La
frontera
México-EE
UU (V)*
Parias,
policías
y pistoleros
Roberto
Bardini
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A principios
de abril de 2000, el diario mexicano La Jornada divulgó que
el Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) de Estados
Unidos realizaba, desde hacía dos años, operaciones encubiertas
para identificar a las bandas que trasladan indocumentados a territorio
estadounidense. Un informe reveló en Washington que agentes del
SIN se infiltraron en estas organizaciones e, inclusive, viajaron como
“espaldas mojadas” o pollos desde Tijuana (Baja California) y Ciudad Juárez
(Chihuahua).
El objetivo de los policías
encubiertos era recabar datos sobre rutas utilizadas, destinos y eventuales
complicidades de autoridades mexicanas y estadounidenses en el tráfico
de seres humanos. Los agentes, según la información, “pasan
por un riguroso examen de selección: son de origen mexicano, hablan
español sin acento y conocen los modismos”.
El SIN parecía desconocer,
sin embargo, que más de dos décadas atrás el Departamento
de Policía de San Diego había efectuado una experiencia similar
que concluyó en un rotundo fracaso. Desde octubre de 1976 hasta
abril de 1978, un grupo de policías californianos descendientes
de mexicanos se camufló de “espaldas mojadas” y merodeó por
las noches en la línea divisoria, con la intención de apresar
a polleros y salteadores de caminos. En ese año y medio,
un equipo de nueve patrulleros al mando de un sargento –todos vestidos
como indigentes– deambuló por cañones desérticos en
medio de alacranes, víboras de cascabel y coyotes, y recorrió
distancias de hasta 16 kilómetros en zonas áridas, entre
cactus, rocas y hondonadas, con temperaturas bajo cero. “Marchas de la
muerte”, las denominaban.
Un policía bueno
La idea de crear un grupo comando
fue del teniente Burl Richard Snider, un veterano de 50 años originario
de la diminuta localidad de Silva (Arkansas), “una encrucijada borrada
por el tiempo y los cartógrafos”. A lo largo de la mitad de su vida,
Snider usó uniforme, placa y pistola hasta que fue promovido a investigador
de civil.
Su familia, compuesta por campesinos,
acostumbraba a viajar a California a la búsqueda de trabajo, en
una saga similar a la que John Steinbeck describió en Viñas
de ira. En esas migraciones, el pequeño Dick se hizo amigo de
niños mexicanos y, poco a poco, asimiló pedacitos de su idioma.
Más tarde, estudió español en la escuela secundaria.
A los 17 años se casó y durante tres años trabajó
en los campos petrolíferos californianos, en los cuales nuevamente
convivió con jóvenes mexicanos.
Cuando ingresó a la academia
de la Patrulla Fronteriza, en El Paso (Texas), las clases obligatorias
de español le resultaron facilísimas. En su época
de recluta, en la década de los 60, no había aspirantes de
origen hispánico: él era el único que hablaba el idioma
de los vecinos del sur. Una verdadera rareza, sobre todo si se toma en
cuenta que, con su metro ochenta de estatura, tenía todo el aspecto
de un cowboy blanco, anglosajón y protestante. Su primer
destino fue la pequeña localidad de San Ysidro, al sur de San Diego,
donde se sensibilizó con el problema de los trabajadores migrantes.
El grupo comando creado en octubre
de 1976 se denominó Fuerza contra el Robo a Extranjeros en la Frontera
(BARF, por sus siglas en inglés). Sus integrantes, conocidos como
los barfianos, se unieron a indocumentados mexicanos y centroamericanos
que intentaban llegar a Los Ángeles y San Francisco.
Viaje al fondo de las tinieblas
En 1983, el escritor Joseph Wambaugh
publicó Líneas y sombras, una novela del género
de no ficción que relata las vicisitudes de los diez agentes que
integraron la Fuerza Contra el Crimen en la Frontera. El libro describe
el apogeo y caída de los barfianos, al mismo tiempo que cuestiona
la política migratoria de Estados Unidos.
La contraportada de una edición
mexicana de 1985, de 30 mil ejemplares, consigna: “Al declinar el día,
cientos de hombres y mujeres indocumentados se reúnen en torno a
una fogata mientras sus hijos juegan. A la hora del crepúsculo,
cruzan en silencio la frontera. Es entonces cuando surgen las pandillas
de bandidos para robarlos y asesinarlos. Noche a noche... (los barfianos)
vestidos como los ilegales, se arrastran en la maleza y se mezclan con
hombres que huelen a suciedad y a muerte. Unidos por el temor y el peligro,
estos diez hombres operan en la tierra de nadie. Uno de ellos comenta:
«Al principio temíamos usar nuestras pistolas, aún
éramos policías normales. Pero no permanecimos así
por mucho tiempo»”.
Los protagonistas reales son Manny
López, Eddie Cervantes, Ernie Salgado, Fred Gil, Renee Camacho,
Tony Puente, Joe Castillo, Carlos Chacón, Robbie Hurt y Ken Kelly.
Tres de ellos habían sido marines durante la guerra de Vietnam.
El más “viejo” del grupo tenía 37 años; el resto no
había cumplido 30 años.
En 1988, la International Crime Writers
Association otorgó el Premio Rodolfo Walsh a Líneas y
sombras. Quizá sea de utilidad para los miembros del Servicio
de Inmigración y Naturalización una lectura detenida del
libro de Wambaugh. Sobre todo si se toma en cuenta que el autor fue policía
durante 14 años en California y publicó alrededor de 15 novelas
sobre temas criminales. Considerado “el Charles Dickens” de la novela policiaca,
el escritor también ha redactado guiones para el cine y la televisión.
Nacido en 1937, Wambaugh fue inspector
de policía en Los Ángeles de 1960 a 1974. Inició su
carrera literaria en 1970. Entre sus obras se cuentan Los chicos del
coro, Campo de cebollas, Los nuevos centuriones y Caballero
azul, todas adaptadas cinematográficamente, además de
La estrella delta, La cúpula brillante, Fugitivos
de la noche, Los secretos de Harry Bright, The Black Marble
y Finnegan's Week. El crítico literario Evan Hunter, de The
New York Times Review of Books, comentó: “Wambaugh es un escritor
de verdadera fuerza, estilo, ingenio y originalidad, que ha optado por
escribir acerca de la policía en particular como manera de expresar
sus opiniones sobre la sociedad en general”. Y la revista The New Yorker
lo definió como “un talento excepcional para la narración
sobresaliente”.
Los “barfianos”
La experiencia de Fuerza contra el
Robo a Extranjeros en la Frontera se llevó a cabo al inicio de los
gobiernos de James Carter y José López Portillo. Pete Wilson
estaba al frente de la alcaldía de San Diego. William Kollender,
quien se reivindicaba a sí mismo como “judío e irlandés”,
era el jefe de la policía de esa ciudad y la prensa local lo consideraba
un “progresista”.
Durante 18 meses, bajo las órdenes
del sargento Manuel Manny López, los barfianos se
enfrentaron con polleros, ladrones y violadores. En ciertas ocasiones,
se tirotearon con agentes de migración, policías municipales
y agentes judiciales de Tijuana que perseguían a “espaldas mojadas”
en suelo estadounidense. Mientras duró la experiencia de la Fuerza
Especial contra el Robo a Extranjeros en la Frontera, fueron golpeados
con palos, acuchillados y heridos de bala. Ellos, por su parte, también
vapulearon a sus adversarios y en por lo menos tres ocasiones causaron
muertes. Más de una vez, en sus alocadas persecuciones, atravesaron
la frontera y estuvieron a punto de provocar algún incidente internacional.
Al inicio de la experiencia, los
barfianos se sentían como “integrantes de una élite
dentro de una élite”. Se les consideraba como una moderna reencarnación
de la Ley del revólver, los últimos pistoleros–justicieros
al estilo de Pat Garrett y Wyatt Earp. Fueron “mimados” por los medios
de comunicación locales y envidiados por sus colegas. Fueron admirados
por una corte estable de peluqueras, maestras, meseras y enfermeras que
los seguían por todos lados. Fueron, lentamente, modificando sus
personalidades.
Con el transcurso del tiempo, sus
esposas, sus compañeros de la policía y ellos mismos comenzaron
a percibir ciertas alteraciones de conducta. Al regreso de sus agitadas
misiones nocturnas preferían reunirse en bares hasta la madrugada
en lugar de regresar a sus hogares. La mayoría comenzó a
beber, sufrir pesadillas y padecer crisis conyugales. Casi todos los agentes
especiales dormían durante el día. No se bañaban,
ni afeitaban. Usaban la misma ropa durante una semana y olían mal.
Se tornaron violentos, incluso entre ellos mismos, a pesar del vigoroso
espíritu de cuerpo que los vinculaba. Se sentían diferentes
e incomprendidos. Lo único que deseaban era la llegada del
crepúsculo para regresar a las hondonadas y cañones, para
volver a sentir las descargas de adrenalina.
Pero esas no fueron las únicas
consecuencias de sus operaciones encubiertas. Poco a poco, los barfianos
se fueron mimetizando emocionalmente con los pollos. Cuando veían
helicópteros o vehículos del Servicio de Inmigración
y Naturalización o de la Patrulla Fronteriza, huían junto
con los indocumentados en lugar de identificarse. En ocasiones, sintieron
deseos de disparar sus armas de fuego contra las propias autoridades estadounidenses.
“Somos los buenos. ¿Por
qué corremos?”
En uno de los capítulos de
Líneas y sombras hay un relato que resulta ilustrativo acerca
de la experiencia barfiana:
Renee Camacho quedó
profundamente afectado e incluso confundido. Todo parecía tan desesperanzado.
Se puso a pensar: ¿y qué si su abuela no se hubiera dejado
llevar por las tonterías de Pancho Villa y no hubiera emigrado al
Norte?
Miró a su alrededor, a las
mujeres con niños. A los hombres y las mujeres mayores que eran
incapaces de resistirse a la tentación de Estados Unidos. Contempló
al hombre a su lado y sintió vergüenza. Era débil, de
cabello despeinado y sin cortar. Olía mal, como todos los demás.
Nadie tenía maletas. Rara
vez llevaban bultos. Por sus conversaciones con ellos, Renee se dio cuenta
de algo sobrecogedor: en primer lugar, que eran los más valientes
de los pobres de México, simplemente por haber venido. En segundo
lugar, muy pocos querían viajar al Norte. Soñaban
con ganar suficiente dinero para regresar a su patria.
Algunos tenían dos o tres
dólares, nada más. Renee Camacho siempre decía que
nunca había conocido a uno que fuera malintencionado, y no dejó
de preguntarse: ¿cómo puede cualquiera tratar con
crueldad a estas personas?
Y después de eso, cuando encontraba
a inmigrantes ilegales a quienes se había despojado, apuñalado
o violado y aterrorizado, empezó a sentir lo mismo que ellos.
Y no era el único. Todos los de la Fuerza Contra el Robo en la Frontera
comenzaron a sentir la pobreza y el temor. Les producía dolores
raros en el estómago, descubrieron. Hacía que suspirasen
mucho. Finalmente los enfureció pero la ira no tenía sentido.
Ello les provocaba más dolores raros en el estómago.
Aun como grupo, empezaron a sucederles
cosas extrañas. Por ejemplo, cuando el helicóptero de la
Patrulla de la Frontera pasaba volando muy bajo sobre un grupo de inmigrantes
ilegales, a veces los barfianos también se echaban a correr,
aterrados.
–¿Qué estamos haciendo?
–vociferó Manny López una noche que hacían
precisamente eso, huir al igual que los ilegales–. ¿Por qué
corremos? –les preguntó, totalmente desconcertado–. Estamos armados
hasta los pinches dientes. Estamos en servicio. Somos los buenos. ¿Por
qué corremos?
Desde luego lo resolvieron sin consultar
a Lee Strasberg ni a la Asociación de Actores Cinematográficos.
Simplemente no resulta muy fácil para un actor entrar y salir del
papel. Entonces hablaban de cómo los inmigrantes ilegales se sentían
así todo el tiempo.
Manny les advertía:
–Está bien sentir pena por
ellos, pero acuérdense que todos los demás son canallas.
Su gobierno es corrupto. Sus tiras son corruptos. No confundan las cosas
o terminarán muertos.
Una vez, cuando se encontraban emprendiendo
el camino a los cañones a través de un cercado de alambre
de púas, los sorprendió una voz que detrás de ellos
pronunció:
–¡Está bien, cabrones!
¡Congélense!
La voz pertenecía a un patrullero
de la frontera que se había acercado furtivamente.
Lo extraño fue que alzaron
las manos y contestaron en español:
–¡Somos policías!
¡Somos policías!
Definitivamente estaban entregados
a sus papeles”.
En las últimas páginas
de Líneas y sombras, Wambaugh describe qué sucedió
al suspenderse la operación encubierta en la línea fronteriza.
El libro no tiene un final feliz:
El jefe de policía
trató de premiar a los barfianos creando un pequeño
destacamento no uniformado para ellos. Hubo que hacer una serie de ajustes
al paso de los meses, mientras realizaban un trabajo policiaco normal,
cuerdo y ordinario. Empezaron a ser víctimas de bastante contrariedad.
Varios de ellos parecían padecer diferentes clases de desilusión
y depresión basadas en no sabían qué.
Tenían la impresión
de haber sido traicionados. Habían formado parte de un grandioso
experimento. Un grupo de policías integrantes de una minoría
iban a demostrar a la mayoría blanca lo que eran capaces de hacer.
Pero la gente criticaba, en retrospectiva, muchas de las cosas que habían
hecho. Hasta ellos mismos comenzaron a preguntarse qué habían
logrado. Se decía que jamás se compondrían las relaciones
entre la policía de ambos lados de la frontera.
Cuando BARF fue suspendido, los voceros
gubernamentales declararon que se incrementaría la presencia de
los oficiales federales en la frontera. Este incremento nunca se concretó.
Incluso las buenas intenciones del
jefe de policía, al crear el destacamento especial, parecían
servir para una nueva separación de los barfianos, en lugar
de la integración en trabajos selectos con la que habían
soñado.
Más de uno afirmó:
“Nos sentíamos como hijos bastardos”
Quienes conocieron al “policía
bueno” Dick Snider a uno y otro lado de la frontera aseguran que era un
buen tipo lleno de intenciones positivas. Su final, entonces, fue triste.
No entró a la historia; pasó al olvido.
En abril de 1978, al finalizar el
experimento, ninguno de los barfianos volvió a ser el mismo.
Casi todos tuvieron dificultades para reintegrarse al trabajo policial
normal; algunos renunciaron e intentaron dedicarse a otra actividad. Otros
se divorciaron o fueron abandonados por sus esposas. En 1982, tres de ellos
fueron sometidos a tratamiento psiquiátrico: padecían crisis
depresivas y accesos de llanto. También evidenciaron tendencia al
suicidio. La frontera los había marcado para siempre.
Desde entonces, la sigla BARF adquirió
otro sentido: Beaners Are Really Fuckers. Es
decir, “los frijoleros están realmente jodidos”.
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