Roberto Bardini
3 de Junio de 2003
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Rodolfo Walsh:
un hombre que se animó hasta el final
Roberto Bardini
En la medianoche del 9 de junio de 1956, Rodolfo Walsh juega al ajedrez en un café ubicado frente a la Plaza San Martín, en La Plata. De pronto, él y los otros asistentes, son sorprendidos por el ruido de disparos. Walsh sale a la calle y comienza a caminar rumbo a su casa, en la calle 54. Aunque vive a pocas cuadras, demora dos horas en llegar. Observa movimientos extraños, hombres que se reúnen en las esquinas, luces cortadas. En la súbita oscuridad del trayecto percibe que se trata de algo grave.

En la estación de ómnibus cercana, Walsh ve a un vigilante que aferra su fusil y dice que "revolución o no, a él no le iban a quitar el arma". Cuando por fin llega a su casa, 
descubre que la situación es peor que en el café y la estación: hay soldados en las azoteas, la cocina, los dormitorios y, sobre todo, en el baño. Como es habitual en estos casos de tensión, muchos uniformados tienen dificultad para controlar sus esfínteres; el reiterado uso del inodoro está a punto de vaciar el tanque de agua. Pegado a la persiana, Walsh escucha cómo muere un soldado conscripto: "No me dejen solo, hijos de puta", ruega el moribundo. Desde entonces -escribió años después- le tomó aversión a las casas ubicadas frente a un cuartel o una comisaría.

UN HOMBRE DE LENTES, POCAS PALABRAS Y ASPECTO TÍMIDO

A primera vista, Walsh carecía físicamente de los atributos aparentes del héroe: era de baja estatura y cuerpo menudo, usaba anteojos, hablaba poco y tenía aspecto de 
hombre tímido. Pero su apariencia engañaba, y él mismo lo demostró hasta el último día de su vida, el 25 de marzo de 1977.

Descendía de irlandeses, había nacido en 1927 en Choele-Choel, provincia de Río Negro, y creció durante la llamada Década Infame. Su padre, un capataz de campo que se fue empobreciendo, murió al caer de un caballo. En 1945, a pesar de su estatura, los lentes y el aspecto tímido, Rodolfo militaba en la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN) y había participado con entusiasmo en la marcha del 17 de octubre de 1945 a Plaza de Mayo.

En la ALN y otros grupos de choque figuraban tres jóvenes más a quienes el destino les reservaba otro rumbo en la política, el periodismo y la literatura: Jorge Ricardo Massetti, Rodolfo Walsh, Rogelio García Lupo y Dalmiro Sáenz.

"A los dieciocho años no estaba en condiciones de interpretar lo que vivía. Para mí era un año de trompadas en la calle, de corridas", declarará Walsh en el semanario Primera Plana en junio de 1972. "Tomé, en la opción popular, la variante relativamente más reaccionaria. La Alianza Libertadora Nacionalista encerraba elementos muy contradictorios. Había camaradas -así nos llamábamos- con fuertes problemas antisemitas, por ejemplo; pero éramos auténticos en nuestro antiimperialismo".

En 1944, a los diecisiete años, Walsh había ingresado a la editorial Hachette, donde fue sucesivamente corrector de pruebas, traductor y editor de colecciones hasta 1950. Ese 
año, ganó el segundo premio del concurso de cuentos policiales organizado por la revista Vea y Lea. En un intermedio aventurero de 1947, abandonó durante ocho meses la rutina de la oficina y la máquina de escribir para recorrer las provincias de Santa Fe, Córdoba, Tucumán, San Juan y Mendoza. En 1951 comenzó a trabajar en las revistas 
Vea y Lea y Leoplán. A pesar de que estaba desvinculado de Hachette, los responsables de ese sello le editaron su primera obra de ficción, Variaciones en rojo (1953) y le 
encomendaron la publicación de la Antología del cuento extraño (también en 1953) y Diez cuentos policiales argentinos (1954).

"HAY UN FUSILADO QUE VIVE"

El 9 de junio, los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, junto con el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno, encabezan una rebelión cívico-militar que tiene sus focos 
aislados en Buenos Aires, La Plata y Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa. El intento es abortado en unas cuantas horas y concluye en un baño de sangre. Sus planes habían sido descubiertos desde semanas antes por el servicio de inteligencia militar y no tenían ninguna posibilidad de triunfar. El régimen de la Revolución Libertadora los deja actuar para poder aplicarles una medida "ejemplificadora".

Al día siguiente, a menos de veinticuatro horas del levantamiento peronista y cuando ya no existían focos de resistencia, el gobierno de facto de Aramburu y Rojas lanza el decreto Nº 10.364, que impone la ley marcial. La pena de muerte debía hacerse efectiva a partir de entonces. Sin embargo, se aplica retroactivamente a quienes se habían 
sublevado el sábado 9 y ya se habían rendido y estaban prisioneros. Veintisiete militares y civiles son fusilados en seis lugares distintos. Los pelotones de ejecución gastan más cartuchos que los que alcanzaron a disparar los rebeldes condenados. 

Hacía cien años que en Argentina no se fusilaba a alguien por motivos políticos. La Revolución Libertadora comienza a ser conocida como la "Revolución Fusiladora".

Aquella noche de junio de 1956 en que jugaba al ajedrez, Walsh tiene veintinueve años. En los meses que siguen, no quiere recordar el fracasado levantamiento cívico-militar, ni la voz del locutor que anuncia en la madrugada que dieciocho civiles fueron fusilados en Lanús, ni la ola de sangre que inunda al país. Ya tiene demasiado para una sola noche. Lo único que le interesa es volver "al ajedrez y a la literatura fantástica que lee, a los cuentos policiales que escribe, a la novela «seria» que planea".

Pero aunque Walsh quiere apartarse de la historia, seis meses después la historia le sale al paso. Una calurosa noche de diciembre, frente a un vaso de cerveza, alguien le dice:

- Hay un fusilado que vive.

El informante se refiere a una matanza del basural de José León Suárez, y ese dato cambiará la vida de Walsh. "Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana", escribirá después. Durante un año no pensará en otra cosa e irá localizando, uno a uno, a siete sobrevivientes. Durante un año, obsesionado, abandonará su hogar y su trabajo, tendrá una cédula de identidad falsa a nombre de Francisco Freyre, vivirá en una casa prestada en el Tigre y en un rancho de Merlo, llevará un revólver en la cintura. Durante un año, con la ayuda de la joven reportera Enriqueta Muñiz, hablará "con sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores, asilados, prófugos, delatores presuntos, héroes anónimos".

Walsh escribe los hechos "en caliente y de un tirón para que no le ganen de mano". Pero los papeles se le arrugan en el bolsillo porque nadie en la Argentina de Aramburu y Rojas se anima a publicar nada. Y además, el que dio la orden no escrita de los fusilamientos anda tras sus pasos. Es el jefe de policía de la provincia de Buenos Aires, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, un morocho de gruesos bigotes, modales bruscos y voz ronca de fumador y bebedor trasnochado.

"Mi labor en el periodismo me puso en contacto con verdaderos asesinos, con verdaderos investigadores, con verdaderos torturadores y también con algunos verdaderos héroes", le comentará Walsh en 1970 al escritor Ricardo Piglia. Después de varias ediciones en hojas semiclandestinas que se agotan en pocos días, la serie de notas se publica de mayo a julio de 1957 en veintiocho entregas del periódico nacionalista Mayoría, de los hermanos Bruno y Tulio Jacovella.

En octubre de 1985, Bruno declaró ante un grupo de estudiantes de periodismo: "El semanario Mayoría apareció después de los fusilamientos de junio y yo era subdirector. 
Un día cae Walsh, a quien no conocía personalmente, pero sabía quién era: yo había integrado el jurado que le concedió el Premio Municipal por su libro Variaciones en rojo. Walsh me dijo: «Tengo esto para publicar». Se me pusieron los pelos de punta y dije: «Dios, con esto nos fusilan también a nosotros». Y le paso los originales a mi hermano Tulio y le digo que conozco al autor. Le digo que es una excelente pluma. Yo creía que él iba a decir que no, pero dijo: «Que se publique, nomás». Y se publicó por entregas".

Algunos años después Walsh escribirá en un prólogo a las notas transformadas en libro: "Por esa época los hermanos Jacovella han sacado una revista. Hablo con Bruno, espués con Tulio. Tulio Jacovella lee el manuscrito y se ríe, no del manuscrito, sino del lío en que se va a meter, y se mete".

La polémica que se desencadena a continuación, con desmentidas y réplicas, se prolonga hasta abril de 1958. La dramática crónica de la matanza de civiles en José León Suárez se conoció en forma de libro con el título de Operación masacre, en una primera edición financiada por el abogado Marcelo Sánchez Sorondo, otro nacionalista.

Al momento de redactar estas líneas, Operación masacre lleva más de veinte reediciones. Desde su aparición, el libro se convirtió en una pequeña joya del periodismo de investigación. Y, además, se adelantó en años al denominado non fiction novel o "nuevo periodismo", un género que erróneamente se considera inaugurado en Estados Unidos en 1965 con A sangre fría, de Truman Capote, y continuado por Tom Wolfe, el autor de La hoguera de las vanidades.

LA CGT DE LOS ARGENTINOS

En abril de 1964, la Gendarmería desbarata un grupo guerrillero en Orán (Salta). Es el Ejército Guerrillero del Pueblo, conducido por el Comandante Segundo, que no es otro 
que Ricardo Jorge Massetti, un ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista y ex periodista de Radio El Mundo. Massetti, autor del libro Los que luchan y los que lloran
había viajado a Cuba para entrevistar a Fidel Castro cuando era un rebelde en Sierra Maestra. Al bajar de las montañas, el periodista era simpatizante de la revolución cubana y, luego de su triunfo en enero de 1959, fue el fundador de la agencia de noticias Prensa Latina. Allí también se destacaron Rodolfo Walsh y Rogelio García Lupo.

Cuatro años más tarde, Walsh y García Lupo volverán a coincidir en la Confederación General del Trabajo de los Argentinos. La CGTA nació del Congreso Normalizador "Amado 
Olmos", realizado del 28 al 30 de marzo de 1968 en la sede de la Unión Tranviarios Automotor (UTA). Fue una respuesta a los gremios "participacionistas" y "dialoguistas" con el régimen militar del general Juan Carlos Onganía, que se agrupaban bajo el liderazgo de Augusto Timoteo El lobo Vandor, de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Ya en 1964 Vandor se había atrevido a afirmar que "para salvar a Perón hay que estar contra Perón".

Bajo la conducción del austero, religioso y casi místico Raimundo Ongaro, las consignas de la CGTA fueron elocuentes: "Más vale honra sin sindicatos que sindicatos sin honra" y "Unirse desde abajo y organizarse combatiendo". El famoso Programa del Primero de mayo de la CGT de los Argentinos, redactado por Walsh, proponía caminos de unidad de acción para los grandes, pequeños y medianos empresarios nacionales, profesionales, estudiantes, intelectuales, artistas e, inclusive, religiosos.

En el seno de la CGTA se impulsaron experiencias artísticas de militancia política, como las del pintor Ricardo Carpani y las del Grupo Cine Liberación, de Fernando Solanas y Octavio Getino, autores de la película La hora de los hornos. El semanario de la central obrera, dirigido por el propio Walsh, llegó a editar un millón de ejemplares.

"CON EL ESTILO DE UN MAESTRO PRIMARIO RURAL"

El 1º de abril de 1995, el historiador Osvaldo Bayer publicó una carta abierta a Rodolfo Walsh. Transcribo algunos de sus párrafos:

"Tu carta a la Junta Militar lo previó todo, denunció todo, dijo todo. La escribiste aquí, en tierra y de frente. (...) ¿Y que dirán aquellos científicos de las letras, faraones y 
mandarines de cátedras e institutos que te calificaron esteta de la muerte? Hoy se apresuran a poner tus libros en las vitrinas oficiales. Pero nunca le diste importancia a esas cosas. Con tu máquina de escribir te metiste en los intestinos del pueblo, en el dolor y la humillación de la pobrería (...). Trascendías a todas las sectas de café y de cátedra. Estabas en la calle con los perros y los piojos, los jóvenes y los ilusos (...). Cometiste otro gran error que tampoco los mandarines de las letras podían perdonarte: hiciste la mejor literatura con un estilo directo, claro, preciso, como el de un maestro primario rural. Te entendían y te entienden todos. Rompiste el mito sagrado que un intelectual debe ser un travesti de las palabras y no un sembrador de quimeras y
rebeldías (...). Por algo quisieron silenciarte. Pero no lo lograron. Tus libros están de nuevo en bibliotecas y colegios. Con ellos se formarán nuevos curiosos de la verdad. Porque la ética es como una cadena sin fin que viene desde el comienzo de la Historia. Y gracias a esa ética y gracias a los Rodolfo Walsh que se fueron dando la mano, hoy todavía hay vida en este mundo. Gracias Rodolfo. Qué alegría nos ha dado el verte de nuevo entre nosotros, para siempre".

Ahora, cuando Walsh ya ingresó a la historia de los hombres éticos y valientes, muchos intelectuales de café, teóricos de sobremesa, aguerridos editorialistas de fin de semana y charlatanes de cátedra, lo recuerdan y recomiendan sus textos. La mayoría de estos memoriosos tardíos, lo único que no recuerda mencionar es que Rodolfo vivió y murió como un peronista revolucionario.

Algunas obras de Rodolfo Walsh:

Diez cuentos policiales (1953)
Variaciones en rojo (1953)
Antología del cuento extraño (1956)
Operación Masacre (1957)
La granada (1965, teatro)
La batalla (1965, teatro)
Los oficios terrestres (1965)
Un kilo de oro (1967)
¿Quién mató a Rosendo? (1969)
Un oscuro día de justicia (1973)
El caso Satanovsky (1973)
Los oficios terrestres (1986)
Cuento para tahúres y otros relatos policiales (1987)
 

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