Ambos se habían casado en
enero de 1929, cuando el oficial era –según los parámetros
de aquel tiempo– un solterón de 30 años y ella una maestra
de guitarra de 18 años. Potota proviene de una familia de clase
media con una posición económica más o menos desahogada.
Su padre es un conocido fotógrafo del barrio de Palermo, afiliado
a la Unión Cívica Radical.
El presidente chileno Arturo Alessandri
Palma, del Partido Liberal, ocupaba La Moneda por tercera vez.
En marzo de 1936, Perón inicia
sus funciones en Santiago de Chile. Allí, se dedica, como todos
los agregados militares de todas las embajadas del mundo, a recoger información
sobre el ejército del país anfitrión. Pero lo que
algunos toman como una labor casi rutinaria -conseguir planos y mapas,
datos sobre movimientos de tropas y compras de armamento, documentos reservados
o secretos- otros lo encaran como una actividad cercana al espionaje. Es
el caso de Perón, que ese año asciende a teniente coronel.
El oficial se lanza con entusiasmo a tareas encubiertas al servicio de
su país, sin percibir que está bajo la atenta vigilancia
de la oficina de inteligencia militar chilena.
A comienzos de 1938, llega a Santiago
un mayor de artillería encargado de reemplazar a Perón. Se
llama Eduardo Lonardi y también lo acompaña su esposa, Mercedes
Villada Achával. Ambas parejas congenian inmediatamente: mientras
las mujeres pasean por la Plaza de Armas, salen de compras e intercambian
confidencias conyugales, los hombres se dedican a conversaciones menos
públicas. Perón le cuenta a su sucesor cuáles son
sus actividades y le menciona dos contactos: Carlos Haniez, un ex oficial
del ejército chileno, y Guido Arzeno, el representante argentino
de la compañía de cine Artistas Unidos, quien se dedica a
fotografiar planos y documentos.
Haniez, de origen judío, había
sido dado de baja en 1927. Perón ignoraba que para esa fecha el
ex militar había sido presionado por el servicio de inteligencia
local para tenderle una trampa.
Perón y Potota regresan a
Buenos Aires a mediados de marzo. El 2 de abril, Haniez le entrega a Lonardi
un juego de documentación supuestamente clasificada. Ese mismo día,
la trampa se cierra alrededor de la nueva presa. La policía chilena
allana una oficina ubicada en Pasaje Matte, departamento 311, en pleno
centro de la ciudad, y sorprende a Arzeno fotografiando los papeles
con una cámara Contax, acompañado por el flamante agregado
militar. Más tarde la prensa local informa que en el lugar se había
hallado un maletín lleno de dinero para pagar a los informantes.
El gobierno argentino ordena el regreso
inmediato de Lonardi y lo mantiene arrestado durante 15 días en
el Hotel Savoy, mientras se le forma un consejo de guerra. Su esposa, Mercedes
Villada Achával, pertenece a una familia de añeja estirpe
en Córdoba y moviliza a sus contactos en el ejército y el
gobierno. A duras penas logra salvar de una baja deshonrosa a su marido,
quien -a diferencia de ella- es hijo de un modesto músico italiano
y -al igual que ella- un devoto católico. Así, el mayor de
artillería continúa revistando en las filas militares, aunque
ya sin posibilidades de una carrera brillante.
Diecisiete años después,
los caminos de Eduardo Lonardi y Juan Domingo Perón volverán
a cruzarse. Será el 16 de septiembre de 1955 y en circunstancias
mucho menos amables que aquellos días en Santiago de Chile: Lonardi
inició un levantamiento cívico-militar contra su antiguo
camarada de armas. Los dos llegarían a la presidencia -Perón
en 1945, Lonardi una década más tarde- y ambos serían
derrocados. Durante décadas, los apellidos de uno y otro dividirán
al país en dos.
14 de Noviembre de 2003