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El
17 de octubre de 1945
El hondo
bajo fondo
se subleva
Roberto
Bardini
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La Segunda
Guerra Mundial ha terminado en mayo de 1945 y el eje Berlín-Roma-Tokio
fue derrotado en todos los frentes. Pero según Spruille Braden,
embajador de Estados Unidos en Argentina, existe un coronel que tiene simpatías
“japo-nazi-fascistas”. Se llama Juan Domingo Perón y ocupa los cargos
de vicepresidente, ministro de Trabajo y director de la incipiente aviación
civil. Coinciden con la embajada estadounidense los liberales, los comunistas,
los socialistas, los conservadores, los radicales, los ultra católicos,
ciertos nacionalistas reaccionarios, los terratenientes, los empresarios,
los industriales. Coinciden tanto, que todos entonan a coro La Marsellesa,
la patriótica marcha de Francia.
No coinciden con la embajada los
trabajadores del campo y la ciudad, que cantan el Himno Nacional y son
muchos más que todos esos sectores juntos.
El alto mando de las Fuerzas Armadas,
deseoso de agradar a Washington, decide arrestar al coronel Perón
y destituirlo de sus cargos. En la noche del jueves 11 de octubre de 1945,
oficiales del ejército y la marina asisten al Círculo Militar
y discuten si derrocan al presidente Edelmiro Farell y toman el poder o
si entregan el gobierno a la fláccida Corte Suprema de Justicia.
Alfredo L. Palacios, primer diputado socialista de América latina,
está presente e intercambia comentarios conspirativos con generales
y almirantes.
Un mayor del ejército de voz
ronca y afecto al vino tinto propone el asesinato de Perón en una
emboscada. Se llama Desiderio Fernández Suárez y 11 años
más tarde será jefe de la policía de la provincia
de Buenos Aires. En 1956 se dedicará a fusilar a civiles peronistas
en un basural sin juicio previo ni derecho a defensa, sin siquiera órdenes
escritas. Fernández Suárez y sus amos constituyen un precedente,
una experiencia piloto, del baño de sangre que inundará al
país dos décadas más tarde. El periodista Rodolfo
Walsh, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, los denunciará
en su libro Operación Masacre, una pequeña joya del
periodismo de investigación que se adelantó a lo que los
estadounidenses denominan non fiction novel y que se atribuye erróneamente
a Truman Capote, autor de A sangre fría.
Caviar, pavo y champagne
El viernes 12 de octubre de 1945,
aprovechando el feriado por el Día de la Raza, un grupo de gente
bien
se congrega frente al suntuoso Círculo Militar. Es como si fuera
un elegante día de campo y no faltan las cestas de comida para almorzar
sobre el césped. El diario La Prensa del día siguiente
describe a los asistentes:
“Era un público selecto formado por
señoras y niñas de nuestra sociedad y caballeros de figuración
social, política y universitaria”. Al son de la canción
mexicana La cucaracha, los asistentes cantan:
Perón y Farell
Perón y Farell
ya no pueden caminar
porque no tienen
porque les falta
el apoyo popular.
Muy inadecuado plagio, en esas circunstancias,
de una tonada popular que es uno de los símbolos de la Revolución
Mexicana. “El público selecto” se retiró a la medianoche,
después de entonar en varias oportunidades el Himno Nacional y,
como de costumbre, La Marsellesa. Durante mucho tiempo los peronistas
bromearon acerca de que la zona quedó cubierta de “restos de caviar,
pavo y botellas de champagne”.
Esa noche, Perón es detenido
y enviado a la isla Martín García. Oficialmente se informa
que la finalidad es “preservar su seguridad ante la posibilidad de un atentado”.
En la tarde del sábado 13, el diario sensacionalista Crítica
anuncia la detención bajo un rencoroso titular en el que ni siquiera
lo nombra: “Ya no constituye un peligro para el país”. Unos días
antes, el 9 de octubre, un panfleto universitario había cantado
victoria: “Rechazado por todas las fuerzas sociales y políticas
y por la prensa que él amordazó, el coronel fascista ha debido
resignar sus cargos (...). Bajo la presión del pueblo, el fascismo
busca una válvula de escape y se desprende de uno de sus hombres”.
Pero ni el sector antiperonista de
las Fuerzas Armadas, ni la coalición política-rural-empresarial,
ni la prensa opositora, se podían imaginar que todo les saldría
al revés y que tendrían que aguantar al molesto Perón
durante un histórico largo rato. Cuando se conoció la renuncia
del coronel, el héroe era él y no ellos.
Poco después trasciende que
el ex vicepresidente ha sido enviado prisionero a la isla Martín
García. El lunes 15 de octubre se generan las primeras reacciones.
Afiliados del Sindicato Autónomo de Obreros de la Carne, conducido
por Cipriano Reyes, salen a las calles de Berisso y Ensenada pidiendo la
libertad del coronel.
Al norte del país, la Federación
Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA) declara una “huelga general
revolucionaria en todos los ingenios” y toma contacto con los gremios de
Buenos Aires. El jefe de la región militar de la zona, teniente
coronel Fernando Mera, se compromete a avanzar sobre la Capital Federal
junto con los obreros. No figuran demasiados oficiales como Mera en la
historia argentina del siglo veinte.
En algunos barrios de la Capital
Federal y el Gran Buenos Aires aparecen volantes que reclaman por el ex
vicepresidente y ministro de trabajo. Uno de ellos dice: “La contrarrevolución
mantiene preso al liberador de los obreros argentinos, mientras dispone
la libertad de los agitadores vendidos al oro extranjero. Libertad para
Perón. Paralizad los Talleres y los Campos”. Los panfletos llevan
la firma de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
Militantes de la Alianza Libertadora
Nacionalista y simpatizantes espontáneos recorren las calles del
centro de Buenos Aires al grito de “¡Patria sí, colonia
no!”. La policía intenta disolverlos con gases lacrimógenos
pero los manifestantes vuelven a reagruparse. A la noche hay 87 detenidos.
En la madrugada del 17, los obreros
que desde el día anterior esperan una resolución de la Confederación
General del Trabajo (CGT), se lanzan a las calles mientras sus dirigentes
se meten en la cama.Los asalariados imponen de hecho una huelga general
sin esperar la fecha fijada por la adormilada conducción de la CGT.
La espontánea decisión se extiende como una reacción
en cadena a otros puntos de la ciudad, de las provincias, del país.
Los trabajadores pasan por encima
de sus titubeantes líderes gremiales, desbordan a sus sindicatos
e ignoran olímpicamente las recomendaciones de comunistas, socialistas
y anarquistas. Para colmo de males, algunos cuadros políticos y
militantes de base de estas tres tendencias abandonan para siempre sus
organizaciones y se unen a los seguidores del coronel “nazi-nipo-fascista”.
Atados a esquemas europeos, algunos dirigentes de “izquierda” y teóricos
“rigurosamente científicos” no entienden –y parece que nunca entenderán–
que ciertos movimientos populares no son químicamente puros ni
surgen de mezclar probetas en un laboratorio. Los obreros tampoco hicieron
caso, desde luego, a los discursos de casi todos los partidos políticos,
los esfuerzos del embajador estadounidense Spruille Braden, los editoriales
de la prensa “democrática”, las conspiraciones “institucionales”
de los cuarteles, las cultas tertulias del Jockey Club y las encopetadas
reuniones de la Unión Industrial Argentina, la Sociedad Rural y
la Bolsa de Comercio.
Los asalariados carecen de un programa
político o de un plan de acción. Sólo mencionan un
nombre a gritos: Perón. Concentran su fuerza en un objetivo único:
la libertad del coronel.
El día anterior un médico
militar amigo del oficial detenido le diagnostica una (falsa) pleuresía
y logra convencer al alto mando del ejército de regresarlo a Buenos
Aires para tratarle la “afección”. A las 6:30 de la mañana
del mismo 17, después de cuatro horas de navegación, llega
a la Capital Federal la lancha que conduce al prisionero y su custodia.
Lo llevan al Hospital Militar Central y lo “internan” en el quinto piso.
Es un día de calor, pegajoso y húmedo.
“¡Perón sí,
otro no!”
En las primeras horas de la mañana,
los trabajadores de las fábricas de Avellaneda, Lanús y Quilmes
y de los frigoríficos de Berisso y Ensenada comienzan a formar grupos
para marchar a pie hacia Buenos Aires. Llevan banderas argentinas y retratos
de Perón. Pocas horas después, desde La Plata salen camiones
repletos de gente con el mismo rumbo. Unos y otros convergen a las nueve
de la mañana en la entrada a la Capital Federal pero se encuentran
con que el puente Pueyrredón y otras vías de acceso sobre
el Riachuelo, han sido levantados por orden de la policía y la Prefectura
Marítima para impedirles el paso. Los agentes obligan a descender
a los pasajeros de distintos medios de transporte que logran pasar, los
palpan de armas y les informan que deben continuar a pie. “Cumplimos órdenes”,
aseguran. Las órdenes, sin embargo, no se cumplen en otros lugares.
Los trenes no funcionan. Los empleados
ferroviarios están en huelga. Paralelamente, columnas de hombres
y mujeres provenientes de barrios populares atraviesan Buenos Aires rumbo
a la Plaza de Mayo. Vienen de La Boca, Nueva Pompeya, Parque Patricios,
La Paternal, Devoto, Villa Urquiza, Lugano, Liniers, Flores. Confluyen
con gente humilde que llega de la Zona Oeste del Gran Buenos Aires, Merlo,
Moreno y Morón. Por diferentes accesos, arriban trabajadores de
Zárate y Campana. Otros vienen de más lejos.
Hay soldados acuartelados en Campo
de Mayo y otras guarniciones. Lo mismo ocurre en todas las comisarías.
Militares y policías están divididos en sus simpatías:
aguardan, tensos, la orden para reprimir. Algunos destacamentos de vigilantes
que se han desplegado en vías estratégicas hostigan a pequeños
grupos que caminan por el medio de la calle. Otros, en cambio, los protegen.
El día avanza. Como ríos,
pequeños grupos se unen y se transforman en compactos torrentes
que marchan por Rivadavia, Avenida de Mayo, Balcarce, Diagonal Norte. Frente
a la Casa de Gobierno, mientras tanto, la plaza se va llenando lentamente.
Algunos manifestantes comienzan a gritar: “¡Aquí están,
éstos son, los muchachos de Perón!”. Otros, agotados por
la larga caminata y el calor, se quitan los zapatos y sumergen los doloridos
pies en las fuentes de agua.
Raúl Scalabrini Ortiz, testigo
de la época y miembro de la Fuerza de Orientación Radical
de la Joven Argentina (FORJA), describe aquella jornada que le cambió
el rostro a Argentina:
El sol
caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes
columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de
fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres.
Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos
fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas
de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y
vociferando, unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita
que la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes
se traslucían en sus fisonomías. Descendiente de meridionales
europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño
de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.
Venían
de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo,
de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las
fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de
Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían
de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe,
iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión,
el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el
empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevado”.
Otro testigo de la época,
Juan José Hernández Arregui, relata con idéntico entusiasmo:
A caballo
unos, en bicicleta o camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre
abigarrada marchaba como un sonámbulo invulnerable.
La argentina
de los campos vacíos, siempre iguales a sí mismos, estaba
paralizada. Todo el país había concentrado la energía
del trabajo cotidiano en una gigantesca huelga general. Los obreros de
los frigoríficos, del petróleo, del caucho, los portuarios,
de la construcción, habían cruzado sus brazos sobre el pecho.
Los trenes, inmóviles como largos animales dormidos, exhibían
en la protesta desoladora y terrible de su mudez, esa voluntad nacional
de un pueblo más tensa que los poderes entumecedores de una historia
construida con millones de seres aplastados y levantada sobre un siglo
de infamia. «¡Libertad para Perón! ¡Perón
sí, otro no! ¡Muerte a los traidores!», se leía
en los vagones ferroviarios. Desde Córdoba, Tucumán, San
Juan, Mendoza, Jujuy, los parias anuales de las cosechas, los criollos
a precios módicos, descendían en marejadas sombrías
a la ciudad puerto como símbolos eternos de un pueblo eterno”.
A ellos suma su visión el
ensayista Arturo Jauretche, presidente de FORJA:
Fue un
Fuenteovejuna: nadie y todos lo hicieron. Se llenó la plaza, en
una especie de fiesta, de columnas que recorrían la ciudad sin romper
una vidriera y cuyo pecado más grande fue lavarse «las patas»
en las fuentes porque habían caminado quince, veinte o treinta kilómetros”.
Mientras tanto, la policía
recibe la orden de bajar el puente Pueyrredón y permitir el paso.
Los trabajadores de La Plata, Berisso y Ensenada trasponen el límite
entre la provincia y la Capital Federal. Los agentes dejan de hostilizar
a los manifestantes. Se sabe que ciertos oficiales del ejército
y la policía que simpatizan con Perón están dispuestos
a tomar algunos regimientos y el Departamento Central de Policía.
Cesa el acuartelamiento de los militares en sus guarniciones.
Una mujer amante
Durante las tensas horas que transcurren
entre la detención de Perón y el anuncio de que se encuentra
en el Hospital Militar, una mujer ha desplegado una frenética actividad.
Se llama María Eva Duarte y es amante, en todos los sentidos de
la palabra, del coronel.
Desde su celda en la isla Martín
García él le había enviado una carta lamentando la
traición de esas Fuerzas Armadas a las que había dedicado
más de la mitad de su vida. El militar, que la apoda “mi chinita”,
le proponía que ambos se olvidaran para siempre de la política
y retiraran a vivir a las montañas. La historia, sin embargo, les
había reservado otro destino.
Eva es, en ese momento, una fiera
herida. Hace una llamada telefónica tras otra, se reúne con
políticos, periodistas, camaradas de armas de Perón, gremialistas.
Se sube a un automóvil y se hace llevar de un lado a otro de la
ciudad. Es una mujer enérgica que habla con hombres y sabe tratarlos.
Discute, persuade, hierve de furia, derrama lágrimas, promete, insulta
a los gritos. En menos de lo que canta un gallo ha convocado a su alrededor
a un grupo numeroso, selecto y leal de hombres de ideas y acción.
Luego de hablar con ella, cada uno parte a su cuartel, sindicato, barrio,
periódico, radio o centro de actividades políticas.
La Argentina “invisible” muestra
su rostro
Los altos mandos del ejército
deben haber razonado que no exageraba el diario La Época
cuando, pocos días atrás, había titulado en su primera
plana: “Desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, desde el Atlántico
hasta los Andes, se pide, se clama y se exige la libertad del coronel Perón”.
Posteriormente, el escritor Leopoldo
Marechal, autor de Adán Buenosayres y Megafón o
la guerra, relató el impacto que le causó el 17 de octubre
de 1945:
“El coronel
Perón había sido traído ya desde Martín García.
De pronto, me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que
avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo
y agigantándose, hasta que reconocí primero la música
de una canción popular, y enseguida su letra: «Yo te daré
/ te daré patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que
empieza con pe: / Peróoon». Y aquel «Peróoon»
resonaba periódicamente como un cañonazo.
“Me vestí
apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que
avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los
miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino
la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder.
Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente,
sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y no bien las conocieron
les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista.
“Decidí
entonces, con mis hechos y palabras, declarar públicamente mi adhesión
al movimiento y respaldarla con mi prestigio intelectual, que ya era mucho
en el país. Esto me valió el repudio de los intelectuales
que no lo hicieron y que declararon al fin mi proscripción intelectual”.
A las 11:10 de la noche, después
de varias idas y venidas entre la Casa de Gobierno y el Hospital Militar,
de deliberaciones y discusiones, Perón se hizo presente en un balcón
de la Casa Rosada. Aclamado, habló a sus seguidores cuando faltaban
diez minutos para la medianoche. El historiador británico Daniel
James menciona en Resistencia e integración una situación
sin antecedentes en el Buenos Aires de ese convulsionado año: “El
hecho de que la manifestación culminara en la Plaza de Mayo fue
por sí solo significativo. Hasta 1945 esa plaza, situada frente
a la Casa de Gobierno, había sido en gran medida un territorio reservado
a la «gente decente», y los trabajadores que se aventuraban
allí sin saco ni corbata fueron más de una vez alejados e
incluso detenidos”.
El primer mártir
Al finalizar ese día, el naciente
peronismo tuvo un mártir, el primero de una larga, casi interminable
lista.
A la una de la mañana, cuando
terminó la concentración en la Plaza de Mayo, un grupo de
jóvenes manifestantes marchó en dirección al edificio
del diario Crítica, en Avenida de Mayo 1333. El periódico
dirigido por Natalio Botana había asegurado esa tarde que Perón
era un “mito fascista”. Además, había publicado en primera
plana una fotografía de cinco personas que cruzaban la avenida 9
de Julio: “Estas son las huestes del coronel Perón”, decía
el grueso título. La foto, tomada en la mañana temprano desde
la terraza de un edificio de varios pisos, intentaba transmitir la imagen
de una avenida vacía en la que apenas se veía un minúsculo
grupo de personas.
Los muchachos peronistas, exaltados,
lanzaron piedras y rompieron los vidrios de las ventanas. Desde la terraza,
los pistoleros de Botana dispararon sus revólveres. Parapetados
detrás de automóviles estacionados y árboles, algunos
militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista respondieron al fuego.
El tiroteo fue infernal y duró hasta las tres de la mañana.
Cuando todo terminó, quedaban 50 heridos en la calle.
Uno de ellos había recibido
un balazo en la cabeza y murió poco después. Se llamaba
Darwin Passaponti y tenía 17 años. Había nacido
el primero de noviembre de 1927 y le faltaban dos semanas para adquirir
la mayoría de edad. Estudiaba en el Colegio Normal Mariano Acosta
y militaba en la Alianza Libertadora Nacionalista. Su padres eran farmacéuticos:
ella, una ferviente católica nacida en Entre Ríos; él,
un anarquista oriundo de Santa Fe, que escribía obras de teatro.
Aciertos y errores, simpatías
y rechazos
Al día siguiente, bajo el
título “Los grupos peronianos cometieron sabotaje y desmanes”, Crítica
presentó
su versión de los hechos:
“El anunciado
movimiento popular de los peronistas ha fracasado estrepitosamente, en
un ridículo de extraordinarias proporciones. Las multitudinarias
e imponentes columnas que los adictos al ex vicepresidente prometían
reunir para dar la sensación cabal de su poderío, se han
trocado en grupos dispersos que recorren las calles con paso cansino, en
medio de la indiferencia y el desprecio de la población... No obstante,
ante el fracaso, los elementos más recalcitrantes de ese peronismo
en veloz menguante, tratan de hallar desquite cometiendo desmanes y recurriendo
al sabotaje”.
La Nación describió
a “grupos revoltosos” e “individuos en completo estado de ebriedad”. Los
diarios de la llamada oligarquía no fueron los únicos asombrados
por la concentración del 17 de octubre; la enorme manifestación
popular también causó estupor a los periódicos La
Vanguardia, del Partido Socialista, y
Orientación, del
Partido Comunista. El stalinista de derecha Rodolfo Ghioldi, dirigente
del PC, declaró a principios de 1955: “Lo que es de lamentar en
Argentina es que estas masas obreras que se han incorporado a la vida gremial,
hayan roto su virginidad política bajo la advocación del
señor Perón”.
El 21 de octubre de 1945, cuatro
días después de su liberación de la isla Martín
García, el coronel Juan Domingo Perón se casó con
la actriz María Eva Duarte.
En 1945 había surgido en el
país del trigo y las vacas un movimiento histórico que se
extendería –con marchas y contramarchas, y pese a todos los esfuerzos
por erradicarlo– hasta fines del siglo veinte.
Durante largos años,
el peronismo tendrá sus partidarios y sus detractores: unos, harán
hincapié en sus realizaciones sociales; otros pondrán énfasis
en sus errores. Por décadas, los habitantes del país
no podrán mantenerse al margen o ser indiferentes. La simpatía
o el rechazo se transmitirán de generación en generación.
Un historiador que no es peronista,
Pedro Santos Martínez, escribió en 1946-1955 - La nueva
Argentina:
“Hace treinta
años que la actualidad argentina está empapada de Perón.
Cuando los grandes problemas argentinos que nos afectan son analizados,
siempre se encuentra presente el peronismo. Ya sea para reconocerle su
contribución o para lamentar el camino por donde orientó
al país. Esta realidad peronista estimula o irrita. Es un ente político
cuya vigencia en la historia nacional de nuestro tiempo está cargada
de genialidades y mezquindades. Es grandiosa y mísera a la vez.
Es lugar de referencia, de contraposición y de litigio. De ahí
que nadie puede permanecer indiferente cuando se trae a colación.
“Los opositores
no fueron más felices. Sus aportaciones, excesivamente detractoras,
solían presentar al período como un tránsito por el
infierno. Muchos de ellos vivían un país que no era el que
tenían ante sus ojos. A la espera de que Perón cayera del
gobierno desde el día siguiente que lo asumió, todo cuanto
él hacía era –en opinión de estos augures– provisional
y demagógico. Así transcurrieron los años y no supieron
ver los logros alcanzados por el país. Cuando volvieron, después
de haber sido derrocado Perón, un buen núcleo creía
que la historia se había detenido en 1943.
“El gobierno
de Perón integra ontológicamente la vida argentina contemporánea.
Se nos ha dado como una herencia, apetecida o no, pero real y que, en forma
esencial, se halla inserta en la vida contemporánea. Sus logros
han pasado a ser los de todos los argentinos del presente. Sus fracasos
también, y han de servir como experiencia. En definitiva, pertenece
al acervo histórico de la Argentina y debemos tener una actitud
patriótica para entenderlo de este modo”.
En 1969, a más
de dos décadas de aquella jornada, el historiador Félix Luna
publicó El 45. Su impresión de ese año también
tiene un gran valor porque, a pesar de no ser simpatizante peronista, se
esforzó por comprender el significado de esa especial jornada y
llegó a afirmar: “No hay nada en nuestra historia que se parezca
a lo del 17 de Octubre”
©
Roberto Bardini
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