Roberto Bardini - rodelu.net
10 de Febrero de 2004
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La frontera
México-EE UU (II)*

Tres puntos
de entrada al “sueño americano”

Roberto Bardini

 
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Solo voy con mi pena
sola va mi condena
correr es mi destino
para burlar la ley
perdido en el corazón
de la grande Babylon
me dicen el clandestino
por no llevar papel.
Pa’una ciudad del norte
yo me fui a trabajar.

Manu Chao

El Cañón Zapata, Las Vías y el canal Río Tijuana son tres puntos geográficos del lado mexicano, a pocos metros de la ciudad californiana de San Ysidro, en la frontera con Estados Unidos, que para algunos hombres constituyen la antesala de un posible paraíso económico. Pero desde 1994, cuando Estados Unidos puso en marcha la Operación Guardián, esa antesala está rigurosamente vigilada y la espera puede prolongarse varios días y largas noches, en un real descenso a los infiernos, donde el hambre duele y el frío cala los huesos. La propaganda turística de Tijuana asegura que es “la ciudad más visitada del mundo”. Habría que agregar que también es la línea internacional donde más personas pierden la vida al año. Las víctimas, en su abrumadora mayoría, son de nacionalidad mexicana. 

“Hace diez años, más de mil personas esperaban aquí cada noche para cruzar al otro lado. Y cruzaban, nomás. Pero ahora es imposible, por la enorme vigilancia tecnológica que han desplegado las fuerzas de seguridad de Estados Unidos”, dice el comandante José María Salazar, jefe del Grupo Beta en Tijuana. Esta fuerza forma parte de los Grupos de Protección a Migrantes creados en 1990.

En 2000 el Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) deportó a México a un millón y medio de ciudadanos. Un gasto y un esfuerzo inútiles, porque en el permanente tira y afloja de un lado y otro de la frontera los más experimentados no renuncian: el regreso forzado a territorio mexicano es parte de las dificultades del cruce. Estadísticas de organismos de derechos humanos indican que siete de cada diez migrantes devueltos intentarán cruzar la línea a la semana siguiente.

Los indocumentados reportan 30 puntos de entrada. La cantidad varía: según la época, dejan de pasar por algunos lugares y se encaminan hacia otros. Depende del aumento o descenso en la vigilancia de la Patrulla Fronteriza. Tijuana ha disminuido su importancia, desplazada por las pequeñas ciudades de Tecate y Mexicali. Generalmente, antes de volver a intentarlo, los migrantes permanecen de tres a cuatro días en la localidad fronteriza elegida para el cruce.

Los estados de California y Baja California están unidos –o separados– por 224 kilómetros de frontera. En 1994 había mil 475 agentes patrulleros desde San Diego hasta Yuma. En 1999 eran 2 mil 855, el doble.

Son las ocho de la noche y estamos con el antropólogo Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana, en el famoso Cañón Zapata, a un costado en la colonia (barrio) Libertad. El asentamiento es un conglomerado precario de casas de chapa, madera y tela, con retorcidas calles de tierra que suben y bajan sin alumbrado eléctrico, ubicado en una loma por donde pasa la línea fronteriza. Se cuenta que los primeros habitantes de esta colonia fueron patriotas mexicanos que a principios de siglo estaban exiliados en Estados Unidos y que regresaron al triunfar la Revolución de 1910. Hoy nadie retorna a Libertad. Por el contrario, ahora es un lugar de vigilia para pasar furtivamente a territorio vecino, como lo atestigua la presencia de una docena de hombres de diversas edades que esperan en la oscuridad, fuman en silencio y nos observan con desconfianza. 

“Esta noche cruzamos o, a más tardar, mañana: los mexicanos somos buenos para correr”, nos dice al rato un joven con acento guatemalteco o, quizá, hondureño. En la frontera, ha explicado el comandante Salazar antes de venir a este paraje en penumbras, nadie se identifica como centroamericano. Todos dicen que son de Tabasco, Chiapas o Veracruz. 

Quince años atrás, los niños de la colonia Libertad arrojaban desde lo alto llantas encendidas, piedras y palos a la Patrulla Fronteriza, mientras oleadas de cien o 200 hombres y mujeres se lanzaban a toda carrera cuesta abajo al grito de “¡Viva Zapata, cabrones!”, y se perdían en la noche. 

Ahora no es tan fácil, porque hay un muro metálico de tres metros de alto, construido con planchas que fueron usadas por el ejército estadounidense en la operación Tormenta del Desierto, durante la Guerra del Golfo Pérsico en 1991. La valla fue instalada  por el Primer Batallón de Construcción Anfibia de la Guardia Nacional. Inicialmente se utilizaron 12 soldadores para unir las primeras cien yardas. Luego, llegaron 20 ingenieros de la Guardia Nacional de Missouri. Las láminas de metal se utilizaban en Irak, Kuwait y Arabia Saudita como pista de aterrizaje para aviones de transporte de tropas y para que las orugas de los tanques pudieran desplazarse por la arena. Nueve años después, esas planchas tan efectivas en aquella región árabe fueron recicladas y se emplean en un conflicto de baja intensidad con un país vecino al que se supone amigo y socio comercial. 

El congresista republicano Duncan Hunter, de California, fue uno de los más entusiastas patrocinadores de la barda metálica. Tan entusiasta que pretendía que se extendiera desde el océano Pacífico hasta el Golfo de México, en el Atlántico. Es decir, proponía “sellar” los 3 mil 200 kilómetros de frontera de un extremo a otro. Algunos opositores al proyecto del representante consideraron que equivalía a la construcción de una especie de Muro de Berlín. Se equivocaban: Hunter aspiraba a erigir una réplica de la Gran Muralla china.

La valla tiene una extensión de 27 kilómetros desde la playa, en el océano Pacífico, hasta la zona de Tecate y Mexicali, hacia el este, donde ya no es necesaria: ahí sólo hay desierto, piedras y alimañas, y no se encuentra ni una sola gota de agua. Durante el día, además, la temperatura sube a 50 grados centígrados, y en la noche desciende a bajo cero. Se corre el riesgo de muerte por deshidratación o por frío.

Del otro lado de la barda, la Guardia Nacional estadounidense construyó una hondonada de 50 metros de profundidad y, más atrás, un terraplén en el que hay reflectores de diez metros de alto, potentes como los de un estadio de fútbol o un aeropuerto. La luz de estos reflectores de alta intensidad, instalados en 1992, hacen que no exista diferencia entre el día y la noche. Más o menos cada 100 metros se encuentran estacionadas camionetas de la Patrulla Fronteriza con las luces de posición encendidas. Un poco más lejos, ocultas en las sombras de los cañones, están las veloces motos de cuatro ruedas aptas para todo terreno. 

Además de los oficiales de la Aduana, la Patrulla Fronteriza y el Servicio de Inmigración y Naturalización, explica Salazar, todas las corporaciones de seguridad están desplegadas en la frontera. También están la Policía de San Diego, la Patrulla de Caminos y los alguaciles del sheriff. El jefe del Grupo Beta dice que de los 10 mil agentes que la Patrulla Fronteriza tiene en todo el país, 2 mil 200 están en la línea divisoria con Tijuana. 

“Todos a la caza del indocumentado”, agrega Clark Alfaro. El antropólogo es profesor en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Estatal de San Diego y acostumbra traer a sus alumnos californianos en este recorrido, con la intención de sensibilizarlos en relación con sus vecinos del sur. 

De ahí nos vamos, custodiados por dos agentes del Grupo Beta con pistolas calibre 45 en el cinturón, hacia el canal Río Tijuana, otro viejo lugar de paso por el cual hoy es muy difícil cruzar a Estados Unidos. Actualmente el canal está seco. En la mitad mexicana, el lecho está asfaltado; la mitad estadounidense es un pestilente depósito de fango y aguas negras, iluminado por reflectores como de campo de concentración que se levantan detrás del muro metálico. 

“Aunque parezca mentira, hay gente que se baña ahí”, comenta Salazar. Un agente me codea y señala con su brazo la zona oscura del canal. A lo lejos, algunas siluetas humanas se mueven furtivamente en fila india.

El recorrido concluye en un paraje conocido como Las Vías o El Bordo, una elevación frente a la colonia Cuauhtémoc. Los rieles, oxidados y en desuso desde hace varios años, mueren en la barda metálica levantada por el país vecino. En la oscuridad, apoyados en el muro o sentados sobre periódicos y cartón, hay diez hombres sin rasurar y con la misma ropa de hace varios días, que se sobresaltan al vernos llegar. El lugar huele a excremento y orín. Clark Alfaro les pregunta de dónde vienen y si esperan desde hace mucho tiempo. Algunos nos piden cigarrillos y, al rato, vencida la desconfianza, uno de ellos hace la misma afirmación que escuchamos antes: “A la madrugada cruzamos”.

A estos hombres anónimos se les sigue llamando los wet backs (“espaldas mojadas”), como los que a partir de la década del 60 cruzaban a nado el río Bravo. Los agentes de la Patrulla Fronteriza y los rancheros racistas también los denominan brownies (“oscuritos”). Los observo y siento una mezcla de lástima, vergüenza, impotencia y odio. Me siento culpable por haberme bañado y rasurado por la mañana, por estar relativamente bien vestido, por llevar en el bolsillo de la camisa una cajetilla casi repleta de cigarrillos, por exhibir mi libreta de apuntes y la grabadora.

Entre enero y septiembre de 2000 murieron 388 migrantes mexicanos en la frontera: uno cada 16 horas. Para decirlo de otra manera: en ocho meses dejaron de existir muchos más seres humanos que los que perdieron la vida al intentar cruzar el Muro de Berlín durante las tres décadas de guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Recuerdo que pocos meses atrás, Luis Herrera Lasso, ex cónsul general de México en San Diego, me había comentado que una de sus principales tareas “diplomáticas” era recoger cadáveres de desconocidos, tratar de identificarlos y repatriarlos a su tierra de origen.

Una grieta entre las planchas de metal deja ver, 100 metros más abajo, las luces del puesto fronterizo de San Ysidro, con varios carriles para vehículos y las casetas que permanecen abiertas las 24 horas del día. 

La ciudad fue fundada en 1909 por William Smythe, un urbanizador de San Diego, como una colonia agrícola autosustentable, llamada originalmente Little Landers. La localidad tomó el nombre de San Ysidro Labrador, nacido en Madrid en el siglo 12. Se dice que Ysidro era un agricultor sin educación pero profundamente devoto, que vestía como un ermitaño y, en su afán de agradar a Dios, trabajaba incluso los domingos. El Señor lo castigó en dos ocasiones por no descansar al séptimo día: la primera vez con una plaga de langostas y la segunda con lluvias torrenciales que espantaron sus ovejas y arruinaron sus cultivos. A pesar de estas amonestaciones, Ysidro continuó trabajando los domingos hasta que el Creador lo amenazó con enviarle “malos vecinos”. Fue entonces cuando el agricultor decidió obedecer.

Tijuana y San Ysidro eran prácticamente una sola ciudad. Pero como sucedió con Berlín durante los años de la Guerra Fría, se dividió con un muro excluyente. Hoy es un punto de encuentro y desencuentro, donde contrastan el primer y el tercer mundo. La frontera que nunca duerme se impone: atrae o expulsa a los “sin papeles”. Existen pocos puntos fronterizos en el mundo con la disparidad que comparten Estados Unidos y México. Es una zona de paso, en la que de un lado se encuentra la potencia más rica del planeta y del otro un país en el que casi el 80 por ciento de sus habitantes vive en una situación de pobreza.

Me asomo a la grieta entre las planchas metálicas. Abajo, en la garita de control aduanal, los agentes norteamericanos piden documentos a los conductores, iluminan con linternas a sus acompañantes, revisan las cajuelas traseras. Sobre la garita, un cartel luminoso con letras verdes parpadea en inglés y español: “Los perros están trabajando. No los acaricie ni les de alimentos”. El aviso se refiere, desde luego, a los canes entrenados para detectar droga oculta en compartimientos secretos de los automotores.

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* Segundo de una serie de seis artículos

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