| Tres
escritores "malditos" (II)*
Drieu
la Rochelle:
“No
se es víctima cuando se es héroe”
Giselle
Dexter
y Roberto
Bardini
“Yo
era débil, profundamente débil. Hijo de pequeños burgueses
atemorizados, pusilánimes. En mi infancia soñaba con una
vida sosegada, confinada. He tenido siempre miedo de todo”, narra Pierre
Drieu la Rochelle, nacido en 1893.
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Novelista, cuentista,
poeta, ensayista y crítico, está convencido de que “hay una
inmensa burguesía que lo absorbe todo y que engulle a los aristócratas,
los campesinos, los obreros: la burguesía, instrumento de la democracia,
ese inmenso pantano pútrido fuera del cual ya no se encuentra nada”.
Y también considera: “La extrema civilización engendra la
extrema barbarie”.
El joven que tenía
“miedo de todo”, combate con valor en la Primera Guerra Mundial; así
lo demuestran sus heridas y condecoraciones. Al regresar de ese frente
de batalla descrito magistralmente –desde distintas perspectivas– por su
compatriota Louis Ferninand Céline en Viaje al fin de la noche
y por el alemán Ernst Jünger en Tempestades de acero,
Drieu la Rochelle se acerca a la Acción Francesa. Pero a diferencia
de la mayor parte de los intelectuales fascistas franceses, él sólo
tiene esporádicos contactos con el grupo de Charles Maurras. Prefiere
las relaciones con artistas surrealistas y simpatizantes del comunismo,
como Louis Aragón y André Breton. Y a pesar de su declarado
racismo, muchos de sus amigos son judíos a los que protege.
Entre sus primeros
ensayos políticos se cuentan El joven europeo (1927), Ginebra
o Moscú (1928), Europa contra las patrias (1931) y Socialismo
fascista (1934). Sus creaciones literarias incluyen El hombre cubierto
de mujeres, Gilles, Estado civil, Agente doble, Diario
de un hombre engañado, El hombre a caballo, Una mujer
en la ventana, Relato secreto, El fuego fatuo y Exordio,
además de Memorias de Dirk Raspe y Diarios, que no
alcanzó a terminar.
En uno de aquellos
enfrentamientos de trinchera a trinchera, Drieu intercambió balazos
con Jünger, entonces joven teniente alemán, muchas más
veces herido y condecorado. Ambos se enterarán del episodio después
y reconstruirán el hecho, en conversación de caballeros en
París, en tiempos de ocupación militar y colaboracionismo
civil. Durante la Segunda Guerra, Jünger vestirá nuevamente
uniforme, esta vez con el grado de oficial superior. Aplacados sus ímpetus
guerreros, el autor de Tempestades de acero preferirá –antes
que aburridas reuniones con sus rígidos camaradas de armas– las
cultas tertulias en las que se charla de historia, literatura y poesía.
Drieu la Rochelle, Luis Ferdinand Céline y Robert Brasillach serán
sus interlocutores preferidos.
La “distracción
de Madame Ocampo”
Drieu relata
experiencias que resultan interesantes para Jünger. El ex combatiente
francés visitó Argentina en 1933, donde dio conferencias
en el aristocrático Jockey Club, conoció a Jorge Luis Borges
–otro escritor contradictorio y torturado– y se convirtió en uno
de los primeros críticos en reconocer su talento. En agosto de ese
año publicó un elogioso comentario sobre la erudición
del escritor argentino –que entonces tenía 33 años– en la
revista Megáfono, en el que declara que Borges vaut le
voyage (“Borges vale el viaje”). Pero su relación más
intensa en Buenos Aires fue con Victoria Ocampo, directora durante cuarenta
años de la revista cultural Sur.
Hermosa, inteligente y culta, Victoria
Ocampo (1890-1979), fue la primera de seis hijas de un matrimonio de la
clase alta argentina. Educada desde niña por una institutriz francesa
y otra inglesa, practicó esos idiomas en las largas estadías
familiares en Europa y los dominó perfectamente. Su padre acostumbraba
a viajar con dos vacas en el barco, para que las hijas bebieran leche fresca
en el largo viaje a través del Atlántico. En una aristocrática
familia de fines del siglo XIX, la vida de una joven estaba tradicionalmente
reglamentada. Su destino estaba escrito en manuales de buenas maneras,
repetido en costumbres de época; naipes descubiertos que no dejaban
lugar al azar ni a lo imprevisto. Victoria rompió todas las reglas
de la época y, a pesar de su conservadurismo, fue “vanguardista”.
Carina Blixen escribe En “La vaca más hermosa de la Pampa” (El
País, Montevideo, primero de noviembre de 2002):
Pierre Drieu
La Rochelle, a quien Victoria conoció en París en 1929, escritor
conflictivo que apoyará la ocupación nazi en Francia y que
pondrá fin a su vida cuando la liberación de París,
fue su amante. La llama su “hermosa novilla”, en culta referencia a Homero,
o “la vaca más hermosa de la pampa”. La ironía forma parte
de la irreverencia del trato amoroso, pero no oculta la puesta en lugar.
Drieu, torturado y sagaz, a quien Borges recuerda como “muy inteligente”,
también se consideraba la “distracción de Madame Ocampo”.
Los colaboradores
más asiduos de Sur fueron Adolfo Bioy Casares, Eduardo
Mallea, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Alfonso Reyes y el mismo Borges.
En sus páginas se publicaron –en muchos casos por primera vez para
lectores argentinos, hispanoamericanos e incluso españoles– excelentes
traducciones de autores extranjeros, como Albert Camus, T. S. Eliot, William
Faulkner, Graham Greene, Aldous Huxley, William Joyce, Carl Jung, André
Malraux, Alberto Moravia, Dylan Thomas y Virginia Woolf.
Sur también
dejó testimonio de los tiempos, tensiones y antagonismos que le
tocó vivir durante cuatro décadas: liberalismo-totalitarismo,
universalismo-nacionalismo, elitismo-populismo.
El escritor argentino
Ricardo Güiraldes era dueño de lo que en Argentina se conoce
como “estancia”, una gran extensión de tierra dedicada fundamentalmente
a la ganadería. Se llamaba La porteña y estaba ubicada
en San Antonio de Areco, al norte de la provincia de Buenos Aires. El capataz
era Segundo Ramírez Sombra, un gaucho de la provincia de Santa Fe,
al que Güiraldes tomó como modelo para la novela campestre
Don Segundo Sombra. Según Borges, “con buen sentido literario, omitió
el Ramírez que no dice nada y así quedó Don Segundo
Sombra. Que está muy bien, porque Segundo presupone un primero y
Sombra presupone una forma que la proyecta”. El personaje se hizo famoso,
y Güiraldes llevó a su campo a Drieu La Rochelle y otros escritores,
como José Ortega y Gasset, para que lo conocieran.
Un nacionalismo
con banderas sociales y revolucionarias
Al año
siguiente de su visita a Argentina, ya de regreso en París, Drieu
participa en los disturbios callejeros –e intento de golpe de Estado–
en protesta por el “caso Stavisky”, un escándalo de corrupción
que compromete al gobierno. Francia está sumergida en un pantano
político, social y, si se hurga un poco más, también
ético. El régimen está totalmente desacreditado (de
1933 a 1940 se suceden 15 gobiernos). El sistema constitucional es débil;
el Parlamento, ineficaz. El poder es apenas formal: carece de prestigio
y autoridad moral. La gota que derrama el vaso es la revelación
de que algunos banqueros sobornan a políticos y funcionarios.
Entre ellos
se encuentra uno de origen judío: Serge Alexander Stavisky. Se descubre
que este hombre de negocios reparte dinero a conservadores, liberales y
socialistas, a representantes de la burguesía y la policía.
En enero de 1934, Stavisky se suicida –muy misteriosamente– en la cárcel
de Bayona. Del 6 al 9 de febrero, nacionalistas y comunistas salen a protestar
violentamente en las calles. A partir de esos hechos, Drieu considera que
es posible generar un nacionalismo con banderas sociales y revolucionarias,
un nuevo movimiento distante de la calcificada, reumática y prostática
Acción Francesa dirigida por el monárquico Charles Maurras.
Ese año, Drieu publica Socialismo fascista.
Acerca de las ideas
políticas de los escritores colaboracionistas, un “Frente Antisistema”
virtual que divulga estudios sobre el fascismo en Internet, cita a un tal
M. Paltier, quien razona: “Tres hombres tan distintos el uno del otro como
Drieu, Céline o Brasillach, ¿pueden «comulgar»
en un mismo altar? Dentro de esta generación, Drieu representa sin
duda el papel de «fascista de izquierda»”.
“La oposición
al capitalismo fue el primero de todos sus temas. La idea de una federación
de estados europeos, el segundo”, puntualiza Alistair Hamilton en La
ilusión del fascismo. El historiador alemán Ernst Nolte,
alumno de Heidegger y autor de La disputa de los historiadores,
afirma que los fascistas franceses figuran entre los pocos que renovaron
las doctrinas desarrolladas en esa época desde Italia o Alemania.
Armin Mohler, secretario particular de Ernst Jünger hasta 1953 y autor
de La revolución conservadora en Alemania - 1918-1932, cataloga
a Drieu como “la más importante figura de la generación fascista”
francesa.
Como Céline,
casi al final de la guerra Drieu también reflexiona amarga y autocríticamente
sobre los errores que cometió el fascismo y que lo arrastraron a
la derrota. Según él, son tres: llevó la guerra en
forma clásica en lugar de hacerlo como “guerra revolucionaria”,
frenó la “revolución social” y no supo construir el “europeismo”.
En 1944 escribe
acerca del nacionalsocialismo: “Esta revolución no fue llevada hasta
sus últimas consecuencias en ningún campo (...). Ha respetado
en medida exagerada al personal del régimen capitalista y de la
Reichswher [el ejército alemán tradicional]. Se ha demostrado
incapaz de transformar una guerra de conquista en una guerra revolucionaria”.
¿De estas afirmaciones se desprende que los que traicionaron a Hitler
fueron los generales convencionales, los empresarios, los industriales
y los operadores financieros, los mismos enemigos –a final de cuentas–
del marxismo o las corrientes populares en cualquier país del mundo?
“La incapacidad alemana, la incapacidad fascista, es incapacidad europea”,
se lamenta Drieu.
En un portal
de Internet llamado Línea de sombra, Fernando Márquez,
su creador, dice que Drieu tuvo “el alma de un burgués en rebeldía
contra sí mismo” y fue “un antihéroe con ínfulas de
titán que se agitaba marcado por un destino trágico”.
Medida de Francia
, uno de sus primeros ensayos, contiene profecías casi alucinantes.
Muchas de ellas podrían haber sido escritas hoy mismo, describiendo
el final del siglo XX: “Europa se federará, o se devorará
o será devorada (...). Ya no hay más que categorías
económicas, sin distinciones espirituales, sin diferencias en las
costumbres (...). Ya no hay más que «modernos», gentes
en los negocios, gentes con beneficio o con salario, que sólo piensan
en eso y que no discuten más que de eso. Todos carecen de pasiones,
son presa de los vicios correspondientes (...); se pasean satisfechos por
el universo de baratija en que se ha convertido el mundo moderno, donde
muy pronto no penetrará ningún brillo espiritual”. Fernando
Márquez afirma:
Drieu acabó
por dar el salto hacia adelante, asumiendo una dinámica totalmente
rupturista, abandonando lastres mundanos en pulsión ascética.
Abrazado a la ilusión de una izquierda arraigada, ecológica,
con tierra, con sangre, con memoria, creyó encontrar esa izquierda
hipotética en el fascismo (“Hay que ser fascista, porque el fascismo
es la única forma de comunismo que pueden asimilar las nacioncitas
envejecidas de Occidente”, frase no exenta de miga si pensamos en cómo
nunca ha triunfado en Europa Occidental un régimen comunista, en
contraste con la Europa del Este).
Cuando relata
su participación en las protestas por el caso Stavisky, en febrero
de 1934, en las que se movilizaron activistas del Partido Comunista y grupos
nacionalistas, Drieu parece bastante alejado del fascismo: “Comunistas,
patriotas, no es lo mismo... Y, sin embargo, estaban muy cerca los unos
de los otros. En determinado momento, a eso de las diez del martes, en
la rue Royale, la multitud que se precipitaba hacia la plaza de la Concordia
para sufrir la gran descarga de las once cantaba lo mismo La Marsellesa
que La Internacional. Me habría gustado que aquel momento
durara siempre (...). Ahora me juntaré con cualquiera que eche este
régimen al suelo, con cualquiera, con cualquier condición”.
En la novela Gilles,
Drieu escribe: “ Nada se hace sino en la sangre. Hay que morir sin cesar
para renacer sin cesar”. En Estado civil, memorias de infancia,
recuerda: “Cada noche, durante años, esperaba encontrarme al día
siguiente distinto de como me había acostado, impaciente con el
yugo de mi debilidad, resuelto por fin a ejercer el maravilloso poder de
la voluntad”. Y en el cuento Agente doble desafía: “En fin,
matadme, soy eterno”. Dedica un texto al suicidio, Relato secreto:
“No creía en absoluto, al matarme, hallarme en contradicción
con la idea de inmortalidad que siempre había sentido viva en mí”.
Un “judío
honorario, colaborador y resistente a la vez”
Fernando Márquez
también menciona el “período judío” de Drieu en los
agitados años 20: esposa judía, amantes judías, amigos
judíos de la alta y media burguesía. Y cita al crítico
Bernard Frank, colaborador de Le Nouvel Observateur , autor de artículos
sobre Jean Paul Sartre y André Malraux: “Drieu forma parte de esa
familia espiritual que podríamos llamar «enjudiados».
Tienen relaciones bastante especiales con los judíos, casi carnales.
Drieu tuvo una mujer judía y un montón de amigos judíos.
Probablemente se sentía bien con ellos. Y viceversa. Tenían
en común ese gusto por charlas metafísicas y de dinero”.
Por eso su posterior antijudaísmo resulta tan perturbador: contradice
el dicho acerca de que “el antijudío odia lo que no conoce”. Pero
“hasta su antijudaísmo es heterodoxo respecto al de otros fascistas”,
observa Márquez:
“Lo que menos
me gusta de los judíos es que son burgueses y transforman en burgués
todo aquello que tocan”. Y que hace, del Drieu visto a sí mismo
(con disgusto) como judío honorario, émulo anímico
de tantos judíos auténticos que, hoy como ayer, critican
y han criticado frontalmente su estereotipo social. [Como el cantante]
Leonard Cohen estudioso de la Cábala y alérgico al Talmud,
profundamente crítico con los desmanes sionistas y cuyo detonante
para lanzarse a interpretar sus propias canciones fue la teutónica
Nico(...) o Noam Chomsky, responsable de la frase más dura dicha jamás
sobre el destino final del estado israelí: “Ganarán todas
las batallas, menos la última”.
Durante la ocupación
alemana, Drieu es “colaborador y resistente a la vez”, dice Márquez.
Recuerda a los olvidadizos que, como director de la Nouvelle Revue Francaise,
se atrevió a convertirse en “paraguas protector de escritores desafectos
y de origen judío”. El propio Drieu relata, como si se encogiera
de hombros: “Los amigos judíos que he ocultado están en la
cárcel o han huido. Me ocupo de ellos y les hago algún que
otro favor. No veo contradicción alguna en ello. Acaso la contradicción
de los sentimientos individuales y de las ideas generales es el principio
mismo de toda humanidad. Se es humano en la medida en que le hacemos trampas
a nuestros dogmas”. Y algo más para tomar en cuenta:
Sus artículos
cada vez más críticos contra el Reich, que le harán
objeto de amenazas de muerte por parte de las autoridades alemanas: “Ha
escrito usted un artículo a sabiendas de que no iba a salir. No
es la primera vez. Quizá pretende usted que le fusilemos. Si continúa
enviando artículos de este tipo, no sólo le fusilaremos a
usted, sino a toda la redacción del periódico”. Su stalinismo
de los últimos tiempos: “Lenin y Stalin se parecen más a
la crudeza de Nietzsche que Hitler” (...). El texto Exordio, pensado
para ser leído ante un tribunal que lo juzgase: “Sí, soy
un traidor. Sí, he estado en inteligencia con el enemigo. Yo aporté
al enemigo la inteligencia francesa. Si ese enemigo no fue inteligente,
no es culpa mía. Sí, yo no soy un patriota corriente, un
nacionalista cerrado: soy un internacionalista. No sólo soy un francés,
soy un europeo. Vosotros también lo sois, lo sepáis o no.
Pero hemos jugado y he perdido yo. Reclamo la muerte”. (...) Vivió
hasta el final su condición de “agente doble” (...): “Siempre me
ha gustado juntar y mezclar los problemas contradictorios: nación
y Europa, socialismo y aristocracia, libertad y autoridad, misticismo y
anticlericalismo”.
“Creo
en el comunismo”, finalmente
En agosto de 1944,
Drieu intenta suicidarse dos veces: la primera, con luminal; la segunda,
ya en el hospital, cortándose las venas. Fiel a sí mismo,
había escrito: “Me gustaría formar parte de la cofradía
de los suicidas. Finalmente, es una noble cofradía”. Luego de esas
dos tentativas, escribe los últimos párrafos de sus Diarios.
No consigue concluir las Memorias de Dirk Raspe, pero deja en claro
que “la política me interesa poco porque creo que el destino ya
está trazado”. Y confiesa sin una pizca de lamentación: “Nunca
volveré a encontrarme en el estado maravilloso en que viví
los últimos meses antes del suicidio. Yo, que estaba tan poco versado
en cuestiones de mística, encontré un método bastante
bueno para un ascetismo brutal”.
En sus Diarios
especula: “Moriré a manos de los comunistas, prefiero que me maten
ellos en lugar de los milicianos gaullistas. Pero creo en el comunismo,
y me doy cuenta muy tarde de la insuficiencia del fascismo. Por lo demás,
consideraba el fascismo sólo como una etapa hacia el comunismo.
Pero es imposible convertirse en comunista: en la práctica, se opone
a ello mi esencia burguesa”.
Pero no lo matan
ni los comunistas ni los gaullistas, quienes hubieran competido por ejecutarlo
gustosamente. Él mismo se les adelanta a unos y a otros. La tercera
es la vencida: un día de marzo de 1945, Pierre Drieu la Rochelle
traga el contenido de tres tubos de somníferos y, por si acaso,
respira todo el gas que puede en la cocina. Un tiempo antes, ha escrito:
“Cuando uno inicia una aventura es necesario llegar hasta el fin y sufrir
todas sus consecuencias”. Y también: “No se es víctima cuando
se es héroe”. Tiene 45 años.
Giselle Dexter es historiadora
uruguaya residente en Estados Unidos y
Roberto Bardini es periodista
argentino radicado en México
* Segundo de una serie de tres
artículos
Anterior: Céline,
el profeta de la decadencia
Giselle
Dexter
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