ONU:
la guerra y la paz
Roberto
Bardini
Mucha gente
en todo el mundo solía considerar a la Organización de las
Naciones Unidas como la mejor institución para la solución
pacífica de conflictos y para servir la causa de la justicia. El
secretario general era visto como una persona ecuánime, íntegra
y, sobre todo, independiente de la presión de las grandes potencias.
Hoy, sin embargo, se puede parafrasear a Shakespeare: «Algo huele
a podrido en Nueva York». El pensador alemán Oswald Spengler
lo había advertido 70 años atrás.
Una
buena noticia: destapemos la botella de champán y levantemos la
copa. El 5 de diciembre de 2003 se cumplieron 57 años del establecimiento
definitivo de la Organización de Naciones Unidas en Nueva York.
Brindemos: ¡gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los
hombres de buena voluntad!
La denominación
«Naciones Unidas» fue acuñada por el presidente norteamericano
Franklin Delano Roosevelt. Se utilizó por primera vez el 1º
de enero de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando representantes
de 26 países aprobaron la Declaración de las Naciones Unidas,
por la que se comprometían a seguir combatiendo juntos contra Alemania,
Italia y Japón.
La sede de la
ONU está ubicada en la Primera Avenida y la calle 47, en la costa
oriental de la isla de Manhattan, a orillas del East River de Nueva York.
Sus instalaciones ocupan poco más de siete hectáreas. Para
financiar la obra, el gobierno estadonidense concedió a las Naciones
Unidas un préstamo de 65 millones de dólares sin intereses.
El último millón se pagó en 1982.
Bomberos
«humanitarios»
Los funcionarios
de la ONU tienen varias opciones para distraerse. Se lo merecen, los desinteresados
representantes internacionales, luego de extenuantes jornadas en las que
su preocupación de tiempo completo son los problemas mundiales.
En Nueva York hay mil 700 parques, 150 museos, 900 galerías de arte,
38 teatros en Broadway y 125 en otras zonas de la ciudad. Si no quieren
cocinar en sus sencillos departamentos, pueden elegir entre 18 mil restaurantes.
Si alguna vez se permiten una salida nocturna y deciden tomar uno o dos
tragos, hay 2 mil bares y nightclubs. Y si por casualidad a la salida
de cualquiera de esos locales no están en condiciones de manejar
sus modestos automóviles, pueden llamar a un servicio de taxi: hay
más de 12 mil vehículos amarillos, los famosos yellow
cab.
La mala noticia
es que uno no sabe si brindar o no por los 57 años de la ONU. Más
de medio siglo después en el mundo no hay paz y parece que escasean
los hombres de buena voluntad. Aparentemente, los de mala voluntad constituyen
la mayoría. Y tienen el sartén por el mango: son jefes de
Estado, asesores presidenciales, operadores políticos y estrategas
militares que imponen sus puntos de vista a los influenciables funcionarios
internacionales.
El World Trade
Center estaba en la otra orilla de Manhattan. Es decir, frente al río
Hudson, con vista a la isla de Ellis, donde se levanta la Estatua de la
Libertad. El 11 de septiembre de 2001, muchas personas se arrojaron por
las ventanas de las Torres Gemelas en un desesperado intento por escapar
del fuego. Desde entonces, da la sensación de que la ONU intenta
apagar incendios con mangueras de gasolina. Sus «bomberos»
se parecen a los que describió Ray Bradbury en Fahrenheit 451.
Sólo que éstos quemaban libros y los de ahora queman gente.
Decadencia
moral y complicidad
Leamos a un
hombre que no es funcionario internacional, ni partidario del american
way of life, ni devoto de las hamburguesas de MacDonald’s y la Coca
Cola, ni creyente de la CNN. Se llama James Petras y el 18 de agosto del
2002 publicó un artículo que tiene el sugestivo título
de «Buscado: un secretario general de la onu íntegro».
«Mucha
gente progresista en todo el mundo solía considerar a la Organización
de las Naciones Unidas como la mejor institución para la solución
pacífica de conflictos y para servir la causa de la justicia, libre
del control de los intereses de las grandes potencias», escribe Petras,
líder estudiantil en la Universidad de Berkeley en los años
60 y doctorado en Filosofía en la Universidad de California. «Dentro
de la ONU, el secretario general era considerado como una persona de ecuanimidad,
integridad y, sobre todo, independencia de la persuasión de las
grandes potencias. Para algunos izquierdistas postmodernos como Toni Negri,
la ONU era un nuevo modelo para un gobierno mundial. La historia reciente
nos enseña una lección diferente: la atroz bancarrota de
la ONU como una institución por la paz y la decadencia moral de
la función del Secretariado General bajo Kofi Annan. Una y otra
vez hemos visto cómo la ONU permanece pasiva o realmente colabora
ante guerras de agresión, limpieza étnica y genocidio económico».
Petras, quien enseñó
en la Universidad de Pennsylvania y actualmente es profesor en Binghamton,
Universidad del Estado de Nueva York, no recurre al sinuoso lenguaje diplomático.
Va al grano: «Bajo Annan, la ONU ha encubierto crímenes contra
la humanidad cometidos por EE.UU y su aliado israelí. Finalmente,
ningún secretario general ha sido más flagrante y públicamente
identificado con el libre mercado y las multinacionales que Kofi Annan».
¿Hay algo
más que agregar? Sí: «No cabe duda que Annan ha servido
bien al imperio de EE.UU, pero ha causado un gran perjuicio a la humanidad,
sobre todo a los millones en el Oriente Próximo, en Asia del Sur
y en los Balcanes», dice Petras. «Sus frases piadosas y vacías
no engañan a nadie. Bajo su dirección la ONU ha degenerado,
su misión se ha degradado de ser un instrumento de paz y justicia
a ser una organización para la guerra, cuyos funcionarios se enriquecen
encubriendo las atrocidades de Washington y sus aliados».
Ah, pero Petras
es un hombre de izquierda, exclamará más de uno. Bueno, veamos
entonces cómo definió a la ONU alguien a quien algunos consideran
un sensato seguidor de Mahatma Gandhi y Teresa de Calcuta: «Fábrica
de discursos», la denominó impúdicamente ese chico
texano, especialista en Derecho Internacional, llamado George W. Bush.
Posiblemente sea la única frase atinada de sus dos años y
10 meses de gobierno. Aunque, claro, nunca faltan los disconformes: el
diarioThe Financial Times,de Londres, definió a su vez a
George Jr. y a sus asesores como «los locos apoderados del manicomio».
Bien, Kofi Annan,
nacido en Ghana (Africa), hace lo que puede. Y si puede poco o nada, en
realidad no se diferencia mucho de sus antecesores. ¿O acaso fueron
más efectivos el egipcio Boutros Ghali (1992-1996) o el peruano
Javier de Pérez de Cuellar (1981-1986 y 1986-1991), a quienes les
tocó desde la guerra de las Malvinas hasta las masacres en la ex
Yugoslavia, pasando por varias atrocidades en países africanos?
Un «enjambre
de parásitos»
De 1945 a 1992
se registraron en diversas regiones del mundo alrededor de cien conflictos
armados en los que participó -precisamente para evitarlos- la ONU.
Se calcula que en total perdieron la vida aproximadamente 20 millones de
personas, sin que el organismo pudiera hacer nada. La cantidad equivale
a la mitad de muertos durante la Segunda Guerra Mundial.
El gasto en operaciones
«pacificadoras» en 1990 fue de 400 millones de dólares.
El 11 de junio de 1993, Boutros Ghali declaró en Viena que el organismo
había gastado sólo en 1992 más de tres mil millones
de dólares en estos operativos. «Soy consciente del costo
cada vez mayor de las actividades de mantenimiento de la paz y de la carga
que entraña para los países miembros, aunque estoy convencido
de que esas operaciones rinden muy buenos resultados en relación
a su costo». Al elegante secretario general no se le movió
un músculo de la cara; parecía un gerente hablando de inversiones,
marketing y calidad total ante un grupo de ejecutivos de empresa.
La precursora
de la ONU fue la Sociedad de las Naciones, creada en similares circunstancias
durante la Primera Guerra Mundial y establecida en Suiza en 1919, de conformidad
con el Tratado de Versalles. Su misión era «promover la cooperación
internacional y conseguir la paz y la seguridad». El organismo interrumpió
su actividad al no lograr evitar la Segunda Guerra Mundial. El Tratado
de Versalles había impuesto a Alemania condiciones tan duras e impiadosas
que sólo abonó el terreno para desencadenar el próximo
conflicto armado.
El cáustico
pensador alemán Oswald Spengler (1880-1936), autor de La decadencia
de Occidente, una obra monumental bastante difícil de digerir,
no fue piadoso con la Sociedad de Naciones. En su libro Años
decisivos, publicado en 1933, la definió como un «enjambre
de parásitos veraneantes en las orillas del lago de Ginebra».
Setenta años después, salvo la sede, nada ha cambiado. ¿Hay
motivo para brindar?
6 de Diciembre de 2003
©
Roberto Bardini
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