Roberto Bardini - rodelu.net
3 de Marzo de 2004
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La frontera
México-EE UU (IV)*

Un
contrabandista legendario

Roberto Bardini

 
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Le dicen Don Victoriano pero su nombre es otro. Es difícil calcular su edad, que quizá oscila entre los 50 y los 60 años. Su aspecto físico y su vestimenta no llaman la atención: pasa desapercibido en cualquier calle de Tijuana, donde se le puede confundir con un campesino, un artesano o un comerciante de baratijas. Hoy lo ves y mañana no te acuerdas de él.

Don Victoriano es respetuoso y muy discreto. De antemano, establece las reglas del juego. Pide que no se grabe su voz, ni se tomen apuntes, ni se saquen fotografías. De todos modos, habla poco y hay que extraerle las palabras con pinzas y buenas maneras. Y cuando habla, no le gusta hacer revelaciones: no da nombres, no indica fechas, no señala lugares. Si lo hiciera, quizá rodarían por el suelo varias cabezas de policías, funcionarios aduanales y agentes de migración de esta ciudad, y él se quedaría sin el trabajo que ha desarrollado en los últimos 30 años.

Las reglas del juego ya me las había explicado, media hora antes, el hombre que facilitó la entrevista: el antropólogo social Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana

Desde 1970, don Victoriano está al frente de una “agencia de viajes”. Traducido en el argot de la frontera, quiere decir que es un pollero o coyote. En otras palabras, es un contrabandista de personas indocumentadas, a las que ayuda a cruzar furtivamente a Estados Unidos. Integra un submundo ilegal al que acuden los decididos a pasar al otro lado cueste lo que cueste, un ambiente clandestino que todos conocen y las autoridades toleran, un consulado fuera de la ley que otorga visas sin papel ni sellos.

Gajes del oficio

La denominación coyote (del náhuatl, cuacoyotl) adquiere relieve a partir de 1964, al concluir el Programa Bracero. En el lenguaje del bajo mundo fronterizo, el coyote o pollero se llama “guía”. Un “mueble” es un vehículo traído “del otro lado”, y un cliente que no paga es una “piedra”.

A las casas de seguridad y hoteles de tercera categoría cuyos dueños están de acuerdo con los polleros se les dice “clavaderos”. La conexión mafiosa que traslada a ciudadanos chinos desde Cancún hacia Estados Unidos, vía Tijuana, se conoce como “Expreso de Oriente”.

Con el tiempo, la división del trabajo en esta actividad semiclandestina se ha vuelto más especializada. El “talonero”, por ejemplo, es la persona que consigue clientes en la calle, en la terminal de autobuses o en el aeropuerto. El “checador” es el encargado de ir adelante del grupo de indocumentados, equipado con largavistas y teléfono celular o walkie-talkie, para avisarle al “guía” si la migra se encuentra en el trayecto.

Algunos malos polleros están coludidos de antemano con “bajadores” o “asaltapollos”, delincuentes que maltratan y asaltan a migrantes e, incluso, violan mujeres.

Sólo en Tijuana, existen alrededor de 150 bandas de coyotes. Conocen los puestos de control de la Patrulla Fronteriza a lo largo de Tijuana, Tecate y Mexicali. Se desplazan por autopistas de varios carriles, rutas secundarias, caminos de tierra y senderos del desierto. Todos se vanaglorian de reconocer cada piedra en este vasto territorio de cañones y hondonadas, poblado de serpientes y alacranes, donde las temperaturas son extremas y no se encuentra una gota de agua.

Don Victoriano muestra con orgullo una cicatriz en un brazo, que va desde la muñeca hasta el codo, pero no aclara si es herida de bala, de cuchillo o accidente de carretera. “Son gajes de este oficio”, se limita a comentar. Cuenta que ha estado varias veces preso en Estados Unidos y que actualmente uno de sus hijos cumple una condena de tres años en una cárcel de Los Ángeles por transportar migrantes ilegales. “Riesgos de la profesión”, reitera con fatalismo.

El hombre habla de pie, apoyado en el mostrador de Las Guacamayas, una modesta casa de comidas con apenas cinco mesas. La dueña, doña Cora, es una pollera retirada llena de nietos. La única condición que la mujer impuso para prestar el lugar fue consumir algún refresco o cerveza. Y, por supuesto, no tomar fotos.

Las Guacamayas está en una colonia que nunca duerme: la Coahuila, la zona roja de Tijuana. La calle “cagüila”, como se la denomina popularmente, se extiende paralela a la línea fronteriza. Está llena de bares de mala muerte, hoteluchos de quinta categoría, table dances, sórdidos cabarets y prostíbulos donde la vida no vale ni una moneda partida por la mitad. Hasta hace algunos años aquí estaba la famosa cantina La Ballena, cuya barra de bebidas pudo haber ingresado al libro de los récords Guinness porque era la más larga del mundo: medía casi una cuadra.

Los fines de semana o días feriados alrededor de mil 500 estadounidenses -la mayoría jóvenes entre las edades de 18 y 25 años- cruzan la frontera para divertirse. Compran artículos regionales o baratijas, asisten a espectáculos de strip tease, van a prostíbulos, se emborrachan. Según estadísticas de Instituto Pro-Salud, la mayoría regresa con un nivel de alcohol en la sangre por encima del permitido por la ley. Algunos vuelven con un ojo hinchado o un diente menos; todos, con las billeteras casi vacías.

Es de noche. En las esquinas merodean individuos con innecesarios lentes oscuros. Por la calle pasan automóviles con música a todo volumen. En las aceras, mujeres jóvenes con escotes largos y faldas cortas ofrecen públicamente sus destrezas privadas a turistas, parranderos locales y soldados estadounidenses de licencia, todos repletos de alcohol y fantasías triple X. Aquí, contagiarse una enfermedad venérea o sida no es un riesgo; es una posibilidad casi segura.

“¿Marihuana? ¿Coca?”, ofrecen en voz baja algunos muchachos. “¿Crack? ¿Heroína?”.

La ciudad más visitada del planeta

En 1889, Tijuana era una pequeña localidad vinculada al negocio de bienes raíces en el sur californiano. En 1910, el lugar cuenta con apenas 700 habitantes. La prohibición de vender de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos entre 1919 y 1933 (Acta Volstead o “Ley Seca”) favorece económicamente a la ciudad. Residentes de San Diego, Los Ángeles y San Francisco llegan al poblado fronterizo atraídos por el alcohol, las corridas de toros, los juegos de azar y otro tipo de diversiones menos públicas. En 1927 se inaugura el Hotel y Casino de Agua Caliente. Al año siguiente, el hipódromo y un campo de golf. Y al otro, el balneario y un galgódromo.

En la época de la “Ley Seca” vienen estrellas de cine, magnates y jefes de la Mafia. Con menos dinero, pero con el mismo afán de gastar, también llegan soldados y marineros norteamericanos, ya que en San Diego se encuentra la base naval militar más grande de Estados Unidos. La ciudad tiene ofertas para todos los gustos y posibilidades; despluma a unos y otros.

 

Hasta entonces Tijuana era casi una deprimente “ciudad perdida”. El Hotel y Casino Agua Caliente emplea a mexicanos pobres como meseros, ayudantes de cocina, lavaplatos, mandaderos, cantantes con guitarra y hasta mariachis. Es ahí donde comienza a cantar Margarita Cansino, una joven desconocida; con los años se convertirá en Rita Hayworth, una de las más atractivas actrices de Hollywood.

En la década del 30 la prosperidad se interrumpe momentáneamente. El gobierno mexicano nacionaliza varias empresas estadounidenses y prohíbe los juegos de azar. Poco antes, a causa del crack de 1929 en la Bolsa de Wall Street y la llamada Gran Depresión, son deportados muchos mexicanos que residían y trabajaban “del otro lado”. Los recién llegados se establecen en Tijuana y levantan sus casas en la colonia Libertad exactamente en el límite entre los dos países.

En 1941, con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, se reinicia el auge de la ciudad fronteriza. Tijuana vuelve a ofrecer esparcimiento al numeroso personal militar de la base de San Diego. Al año siguiente comienza el Programa Bracero: miles de mexicanos de todo el país aportan mano de obra temporal en las tareas agrícolas de los campos californianos. En la década del 40, la población prácticamente se triplica de 22 mil personas a más de 65 mil. Cuando el programa concluye en 1964, muchos se quedan como residentes permanentes.

Tijuana está ubicada a sólo 16 kilómetros al sur del centro de San Diego. La promoción turística dice que es “la ciudad más visitada del planeta”. Estadísticas del Instituto Nacional de Migración señalan que aquí llegan ciudadanos de más de 50 países. Lo que no dicen ni la propaganda ni los datos oficiales es que muchos de esos visitantes arriban con la idea de cruzar ilegalmente “la línea” y que polleros como don Victoriano actúan como verdaderas agencias de viaje hacia Estados Unidos -e incluso Canadá- con el lema “viaje ahora... y pague después”. Es la estación final antes del sueño americano, que muchas veces termina en pesadilla.

El traslado de mexicanos rumbo a Estados Unidos no tiene comparación con ninguna frontera del mundo. El contrabando de indocumentados es la actividad ilegal más rentable en México después del narcotráfico. Según las autoridades de uno y otro lado de la frontera, el tráfico clandestino de inmigrantes es un negocio que representa entre 250 y 300 millones de dólares anuales. Probablemente se queden cortos en el cálculo.

Fuentes de la cancillería mexicana estimaban a principios de 2000 que en Estados Unidos viven alrededor ocho millones y medio de compatriotas. Tres millones de ellos -más de la tercera parte- sin documentos de residencia legal. Un 66 por ciento de los trabajadores agrícolas de origen mexicano en California son indocumentados.

 
Cerca de un millón y medio de mexicanos son arrestados cada año por el Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) al intentar cruzar la frontera. A partir de 1994, el aumento de la vigilancia y el endurecimiento de los controles lo único que lograron fue elevar las tarifas de los polleros: antes pedían 200 o 300 dólares por cruzar; ahora, la tarifa oscila entre mil o mil 500 dólares.

Durante décadas -y a pesar de los acuerdos entre los gobiernos de México y Estados Unidos, los sucesivos encuentros binacionales y las medidas conjuntas- la migración ilegal es un fenómeno que ningún muro de acero o patrulla fronteriza ha logrado detener. Por el contrario, aumenta día a día. El mundo de la diplomacia y el submundo de la frontera constituyen dos realidades muy diferentes. Se deslizan por carriles paralelos y distintos. Marchan juntos, pero en sentido contrario, y nunca se tocan.

Un personaje de leyenda

Luego de 30 años de ganarse la vida como pollero, don Victoriano asegura que tiene un prestigio que defender y se vanagloria de que nunca perdió “un cargamento”. “Desde Ecuador para arriba, he transportado gente de todos los países que están en el trayecto y, gracias a Dios, nunca abandoné a nadie a mitad del camino: mis pasajeros siempre llegaron sanos y salvos”.

Relata que más de una vez, al llegar a su destino en Los Ángeles o “más al norte”, algún migrante indocumentado le confesó que no tenía la mitad de dinero que faltaba pagar. En esos casos, cuenta, “les doy cinco o diez dólares de mi propia bolsa y les deseo que el Señor los ayude”.

Según el antropólogo Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos de esta ciudad, los coyotes “son seres casi mitológicos” de la frontera, y cuando son honestos, como don Victoriano, “cumplen una verdadera función social”. El profesor considera que don Victoriano es un personaje legendario de Tijuana y sus alrededores, famoso por su eficiencia. Desde luego, aclara, hay muchos coyotes deshonestos que abandonan a sus clientes en el desierto y los dejan librados a su suerte, o les roban sus pocas pertenencias. Los migrantes ilegales son los seres humanos más desprotegidos de la región, dice el antropólogo: “Los policías los extorsionan, la migra los denigra, los bandidos los asaltan y muchos coyotes los estafan”.

“Es gente sin experiencia, que quiere hacer dinero fácil”, interviene don Victoriano. “Desprestigian a este oficio”.

El contrabandista cobra actualmente entre mil 200 y mil 500 dólares por persona, pero asegura que la ganancia que le queda es la misma que hace 30 años: entre 200 y 300 dólares por cabeza. “Lo que pasa es que aumentaron los gastos con las autoridades de uno y otro lado, que se apropian de la mayor parte”, señala, sin suministrar más detalles. “Digamos que cobran una especie de peaje y que tienen que repartirlo con los jefes”.

Acerca de la Patrulla Fronteriza estadounidense y las autoridades de migración mexicanas, don Victoriano prefiere no opinar. Se limita a un breve comentario: “Ellos son profesionales y yo también; ellos hacen su trabajo y yo hago el mío”.

El hombre, desde luego, conoce los riesgos que corre: según el artículo 138 de la Ley General de Población, “se impondrá pena de dos a diez años de prisión y multa equivalente a 10 mil días del salario mínimo vigente en el Distrito Federal, a quien pretenda llevar o lleve a nacionales mexicanos a internarse en el extranjero en forma ilegal”.

Clark Alfaro, quien investiga estos temas desde 1987, sostiene que “los polleros responsables han jugado un papel muy importante en hacer más amable y facilitar el cruce ilegal: se han convertido en una necesidad para el migrante”. La existencia de los coyotes obedece a una demanda y a una oferta, asegura el antropólogo social, y de ahí que su eliminación sea prácticamente imposible.

Y como para corroborar esta afirmación, don Victoriano mira su reloj y se disculpa por tener que abandonar la entrevista: dentro de unas pocas horas partirá para “el otro lado” y a él le gusta -dice- preparar sus viajes con tiempo. “Tengo un prestigio que cuidar”, reitera al despedirse.


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* Cuarto de una serie de seis artículos

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