Carlos Angulo Rivas Carlos Angulo Rivas - rodelu.net
10 de marzo de 2007

Coletillas al Margen

Neofascismo y socialismo del siglo XXI (I)

Carlos Angulo Rivas

En una escalada sin precedentes en la historia, el mundo está viviendo una hegemonía unipolar imposible de sostener por la fuerza militar y el poderío de los gigantescos monopolios auspiciadores de la globalización y el neoliberalismo, aunque por el momento así esté ocurriendo. El proceso histórico seguido por el capital financiero y sus intereses imperiales no finalizó con la paz lograda inmediatamente después de la segunda guerra mundial. La gran victoria aliada sobre el eje Berlín-Roma-Tokio estableció un respiro para la humanidad amenazada por el fascismo en sus diversas variantes que, sin embargo, no ha podido cambiar la esencia del proceso de desarrollo voraz del capitalismo. En otras palabras, el distinguible proceso del desarrollo capitalista transformado en fascismo por Adolfo Hitler se paralizó momentáneamente, se retrasó unos cincuenta años hasta inicios de la globalización, pero corporativamente subsiste en nuestra época con la misma fuerza arrolladora y con la misma eficacia de agresión, a fin de someter a los países más pobres del mundo. Superadas parcialmente las contradicciones interrelacionadas del gran capital financiero y de la competencia entre los monopolios transnacionales, vía la globalización, la facilitación del fascismo como ideología política y dictadura del capital, como factor ideológico de control de las masas, es más que evidente en la superpotencia hegemónica, Estados Unidos; todavía con mayor eficacia a partir de la ruptura del equilibrio de superpoderes que significó la existencia de la Unión Soviética hasta antes de la caída del muro de Berlín.

En la actualidad, la prudencia y la sabiduría impuestas por la mayoría de los estados a través de la creación de la Organización de las Naciones Unidas y de la vigencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos como ley internacional, han sido desbordadas, poco a poco, durante cincuenta años y abiertamente, hoy por hoy, con el despotismo político del presidente George W. Bush. El racismo contra el mundo musulmán es un hecho inocultable con centenas de miles muertos en Irak, Palestina, Líbano, Afganistán; la amenaza y la agresión militar están presentes en cualquier parte del planeta; la libre determinación de los pueblos intimidada hasta prácticamente su derogación; la ocupación militar norteamericana repartida, en lugares estratégicos preventivamente, significa una advertencia nuclear; la lucha contra el llamado terrorismo una justificación publicitaria a los desmanes y excesos de la dominación hegemónica; y finalmente la intervención política y económica en los supuestos estados libres, a cuyos gobernantes ayuda a mantener los aparatos administrativos, militares, judiciales y mediáticos, una conjura del control de las masas hambrientas y desprotegidas. Estas son las principales características de la evolución fascismo anterior en el neofascismo actual, impulsado por la superpotencia hegemónica; y si bien la ley internacional, supervisada por la Naciones Unidas, prohíbe y condena como ilegal a las guerras de agresión basadas en la supremacía militar, económica y política, la nueva política norteamericana ha desechado la injerencia de ese organismo y nada asegura que el capitalismo de los monopolios en el desarrollo imparable de la globalización, en la visión enajenada de despojar a los más pobres del planeta de, inclusive, su derecho a la vida, nos ponga en la puerta de futuros genocidios mundiales.

El neofascismo como la dictadura más tenaz y ambiciosa del sistema capitalista está reforzado en la sintonía de una nueva concepción, mucho más peligrosa; pues si el fascismo necesitó del apoyo popular masivo para sus propósitos de conquista, ahora la adquisición de un modelo "democrático" sustentado en elecciones periódicas dominadas íntegramente por el aparato administrativo, militar, mediático, educativo e ideológico de los Estados, no necesita sino de la manipulación esporádica de los pueblos mantenidos en la ignorancia. Esa es la democracia de los poderes fácticos, impuesta como un sombrero desde arriba, donde los pueblos sin alternativa posible deben sostener el modelo afín y adyacente al del neofascismo imperial. No escapa a este criterio el modelo de democracia y libertad, al estilo norteamericano, en los países del tercer mundo, donde los sistemas de gobierno sojuzgan, oprimen y manejan a la población a través de regímenes legales rígidos, de carácter castrense y policial. En este sentido lo más importante para los grupos de poder económico, nacionales e internacionales, resulta la conquista política de los Estados. Felizmente en relación a Latinoamérica, la conquista del control del Estado de esas fuerzas reaccionarias ha sido anulada en Venezuela, Bolivia hasta ahora, Nicaragua en perspectiva, Ecuador a la espera de la nueva Constitución y en Cuba desde hace mucho. Y en Brasil, Argentina y Uruguay, las fuerzas del poder económico tradicional han sido moderadas a consecuencia de gobiernos, aunque mediatizados, aún respaldados por las fuerzas populares. En este panorama latinoamericano se inscribe el proceso bolivariano como eje central de liberación de los pueblos, reforzado por la masiva votación adquirida, en diciembre del año pasado, por el presidente Hugo Chávez; iniciación del relanzamiento del cambio económico, político y social revolucionario camino al socialismo del siglo XXI. Lugar donde se viene planteando una ruptura total con la oligarquía y los grandes intereses económicos estrechamente vinculados al capital transnacional globalizado.

Pero, el socialismo del siglo XXI es todavía una frase. Un propósito, un gran deseo y también un objetivo final, cuyos elementos fundamentales deben trazarse con absoluta claridad en el proceso bolivariano, hoy por hoy, revolucionario, antiimperialista y popular que trasciende las fronteras venezolanas. Como todas las burguesías de América Latina, la venezolana es absolutamente corrupta, degenerada y putrefacta, incapaz de entender el proceso de liberación de su patria y menos el de jugar un rol de independencia económica frente a los intereses foráneos. Por el contrario, el carácter despótico, dictatorial y tiránico de la burguesía venezolana fue puesto de manifiesto con el golpe de Estado de la CIA y sus agentes en abril 2002, cuya intención era terminar con la revolución bolivariana y aplastar el movimiento popular de estudiantes, obreros, campesinos, amas de casa, pequeños empresarios y pobladores marginales comprometidos en la tarea de Hugo Chávez. Ese intento contrarrevolucionario contra una democracia establecida, constitucional y legal, fue una muestra concreta de que la legalidad vigente interesa un comino cuando median intereses capitalistas por encima de los conceptos de nación, patria y bandera; puesto que detrás de esa burguesía están los intereses del imperialismo. Y la conspiración, por supuesto, continúa abiertamente mediante el intervencionismo de la Casa Blanca y el descaro político signado por la arbitrariedad de George W. Bush, aquella de manejar la política mundial mediante ucases entre el bien y el mal. Por ello la única manera de avanzar en la revolución bolivariana y eliminar el peligro de la contrarrevolución es eliminando de raíz el poder económico de los grandes grupos y consorcios empresariales, cimentado en la gran propiedad privada de los medios de producción; además, también es la única manera de eliminar la violencia de la resistencia reaccionaria al cambio social. La política de guerra y agresión de Bush, la de no respetar la libre determinación de los pueblos, está completamente decidida a destruir la revolución bolivariana y sobre todo la influencia de ella en los demás pueblos de la región.

La lucha de clases subsiste en todas las sociedades establecidas sin excepciones. Allí se fundamenta la vigencia del marxismo que quieren dar por muerto. La cuestión de fondo es si esa contradicción presente en los sistemas representativos se agudiza de tal forma que produzca una rebelión generalizada formal y pacífica, conducida por la ley y la consulta popular permanente, o una guerra civil. El marxismo no es una teoría estática sino una interpretación histórico-social dialéctica y en movimiento permanente, aplicable a determinado territorio-nación en un momento político preciso. En este sentido, los procesos revolucionarios están íntimamente ligados al nivel de vida de los ciudadanos y en los países industrializados, vía las reformas al sistema y las leyes sociales avanzadas, la lucha de clases no se elimina sólo se convierte en un referente eventual de las reivindicaciones laborales; en cambio en los países del tercer mundo la agudización de las contradicciones conlleva la radicalización de las masas y las situaciones revolucionarias. En el caso de Venezuela, la conducción del proceso bolivariano por la vía legal va teniendo el éxito que no tuvo Salvador Allende en Chile, por la sencilla razón de avanzar en consultas populares plebiscitarias periódicas, ajenas a la experiencia chilena. Como sabemos, allá en Chile, se ganaron las elecciones pero no se produjo el cambio inmediato de la constitución y la alianza con los sectores militares progresistas y tampoco las consultas populares periódicas habidas en Venezuela. Sin embargo, no todo está dicho en el proceso venezolano. La apuesta del socialismo del siglo XXI pierde diseño si el análisis social deja de inscribirse en la corriente marxista moderna donde el predominio corresponda a la propiedad social de los grandes medios de producción. Hugo Chávez está hablando, por ejemplo, de una economía mixta como la existente en China, Vietnam, Cuba (tratamiento con el capital extranjero) y este objetivo podría estar bien mientras las relaciones de producción capitalista no posean la hegemonía dentro del conjunto social y nacional. La revolución nicaragüense fracasó por respetar la inmensa propiedad capitalista (casi el 70% de la producción nacional era privada) en el impulso de una “economía mixta” que resultó escuálida y absorbida por la gran empresa capitalista interconectada a los grupos económicos y financieros transnacionales, lo cual permitió la fuga de capitales y el ahogamiento de los logros sociales sandinistas. Y, además, de la fuga de capitales, actúo el brazo negro del imperialismo decretando el embargo económico y comercial y la prohibición de los créditos del FMI.

Los cimientos del socialismo del siglo XXI se perfilan como la siembra de las ideas bolivarianas renovadas y la amplia experiencia de la revolución cubana históricamente combatida por las fuerzas retardatarias continentales y el propio imperialismo norteamericano a través del prolongado bloqueo comercial y embargo. Se explica así la alianza del presidente Hugo Chávez con el legendario comandante revolucionario Fidel Castro en una perspectiva de justicia social, intercambio educacional, médico y sanitario; y de economía solidaria y comercio equitativo; todo este conjunto en contraposición a la dominación ejercida por la globalización y el libre mercado neoliberal promovido por la Casa Blanca a través de la casi fracasada ALCA, sustituida por ahora con los TLCs unilaterales. En nuestra región, el plan ALBA promovido por el eje Caracas – La Habana debe ser visto como el objetivo del futuro inmediato, reafirmando la economía solidaria, centrada en las necesidades de los pueblos en el orden de la autonomía política, productiva y ambiental; y en un primer estadio, buscando el equilibrio de entre el capital privado y las inversiones con los procesos de desarrollo asimétricos regionales donde el punto de inicio es la ampliación del MERCOSUR como se viene dando con la incorporación de Venezuela y los proyectos energéticos; y a futuro contiguo probablemente con la incorporación de Bolivia, Ecuador y Chile al mismo mercado común.

La defensa de la revolución en Venezuela, fortalecida por los nuevos gobiernos de Bolivia, Ecuador y Nicaragua; el segundo periodo de Lula con sus limitaciones acrobáticas, junto al de Argentina y Uruguay, resquebraja y socava la predominancia hegemónica de Estados Unidos. Indudablemente a ello se debe la gira latinoamericana de George W. Bush proponiendo proyectos energéticos, financiamiento e infraestructura; y sobre todo a la búsqueda de respaldo oficial-diplomático a su alicaída figura en su propio país y en el mundo entero a raíz del intervencionismo militar, la criminal invasión a Irak y las amenazas de agresión que pesan sobre Irán. Pero en este trayecto de imposición del neofascismo Bush encuentra la masiva oposición de los pueblos latinoamericanos a su visita, a pesar que los gobernantes Lula, Vásquez, Uribe y Calderón, lo reciban con mantel largo y oropeles. Y de esta manera, la gira y el giro político-diplomático de la comitiva norteamericana presidida por Bush, intentando recuperar el terreno perdido frente al avance de la inclinación progresista de las grandes masas abandonadas y desatendidas en América Latina, caerán por su propio peso en una nueva derrota imperialista. Más todavía cuando todas las voces al unísono del mensaje revolucionario del presidente Hugo Chávez y el plan bolivariano del socialismo del siglo XXI, rechacen esta intromisión en la región.

Como señala el profesor James Petras en su artículo Bush versus Chávez: “Los intentos del régimen de Bush de derrocar al presidente Chávez han sufrido varias derrotas importantes. El levantamiento de masas urbano de abril de 2002 hizo fracasar el golpe de Estado apoyado por Estados Unidos. Desde diciembre de 2002 hasta enero de 2003 los trabajadores venezolanos y el gobierno de Chávez hicieron fracasar el paro patronal de la industria del petróleo, que había sido respaldado por las compañías petrolíferas estadounidenses y Washington. La gran mayoría de las clases populares venció en el referéndum revocatorio de Chávez en 2004, que había sido financiado por Estados Unidos. Con cada uno de estos intentos fracasados disminuía el prestigio de Bush al tiempo que Chávez ganaba la admiración de la vasta mayoría del pueblo de América Latina. El ‘modelo Chávez’ de un generoso Estado social de bienestar, una economía mixta basada en un fuerte sector estatal y la democracia directa vía las asambleas de barrio ofrece un fuerte contraste con los fracasados modelos neo-liberales regresivos y estancados del resto de América Latina…” “Es indudable que en la Gran Contienda entre Chávez y Bush, entre iniciativas nacional-populares de bienestar y el reaccionario y regresivo status quo neo-liberal, Chávez está ganando y Estados Unidos está perdiendo influencia.” Vemos, pues, que las maniobras del imperialismo están a la vista; el problema es como se reafirma el proceso revolucionario en Venezuela y luego a partir de allí, paralelamente, en Bolivia, Ecuador y Nicaragua, que son los países con mayores ideales de avanzar en el plan ALBA y el pensamiento bolivariano.

En esta reafirmación revolucionaria bolivariana no bastan, pues, las medidas de nacionalización aisladas en Venezuela como son las de CANTV, el control de la división petrolífera del Orinoco, la electricidad u otras; menos cuando se avanza en un modelo socialista que para sostenerse y enfrentar el sabotaje de los sectores de poder económico, requiere el control absoluto de los grandes medios de producción, de los servicios y el abastecimiento. No olvidemos que los capitalistas apoyados por el imperialismo seguirán apostando a la caída del régimen y del presidente Hugo Chávez. Y si bien la mayoría de venezolanos apoya el proceso de cambios y la Asamblea Nacional, las gobernaciones y las alcaldías están en manos de líderes bolivarianos, la guerra empresarial contra el gobierno continúa soterradamente produciendo la escasez artificial de los productos de primera necesidad y el descontrol de los precios, con la finalidad de crear malestar en la población. No darnos cuenta de los enormes intereses en juego sería ingenuo, tan ingenuo como perder la iniciativa política frente a la necesidad urgente de nacionalizar y controlar las cadenas de comercialización y abastecimientos de los productos indispensables de los consumidores.

9 de marzo de 2007


Carlos Angulo Rivas
reppam@mountaincable.net
 
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