Roberto Bardini - rodelu.net
21 de Marzo de 2004
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La frontera
México-EE UU (V)*

Parias,
policías y pistoleros

Roberto Bardini

 
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A principios de abril de 2000, el diario mexicano La Jornada divulgó que el Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN) de Estados Unidos realizaba, desde hacía dos años, operaciones encubiertas para identificar a las bandas que trasladan indocumentados a territorio estadounidense. Un informe reveló en Washington que agentes del SIN se infiltraron en estas organizaciones e, inclusive, viajaron como “espaldas mojadas” o pollos desde Tijuana (Baja California) y Ciudad Juárez (Chihuahua).

El objetivo de los policías encubiertos era recabar datos sobre rutas utilizadas, destinos y eventuales complicidades de autoridades mexicanas y estadounidenses en el tráfico de seres humanos. Los agentes, según la información, “pasan por un riguroso examen de selección: son de origen mexicano, hablan español sin acento y conocen los modismos”. 

El SIN parecía desconocer, sin embargo, que más de dos décadas atrás el Departamento de Policía de San Diego había efectuado una experiencia similar que concluyó en un rotundo fracaso. Desde octubre de 1976 hasta abril de 1978, un grupo de policías californianos descendientes de mexicanos se camufló de “espaldas mojadas” y merodeó por las noches en la línea divisoria, con la intención de apresar a polleros y salteadores de caminos. En ese año y medio, un equipo de nueve patrulleros al mando de un sargento –todos vestidos como indigentes– deambuló por cañones desérticos en medio de alacranes, víboras de cascabel y coyotes, y recorrió distancias de hasta 16 kilómetros en zonas áridas, entre cactus, rocas y hondonadas, con temperaturas bajo cero. “Marchas de la muerte”, las denominaban.

Un policía bueno

La idea de crear un grupo comando fue del teniente Burl Richard Snider, un veterano de 50 años originario de la diminuta localidad de Silva (Arkansas), “una encrucijada borrada por el tiempo y los cartógrafos”. A lo largo de la mitad de su vida, Snider usó uniforme, placa y pistola hasta que fue promovido a investigador de civil. 

Su familia, compuesta por campesinos, acostumbraba a viajar a California a la búsqueda de trabajo, en una saga similar a la que John Steinbeck describió en Viñas de ira. En esas migraciones, el pequeño Dick se hizo amigo de niños mexicanos y, poco a poco, asimiló pedacitos de su idioma. Más tarde, estudió español en la escuela secundaria. A los 17 años se casó y durante tres años trabajó en los campos petrolíferos californianos, en los cuales nuevamente convivió con jóvenes mexicanos. 

Cuando ingresó a la academia de la Patrulla Fronteriza, en El Paso (Texas), las clases obligatorias de español le resultaron facilísimas. En su época de recluta, en la década de los 60, no había aspirantes de origen hispánico: él era el único que hablaba el idioma de los vecinos del sur. Una verdadera rareza, sobre todo si se toma en cuenta que, con su metro ochenta de estatura, tenía todo el aspecto de un cowboy blanco, anglosajón y protestante. Su primer destino fue la pequeña localidad de San Ysidro, al sur de San Diego, donde se sensibilizó con el problema de los trabajadores migrantes.

El grupo comando creado en octubre de 1976 se denominó Fuerza contra el Robo a Extranjeros en la Frontera (BARF, por sus siglas en inglés). Sus integrantes, conocidos como los barfianos, se unieron a indocumentados mexicanos y centroamericanos que intentaban llegar a Los Ángeles y San Francisco. 

Viaje al fondo de las tinieblas

En 1983, el escritor Joseph Wambaugh publicó Líneas y sombras, una novela del género de no ficción que relata las vicisitudes de los diez agentes que integraron la Fuerza Contra el Crimen en la Frontera. El libro describe el apogeo y caída de los barfianos, al mismo tiempo que cuestiona la política migratoria de Estados Unidos.

La contraportada de una edición mexicana de 1985, de 30 mil ejemplares, consigna: “Al declinar el día, cientos de hombres y mujeres indocumentados se reúnen en torno a una fogata mientras sus hijos juegan. A la hora del crepúsculo, cruzan en silencio la frontera. Es entonces cuando surgen las pandillas de bandidos para robarlos y asesinarlos. Noche a noche... (los barfianos) vestidos como los ilegales, se arrastran en la maleza y se mezclan con hombres que huelen a suciedad y a muerte. Unidos por el temor y el peligro, estos diez hombres operan en la tierra de nadie. Uno de ellos comenta: «Al principio temíamos usar nuestras pistolas, aún éramos policías normales. Pero no permanecimos así por mucho tiempo»”.

Los protagonistas reales son Manny López, Eddie Cervantes, Ernie Salgado, Fred Gil, Renee Camacho, Tony Puente, Joe Castillo, Carlos Chacón, Robbie Hurt y Ken Kelly. Tres de ellos habían sido marines durante la guerra de Vietnam. El más “viejo” del grupo tenía 37 años; el resto no había cumplido 30 años. 

En 1988, la International Crime Writers Association otorgó el Premio Rodolfo Walsh a Líneas y sombras. Quizá sea de utilidad para los miembros del Servicio de Inmigración y Naturalización una lectura detenida del libro de Wambaugh. Sobre todo si se toma en cuenta que el autor fue policía durante 14 años en California y publicó alrededor de 15 novelas sobre temas criminales. Considerado “el Charles Dickens” de la novela policiaca, el escritor también ha redactado guiones para el cine y la televisión. 

Nacido en 1937, Wambaugh fue inspector de policía en Los Ángeles de 1960 a 1974. Inició su carrera literaria en 1970. Entre sus obras se cuentan Los chicos del coro, Campo de cebollas, Los nuevos centuriones y Caballero azul, todas adaptadas cinematográficamente, además de La estrella delta, La cúpula brillante, Fugitivos de la noche, Los secretos de Harry Bright, The Black Marble y Finnegan's Week. El crítico literario Evan Hunter, de The New York Times Review of Books, comentó: “Wambaugh es un escritor de verdadera fuerza, estilo, ingenio y originalidad, que ha optado por escribir acerca de la policía en particular como manera de expresar sus opiniones sobre la sociedad en general”. Y la revista The New Yorker lo definió como “un talento excepcional para la narración sobresaliente”.

Los “barfianos”

La experiencia de Fuerza contra el Robo a Extranjeros en la Frontera se llevó a cabo al inicio de los gobiernos de James Carter y José López Portillo. Pete Wilson estaba al frente de la alcaldía de San Diego. William Kollender, quien se reivindicaba a sí mismo como “judío e irlandés”, era el jefe de la policía de esa ciudad y la prensa local lo consideraba un “progresista”. 

Durante 18 meses, bajo las órdenes del sargento Manuel Manny López, los barfianos se enfrentaron con polleros, ladrones y violadores. En ciertas ocasiones, se tirotearon con agentes de migración, policías municipales y agentes judiciales de Tijuana que perseguían a “espaldas mojadas” en suelo estadounidense. Mientras duró la experiencia de la Fuerza Especial contra el Robo a Extranjeros en la Frontera, fueron golpeados con palos, acuchillados y heridos de bala. Ellos, por su parte, también vapulearon a sus adversarios y en por lo menos tres ocasiones causaron muertes. Más de una vez, en sus alocadas persecuciones, atravesaron la frontera y estuvieron a punto de provocar algún incidente internacional. 

Al inicio de la experiencia, los barfianos se sentían como “integrantes de una élite dentro de una élite”. Se les consideraba como una moderna reencarnación de la Ley del revólver, los últimos pistoleros–justicieros al estilo de Pat Garrett y Wyatt Earp. Fueron “mimados” por los medios de comunicación locales y envidiados por sus colegas. Fueron admirados por una corte estable de peluqueras, maestras, meseras y enfermeras que los seguían por todos lados. Fueron, lentamente, modificando sus personalidades. 

Con el transcurso del tiempo, sus esposas, sus compañeros de la policía y ellos mismos comenzaron a percibir ciertas alteraciones de conducta. Al regreso de sus agitadas misiones nocturnas preferían reunirse en bares hasta la madrugada en lugar de regresar a sus hogares. La mayoría comenzó a beber, sufrir pesadillas y padecer crisis conyugales. Casi todos los agentes especiales dormían durante el día. No se bañaban, ni afeitaban. Usaban la misma ropa durante una semana y olían mal. Se tornaron violentos, incluso entre ellos mismos, a pesar del vigoroso espíritu de cuerpo que los vinculaba. Se sentían diferentes e incomprendidos. Lo único que deseaban era la llegada del crepúsculo para regresar a las hondonadas y cañones, para volver a sentir las descargas de adrenalina. 

Pero esas no fueron las únicas consecuencias de sus operaciones encubiertas. Poco a poco, los barfianos se fueron mimetizando emocionalmente con los pollos. Cuando veían helicópteros o vehículos del Servicio de Inmigración y Naturalización o de la Patrulla Fronteriza, huían junto con los indocumentados en lugar de identificarse. En ocasiones, sintieron deseos de disparar sus armas de fuego contra las propias autoridades estadounidenses.

“Somos los buenos. ¿Por qué corremos?”

En uno de los capítulos de Líneas y sombras hay un relato que resulta ilustrativo acerca de la experiencia barfiana:

Renee Camacho quedó profundamente afectado e incluso confundido. Todo parecía tan desesperanzado. Se puso a pensar: ¿y qué si su abuela no se hubiera dejado llevar por las tonterías de Pancho Villa y no hubiera emigrado al Norte?

Miró a su alrededor, a las mujeres con niños. A los hombres y las mujeres mayores que eran incapaces de resistirse a la tentación de Estados Unidos. Contempló al hombre a su lado y sintió vergüenza. Era débil, de cabello despeinado y sin cortar. Olía mal, como todos los demás.

Nadie tenía maletas. Rara vez llevaban bultos. Por sus conversaciones con ellos, Renee se dio cuenta de algo sobrecogedor: en primer lugar, que eran los más valientes de los pobres de México, simplemente por haber venido. En segundo lugar, muy pocos querían viajar al Norte. Soñaban con ganar suficiente dinero para regresar a su patria.

Algunos tenían dos o tres dólares, nada más. Renee Camacho siempre decía que nunca había conocido a uno que fuera malintencionado, y no dejó de preguntarse: ¿cómo puede cualquiera tratar con crueldad a estas personas?

Y después de eso, cuando encontraba a inmigrantes ilegales a quienes se había despojado, apuñalado o violado y aterrorizado, empezó a sentir lo mismo que ellos. Y no era el único. Todos los de la Fuerza Contra el Robo en la Frontera comenzaron a sentir la pobreza y el temor. Les producía dolores raros en el estómago, descubrieron. Hacía que suspirasen mucho. Finalmente los enfureció pero la ira no tenía sentido. Ello les provocaba más dolores raros en el estómago.

Aun como grupo, empezaron a sucederles cosas extrañas. Por ejemplo, cuando el helicóptero de la Patrulla de la Frontera pasaba volando muy bajo sobre un grupo de inmigrantes ilegales, a veces los barfianos también se echaban a correr, aterrados.

–¿Qué estamos haciendo? –vociferó Manny López una noche que hacían precisamente eso, huir al igual que los ilegales–. ¿Por qué corremos? –les preguntó, totalmente desconcertado–. Estamos armados hasta los pinches dientes. Estamos en servicio. Somos los buenos. ¿Por qué corremos?

Desde luego lo resolvieron sin consultar a Lee Strasberg ni a la Asociación de Actores Cinematográficos. Simplemente no resulta muy fácil para un actor entrar y salir del papel. Entonces hablaban de cómo los inmigrantes ilegales se sentían así todo el tiempo. 

Manny les advertía: 

–Está bien sentir pena por ellos, pero acuérdense que todos los demás son canallas. Su gobierno es corrupto. Sus tiras son corruptos. No confundan las cosas o terminarán muertos. 

Una vez, cuando se encontraban emprendiendo el camino a los cañones a través de un cercado de alambre de púas, los sorprendió una voz que detrás de ellos pronunció: 

–¡Está bien, cabrones! ¡Congélense! 

La voz pertenecía a un patrullero de la frontera que se había acercado furtivamente. 

Lo extraño fue que alzaron las manos y contestaron en español:

¡Somos policías! ¡Somos policías!

Definitivamente estaban entregados a sus papeles”.

En las últimas páginas de Líneas y sombras, Wambaugh describe qué sucedió al suspenderse la operación encubierta en la línea fronteriza. El libro no tiene un final feliz:
El jefe de policía trató de premiar a los barfianos creando un pequeño destacamento no uniformado para ellos. Hubo que hacer una serie de ajustes al paso de los meses, mientras realizaban un trabajo policiaco normal, cuerdo y ordinario. Empezaron a ser víctimas de bastante contrariedad. Varios de ellos parecían padecer diferentes clases de desilusión y depresión basadas en no sabían qué.

Tenían la impresión de haber sido traicionados. Habían formado parte de un grandioso experimento. Un grupo de policías integrantes de una minoría iban a demostrar a la mayoría blanca lo que eran capaces de hacer. Pero la gente criticaba, en retrospectiva, muchas de las cosas que habían hecho. Hasta ellos mismos comenzaron a preguntarse qué habían logrado. Se decía que jamás se compondrían las relaciones entre la policía de ambos lados de la frontera.

Cuando BARF fue suspendido, los voceros gubernamentales declararon que se incrementaría la presencia de los oficiales federales en la frontera. Este incremento nunca se concretó. 

Incluso las buenas intenciones del jefe de policía, al crear el destacamento especial, parecían servir para una nueva separación de los barfianos, en lugar de la integración en trabajos selectos con la que habían soñado. 

Más de uno afirmó: “Nos sentíamos como hijos bastardos”

Quienes conocieron al “policía bueno” Dick Snider a uno y otro lado de la frontera aseguran que era un buen tipo lleno de intenciones positivas. Su final, entonces, fue triste. No entró a la historia; pasó al olvido. 

En abril de 1978, al finalizar el experimento, ninguno de los barfianos volvió a ser el mismo. Casi todos tuvieron dificultades para reintegrarse al trabajo policial normal; algunos renunciaron e intentaron dedicarse a otra actividad. Otros se divorciaron o fueron abandonados por sus esposas. En 1982, tres de ellos fueron sometidos a tratamiento psiquiátrico: padecían crisis depresivas y accesos de llanto. También evidenciaron tendencia al suicidio. La frontera los había marcado para siempre. 

Desde entonces, la sigla BARF adquirió otro sentido: Beaners Are Really Fuckers. Es decir, “los frijoleros están realmente jodidos”.

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* Quinto de una serie de seis artículos

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