La
frontera
México-EE
UU (II)*
Tres
puntos
de entrada
al “sueño americano”
Roberto
Bardini
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Solo
voy con mi pena
sola va mi condena
correr es mi destino
para burlar la ley
perdido en el corazón
de la grande Babylon
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me
dicen el clandestino
por no llevar papel.
Pa’una ciudad del norte
yo me fui a trabajar.
Manu Chao
|
El
Cañón Zapata, Las Vías y el canal Río Tijuana
son tres puntos geográficos del lado mexicano, a pocos metros de
la ciudad californiana de San Ysidro, en la frontera con Estados Unidos,
que para algunos hombres constituyen la antesala de un posible paraíso
económico. Pero desde 1994, cuando Estados Unidos puso en marcha
la Operación Guardián, esa antesala está rigurosamente
vigilada y la espera puede prolongarse varios días y largas noches,
en un real descenso a los infiernos, donde el hambre duele y el frío
cala los huesos.
La propaganda
turística de Tijuana asegura que es “la ciudad más visitada
del mundo”. Habría que agregar que también es la línea
internacional donde más personas pierden la vida al año.
Las víctimas, en su abrumadora mayoría, son de nacionalidad
mexicana.
“Hace diez
años, más de mil personas esperaban aquí cada noche
para cruzar al otro lado. Y cruzaban, nomás. Pero ahora es imposible,
por la enorme vigilancia tecnológica que han desplegado las fuerzas
de seguridad de Estados Unidos”, dice el comandante José María
Salazar, jefe del Grupo Beta en Tijuana. Esta fuerza forma parte de los
Grupos de Protección a Migrantes creados en 1990.
En 2000 el
Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) deportó
a México a un millón y medio de ciudadanos. Un gasto y un
esfuerzo inútiles, porque en el permanente tira y afloja de un lado
y otro de la frontera los más experimentados no renuncian: el regreso
forzado a territorio mexicano es parte de las dificultades del cruce. Estadísticas
de organismos de derechos humanos indican que siete de cada diez migrantes
devueltos intentarán cruzar la línea a la semana siguiente.
Los indocumentados
reportan 30 puntos de entrada. La cantidad varía: según la
época, dejan de pasar por algunos lugares y se encaminan hacia otros.
Depende del aumento o descenso en la vigilancia de la Patrulla Fronteriza.
Tijuana ha disminuido su importancia, desplazada por las pequeñas
ciudades de Tecate y Mexicali. Generalmente, antes de volver a intentarlo,
los migrantes permanecen de tres a cuatro días en la localidad fronteriza
elegida para el cruce.
Los estados
de California y Baja California están unidos –o separados– por 224
kilómetros de frontera. En 1994 había mil 475 agentes patrulleros
desde San Diego hasta Yuma. En 1999 eran 2 mil 855, el doble.
Son las ocho
de la noche y estamos con el antropólogo Víctor Clark Alfaro,
director del Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana, en el famoso
Cañón Zapata, a un costado en la colonia (barrio) Libertad.
El asentamiento es un conglomerado precario de casas de chapa, madera y
tela, con retorcidas calles de tierra que suben y bajan sin alumbrado eléctrico,
ubicado en una loma por donde pasa la línea fronteriza. Se cuenta
que los primeros habitantes de esta colonia fueron patriotas mexicanos
que a principios de siglo estaban exiliados en Estados Unidos y que regresaron
al triunfar la Revolución de 1910. Hoy nadie retorna a Libertad.
Por el contrario, ahora es un lugar de vigilia para pasar furtivamente
a territorio vecino, como lo atestigua la presencia de una docena de hombres
de diversas edades que esperan en la oscuridad, fuman en silencio y nos
observan con desconfianza.
“Esta noche
cruzamos o, a más tardar, mañana: los mexicanos somos buenos
para correr”, nos dice al rato un joven con acento guatemalteco o, quizá,
hondureño. En la frontera, ha explicado el comandante Salazar antes
de venir a este paraje en penumbras, nadie se identifica como centroamericano.
Todos dicen que son de Tabasco, Chiapas o Veracruz.
Quince años
atrás, los niños de la colonia Libertad arrojaban desde lo
alto llantas encendidas, piedras y palos a la Patrulla Fronteriza, mientras
oleadas de cien o 200 hombres y mujeres se lanzaban a toda carrera cuesta
abajo al grito de “¡Viva Zapata, cabrones!”, y se perdían
en la noche.
Ahora no es
tan fácil, porque hay un muro metálico de tres metros de
alto, construido con planchas que fueron usadas por el ejército
estadounidense en la operación Tormenta del Desierto, durante
la Guerra del Golfo Pérsico en 1991. La valla fue instalada
por el Primer Batallón de Construcción Anfibia de la Guardia
Nacional. Inicialmente se utilizaron 12 soldadores para unir las primeras
cien yardas. Luego, llegaron 20 ingenieros de la Guardia Nacional de Missouri.
Las láminas de metal se utilizaban en Irak, Kuwait y Arabia Saudita
como pista de aterrizaje para aviones de transporte de tropas y para que
las orugas de los tanques pudieran desplazarse por la arena. Nueve años
después, esas planchas tan efectivas en aquella región árabe
fueron recicladas y se emplean en un conflicto de baja intensidad con un
país vecino al que se supone amigo y socio comercial.
El congresista
republicano Duncan Hunter, de California, fue uno de los más entusiastas
patrocinadores de la barda metálica. Tan entusiasta que pretendía
que se extendiera desde el océano Pacífico hasta el Golfo
de México, en el Atlántico. Es decir, proponía “sellar”
los 3 mil 200 kilómetros de frontera de un extremo a otro. Algunos
opositores al proyecto del representante consideraron que equivalía
a la construcción de una especie de Muro de Berlín. Se equivocaban:
Hunter aspiraba a erigir una réplica de la Gran Muralla china.
La valla tiene
una extensión de 27 kilómetros desde la playa, en el océano
Pacífico, hasta la zona de Tecate y Mexicali, hacia el este, donde
ya no es necesaria: ahí sólo hay desierto, piedras y alimañas,
y no se encuentra ni una sola gota de agua. Durante el día, además,
la temperatura sube a 50 grados centígrados, y en la noche desciende
a bajo cero. Se corre el riesgo de muerte por deshidratación o por
frío.
Del otro lado
de la barda, la Guardia Nacional estadounidense construyó una hondonada
de 50 metros de profundidad y, más atrás, un terraplén
en el que hay reflectores de diez metros de alto, potentes como los de
un estadio de fútbol o un aeropuerto. La luz de estos reflectores
de alta intensidad, instalados en 1992, hacen que no exista diferencia
entre el día y la noche. Más o menos cada 100 metros se encuentran
estacionadas camionetas de la Patrulla Fronteriza con las luces de posición
encendidas. Un poco más lejos, ocultas en las sombras de los cañones,
están las veloces motos de cuatro ruedas aptas para todo terreno.
Además
de los oficiales de la Aduana, la Patrulla Fronteriza y el Servicio de
Inmigración y Naturalización, explica Salazar, todas las
corporaciones de seguridad están desplegadas en la frontera. También
están la Policía de San Diego, la Patrulla de Caminos y los
alguaciles del sheriff. El jefe del Grupo Beta dice que de los 10
mil agentes que la Patrulla Fronteriza tiene en todo el país, 2
mil 200 están en la línea divisoria con Tijuana.
“Todos a la
caza del indocumentado”, agrega Clark Alfaro. El antropólogo es
profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Estatal
de San Diego y acostumbra traer a sus alumnos californianos en este recorrido,
con la intención de sensibilizarlos en relación con sus vecinos
del sur.
De ahí
nos vamos, custodiados por dos agentes del Grupo Beta con pistolas calibre
45 en el cinturón, hacia el canal Río Tijuana, otro viejo
lugar de paso por el cual hoy es muy difícil cruzar a Estados Unidos.
Actualmente el canal está seco. En la mitad mexicana, el lecho está
asfaltado; la mitad estadounidense es un pestilente depósito de
fango y aguas negras, iluminado por reflectores como de campo de concentración
que se levantan detrás del muro metálico.
“Aunque parezca
mentira, hay gente que se baña ahí”, comenta Salazar. Un
agente me codea y señala con su brazo la zona oscura del canal.
A lo lejos, algunas siluetas humanas se mueven furtivamente en fila india.
El recorrido
concluye en un paraje conocido como Las Vías o El Bordo, una elevación
frente a la colonia Cuauhtémoc. Los rieles, oxidados y en desuso
desde hace varios años, mueren en la barda metálica levantada
por el país vecino. En la oscuridad, apoyados en el muro o sentados
sobre periódicos y cartón, hay diez hombres sin rasurar y
con la misma ropa de hace varios días, que se sobresaltan al vernos
llegar. El lugar huele a excremento y orín. Clark Alfaro les pregunta
de dónde vienen y si esperan desde hace mucho tiempo. Algunos nos
piden cigarrillos y, al rato, vencida la desconfianza, uno de ellos hace
la misma afirmación que escuchamos antes: “A la madrugada cruzamos”.
A estos hombres
anónimos se les sigue llamando los wet backs (“espaldas mojadas”),
como los que a partir de la década del 60 cruzaban a nado el río
Bravo. Los agentes de la Patrulla Fronteriza y los rancheros racistas también
los denominan brownies (“oscuritos”). Los observo y siento una mezcla
de lástima, vergüenza, impotencia y odio. Me siento culpable
por haberme bañado y rasurado por la mañana, por estar relativamente
bien vestido, por llevar en el bolsillo de la camisa una cajetilla casi
repleta de cigarrillos, por exhibir mi libreta de apuntes y la grabadora.
Entre enero
y septiembre de 2000 murieron 388 migrantes mexicanos en la frontera: uno
cada 16 horas. Para decirlo de otra manera: en ocho meses dejaron de existir
muchos más seres humanos que los que perdieron la vida al intentar
cruzar el Muro de Berlín durante las tres décadas de guerra
fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Recuerdo que pocos meses atrás, Luis Herrera Lasso, ex cónsul
general de México en San Diego, me había comentado que una
de sus principales tareas “diplomáticas” era recoger cadáveres
de desconocidos, tratar de identificarlos y repatriarlos a su tierra de
origen.
Una grieta
entre las planchas de metal deja ver, 100 metros más abajo, las
luces del puesto fronterizo de San Ysidro, con varios carriles para vehículos
y las casetas que permanecen abiertas las 24 horas del día.
La ciudad fue
fundada en 1909 por William Smythe, un urbanizador de San Diego, como una
colonia agrícola autosustentable, llamada originalmente Little Landers.
La localidad tomó el nombre de San Ysidro Labrador, nacido en Madrid
en el siglo 12. Se dice que Ysidro era un agricultor sin educación
pero profundamente devoto, que vestía como un ermitaño y,
en su afán de agradar a Dios, trabajaba incluso los domingos. El
Señor lo castigó en dos ocasiones por no descansar al séptimo
día: la primera vez con una plaga de langostas y la segunda con
lluvias torrenciales que espantaron sus ovejas y arruinaron sus cultivos.
A pesar de estas amonestaciones, Ysidro continuó trabajando los
domingos hasta que el Creador lo amenazó con enviarle “malos vecinos”.
Fue entonces cuando el agricultor decidió obedecer.
Tijuana y San
Ysidro eran prácticamente una sola ciudad. Pero como sucedió
con Berlín durante los años de la Guerra Fría, se
dividió con un muro excluyente. Hoy es un punto de encuentro y desencuentro,
donde contrastan el primer y el tercer mundo. La frontera que nunca duerme
se impone: atrae o expulsa a los “sin papeles”. Existen pocos puntos fronterizos
en el mundo con la disparidad que comparten Estados Unidos y México.
Es una zona de paso, en la que de un lado se encuentra la potencia más
rica del planeta y del otro un país en el que casi el 80 por ciento
de sus habitantes vive en una situación de pobreza.
Me asomo a
la grieta entre las planchas metálicas. Abajo, en la garita de control
aduanal, los agentes norteamericanos piden documentos a los conductores,
iluminan con linternas a sus acompañantes, revisan las cajuelas
traseras. Sobre la garita, un cartel luminoso con letras verdes parpadea
en inglés y español: “Los perros están trabajando.
No los acaricie ni les de alimentos”. El aviso se refiere, desde luego,
a los canes entrenados para detectar droga oculta en compartimientos secretos
de los automotores.
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