Carlos Angulo Rivas - rodelu.net |
10 de diciembre de 2006
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Coletillas al Margen
Lucha unitaria: única alternativa peruana
Carlos
Angulo Rivas
Muchos
son los comentarios acerca del escenario peruano después de las elecciones
regionales y municipales, donde Alan García sufrió una estrepitosa derrota en
apenas cuatro meses desde su asunción al gobierno. Se ha dicho que todos los
partidos nacionales perdieron, inclusive el Partido Nacionalista Peruano PNP de
Ollanta Humala, lo cual expresa una verdad a medias de acuerdo al mapa político
proveniente de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales. La
polarización de fuerzas subsiste y en la votación del 19 de noviembre último los
únicos perdedores, indiscutiblemente, son el partido aprista y la ambigua como
oscura conducción del gobierno de Alan García. Pues en este periodo tan corto,
Alan García no sólo ha perdido apoyo popular sino también el de su propio
partido dividido entre la imposición del alanismo (alianza de ultraderecha y el
fujimorismo) y los residuos del discurso auroral del fundador Haya de la
Torre.
El hecho
que la gran mayoría de las presidencias regionales y alcaldías provinciales
hayan sido ganadas por líderes locales independientes no significa, de forma
alguna, un rechazo a la corriente política exhibida durante la primera y segunda
vuelta de las elecciones presidenciales, sino más bien una ratificación de la
impugnación a los partidos políticos tradicionales, el neoliberalismo, la
exclusión y el centralismo. Y por consiguiente un rechazo al gobierno actual de
Alan García sostenido precariamente por las fuerzas políticas de la derecha, el
fujimorismo, las mafias institucionales y los medios de comunicación. Los
partidos tradicionales no han perdido gran cosa como se afirma ligeramente, sino
que han mantenido su incipiente caudal electoral en las regiones, insuficiente
para triunfar en la mayoría de las provincias. Indudablemente el simplismo de
este análisis -perdieron los partidos nacionales para dar paso a los
independientes- repetido en los medios de comunicación hasta el cansancio, no va
al fondo del problema y menos examina el fenómeno político de la actualidad
peruana. Se necesita estar ciego para no advertir la realidad; y la realidad
concreta es que el PNP o el “humalismo” como algunos lo llaman nunca existió
como agrupación consolidada, menos en apenas un año desde su rudimentaria
formación organizativa, luego de su fundación; porque si la premisa de la
existencia partidaria PNP como maquinaria política similar a los partidos
tradicionales fuera cierta, de ninguna manera este partido se hubiera visto
envuelto en la grosera explotación y aprovechamiento de los oportunistas de UPP
quienes ganaron 21 asientos parlamentarios sin merecer uno solo. O de los
propios nacionalistas, muchos de ellos tránsfugas enmascarados subidos al coche
triunfador de una opción opositora, cuya fuerza residía y reside en el accionar
político nacionalista contra el sistema y los partidos tradicionales putrefactos
que lo sostienen.
La
tendencia a despolitizar las elecciones regionales y municipales ha sido en la
práctica una consigna del gobierno y de los medios de comunicación, con la
finalidad de evitar el empuje político insurgente producto de la frustración de
la inmensa mayoría del pueblo que apostó por el cambio del sistema político
imperante, donde estuvo incluida la militancia aprista. Opción de transformación
social, política y económica asumida falsamente por el candidato Alan García,
bajo el membrete de “cambio responsable” donde hoy las propuestas principales
han sido dejadas de lado al cien por ciento. No olvidemos que la confrontación
final entre Alan García y Ollanta Humala, ganada por el primero mediante el
fraude en primera vuelta (Lourdes Flores afirmó: “me ganaron en las mesas no en
las urnas) y en la segunda vuelta (“guerra sucia” de los medios de comunicación
y alianza con el aparato administrativo del Estado) no fue un enfrentamiento
entre dos partidos (APRA - PNP) sino un choque entre dos bandos políticos a
nivel de la base social. La derecha aliada a los Estados Unidos (Alan García) y
la izquierda como corriente histórica en América Latina (López Obrador- México;
Ortega-Nicaragua; Hugo Chávez-Venezuela; Lula – Brasil; Tabaré Vásquez-Uruguay;
Evo Morales-Bolivia; Kichner-Argentina; Correa-Ecuador; Humala-Perú).
Desde
este punto de vista el triunfo dudoso de Alan García por la mínima diferencia de
2.5 % significó la imposición del aparato administrativo del Estado; y a partir
de allí nada ha cambiado en el Perú con los resultados de las elecciones
regionales y municipales, excepto que el bando de la derecha viene perdiendo a
pasos agigantados el terreno ganado mediante el fraude electoral que sentó en
palacio de gobierno a Alan García. Imposición contra viento y marea, a pesar de
los cargos de enriquecimiento ilícito y de las acusaciones que pesan sobre él
por el genocidio en los penales de Lima y en las comunidades campesinas de los
Andes, siendo que el mayor número de desaparecidos y víctimas de las despiadadas
masacres se dieron durante su primer gobierno 1985-1990 (informe de la Comisión
de la Verdad.) Dividido el país entre la derecha inculcando el miedo y la
izquierda profesando el cambio, el escritor ultra neoliberal Mario Vargas Llosa
apoyó en su oportunidad el sistema corrupto: “voten por Alan García tapándose la
nariz” y lo hizo, como Alejandro Toledo y su ministro norteamericano Pedro Pablo
Kuczynski, con la finalidad de cerrar el paso a Ollanta Humala.
De esta
suerte, la lectura categórica de los resultados de las elecciones regionales y
municipales demuestra palmariamente que Alan García jamás ganó las elecciones
legítimamente. Y fue puesto en palacio de gobierno a la fuerza debido al inmenso
temor a Ollanta Humala, quien no representó a un partido político y menos al PNP
de reciente formación, sino a una corriente de cambio radical forjada desde la
base social, independientemente de la voluntad de los dirigentes partidarios de
la izquierda, las federaciones de trabajadores, los sindicatos, los frentes
regionales y campesinos y los gremios. Ollanta Humala de esta manera fue el
liderazgo de una convergencia democrática popular y podría seguir ocupando ese
espacio si llega a captar el sentimiento de los excluidos de entonces y de
ahora. El 47.5 % del sufragio nacional asignado a Ollanta Humala, luego de
consumado el fraude mediático-administrativo, no fue, pues, de forma alguna una
votación por el líder de un partido político (PNP) sino por la corriente que
representaba en la polarización de las fuerzas políticas y sociales. En
consecuencia mal hacen los analistas, quienes incluyen al PNP como un partido
nacional más, en el mismo saco de los tradicionales, buscando achacarle una
derrota contundente inexistente por cuanto la voluntad revolucionaria del cambio
económico, político y social subsiste en el 70% de la población nacional, no
representada por este gobierno de índole toledista, fujimorista y de
ultraderecha encabezado por Alan García.
En este
acápite debemos resaltar que quienes fallaron rotundamente fueron los asesores y
dirigentes partidarios del comandante Ollanta Humala, habida cuenta de la
inexperiencia política de éste, un ex militar recién salido de los cuarteles. Y
fallaron, por supuesto, al tratar de imponer candidatos propios del PNP en vez
de candidatos populares del frente electoral presidencial (47.5% de los
ciudadanos) formado desde la base social, que respondió con eficacia doblegando
a los partidos tradicionales corruptos en su conjunto, obligándolos al fraude y
a una alianza mafiosa descomunal en defensa contumaz del sistema que los
alimenta. Jugar al partido propio PNP, por parte de los asesores de Ollanta
Humala fue caer en el juego de las divisiones y rencillas exclusivas del sistema
político tradicional que se rechaza. En otras palabras el error más grande de
Humala en la coyuntura electoral regional-municipal, fue bajarse del caballo
frentista, originado socialmente, antes de tiempo y muy extraño resulta este mal
paso por cuanto él mismo hizo un claro llamado a la conformación de un frente
democrático nacionalista y popular.
Pero
aparte de los errores cometidos por Ollanta Humala, el triunfo de los candidatos
independientes a lo largo y ancho del país significa la reafirmación de la
corriente de izquierda o sea del bando popular, cuya tarea sigue siendo
enfrentar a los partidos tradicionales encaramados en el gobierno con Alan
García y sus “relaciones carnales” con el imperialismo, la “gloriosa” apuesta de
Carlos Menem en Argentina, cuyos platos rotos los pagó Fernando de la Rúa con su
destitución en el cargo de presidente constitucional; asimismo como Sánchez de
Lozada en Bolivia y Lucio Gutiérrez (traicionando sus promesas electorales) en
Ecuador. Y los decimos porque los independientes triunfadores en las regiones
(70%) no son tan independientes en lo político e ideológico y obedecen al clamor
de las luchas populares por la liberación nacional y social. Y el rechazo
observado, en esa fuerza de los independientes, no es a los partidos nacionales
sino a la política de gobierno de Alan García, totalmente entregado a los
intereses monopólicos de las transnacionales y los intereses estratégicos de
Estados Unidos en la región latinoamericana, marchando con ello junto a Álvaro
Uribe de Colombia contra la historia y su proceso político
natural.
En
consecuencia, la aparente fragmentación del mapa político peruano no existe,
menos aún cuando los líderes regionales y provinciales obedecen a una sola línea
de acción política ideológica de frente clasista obrero, trabajador, campesino,
no partidarizado, pero contundente y eficaz contra los abusos del gobierno
central, el incumplimiento de las promesas electorales y el neoliberalismo
envuelto en niveles de corrupción que no permiten la descentralización y el
desarrollo del país. Siendo que de no cambiar Alan García su política de
ultraderecha y de servicio incondicional a las empresas transnacionales, le
esperan situaciones de ingobernabilidad prematura y la posible destitución del
cargo. Resistencia pacífica, desobediencia civil, derecho a la insurgencia como
acción democrática lista a corregir de una buena vez la conspiración mafiosa de
los partidos políticos tradicionales, que impusieron a un reo contumaz en la
presidencia de la república. Más de seis millones de pobladores en extrema
pobreza, sin alimentación ni servicios básicos, esperan la acción de sus líderes
locales elegidos por separado, pero de acción conjunta en la perseverancia de
restituir el Estado de Derecho arrebatado desde abril de 1992 (golpe autocrático
del ciudadano japonés Alberto Fujimori.)
2 de diciembre de 2006
Carlos
Angulo Rivas
reppam@mountaincable.net
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