Roberto Bardini - rodelu.net
3 de Febrero de 2004
-
 
La frontera México-EE UU (I)*

Los símbolos
y el abismo

Roberto Bardini

Cuando en la tarde del 7 de junio de 2000 llegué al aeropuerto de San Diego (California) como corresponsal del diario mexicano La Jornada, tenía 51 años de edad y 26 de 

-
periodista. Nunca había vivido ni trabajado en Estados Unidos. Hasta esa tarde, creía que ya había visto y oído todo o casi todo. “Una nueva ciudad para conocer y un trabajo tranquilo”, me dije. Estaba en un error, pero entonces no podía saberlo.

En las semanas previas a la llegada a mi nuevo destino leí varios libros, informes y material periodístico de archivo para documentarme un poco. En el libro Cruzar la línea, del académico mexicano Jorge Bustamente, me enteré que en septiembre 1969 un juez de California le dijo a un trabajador migrante que comparecía ante la corte de su jurisdicción: “Para la gente mexicana es perfectamente correcto salir y actuar como un animal después de los 13 años. Quizás Hitler tenía razón. Los animales en nuestra sociedad probablemente deberían ser destruidos”.

Cuando me faltaban 48 horas para viajar, la prensa informó algo que me resultó insólito. Un ciudadano del estado mexicano de Tamaulipas -en la frontera con Texas- ofrecía públicamente 10 mil dólares de recompensa a quien matara a un agente de la Patrulla Fronteriza estadounidense. La única condición era que el guardia debía ser ultimado en territorio mexicano. Algunos meses después, el hecho no me pareció tan insólito. La única palabra que me vino a la cabeza fue reciprocidad.

Ya instalado en San Diego, me contaron que en noviembre de 1988, en las afueras de la ciudad, un paracaidista militar que había sido “cabeza rapada” acribilló de 11 balazos a una joven pareja de trabajadores mexicanos: ella tenía 18 años y él 22. El asesino los mató a sangre fría, porque sí nomás. Durante el juicio, el soldado declaró que odiaba a los mexicanos y que había ingresado al ejército porque estaba seguro que algún día Estados Unidos iba a invadir México.

En 1984, un ex guardia estadounidense desempleado consideró que los mexicanos eran culpables porque él no encontraba trabajo. Se vistió con un uniforme camuflado, entró con un rifle de alta potencia a un McDonald's de San Ysidro (ciudad californiana vecina de Tijuana) y masacró a 22 inmigrantes.

Buen comienzo, me dije. Alquilé un pequeño departamento en el barrio mexicano de Golden Hills y, mientras estudiaba un plano de San Diego y un mapa donde aparecían los más de 3 mil kilómetros limítrofes entre un país y otro, casi me frotaba las manos.

Aún me faltaba ver la aduana de San Ysidro-Tijuana, el paso fronterizo más transitado, vigilado, militarizado y mortífero del mundo, donde se registran 70 millones de entradas y salidas anuales de personas. También me faltaba recorrer la barda metálica de tres metros de altura que separa a México de Estados Unidos (erigida después de la caída del Muro de Berlín), asomarme a uno de los desiertos más áridos del planeta, espiar desde los cañones de piedra las incursiones de la Patrulla Fronteriza, observar los rostros indiferentes de los mexicanos deportados hoy y que intentarán cruzar dentro de una semana o la próxima. 

Lo incomprensible -o perverso- es que se trata de dos países que no sólo no están en guerra sino que mantienen excelentes relaciones diplomáticas y comerciales. ¿No habían firmado el primer día de 1994 el Tratado de Libre Comercio de América del Norte? ¿No estaba toda la línea fronteriza mexicana sembrada con maquiladoras de capital estadounidense? Recordé un libro de un periodista inglés que había leído más de diez años antes. El contenido no viene al caso pero su título me resulta inolvidable: Vecinos distantes.

Permanecí en San Diego hasta diciembre de 2000, aunque me hubiera gustado quedarme más tiempo. En el avión que en la víspera de Nochebuena me llevaba de regreso a la ciudad de México pensé que seis meses antes me había equivocado. Hasta entonces, no había visto ni oído todo o casi todo. Aún me faltaba bastante.

Supe que hay cuatro formas de ver la frontera norte. Una es la distante óptica del ámbito diplomático, con sus declaraciones conjuntas y acuerdos binacionales: mucho ruido y pocas nueces. Otra es la visión del incontaminado mundo académico, con sus análisis, diagnósticos y estadísticas que motivan tanto como tener un pescado muerto en la mano. La tercera manera son las noticias breves que se publican irregularmente en los periódicos; leyéndolas, uno siente la mismo entusiasmo que cuando ojea las páginas de un directorio telefónico. 

Finalmente, ahí  está la violenta realidad cotidiana en el lugar de los hechos. Eso era lo que me faltaba ver y eso es lo que quiero relatar.

Y si al lector aún le queda un poco de paciencia, le pido que lea el párrafo que sigue (pertenece a un insólito ensayo que encontré navegando por Internet):

“La analiticidad de los factores de la migración clandestina dependen, en gran medida, de la conceptualización que hagamos. Paralelamente, la analiticidad de los conceptos dependerá, así mismo, de la capacidad que tengan para describir y categorizar los componentes básicos de los factores a analizar. Cualquier realidad o fenómeno debe ser conceptualizado rigurosamente; de lo contrario su analiticidad será problemática o, llegado el caso, imposible. Esto exige que alimentemos los conceptos con toda la nueva información que vayamos recabando en nuestra investigación. Un proceso dialéctico, de constante retroalimentación, entre la realidad y el concepto que da cuenta de ella. Sin embargo, la analiticidad de los fenómenos/realidades culturales es más compleja, si cabe, por la dimensión simbólica. Ésta obliga a manejar factores que hablan del significado y del sentido del comportamiento humano. Una información que suele estar presente, pero no de manera obvia, y cuya analiticidad (posibilidad de ser analizada) depende de que sepamos anudar y desanudar datos que se muestran fugaz y densamente, metafórica y ambiguamente, elusiva y contradictoriamente… en el abismo de los símbolos”.
Pido disculpas al lector por el momento que acabo de hacerle pasar. El ensayo -o lo que sea- está firmado por el doctor Guillermo Alonso Meneses y lleva el menudo título de “Migra, coyotes, paisanos y muertitos: sobre la analiticidad y el sentido de ciertos factores de la migración clandestina en la frontera norte”. 

La frontera que yo vi, viví y sufrí en el 2000 no me impulsó a teorizar, ni me sugirió pensamientos demasiado elaborados. Más bien, me desencadenó sentimientos tan fuertes como los de mi época de corresponsal en América Central y Medio Oriente en los años 70 y 80. El periodista argentino Jorge Ricardo Massetti decía que el mundo se divide entre “los que lloran y los que luchan”. Sólo le faltó agregar a “los que analizan”. Y analizan, analizan, analizan.

Ahora dejemos de lado los “símbolos” y saltemos al abismo.

Próxima nota: Tres puntos de entrada al “sueño americano”

* Primero de una serie de seis artículos

© Roberto Bardini
Copyright © 2003 Movimiento Bambú
bambupress@iespana.es

Bambú Press está contra lo «políticamente correcto», el «pensamiento único» y la «globalización» impuesta desde arriba. Está a favor de la ética, las relaciones fraternales entre personas y la universalidad construida desde abajo.

 
PORTADA BARDINI