| La
frontera México-EE UU (I)*
Los símbolos
y el
abismo
Roberto
Bardini
Cuando
en la tarde del 7 de junio de 2000 llegué al aeropuerto de San Diego
(California) como corresponsal del diario mexicano La Jornada, tenía
51 años de edad y 26 de |
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periodista. Nunca
había vivido ni trabajado en Estados Unidos. Hasta esa tarde, creía
que ya había visto y oído todo o casi todo. “Una nueva ciudad
para conocer y un trabajo tranquilo”, me dije. Estaba en un error, pero
entonces no podía saberlo.
En las semanas
previas a la llegada a mi nuevo destino leí varios libros, informes
y material periodístico de archivo para documentarme un poco. En
el libro Cruzar la línea, del académico mexicano Jorge
Bustamente, me enteré que en septiembre 1969 un juez de California
le dijo a un trabajador migrante que comparecía ante la corte de
su jurisdicción: “Para la gente mexicana es perfectamente correcto
salir y actuar como un animal después de los 13 años. Quizás
Hitler tenía razón. Los animales en nuestra sociedad probablemente
deberían ser destruidos”.
Cuando me faltaban
48 horas para viajar, la prensa informó algo que me resultó
insólito. Un ciudadano del estado mexicano de Tamaulipas -en la
frontera con Texas- ofrecía públicamente 10 mil dólares
de recompensa a quien matara a un agente de la Patrulla Fronteriza estadounidense.
La única condición era que el guardia debía ser ultimado
en territorio mexicano. Algunos meses después, el hecho no me pareció
tan insólito. La única palabra que me vino a la cabeza fue
reciprocidad.
Ya instalado en San Diego, me contaron
que en noviembre de 1988, en las afueras de la ciudad, un paracaidista
militar que había sido “cabeza rapada” acribilló de 11 balazos
a una joven pareja de trabajadores mexicanos: ella tenía 18 años
y él 22. El asesino los mató a sangre fría, porque
sí nomás. Durante el juicio, el soldado declaró que
odiaba a los mexicanos y que había ingresado al ejército
porque estaba seguro que algún día Estados Unidos iba a invadir
México.
En 1984, un ex guardia estadounidense
desempleado consideró que los mexicanos eran culpables porque él
no encontraba trabajo. Se vistió con un uniforme camuflado, entró
con un rifle de alta potencia a un McDonald's de San Ysidro (ciudad californiana
vecina de Tijuana) y masacró a 22 inmigrantes.
Buen comienzo, me dije. Alquilé
un pequeño departamento en el barrio mexicano de Golden Hills y,
mientras estudiaba un plano de San Diego y un mapa donde aparecían
los más de 3 mil kilómetros limítrofes entre un país
y otro, casi me frotaba las manos.
Aún me faltaba ver la aduana
de San Ysidro-Tijuana, el paso fronterizo más transitado, vigilado,
militarizado y mortífero del mundo, donde se registran 70 millones
de entradas y salidas anuales de personas. También me faltaba recorrer
la barda metálica de tres metros de altura que separa a México
de Estados Unidos (erigida después de la caída del Muro de
Berlín), asomarme a uno de los desiertos más áridos
del planeta, espiar desde los cañones de piedra las incursiones
de la Patrulla Fronteriza, observar los rostros indiferentes de los mexicanos
deportados hoy y que intentarán cruzar dentro de una semana o la
próxima.
Lo incomprensible -o perverso- es
que se trata de dos países que no sólo no están en
guerra sino que mantienen excelentes relaciones diplomáticas y comerciales.
¿No habían firmado el primer día de 1994 el Tratado
de Libre Comercio de América del Norte? ¿No estaba toda la
línea fronteriza mexicana sembrada con maquiladoras de capital estadounidense?
Recordé un libro de un periodista inglés que había
leído más de diez años antes. El contenido no viene
al caso pero su título me resulta inolvidable: Vecinos distantes.
Permanecí en San Diego hasta
diciembre de 2000, aunque me hubiera gustado quedarme más tiempo.
En el avión que en la víspera de Nochebuena me llevaba de
regreso a la ciudad de México pensé que seis meses antes
me había equivocado. Hasta entonces, no había visto ni oído
todo o casi todo. Aún me faltaba bastante.
Supe que hay cuatro formas de ver
la frontera norte. Una es la distante óptica del ámbito diplomático,
con sus declaraciones conjuntas y acuerdos binacionales: mucho ruido y
pocas nueces. Otra es la visión del incontaminado mundo académico,
con sus análisis, diagnósticos y estadísticas que
motivan tanto como tener un pescado muerto en la mano. La tercera manera
son las noticias breves que se publican irregularmente en los periódicos;
leyéndolas, uno siente la mismo entusiasmo que cuando ojea las páginas
de un directorio telefónico.
Finalmente, ahí está
la violenta realidad cotidiana en el lugar de los hechos. Eso era lo que
me faltaba ver y eso es lo que quiero relatar.
Y si al lector aún le queda
un poco de paciencia, le pido que lea el párrafo que sigue (pertenece
a un insólito ensayo que encontré navegando por Internet):
“La analiticidad de los
factores de la migración clandestina dependen, en gran medida, de
la conceptualización que hagamos. Paralelamente, la analiticidad
de los conceptos dependerá, así mismo, de la capacidad que
tengan para describir y categorizar los componentes básicos de los
factores a analizar. Cualquier realidad o fenómeno debe ser conceptualizado
rigurosamente; de lo contrario su analiticidad será problemática
o, llegado el caso, imposible. Esto exige que alimentemos los conceptos
con toda la nueva información que vayamos recabando en nuestra investigación.
Un proceso dialéctico, de constante retroalimentación, entre
la realidad y el concepto que da cuenta de ella. Sin embargo, la analiticidad
de los fenómenos/realidades culturales es más compleja, si
cabe, por la dimensión simbólica. Ésta obliga a manejar
factores que hablan del significado y del sentido del comportamiento humano.
Una información que suele estar presente, pero no de manera obvia,
y cuya analiticidad (posibilidad de ser analizada) depende de que sepamos
anudar y desanudar datos que se muestran fugaz y densamente, metafórica
y ambiguamente, elusiva y contradictoriamente… en el abismo de los símbolos”.
Pido disculpas al lector por el momento
que acabo de hacerle pasar. El ensayo -o lo que sea- está firmado
por el doctor Guillermo Alonso Meneses y lleva el menudo título
de “Migra, coyotes, paisanos y muertitos: sobre la analiticidad y el sentido
de ciertos factores de la migración clandestina en la frontera norte”.
La frontera que yo vi, viví
y sufrí en el 2000 no me impulsó a teorizar, ni me sugirió
pensamientos demasiado elaborados. Más bien, me desencadenó
sentimientos tan fuertes como los de mi época de corresponsal en
América Central y Medio Oriente en los años 70 y 80. El periodista
argentino Jorge Ricardo Massetti decía que el mundo se divide entre
“los que lloran y los que luchan”. Sólo le faltó agregar
a “los que analizan”. Y analizan, analizan, analizan.
Ahora dejemos de lado los “símbolos”
y saltemos al abismo.
Próxima nota: Tres puntos
de entrada al “sueño americano”
* Primero de una serie de seis
artículos
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