Roberto Bardini - rodelu.net
5 de April de 2004
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La frontera
México-EE UU (VI)* 

Un hombre
de “la línea”

Roberto Bardini

 
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El antropólogo social Víctor Clark Alfaro no usa sombrero texano, gafas oscuras, botas vaqueras. Tampoco exhibe cadena al cuello, pulsera en la muñeca, anillo al dedo. No se desplaza en una camioneta último modelo, con música a todo volumen. Nadie le ha compuesto un corrido.

Sin embargo, no hay que equivocarse por esta impresión a primera vista: el director del Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana, es un auténtico hombre de la frontera. Quizá nunca figure en la historia oficial como pionero, explorador, colonizador o aventurero porque no exterminó indígenas, ni mexicanos. Al contrario, los protegió. Y, además, jamás fue “punta de lanza” de tropas militares o fuerzas policiales sino que enfrentó a las autoridades de uno y otro lado de “la línea”.

Clark Alfaro podría pasar por un  discreto monje franciscano al estilo de El nombre de la rosa o un maestro universitario amante de las abstracciones filosóficas. Y algo de eso hay: en su juventud, estudió casi tres años para convertirse en sacerdote pero abandonó los claustros porque carecía de vocación para el celibato. Luego, se dedicó a obtener licenciaturas, maestrías y doctorados. Ahora está casado y tiene dos pequeños hijos.

Desde 1981, Clark Alfaro es  profesor en las universidades de Baja California y de San Diego. También es articulista del diario La Opinión, de Los Ángeles, y de la agencia Pacific News Service. Es autor, además, de una gran cantidad de ensayos, que incluyen estudios sobre la migración de indígenas mixtecos y la influencia de sectas religiosas en la región fronteriza.

“Quiero participar en la transformación de México”, afirma. “Trato de mantener un equilibrio entre el mundo académico y el activismo por los derechos humanos. Muchos profesores universitarios no tienen el más mínimo compromiso social y se pasan todo el tiempo frente a una computadora, encerrados en sus cubículos”.

A diferencia de ellos, Clark Alfaro apaga su computadora todas las tardes, cierra con llave su oficina y se pierde en calles oscuras que harían temblar de miedo a más de un matón. Muchas veces, regresa por la noche a su casa, sorprendido de permanecer vivo. Su labor, en realidad, no parece la de un investigador universitario sino la de un solitario detective privado surgido de la imaginación de Dashiel Hammett.

Metódico, vegetariano y “yogadicto”

Los últimos veinte años –de los 49 que el antropólogo tiene de vida– han sido para él una continua zozobra, muy alejada de los cubículos académicos y más cercana a la crónica policial: denunció hechos de corrupción del gobierno de Baja California, documentó casos de tortura, puso en entredicho a la Policía Judicial del estado, señaló a los carteles de la droga y reveló la existencia de traficantes de armas a ambos lados de la frontera. Estos hechos le significaron amenazas, seguimientos, colocación de micrófonos en su oficina, dos intentos de atentado y, en una oportunidad, un corto exilio en San Diego.

Cuesta creerlo, observándolo detrás de su escritorio –con sus gruesas gafas, su espesa barba de sacerdote y su voz sin alteraciones– pero su labor como activista de derechos humanos no concluye ahí: es un permanente defensor de los trabajadores indocumentados que pasan a Estados Unidos y en varias ocasiones indicó con nombre y apellido a funcionarios de migración corruptos, lo que derivó en nuevas amenazas y persecuciones.

Todavía hay más: este hombre de ademanes tranquilos que recuerda vagamente al actor estadunidense Dustin Hoffman, también se dedicó a organizar en Tijuana a las vendedoras ambulantes indígenas de origen mixteco (las marías), a las prostitutas (las magdalenas) y a los reclusos de la Penitenciaría (los barrabás).

Acompañé a Clark Alfaro durante dos intensas semanas de lo que él llama su “trabajo de campo” o “rutina antropológica”: fue una azarosa inmersión en el sórdido bajo mundo de la frontera, que incluyó a trabajadoras sexuales, ex delincuentes, migrantes ilegales, coyotes e informantes policiales, y que logró que los textos duros de Raymond Chandler parecieran cuentos para niños.

Al término del periplo, que provocó varias descargas de adrenalina, la primera pregunta fue casi inevitable: ¿cómo diablos hace para mantener esta “rutina” todo el tiempo? “Soy metódico, vegetariano y yogadicto”, fue la respuesta. “Hace casi 30 años que practico yoga y tengo una gran tranquilidad espiritual”. 

De remate, Clark Alfaro también es artesano. Con papel, tela, madera, cuero y pintura acrílica, el antropólogo crea coloridas máscaras que expone en la Casa de la Cultura de Tijuana. “Es un hobby que me hace feliz”, dice con la expresión de un jesuita florentino del Renacimiento.

Los “polleros”

En noviembre de 1986 Víctor Clark Alfaro se vio obligado a exiliarse en San Diego. En enero del año siguiente regresó a Tijuana y fundó el Centro Binacional de Derechos Humanos. Fue el primer organismo del norte del país en utilizar la denominación “derechos humanos”. La oficina se dedicó a la protección de los indígenas mixtecos, la denuncia de casos de tortura y la defensa de los trabajadores migrantes.

“Como antropólogo tengo mucha curiosidad sobre los fenómenos fronterizos y, a pesar de que soy de Tijuana, todavía me sorprende mucho lo que sucede por aquí”, afirma. 

A fines de los 80 comenzó a vincularse con un grupo de quince polleros o coyotes, los contrabandistas que introducen ilegalmente mexicanos a Estados Unidos. “Con el tiempo, desarrollé amistad con ellos”, cuenta. “Fueron de gran utilidad en la defensa de los migrantes porque ellos saben las violaciones que cometen las autoridades y conocen a los policías que extorsionan o maltratan a los indocumentados”. 

El investigador universitario está convencido de que, en cierta forma, “los buenos polleros contribuyen con sus informes a la causa de los derechos humanos”. Confía más en los informes de los contrabandistas de personas que en los datos de instituciones académicas como El Colegio de la Frontera Norte. 

“Los académicos hacen estudios sobre la migración sentados frente a una computadora”, reitera. “Por mi formación de antropólogo, yo prefiero el trabajo de campo”. 

No es alarde. Asistí a varias de las clases que Clark Alfaro dicta para la Universidad Estatal de San Diego en la zona fronteriza, a las que lleva a sus alumnos estadunidenses a la zona roja para que entrevisten a coyotes y prostitutas. 

Policías y delincuentes

A fines de 1989, 200 internos de la penitenciaría de Tijuana, conocida como El Pueblito, iniciaron en huelga de hambre en protesta contra la Policía Judicial Federal, que había torturado a una gran cantidad de presos. Uno de ellos llamó por teléfono a la oficina de Víctor Clark Alfaro y le pidió que fuera a apoyarlos. 

“Yo nunca había entrado a la cárcel y fue una experiencia muy impresionante”, relata. “El penal tenía una población extraordinaria en una hectárea. Ahora es una hectárea y media. A partir de ese día, comencé a visitar la penitenciaría durante cinco años”. 

A principios de 1990, el profesor universitario ya había establecido relaciones de diálogo con narcotraficantes y delincuentes de renombre, con malvivientes de poca importancia y con inocentes encerrados injustamente. 

Clark Alfaro les propuso que se organizaran como grupo de derechos humanos. Por esas fechas,  ingresó a la penitenciaría Rubén Oropeza Hurtado, un detenido que había sido torturado por la Policía Federal. Tuvieron que extirparle los intestinos y murió a los dos meses. Eso apresuró la creación del Centro Binacional de Derechos Humanos Rubén Oropeza Hurtado – Sección Penitenciaria. 

“El grupo, compuesto por entre quince y veinte muchachos, estaba dirigido por un preso que había sido comandante de la Policía Judicial Federal y que en el pasado había sido torturador, así que conocía perfectamente de qué se trataba el asunto, sabía quién mentía y quién decía la verdad”, recuerda. 

En l992 presentaron un informe que documentaba los casos de tortura y que sirvió, según Clark Alfaro, para que los apremios ilegales se cuestionaran públicamente. “Hoy, afortunadamente, todos los integrantes del grupo inicial están en libertad”, expresa.

El penal tenía en l994 una población de dos mil 200 reclusos, mientras que su capacidad era para 600. Las autoridades hicieron una ampliación para albergar a mil 500 presos más. La semana pasada el antropólogo fue a visitar la cárcel y se enteró que la población era de 6 mil internos.

“Para mí fue un privilegio conocer ese mundo”, dice. “Hoy, muchos delincuentes y ex delincuentes que están en las calles, me conocen. Cuando voy a la zona de tolerancia a hacer trabajo de campo, siempre me cruzo con alguien a quien traté en el penal en el pasado”.

En la actualidad, el académico tijuanense cuenta con una red informal de ex presidiarios que actúan como “fuentes” o informantes y lo tienen al tanto de las novedades en el penal, en el ámbito policial o en el submundo de la delincuencia.

Tráfico de armas

Clark Alfaro asegura que en la frontera norte existen diferentes carteles, especializados en drogas, contrabando de migrantes ilegales, delincuencia organizada y robo de vehículos. Pero hay otro grupo, muy poderoso y que actúa en las sombras, al que todavía nadie ha etiquetado como “cartel”: el del tráfico de armas. 

“Se sabe que desde los estados norteamericanos fronterizos ingresan armas a nuestro país”, comenta. “También se sabe que hay venta y distribución ilegal pero nadie lo menciona por su nombre y apellido. Ninguna autoridad, ni mexicana ni estadounidense, ha dicho nada hasta ahora”. 

El antropólogo explica que hay armas que vienen de China por mar, vía California: “Hace tres años agentes norteamericanos decomisaron un importante cargamento en Long Beach, cerca de San Diego; hace siete, se encontró en Tijuana un cargamento oculto en una casa de seguridad, custodiada por un policía municipal”. 

Sus informantes le han dicho que a México también entran por el sur armas de diversos orígenes, incluyendo el excedente de la guerra en Centroamérica en los 80, sobre todo las que se utilizaron en Nicaragua y El Salvador.

“En el bajo mundo se sabe que el mercado negro ingresa armas a México destinadas al crimen organizado más que a los grupos guerrilleros, pero es curioso que las autoridades no hablen del tema”, dice. 

El estudioso calcula que el 30 por ciento de los habitantes de Tijuana está armado. Si se parte del dato que la ciudad tiene casi dos millones de pobladores, se trata de alrededor de 600 mil personas.”Aquí se consiguen armas en cualquier lado”, afirma.

Las “magdalenas”

En 1992, un grupo de trabajadoras sexuales llegó al Centro Binacional de Derechos Humanos a presentar quejas contra la Policía Municipal, que las extorsionaba y les pedía favores sexuales con la amenaza de encarcelarlas. Ellas trabajan en los prostíbulos de la zona norte de Tijuana, en la zona de tolerancia conocida como La Coahuila

Clark Alfaro documentó en una semana y media 75 casos de acoso, acompañó a las muchachas a entrevistarse con un atónito presidente municipal y les propuso crear una asociación. Convocaron a una conferencia de prensa en la que anunciaron la fundación de una asociación civil para defender sus derechos y realizaron una manifestación por las calles de Tijuana. 

Las autoridades y la sociedad se quedaron boquiabiertos. Fue la primera vez que un grupo de trabajadoras sexuales se manifestó en la ciudad. Y de remate, encabezadas por un serio académico con aspecto de monje. 

La Vanguardia de Mujeres Libres “María Magdalena” está integrada por alrededor de 75 muchachas. Clark Alfaro aclara que representan una mínima parte de las prostitutas de Tijuana, que son alrededor de dos mil.

“Como en muchos países de América latina, las tres alternativas que tienen las mujeres como ellas –campesinas sin experiencia urbana, analfabetas o con primaria incompleta– son el servicio doméstico a 50 dólares la semana, la maquila también por 50 dólares la semana y, la más dramática, la prostitución, con ingresos más altos”, explica el antropólogo. 

Las trabajadoras sexuales vienen fundamentalmente de Tlaxcala, Puebla, Veracruz y Guerrero. Todas son de origen rural y tienen entre 18 y 25 años. Los principales clientes de la zona roja de Tijuana son habitantes locales, trabajadores migrantes y alrededor de un 20 por ciento de turistas, clientes de fin de semana que vienen a comprar sexo barato a 20 dólares.

Clark Alfaro asegura que por su extracción campesina, curiosamente, ellas tienen “un perfil muy católico y conservador, lo que suena contradictorio para quienes no conocen este mundo: no son adictas al alcohol ni a las drogas”. 

“Las autoridades dicen que la prostitución está disminuyendo pero nosotros pensamos lo contrario”, dice. “Ellas calculan que a la zona de tolerancia llegan entre dos y tres muchachas por semana, y en cada reunión aparecen nuevas integrantes”.

La Vanguardia de Mujeres Libres “María Magdalena” desarrolla cursos y talleres de educación sexual e higiene. Han invitado a muchos funcionarios municipales, estatales y federales a las reuniones que  hacen todos los miércoles para que ellos se den cuenta de que se trata de una organización seria, con proyectos. 

“Para ellas significó que se dieran cuenta que no eran simples objetos sexuales paradas en las esquinas, sino que eran ciudadanas con derechos”, afirma el asesor sui generis. “Hoy  la Policía Municipal lo piensa dos veces antes de extorsionarlas. Las trabajadoras sexuales lograron algo que todavía no han conseguido otros sectores marginales, como los polleros y los niños de la calle.”.

El profesor de origen católico apunta que, al igual que otros “seres mitológicos” de la frontera, muchas de estas mujeres se han ido convirtiendo en “figuras importantes en las biografías de muchos migrantes”. 

El ex seminarista católico cumple años en abril. Todos los años, ellas le festejan el aniversario con mariachis. 

Los mixtecos y las “marías”

Clark Alfaro también es asesor del Frente Indígena Oaxaqueño Binacional en el tema de los derechos humanos. Su interés inicial, como antropólogo, fueron los migrantes mixtecos en la frontera y realizó muchos estudios sobre esta comunidad. 

“Se trata de una migración que viene de la Mixteca Alta y de la Mixteca Baja, en el estado de Oaxaca, aunque en los últimos años también han aparecido mixtecos de Puebla y de Guerrero”, explica.

Comenta que a fines de los 50 comenzaron a llegar a la frontera los primeros grupos y aparecieron en la avenida Revolución, la principal de la zona turística. A partir de los 70, comenzó la migración masiva. 

“En esos años, la agroindustria del tomate y la fresa descubrió una mano de obra distinta a la que tradicionalmente contrataba: los indígenas, que eran más fáciles de explotar” dice. “Venían de zonas miserables de Oaxaca, no tenían experiencia urbana y estaban desesperados por encontrar un empleo”.

“El tomate y la fresa, que son productos de exportación, provocan esta corriente migratoria. Los indígenas llegan al norte, descubren Estados Unidos y comienzan a cruzar. Así se van formando enclaves mixtecos en California. Ya hay indígenas urbanos y mixtecos nacidos en Baja California”. 

El grueso de los mixtecos –alrededor de 12 mil– está en el Valle de San Quintín, a cuatro horas de Tijuana por carretera, que es la zona agrícola más importante en el estado por la producción de tomate. Es la hortaliza de más calidad en el mercado internacional: actualmente reporta 74 millones de dólares anuales. 

En Tijuana viven cerca de diez  mil mixtecos. También están en el condado norte de San Diego, en California. Clark Alfaro estima que la población mixteca en este estado oscila entre 50 mil y 75 mil personas. “No hablan inglés, ni siquiera español, y no conocen sus derechos”, cuenta. “Les pagan menos del salario mínimo y son discriminados por los otros mexicanos”.

El  antropólogo también es asesor de una organización de mujeres vendedoras ambulantes de origen mixteco, las mal llamadas marías. “Curiosamente, hay una vinculación entre las marías y las magdalenas aunque no se conocen entre ellas”, dice. “Ambas tienen origen campesino, son vecinas de calle, ofrecen sus servicios a los turistas –unas venden artesanías y otras rentan sus servicios sexuales– y son perseguidas por la autoridad y discriminadas por la sociedad”.

Clark Alfaro apunta que unas y otras tienen muchas similitudes y aunque por azares del destino son vecinas no se conocen entre ellas. “Intentaré reunirlas para que intercambien experiencias”, promete. Y sus promesas, como ya se sabe en Tijuana, son prácticamente un hecho.

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* Último de una serie de seis artículos

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