Manuel
Dorrego (1787-1828)
"Fue apóstol,
vivió como héroe
y murió como mártir"
Roberto Bardini |
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Faltaban 11
días para Navidad. A la orden de «¡fuego!», un
pelotón de fusilamiento unitario acribilló de ocho tiros
en el pecho al coronel federal Manuel Dorrego, ex gobernador de Buenos
Aires. Había sido estudiante de leyes, militar indisciplinado en
los cuarteles pero valiente en el campo de batalla, apasionado político
y patriota hasta los huesos. Fue una víctima más del crónico
desencuentro entre argentinos.
Dorrego
nació el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Fue el menor de cinco
hermanos, hijos del rico comerciante portugués José Antonio
de Dorrego y la argentina María de la Ascensión Salas. En
1803, a los 15 años, ingresó en el Real Colegio de San Carlos
y a inicios de 1810 comenzó a estudiar Derecho en la Universidad
de San Felipe, en Santiago de Chile. Pronto abandonó las aulas y
se unió al movimiento independentista chileno. Exaltado, cambió
el traje civil y los libros por el uniforme y las armas. En la milicia
del país andino ganó las tres estrellas de capitán
al sofocar un movimiento contrarrevolucionario. Tenía 23 años.
Antes de concluir 1810, Dorrego regresa
a Buenos Aires y con el grado de mayor se une a las fuerzas armadas encabezadas
por Cornelio Saavedra rumbo al norte. En el combate de Cochabamba sufre
dos heridas y gana el ascenso a teniente coronel. Más tarde,
bajo las órdenes de Manuel Belgrano, lucha en Tucumán (24
de septiembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813). El ejército
de Belgrano marcha hacia Potosí sin Dorrego: se queda en la retaguardia,
arrestado por indisciplina. Eso le evita las derrotas de Vilcapugio (1º
de octubre de 1813) y Ayohuma (14 de noviembre de 1813), y quizá
la muerte en servicio.
El payador uruguayo
José Curbelo lo recuerda así:
Argentino, Americano
En la idea y en los hechos
Impulsivo y corajudo
En los embates guerreros
Recibió sendas heridas
En Sansana y Nazareno
Y le pidió a sus soldados
Para seguir combatiendo
Lo alzaran sobre el caballo
Así fue Manuel Dorrego
A pesar de todo,
ese mismo agitado año, Dorrego asciende a coronel y encabeza la
creación de milicias gauchas. Apenas ha cumplido 26 años.
Los momentos de inacción, sin embargo, lo descontrolan. El inflexible
general José de San Martín ordena su confinamiento por nuevas
actitudes de indisciplina y en mayo de 1814 es trasladado a Buenos Aires.
Allí se pone a las órdenes del general Carlos María
de Alvear.
Temperamental en todo
Bromista en los campamentos
Pudo hasta indisciplinarse
Pero puesto en el gobierno
Supo muy bien dónde iba
En defensa de su pueblo
Ni emperador del Brasil
Ni centralismo porteño
Entreveraron las huellas
Que marcó Manuel Dorrego
Alvear le propone
al caudillo oriental, José Gervasio Artigas (1764-1850) la independencia
de la Banda Oriental a cambio de que retire su influencia de las provincias
del litoral. Artigas había dirigido la insurrección de los
orientales contra las autoridades españolas en el llamado Grito
de Asencio y fue proclamado por sus compatriotas como Primer Jefe de los
Orientales. El 20 de enero de 1814, abandonó el sitio de Montevideo
-cuyo mando comenzó a monopolizar José Rondeau- y apoyó
los pronunciamientos de los paisanos de Entre Ríos y Corrientes.
El líder rioplatense rechaza el ofrecimiento de Alvear. Dorrego
parte a enfrentarse con el rebelde, con quien –paradójicamente–
tiene ideas bastante cercanas. El militar derrota al artiguista Fernando
Otorgués en las cercanías del arroyo Marmarajá (6
de octubre de 1814), pero es vencido por Fructuoso Rivera en Guayabos (10
de enero de 1815).
Cada vez que algún retazo
Perteneciente a este suelo
De las Provincias Unidas
Anduvo corriendo un riesgo
Se alzó con su voz valiente
Reclamando ese derecho
Y por la soberanía
Él supo jugarse entero
Así cruzó por la vida
Luchando Manuel Dorrego
Joseph Conrad,
autor de novelas marineras, escribe en el cuento La Laguna (1898):
«Un hombre no debe hablar sino del amor o la guerra. Tú sabes
qué es la guerra y en la hora del peligro me has visto lanzarme
en busca de la muerte como tantos otros en busca de la vida».
Amor
y guerra, muerte y vida: estas palabras pueden aplicarse a la trayectoria
de Dorrego, quien a su regreso a Buenos Aires, en 1815, se casa con
Angela Baudrix. De la unión nacieron dos hijas: Isabel en 1816 y
Angelita en 1821.
El impetuoso Dorrego
se lanza a la lucha política. Se declara partidario de un gobierno
federativo y fomenta la autonomía de Buenos Aires. Con Manuel Moreno
y otros patriotas se opone a Juan Martín de Pueyrredón, Director
Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente,
para no participar en el enfrentamiento civil, solicita que su regimiento
se una al ejército que San Martín prepara en Mendoza para
la Campaña de los Andes. No alcanza a partir: el 15 de noviembre
de 1816, Pueyrredón ordena su destierro. Lo embarcan y recién
al tercer día de viaje se entera que su destino es el puerto de
Baltimore, en Estados Unidos.
El 9 de julio
de 1819, Pueyrredón renuncia y es reemplazado por el general José
Rondeau. Dorrego regresa a Buenos Aires al año siguiente. Recupera
su grado de coronel, obtiene el mando militar de Buenos Aires y es designado
temporalmente gobernador interino. Presenta su candidatura a gobernador
en la provincia pero es derrotado por Martín Rodríguez. Con
caballerosidad, hace reconocer por sus tropas el triunfo de su adversario.
Pero el hecho de estar en la oposición hace que el gobierno lo destierre
en Mendoza. Una mejor idea hubiera sido darle el mando de un regimiento
y ordenarle combatir. La inactividad o el ostracismo no son buenos para
Dorrego: huye a Montevideo.
[Nota al margen:
además de los problemas políticos internos de las Provincias
Unidas, desde septiembre de 1816 existía la amenaza militar externa
de los portugueses en la Banda Oriental. Las autoridades nacionales no
procedían con la energía necesaria para expulsarlos. Artigas,
el principal perjudicado, culpaba con razón a las autoridades de
Buenos Aires por la falta de respaldo. Algunos historiadores sostienen
que se debería reconocer que el caudillo oriental procedió
como «un auténtico patriota argentino» hasta su
derrota en 1820.]
Por una América Unida
Compartía el alto sueño
Que tuvo Simón Bolívar
Desencontrado en el tiempo
Por intereses extraños
Ajenos al sentimiento
De los hombres que lucharon
Y que hasta su sangre dieron
A veces incomprendidos
Como fue Manuel Dorrego
Dorrego
regresa a Buenos Aires -junto con exiliados como Carlos María de
Alvear, Manuel de Sarratea y Miguel Estanislao Soler- gracias a la Ley
del Olvido (noviembre de 1821). En 1823, fue electo representante ante
la Junta de Gobierno y desde su periódico El Argentino respaldó
las ideas federalistas, en oposición al gobierno de Bernardino Rivadavia,
lo cual le hizo ganar prestigio en las provincias. En 1825, se entrevistó
con Simón Bolívar, a quien consideró el único
capaz de contener los planes expansionistas del Imperio de Brasil.
El militar convertido
en político resulta elegido representante por Santiago del Estero
en el Congreso Nacional. Cuando se discute la Constitución de 1826
se destaca en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al sufragio.
Desde el periódico El Tribuno continúa atacando
la posición centralista de Rivadavia, lo que aumenta su prestigio
en las provincias.
Al referirse a
la constitución rivadaviana de ese año, Dorrego afirma: «Forja
una aristocracia, la más terrible porque es la aristocracia del
dinero. Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase
qué proporción hay entre domésticos asalariados y
jornaleros y las demás clases del Estado (...). Entonces sí
que sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil
influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción
de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que formaría
la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes
que no tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco el que
ganaría las elecciones, porque él tiene relación en
todas las provincias».
Allá por el veintiséis
Diputado en el Congreso
Defendía el derecho cívico
De los empleados a sueldo
Excluidos de votar
Con el absurdo pretexto
Que el depender de un patrón
Ataría su pensamiento
En defensa del humilde
Se alzó el verbo de Dorrego
Acosado, Rivadavia
renuncia a la presidencia. Vicente López es designado mandatario
provisional. En agosto de 1827, Dorrego es electo gobernador de la provincia
de Buenos Aires. Pero ante el tratado de paz firmado con Brasil, los unitarios
ven la posibilidad de recuperar el poder aprovechando el descontento de
los jefes militares de regreso. Ex compañeros de exilio, como Soler
y Alvear, junto con los generales Martín Rodríguez, Juan
Lavalle y José María Paz comienzan a conspirar para derrocar
al gobierno federal.
El 1° de
diciembre de 1828, Lavalle ocupa Buenos Aires con sus tropas. Dorrego se
dirige al sur de la provincia y le pide apoyo a Juan Manuel de Rosas, entonces
comandante de campaña. Rosas le aconseja que vaya a Santa Fe y le
solicite respaldo a Estanislao López, pero Dorrego decide enfrentar
a Lavalle. Las fuerzas de uno y otro se chocan en Navarro. El gobernador
cae prisionero y el vencedor ordena, sin ninguna grandeza, que muera fusilado
el 13 de diciembre. La decisión estremece a la capital y las provincias.
Del veintisiete al veintiocho
En su gestión de gobierno
Propulsó el federalismo
Que siempre fuera su credo
Y cayó buscando luz
Entre las sombras envuelto
No pudo montar de vuelta
Como lo hizo en Nazareno
Y en un trece de diciembre
Se apagó Manuel Dorrego
El valiente general
unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, un tucumano que peleó
la guerra de independencia y en las luchas que siguieron en Vilcapugio,
Ayohuma y Sipe Sipe, permanece junto a su ex camarada Dorrego hasta el
abrazo final. A él le entrega el condenado cartas para su mujer
y las dos hijas. A la esposa le escribe: «Mi querida Angelita: En
este momento me intiman que dentro de una hora debo morir. Ignoro por qué;
mas la Providencia divina, en la cual confío en este momento crítico,
así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis
amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.
Mi vida: educa a esas amables criaturas. Sé feliz, ya que no lo
has podido ser en compañía del desgraciado Manuel Dorrego».
Tiene 41 años.
Aráoz de
Lamadrid es un oficial curtido que combatió en Tucumán, Córdoba,
San Juan y Mendoza. También conoció el exilio en Bolivia
y Chile. Dorrego le pide al compadre su chaqueta para morir y le solicita
que le entregue a su esposa Ángela la que él lleva puesta.
El duro Aráoz se «quiebra» ante la entereza de su amigo-adversario
y llora frente a la tropa como un adolescente.
Allí en la Estancia de Almeida
Se ordenó el fusilamiento
Con un pañuelo amarillo
Sus ojos enceguecieron
Cuando el padre Juan José
Lo acompañaba en silencio
Sonaron ocho disparos
Y quedó escrito en un pliego
Besos para esposa e hija
Que Dios proteja mi suelo
Ahorren sangre de venganza
Firmao' Manuel Dorrego
Ángela
Baudrix, la viuda, queda en la miseria. Sus hijas tienen seis y 12 años
de edad. Tiempo después se ven obligadas a trabajar de costureras
en el taller de Simón Pereyra, un proveedor de uniformes para el
ejército y especulador en la compra-venta de tierras. [Nota al margen:
en una de sus extensas propiedades, ubicada en El Palomar, en 1925 se inició
la construcción del Colegio Militar de la Nación, del que
egresarían varios discípulos de Lavalle. Un general Aramburu,
por ejemplo, fusilador de un general Valle.]
Juan Lavalle
nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Desde los 14 años
hasta su muerte, a los 44, su vida estuvo consagrada a las armas. Al mando
de Dorrego, luchó contra Artigas y combatió en la batalla
de Guayabos. El escritor Esteban Echeverría (1805-1851), autor de
El Matadero y La Cautiva, que también era unitario,
lo describió como «una espada sin cabeza».
En cambio, el
periodista e historiador José Manuel de Estrada (1842-1894), considerado
uno de los más lúcidos intelectuales de la segunda mitad
del siglo XIX, escribió un homenaje a Manuel Dorrego que puede considerarse
un conmovedor epitafio:
«Fue un
apóstol y no de los que se alzan en medio de la prosperidad y de
las garantías, sino apóstol de las tremendas crisis. Pisó
la verde campiña convertida en cadalso, enseñando a sus conciudadanos
la clemencia y la fraternidad, y dejando a sus sacrificadores el perdón,
en un día de verano ardiente como su alma, y sobre el cual la noche
comenzaba a echar su velo de tinieblas, como iba a arrojar sobre él
la muerte su velo de misterio. Se dejó matar con la dulzura de un
niño, él que había tenido dentro del pecho todos los
volcanes de la pasión. Supo vivir como los héroes y morir
como los mártires».
10 de Diciembre de 2003
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Roberto Bardini
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