligarquía y la clase política tradicional se trataba de una lucha a muerte por salvar la “democracia” que ellos practican mediante la prebenda, el negociado, la inmoralidad, la corrupción y la impunidad de todos sus componentes. En esta dirección la sólida fuerza política lograda por el nacionalismo no son ni por asomo los 45 parlamentarios de un total de 120 que ubicó en el Congreso la gesta de Ollanta Humala, triunfador indiscutible de la primera vuelta electoral, sino la conquista popular adquirida en la segunda vuelta, donde vastos sectores poblacionales le dieron un triunfo abrumador en 15 regiones del país de las 24. Los parlamentarios nacionalistas elegidos, incorporados al sistema que queremos cambiar, son en realidad una fuerza política accesoria en tanto y en cuanto estará controlada por la mayoría de los partidos tradicionales en alianza defensiva y proteccionista de la caricatura de democracia que defienden y han defendido en medio del Estado putrefacto. Fuerza accesoria por cuanto siendo una minoría el Congreso les servirá de caja de resonancia y nada más.
Y si esta coyuntura no la comprenden de esta manera los parlamentarios nacionalistas electos, es simple y llanamente porque no han entendido o no quieren entender el mensaje del pueblo por el cambio. Sobre todo el cuestionamiento a la forma de hacer política en el Perú que, por supuesto, los electores rechazaron con todas sus letras. Asimismo podemos aseverar que tampoco han entendido el mensaje del ideario del partido nacionalista ni los alcances del plan de gobierno de la gran transformación propagado durante la campaña electoral. No han entendido los puntos principales del programa ni la necesidad de fundar la república de nuevo mediante la Constitución Política de 1979 revisada por una Asamblea Constituyente, que reemplace al espurio estatuto dictatorial de Alberto Fujimori. Los que se alejaron encabezados por el felón Torres Caro y los que posiblemente se alejen en la perspectiva de la lucha popular que se presenta han o habrán perdido el enfoque fundamental del porqué Ollanta Humala adquirió un liderazgo de masas en tan corto tiempo. El llamado inicial a conformar un frente nacionalista democrático y popular realizado por el comandante Humala, la misma noche de las elecciones, confirmó que el intento de la gran transformación del país se ponía en movimiento y que la participación masiva de la población a favor del cambio político, económico y social no era sólo un saludo a la bandera. Este anuncio rodeado de especulaciones de diversa índole puso sobre la mesa de la discusión el hecho que no se puede esperar cinco años para actuar. O sea que en otras palabras, no habrá el tradicional cheque en blanco para Alan García ni la tregua versallesca entre los principales actores.
El impacto de esta declaración de la articulación de un frente afiló nuevamente los cuchillos perversos de la prensa venal que creía retirarse a sus cuarteles de invierno después de realizada la “guerra sucia” que, con las justas, llevó a la presidencia de la república a un ex presidente incompetente, corrupto y acusado de crímenes de lesa humanidad. La vergüenza internacional sufrida con esta elección de un “mal menor” ignominioso no les importó. Y decimos que la prensa amarilla reinició sus furibundos ataques porque montado el primer episodio, el de la buenaventura al presidente electo, no llegaron a seducir con sus cantos del “buen perdedor” a un candidato ganador cualitativo, más coherente y mejor armado de un programa sin concesiones al régimen que es urgente cambiar y de raíz. La respuesta a la idea de conformar el frente nacionalista, democrático y popular no se hizo esperar, pues la unidad de la media se volcó contra Ollanta Humala, calificándolo ahora post elecciones de “militar golpista” “desestabilizador de la democracia” “agitador de calles y plazas” “extremista radical” “saboteador del futuro gobierno.” Maniobra mediática a la que se prestó un elemento de baja catadura moral como significa ser Carlos Torres Caro, candidato a segundo vicepresidente en la fórmula de Humala.
Destaca en este contexto general la edificante y educativa actitud de Ollanta Humala de no incorporarse a la clase política tradicional que cabalmente se está combatiendo a fin de ahorcar los malos hábitos del acomodo, el borrón y cuenta nueva y el cortés saludo a la impunidad. Los “vencedores” tras el corrupto Alan García esperaron en vano que el comandante Humala “aprendiera las reglas de juego de la democracia de ellos” la del consenso de la “gobernabilidad” y el olvido de las masas; la de la mecedora del “Acuerdo Nacional” lírico en intenciones de buena voluntad; la de la extensión del cheque en blanco por cinco años para incumplir las promesas electorales; la de burlar la justicia social aludiendo a la modernidad; la de la tranquilidad política sin un pan sobre la mesa de los pobres. Pues, allí se equivocaron. La oposición nacionalista será democrática, enteramente democrática y completa, desde el Congreso y desde la base social a nivel nacional. Será afirmativa, participativa, plural, unitaria, positiva y pedagógica, de ninguna manera por el prurito de radicalismo sino por la necesidad de ejercer control alrededor de la actuación del gobierno, en virtud que la democracia real es consulta popular, libertad de acción y organización e igualdad de derechos ciudadanos. En este aspecto, los “demócratas” tradicionales no van a dar lecciones luego de más de cien años de abuso y tiranía del poder económico oligárquico. Sería una traición al electorado humanista si se actuara al viejo estilo de las conveniencias individuales.
Entiéndase que el llamado al frente nacionalista, democrático y popular significa la apertura de un espacio amplio de organización, esclarecimiento y educación de las masas en la perspectiva de un proyecto liberador cuyo ideario y programa está en pie de realización futura, sin caer en las múltiples indefiniciones cometidas por efecto del recelo electoral frente a las masas. El hecho en sí mismo del impulso y desarrollo del frente no llega a la lógica de una ruptura con el sistema político imperante sino por el contrario se inscribe en la proyección de modificarlo de raíz para convertirlo en democrático. Conste que en verdad el extremo radicalismo en las elecciones recientes no fue el discurso de Ollanta Humala sino la desmedida defensa fundamentalista de la “democracia” como la propiedad inalienable de los poderosos. El temor de los partidos tradicionales corrompidos que se fueron tras Alan García para salvar sus privilegios es que las regiones ganadas por Humala se expresen fuera del controlado “sistema político.”
20 de junio de 2006
Carlos
Angulo Rivas
reppam@mountaincable.net
|