Le
dicen Don Victoriano pero su nombre es otro. Es difícil calcular
su edad, que quizá oscila entre los 50 y los 60 años. Su
aspecto físico y su vestimenta no llaman la atención: pasa
desapercibido en cualquier calle de Tijuana, donde se le puede confundir
con un campesino, un artesano o un comerciante de baratijas. Hoy lo ves
y mañana no te acuerdas de él.
Don Victoriano es respetuoso y muy
discreto. De antemano, establece las reglas del juego. Pide que no se grabe
su voz, ni se tomen apuntes, ni se saquen fotografías. De todos
modos, habla poco y hay que extraerle las palabras con pinzas y buenas
maneras. Y cuando habla, no le gusta hacer revelaciones: no da nombres,
no indica fechas, no señala lugares. Si lo hiciera, quizá
rodarían por el suelo varias cabezas de policías, funcionarios
aduanales y agentes de migración de esta ciudad, y él se
quedaría sin el trabajo que ha desarrollado en los últimos
30 años.
Las
reglas del juego ya me las había explicado, media hora antes, el
hombre que facilitó la entrevista: el antropólogo social
Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos
Humanos de Tijuana
Desde
1970, don Victoriano está al frente de una “agencia de viajes”.
Traducido en el argot de la frontera, quiere decir que es un pollero
o coyote.
En otras palabras, es un contrabandista de personas indocumentadas,
a las que ayuda a cruzar furtivamente a Estados Unidos. Integra un submundo
ilegal al que acuden los decididos a pasar al otro lado cueste lo que cueste,
un ambiente clandestino que todos conocen y las autoridades toleran, un
consulado fuera de la ley que otorga visas sin papel ni sellos.
Gajes
del oficio
La
denominación coyote (del náhuatl, cuacoyotl)
adquiere relieve a partir de 1964, al concluir el Programa Bracero. En
el lenguaje del bajo mundo fronterizo, el coyote o pollero se
llama “guía”. Un “mueble” es un vehículo traído “del
otro lado”, y un cliente que no paga es una “piedra”.
A
las casas de seguridad y hoteles de tercera categoría cuyos dueños
están de acuerdo con los polleros se les dice “clavaderos”.
La conexión mafiosa que traslada a ciudadanos chinos desde Cancún
hacia Estados Unidos, vía Tijuana, se conoce como “Expreso de Oriente”.
Con
el tiempo, la división del trabajo en esta actividad semiclandestina
se ha vuelto más especializada. El “talonero”, por ejemplo, es la
persona que consigue clientes en la calle, en la terminal de autobuses
o en el aeropuerto. El “checador” es el encargado de ir adelante del grupo
de indocumentados, equipado con largavistas y teléfono celular o
walkie-talkie,
para avisarle al “guía” si la migra se encuentra en el trayecto.
Algunos
malos polleros están coludidos de antemano con “bajadores”
o “asaltapollos”, delincuentes que maltratan y asaltan a migrantes e, incluso,
violan mujeres.
Sólo
en Tijuana, existen alrededor de 150 bandas de coyotes. Conocen
los puestos de control de la Patrulla Fronteriza a lo largo de Tijuana,
Tecate y Mexicali. Se desplazan por autopistas de varios carriles, rutas
secundarias, caminos de tierra y senderos del desierto. Todos se vanaglorian
de reconocer cada piedra en este vasto territorio de cañones y hondonadas,
poblado de serpientes y alacranes, donde las temperaturas son extremas
y no se encuentra una gota de agua.
Don
Victoriano muestra con orgullo una cicatriz en un brazo, que va desde la
muñeca hasta el codo, pero no aclara si es herida de bala, de cuchillo
o accidente de carretera. “Son gajes de este oficio”, se limita a comentar.
Cuenta que ha estado varias veces preso en Estados Unidos y que actualmente
uno de sus hijos cumple una condena de tres años en una cárcel
de Los Ángeles por transportar migrantes ilegales. “Riesgos de la
profesión”, reitera con fatalismo.
El
hombre habla de pie, apoyado en el mostrador de Las Guacamayas, una modesta
casa de comidas con apenas cinco mesas. La dueña, doña Cora,
es una pollera retirada llena de nietos. La única condición
que la mujer impuso para prestar el lugar fue consumir algún refresco
o cerveza. Y, por supuesto, no tomar fotos.
Las
Guacamayas está en una colonia que nunca duerme: la Coahuila, la
zona roja de Tijuana. La calle “cagüila”, como se la denomina popularmente,
se extiende paralela a la línea fronteriza. Está llena de
bares de mala muerte, hoteluchos de quinta categoría,
table dances,
sórdidos cabarets y prostíbulos donde la vida no vale ni
una moneda partida por la mitad. Hasta hace algunos años aquí
estaba la famosa cantina La Ballena, cuya barra de bebidas pudo haber ingresado
al libro de los récords Guinness porque era la más larga
del mundo: medía casi una cuadra.
Los
fines de semana o días feriados alrededor de mil 500 estadounidenses
-la mayoría jóvenes entre las edades de 18 y 25 años-
cruzan la frontera para divertirse. Compran artículos regionales
o baratijas, asisten a espectáculos de strip tease, van a prostíbulos,
se emborrachan. Según estadísticas de Instituto Pro-Salud,
la mayoría regresa con un nivel de alcohol en la sangre por encima
del permitido por la ley. Algunos vuelven con un ojo hinchado o un diente
menos; todos, con las billeteras casi vacías.
Es
de noche. En las esquinas merodean individuos con innecesarios lentes oscuros.
Por la calle pasan automóviles con música a todo volumen.
En las aceras, mujeres jóvenes con escotes largos y faldas cortas
ofrecen públicamente sus destrezas privadas a turistas, parranderos
locales y soldados estadounidenses de licencia, todos repletos de alcohol
y fantasías triple X. Aquí, contagiarse una enfermedad venérea
o sida no es un riesgo; es una posibilidad casi segura.
“¿Marihuana?
¿Coca?”, ofrecen en voz baja algunos muchachos. “¿Crack?
¿Heroína?”.
La
ciudad más visitada del planeta
En
1889, Tijuana era una pequeña localidad vinculada al negocio de
bienes raíces en el sur californiano. En 1910, el lugar cuenta con
apenas 700 habitantes. La prohibición de vender de bebidas alcohólicas
en los Estados Unidos entre 1919 y 1933 (Acta Volstead o “Ley Seca”) favorece
económicamente a la ciudad. Residentes de San Diego, Los Ángeles
y San Francisco llegan al poblado fronterizo atraídos por el alcohol,
las corridas de toros, los juegos de azar y otro tipo de diversiones menos
públicas. En 1927 se inaugura el Hotel y Casino de Agua Caliente.
Al año siguiente, el hipódromo y un campo de golf. Y al otro,
el balneario y un galgódromo.
En
la época de la “Ley Seca” vienen estrellas de cine, magnates y jefes
de la Mafia. Con menos dinero, pero con el mismo afán de gastar,
también llegan soldados y marineros norteamericanos, ya que en San
Diego se encuentra la base naval militar más grande de Estados Unidos.
La ciudad tiene ofertas para todos los gustos y posibilidades; despluma
a unos y otros.
Hasta
entonces Tijuana era casi una deprimente “ciudad perdida”. El Hotel y Casino
Agua Caliente emplea a mexicanos pobres como meseros, ayudantes de cocina,
lavaplatos, mandaderos, cantantes con guitarra y hasta mariachis. Es ahí
donde comienza a cantar Margarita Cansino, una joven desconocida; con los
años se convertirá en Rita Hayworth, una de las más
atractivas actrices de Hollywood.
En
la década del 30 la prosperidad se interrumpe momentáneamente.
El gobierno mexicano nacionaliza varias empresas estadounidenses y prohíbe
los juegos de azar. Poco antes, a causa del crack de 1929 en la
Bolsa de Wall Street y la llamada Gran Depresión, son deportados
muchos mexicanos que residían y trabajaban “del otro lado”. Los
recién llegados se establecen en Tijuana y levantan sus casas en
la colonia Libertad exactamente en el límite entre los dos países.
En
1941, con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, se
reinicia el auge de la ciudad fronteriza. Tijuana vuelve a ofrecer esparcimiento
al numeroso personal militar de la base de San Diego. Al año siguiente
comienza el Programa Bracero: miles de mexicanos de todo el país
aportan mano de obra temporal en las tareas agrícolas de los campos
californianos. En la década del 40, la población prácticamente
se triplica de 22 mil personas a más de 65 mil. Cuando el programa
concluye en 1964, muchos se quedan como residentes permanentes.
Tijuana
está ubicada a sólo 16 kilómetros al sur del centro
de San Diego. La promoción turística dice que es “la ciudad
más visitada del planeta”. Estadísticas del Instituto Nacional
de Migración señalan que aquí llegan ciudadanos de
más de 50 países. Lo que no dicen ni la propaganda ni los
datos oficiales es que muchos de esos visitantes arriban con la idea de
cruzar ilegalmente “la línea” y que polleros como don Victoriano
actúan como verdaderas agencias de viaje hacia Estados Unidos -e
incluso Canadá- con el lema “viaje ahora... y pague después”.
Es la estación final antes del sueño americano, que
muchas veces termina en pesadilla.
El
traslado de mexicanos rumbo a Estados Unidos no tiene comparación
con ninguna frontera del mundo. El contrabando de indocumentados es la
actividad ilegal más rentable en México después del
narcotráfico. Según las autoridades de uno y otro lado de
la frontera, el tráfico clandestino de inmigrantes es un negocio
que representa entre 250 y 300 millones de dólares anuales. Probablemente
se queden cortos en el cálculo.
Fuentes
de la cancillería mexicana estimaban a principios de 2000 que en
Estados Unidos viven alrededor ocho millones y medio de compatriotas. Tres
millones de ellos -más de la tercera parte- sin documentos de residencia
legal. Un 66 por ciento de los trabajadores agrícolas de origen
mexicano en California son indocumentados.
Cerca
de un millón y medio de mexicanos son arrestados cada año
por el Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) al
intentar cruzar la frontera. A partir de 1994, el aumento de la vigilancia
y el endurecimiento de los controles lo único que lograron fue elevar
las tarifas de los polleros: antes pedían 200 o 300 dólares
por cruzar; ahora, la tarifa oscila entre mil o mil 500 dólares.
Durante
décadas -y a pesar de los acuerdos entre los gobiernos de México
y Estados Unidos, los sucesivos encuentros binacionales y las medidas conjuntas-
la migración ilegal es un fenómeno que ningún muro
de acero o patrulla fronteriza ha logrado detener. Por el contrario, aumenta
día a día. El mundo de la diplomacia y el submundo de la
frontera constituyen dos realidades muy diferentes. Se deslizan por carriles
paralelos y distintos. Marchan juntos, pero en sentido contrario, y nunca
se tocan.
Un
personaje de leyenda
Luego
de 30 años de ganarse la vida como pollero, don Victoriano
asegura que tiene un prestigio que defender y se vanagloria de que nunca
perdió “un cargamento”. “Desde Ecuador para arriba, he transportado
gente de todos los países que están en el trayecto y, gracias
a Dios, nunca abandoné a nadie a mitad del camino: mis pasajeros
siempre llegaron sanos y salvos”.
Relata
que más de una vez, al llegar a su destino en Los Ángeles
o “más al norte”, algún migrante indocumentado le confesó
que no tenía la mitad de dinero que faltaba pagar. En esos casos,
cuenta, “les doy cinco o diez dólares de mi propia bolsa y les deseo
que el Señor los ayude”.
Según
el antropólogo Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional
de Derechos Humanos de esta ciudad, los coyotes “son seres casi
mitológicos” de la frontera, y cuando son honestos, como don Victoriano,
“cumplen una verdadera función social”. El profesor considera
que don Victoriano es un personaje legendario de Tijuana y sus alrededores,
famoso por su eficiencia. Desde luego, aclara, hay muchos coyotes deshonestos
que abandonan a sus clientes en el desierto y los dejan librados a su suerte,
o les roban sus pocas pertenencias. Los migrantes ilegales son los seres
humanos más desprotegidos de la región, dice el antropólogo:
“Los policías los extorsionan, la migra los denigra, los
bandidos los asaltan y muchos coyotes los estafan”.
“Es
gente sin experiencia, que quiere hacer dinero fácil”, interviene
don Victoriano. “Desprestigian a este oficio”.
El
contrabandista cobra actualmente entre mil 200 y mil 500 dólares
por persona, pero asegura que la ganancia que le queda es la misma que
hace 30 años: entre 200 y 300 dólares por cabeza. “Lo que
pasa es que aumentaron los gastos con las autoridades de uno y otro lado,
que se apropian de la mayor parte”, señala, sin suministrar más
detalles. “Digamos que cobran una especie de peaje y que tienen que repartirlo
con los jefes”.
Acerca
de la Patrulla Fronteriza estadounidense y las autoridades de migración
mexicanas, don Victoriano prefiere no opinar. Se limita a un breve comentario:
“Ellos son profesionales y yo también; ellos hacen su trabajo y
yo hago el mío”.
El
hombre, desde luego, conoce los riesgos que corre: según el artículo
138 de la Ley General de Población, “se impondrá pena de
dos a diez años de prisión y multa equivalente a 10 mil días
del salario mínimo vigente en el Distrito Federal, a quien pretenda
llevar o lleve a nacionales mexicanos a internarse en el extranjero en
forma ilegal”.
Clark
Alfaro, quien investiga estos temas desde 1987, sostiene que “los polleros
responsables han jugado un papel muy importante en hacer más amable
y facilitar el cruce ilegal: se han convertido en una necesidad para el
migrante”. La existencia de los coyotes obedece a una demanda y
a una oferta, asegura el antropólogo social, y de ahí que
su eliminación sea prácticamente imposible.
Y
como para corroborar esta afirmación, don Victoriano mira su reloj
y se disculpa por tener que abandonar la entrevista: dentro de unas pocas
horas partirá para “el otro lado” y a él le gusta -dice-
preparar sus viajes con tiempo. “Tengo un prestigio que cuidar”, reitera
al despedirse.