Roberto Bardini - rodelu.net
14 de Noviembre de 2003
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Cuando Perón
fue espía en Chile
Roberto Bardini
Hace más de seis décadas, una operación de inteligencia en Chile involucró a dos oficiales argentinos y puso en riesgo las relaciones entre ambos países. Años después y bajo diferentes circunstancias, los dos militares llegaron a ser presidentes de la nación y los dos fueron derrocados. Durante mucho tiempo, los apellidos de uno y otro dividieron al país en dos.

A fines de 1935, el entonces mayor de infantería Juan Domingo Perón -con 40 años recién cumplidos- es designado agregado militar en la embajada argentina en Chile. Viaja al país vecino en su propia voiturette Packard roja, un modelo deportivo de la época. Lo acompaña Aurelia Tizón, su esposa, 

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apodada Potota. Los dos atraviesan el Paso de Uspallata, en la cordillera de los Andes. Eran caminos solitarios y corrían tiempos difíciles. Ella lleva en su bolso de mano una pistola calibre 22, "por cualquier emergencia".
 
Ambos se habían casado en enero de 1929, cuando el oficial era –según los parámetros de aquel tiempo– un solterón de 30 años y ella una maestra de guitarra de 18 años. Potota proviene de una familia de clase media con una posición económica más o menos desahogada. Su padre es un conocido fotógrafo del barrio de Palermo, afiliado a la Unión Cívica Radical. 

El presidente chileno Arturo Alessandri Palma, del Partido Liberal, ocupaba La Moneda por tercera vez. 

En marzo de 1936, Perón inicia sus funciones en Santiago de Chile. Allí, se dedica, como todos los agregados militares de todas las embajadas del mundo, a recoger información sobre el ejército del país anfitrión. Pero lo que algunos toman como una labor casi rutinaria -conseguir planos y mapas, datos sobre movimientos de tropas y compras de armamento, documentos reservados o secretos- otros lo encaran como una actividad cercana al espionaje. Es el caso de Perón, que ese año asciende a teniente coronel. El oficial se lanza con entusiasmo a tareas encubiertas al servicio de su país, sin percibir que está bajo la atenta vigilancia de la oficina de inteligencia militar chilena.

A comienzos de 1938, llega a Santiago un mayor de artillería encargado de reemplazar a Perón. Se llama Eduardo Lonardi y también lo acompaña su esposa, Mercedes Villada Achával. Ambas parejas congenian inmediatamente: mientras las mujeres pasean por la Plaza de Armas, salen de compras e intercambian confidencias conyugales, los hombres se dedican a conversaciones menos públicas. Perón le cuenta a su sucesor cuáles son sus actividades y le menciona dos contactos: Carlos Haniez, un ex oficial del ejército chileno, y Guido Arzeno, el representante argentino de la compañía de cine Artistas Unidos, quien se dedica a fotografiar planos y documentos. 

Haniez, de origen judío, había sido dado de baja en 1927. Perón ignoraba que para esa fecha el ex militar había sido presionado por el servicio de inteligencia local para tenderle una trampa.

Perón y Potota regresan a Buenos Aires a mediados de marzo. El 2 de abril, Haniez le entrega a Lonardi un juego de documentación supuestamente clasificada. Ese mismo día, la trampa se cierra alrededor de la nueva presa. La policía chilena allana una oficina ubicada en Pasaje Matte, departamento 311, en pleno centro de la ciudad, y sorprende a Arzeno fotografiando los papeles con una cámara Contax, acompañado por el flamante agregado militar. Más tarde la prensa local informa que en el lugar se había hallado un maletín lleno de dinero para pagar a los informantes. 

El gobierno argentino ordena el regreso inmediato de Lonardi y lo mantiene arrestado durante 15 días en el Hotel Savoy, mientras se le forma un consejo de guerra. Su esposa, Mercedes Villada Achával, pertenece a una familia de añeja estirpe en Córdoba y moviliza a sus contactos en el ejército y el gobierno. A duras penas logra salvar de una baja deshonrosa a su marido, quien -a diferencia de ella- es hijo de un modesto músico italiano y -al igual que ella- un devoto católico. Así, el mayor de artillería continúa revistando en las filas militares, aunque ya sin posibilidades de una carrera brillante.

Diecisiete años después, los caminos de Eduardo Lonardi y Juan Domingo Perón volverán a cruzarse. Será el 16 de septiembre de 1955 y en circunstancias mucho menos amables que aquellos días en Santiago de Chile: Lonardi inició un levantamiento cívico-militar contra su antiguo camarada de armas. Los dos llegarían a la presidencia -Perón en 1945, Lonardi una década más tarde- y ambos serían derrocados. Durante décadas, los apellidos de uno y otro dividirán al país en dos.

14 de Noviembre de 2003

 
© Roberto Bardini
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