"Cuando
en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por
este signo: todos los necios conjuran contra él", aseguró
el escritor irlandés Jonathan Swift (1667-1745). El autor de Viajes
de Gulliver definía a la especie humana como "la más
perniciosa casta de gusanos que la naturaleza permite que se arrastre por
la tierra". Swift se refería especialmente a los ingleses. Esta
historia intentará confirmar sus palabras en los casos de algunos
editores "políticamente correctos".
El holandés Vincent van Gogh
–nacido el 30 de marzo de 1853 e hijo de un pastor protestante–
pintó entre 800 y 900 cuadros. Sin embargo, sólo vendió
una obra en toda su vida. Y hay quienes sostienen que en realidad cambió
algunas telas por comida o materiales para pintar. Hoy sus óleos
cuestan miles de dólares.
El italiano Emilio Salgari –nacido
el 25 de agosto de 1863, creador de Sandokán y El corsario
negro– escribió más de 80
novelas (algunos biógrafos aseguran que fueron 200) y una enorme
cantidad de cuentos. Si hubiera vivido en la actualidad, con certeza sería
un millonario mimado por Hollywood. Pero en su época sufrió
una miseria atroz.
Van Gogh y Salgari vivieron al borde
de la locura y los dos se suicidaron. El pintor se disparó
un balazo en el pecho el 27 de julio de 1890 y murió dos días
después. El novelista se clavó un puñal en el estómago
el 25 de abril de 1911. Uno y otro dejaron cartas. "Quizás hubiera
preferido contarte muchas cosas pero el deseo de hacerlo me ha abandonado
y me siento inútil", le escribió Van Gogh a su hermano Theo.
Salgari se dirigió a sus editores: "A vosotros, que os habéis
enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia
en una continua semi miseria, sólo os pido que, en compensación
por las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de
mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma".
Gerentes con "visión de
futuro"
El estadounidense John Kennedy Toole
–nacido en 1937 en Nueva Orleans, licenciado en literatura inglesa por
la Universidad de Columbia– es considerado hoy como "uno de los escritores
más ingeniosos y lúcidos del siglo XX" por su novela La
conjura de los necios. Se suicidó en 1969 porque la obra
fue rechazada por una editorial tras otra. Gracias al incansable peregrinar
de su madre, el texto se publicó en 1980, once años después.
La reacción de los críticos fue unánime y en 1981
ganó el premio Pulitzer. En Francia fue catalogada como "la mejor
novela en lengua extranjera del año". La conjura de los necios
se tradujo a diez idiomas y se transformó en libro de culto.
Hay casos menos trágicos.
O, mejor dicho, bastante divertidos: "Señora,
dedíquese a escribir recetas de cocina",
le dijo un editor mexicano a una mujer llamada Laura Esquivel y le devolvió
los originales de Como agua para chocolate. Ella llevó los
originales a otra empresa y el libro se transformó en best seller,
con varias ediciones e, incluso, fue adaptada al cine por su esposo,
el cineasta Alfonso Arau.
"Esto es ilegible", sentenció
un editor colombiano al rechazar, a comienzos de la década del 60,
la copia mecanografiada de Cien años de soledad, escrita
por un casi desconocido Gabriel García Márquez. Por gestiones
de Julio Cortázar, la editorial Sudamericana –de Buenos Aires– publicó
la novela el 30 de mayo de 1967. La tirada inicial fue de 8 mil ejemplares
y se agotó en menos de dos semanas; una segunda edición de
10 mil ejemplares dejó a la editorial sin papel. Durante dos meses
en casi toda América Latina se hablaba de Cien años de
soledad, sin que los interesados en leerla pudieran comprarla ya que
no estaba en las librerías. Se tradujo a 35 idiomas y se calcula
que a 36 años de su salida lleva vendidos más de 30 millones
de ejemplares. Los originales, con correcciones manuscritas del propio
García Márquez, están valuados hoy en medio millón
de dólares.
A esta altura ya es momento de preguntarse:
¿qué habrá sido de aquellos "visionarios"
gerentes editoriales? Quizá se dedican a vender pizza, pescado o
preservativos.
Un símbolo "políticamente
incorrecto"
Michael Moore es un gordito de aspecto
desgarbado que nació en Flint (Michigan) y vive en Nueva York. Periodista,
autor de varios libros, guionista y director de cine y televisión,
se hizo famoso por trabajos que exhiben los aspectos más enfermos
de la sociedad estadunidense. Su largometraje Bowling for Columbine
ganó el premio Oscar 2003 al Mejor Documental. Pero desde mucho
antes, Moore ya era un dolor de hígado para el presidente George
W. Bush, políticos conservadores, gerentes de empresas transnacionales
y dueños de la "gran prensa". Él es un símbolo contestatario,
globalifóbico y "políticamente incorrecto" para millones
de anónimos ciudadanos necesitados de un héroe que los represente.
Al día siguiente de la entrega
de los Oscar la asistencia a los cines de todo el país que exhibían
Bowling for Columbine aumentó 110 por ciento, según
el Daily Variety. Cuarenta y ocho horas más tarde, Amazon.com
recibió más pedidos del documental que de Chicago,
premiada como la Mejor Película. Una semana después, la ganancia
en taquilla subió a 73 por ciento, informó la revista Variety.
También fue el lanzamiento comercial con más tiempo en cartel
de Estados Unidos: veintiséis semanas consecutivas. En la semana
posterior a la entrega del Oscar, el sitio en Internet del cineasta (http://www.michaelmoore.com)
recibió entre diez y veinte millones de visitas diarias.
Recientemente, por poco Moore casi
termina como Van Gogh, Salgari y Toole. Todo comenzó con Estúpidos
hombres blancos, su último libro.
"Esta edición de Estúpidos
hombres blancos, a diferencia de la primera, no se publica para América
del Norte, el continente donde vive la amplia mayoría de los hombres
penosamente estúpidos, vergonzosamente blancos y asquerosamente
ricos", relata Moore en el prólogo a la edición inglesa.
Allí narra su resistencia contra la censura de la editorial Regan
Books –una filial de Harper Collins– y sus esfuerzos para que los cincuenta
mil ejemplares del libro dirigidos a Estados Unidos no terminaran juntando
polvo en la bodega.
Libertad de expresión y
derecho a discrepar
Moore entregó Estúpidos
hombres blancos a la editorial antes del 11 de septiembre de 2001.
Veinticuatro horas atrás habían salido de la imprenta los
primeros 50 mil ejemplares. Al día siguiente del ataque aéreo
al World Trade Center, se suspendió la distribución a las
librerías de todo el país. El propio Moore pidió a
Regan Books que retrasara la entrega. Como residente de Manhattan –cuenta–
no se sentía motivado para salir de gira a promocionar el libro
mientras la nación estaba de luto.
Semanas después, el escritor
llamó por teléfono a Regan Books-Harper Collins para preguntar
cuándo saldrían a la venta los ejemplares que acumulaban
polvo en un depósito de Scranton (Pensilvania). La respuesta lo
dejó frío. Le dijeron que no podían sacar el libro
a la venta tal como estaba escrito. "El clima político del país
ha cambiado", le explicaron innecesariamente. Le solicitaron que rescribiera
la mitad de Estúpidos hombres blancos y que eliminara todas
las referencias desfavorables a George W. Bush. También le pidieron
que desembolsara 100 mil dólares para la nueva edición.
¿Frío? No, Moore sintió que el cerebro, el alma y
el cuerpo se le congelaban. Fue como si estuviera en la cima del monte
Everest desnudo y en medio de una tormenta de nieve.
Él mismo comenta en la introducción
del texto destinado a Inglaterra: "Sugirieron que eliminase el capítulo
titulado «Querido George» y que cambiara el título de
«A matar blancos». «Ahora mismo, el problema no son los
blancos», adujeron. «Los blancos –respondí– siempre
son el problema». Añadieron que sería «intelectualmente
deshonesto» no admitir en el libro que desde el 11 de septiembre
el señor Bush había hecho «un buen trabajo».
La charla se cerró con estas palabras: «(...) Tu libro ya
no encaja en nuestra nueva imagen»".
Moore preguntó si era una
orden "de arriba". El magnate australiano Rupert Murdoch –conocido como
"el emperador del mundo" por su control de negocios en la prensa, el cine
y la televisión– es dueño de
News Corporation, que al mismo tiempo posee Harper Collins.
"No pienso cambiar el cincuenta por
ciento siquiera de una palabra", fue la decisión inicial del escritor.
"¿No es el momento de decir que, independientemente de los ataques
que suframos, lo último que vamos a hacer es convertirnos en uno
de esos países que suprimen la libertad de expresión y el
derecho a discrepar?".
Pero algunos amigos le recomendaron
a Moore que se dejara "torcer un poco el brazo o jamás vería
el libro en un estante". Entonces él cedió. Le escribió
al editor con una nueva propuesta: redactar material nuevo y revisar que
no quedase una sola línea que resultara ofensiva para quienes perdieron
algún ser querido el 11 de septiembre. "La
respuesta que obtuve es el equivalente editorial de vete a la mierda",
cuenta. Durante los dos meses siguientes intentó hablar con la presidenta
de la empresa, Judit Regan. Ella nunca le devolvió las llamadas.
La "policía empresarial
del pensamiento"
A fines de noviembre, el cineasta
le avisó a su editor que iba a llevar su libro a otra compañía.
Entonces se enteró que no podía: el contrato estipulaba que
Regan Books tenía los derechos de publicación por un año.
Él preguntó qué iban a hacer con los 50 mil ejemplares
que continuaban llenándose de polvo en la bodega. La respuesta del
editor no lo congeló; lo llenó de tórrida furia: "Supongo
que los van a triturar para reciclar el papel".
Moore comenta: "Todos sabemos algo
que somos incapaces de confesarnos: estamos ante un estado policial en
ciernes que se acerca a la pesadilla orwelliana de la mano de una fuerza
mucho más eficaz que la Policía del Pensamiento: la policía
empresarial. Mientras el gobierno hace redadas de ciudadanos con aspecto
de árabes y los encierra sin cargos, la elite empresarial se entretiene
idiotizando al pueblo".
El primero de diciembre de 2001,
el escritor tenía que hablar en una sala de Nueva Jersey sobre los
derechos cívicos de los afroamericanos. Desmoralizado, les dijo
a los cien asistentes que no sentía ánimos de pronunciar
su discurso. A cambio, les propuso leer un par de capítulos de su
inédito Estúpidos hombres blancos. Y les leyó
precisamente los titulados "Querido George" y "A matar blancos". Cuando
terminó, el auditorio lo recompensó con prolongados aplausos
que lo conmovieron hasta los huesos. Salió apresuradamente del recinto
para que el público no lo viera llorar. Y regresó a Manhattan
convencido de que su carrera de escritor había terminado.
¡Silencio! Ratoncitos maniáticos
trabajando
"Entonces, sucedió algo milagroso",
se emociona Moore. Entre los asistentes había una bibliotecaria
de Englewood (Nueva Jersey), llamada Ann Sparanese. Esa misma noche, ella
fue a su casa y redactó un mensaje que envió por Internet
a todos sus amigos bibliotecarios. También "subió" la historia
a dos páginas web dedicadas a temas literarios. Ann exhortó
a sus destinatarios que escribieran a Harper Collins y exigieran que el
libro se distribuyera a las librerías. Su llamado se transformó
en una reacción en cadena.
Muy pronto el escritor recibió
una llamada de la editorial: "¡Estamos recibiendo un montón
de correo hostil por parte de bibliotecarios!", lo recriminaron. "Vaya",
pensó él, "los bibliotecarios son, sin duda, un grupo terrorista".
Semanas después, su agente le avisó telefónicamente
que el libro saldría a la venta. Y saldría en su versión
original, sin cortes.
"No debería sorprender a nadie
que los bibliotecarios fueran la vanguardia de la ofensiva", afirma Moore.
"Mucha gente los ve como ratoncitos maniáticos obsesionados con
imponer silencio a todo el mundo, pero en realidad lo hacen porque están
concentrados tramando la revolución (...). Les pagan una mierda,
les recortan sus subsidios y se pasan el día recomponiendo los viejos
libros maltrechos. ¡Claro que fue una bibliotecaria quien acudió
en mi ayuda!".
La ofendida editorial decidió
que no se imprimieran más ejemplares de Estúpidos hombres
blancos, que no hubiera promoción en los diarios, que el libro
no se mencionara en la radio y la televisión públicas y que
la gira de presentación se limitara sólo a tres ciudades:
Ridgewood (Nueva Jersey), Arlington (Virginia) y Denver (Colorado).
Best seller, a pesar de
todo
¿Por qué Moore cree
en un "milagro"? A pesar de todas las disposiciones en contra, los 50 mil
ejemplares se agotaron en pocas horas. Veinticuatro horas después
el libro figuraba en el primer puesto en la lista de Amazon.com. Al quinto
día, iba por la novena reimpresión. Hasta The New York
Times, vocero oficioso del sistema, lo ubicó en el lugar número
uno de la lista de libros más vendidos de Estados Unidos, donde
permanece desde hace varios meses. Y la airada editorial continúa
sin hacer publicidad. Moore cuenta que sólo asistió a
dos programas de televisión: uno que se transmite a la una de la
madrugada y otro que comienza a las siete de la mañana.
"El ostracismo mediático no
ha surtido el menor efecto", se alegra el escritor. "El público
estadounidense, al que los medios pintan más burro que un canasto,
ha demostrado que sabe estar a la altura de las circunstancias, y no hay
más que agradecérselo a George W. Bush. Sus acciones desde
aquel mes de septiembre han estremecido a todo americano pensante. Este
libro ha vendido más ejemplares que ningún otro título
de no ficción en Estados Unidos este año. La última
noticia que tuve es que iba camino de su 25ª impresión.
Ánimo, ciudadanos de este hermoso planeta: puede que, después
de todo, haya todavía esperanza para nosotros, los americanos".
En 1983, el periodista argentino
–y hoy diputado– Miguel Bonasso estaba negociando en México y Buenos
Aires, la publicación de su primera novela: Recuerdo de la muerte.
"Tengo la impresión de que hay directores y gerentes que editan
libros con el mismo criterio que podrían vender mortadela, alambre
o calzoncillos", me dijo un día, desalentado porque sus originales
continuaban inéditos. Al año siguiente el libro salió
a la venta; poco después era best seller. Y no fue porque
algún gerente editorial le metió mano al texto.
Muchos de ellos son directivos con
amplias oficinas, teléfonos que no contestan, secretarias que responden
a medias. Están siempre ocupados, siempre apurados, siempre a punto
de asistir a una feria local, estatal, regional, nacional o internacional
del libro. Conozco a dos o tres especimenes de esta fauna. Aquí,
entre nos: no valen un calcetín usado de cualquier artista suicida.