La
frontera
México-EE
UU (VI)*
Un hombre
de “la
línea”
Roberto
Bardini
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El antropólogo
social Víctor Clark Alfaro no usa sombrero texano, gafas oscuras,
botas vaqueras. Tampoco exhibe cadena al cuello, pulsera en la muñeca,
anillo al dedo. No se desplaza en una camioneta último modelo, con
música a todo volumen. Nadie le ha compuesto un corrido.
Sin embargo, no hay que equivocarse
por esta impresión a primera vista: el director del Centro Binacional
de Derechos Humanos de Tijuana, es un auténtico hombre de la frontera.
Quizá nunca figure en la historia oficial como pionero, explorador,
colonizador o aventurero porque no exterminó indígenas, ni
mexicanos. Al contrario, los protegió. Y, además, jamás
fue “punta de lanza” de tropas militares o fuerzas policiales sino que
enfrentó a las autoridades de uno y otro lado de “la línea”.
Clark Alfaro podría pasar
por un discreto monje franciscano al estilo de El nombre de la
rosa o un maestro universitario amante de las abstracciones filosóficas.
Y algo de eso hay: en su juventud, estudió casi tres años
para convertirse en sacerdote pero abandonó los claustros porque
carecía de vocación para el celibato. Luego, se dedicó
a obtener licenciaturas, maestrías y doctorados. Ahora está
casado y tiene dos pequeños hijos.
Desde 1981, Clark Alfaro es
profesor en las universidades de Baja California y de San Diego. También
es articulista del diario La Opinión, de Los Ángeles,
y de la agencia Pacific News Service. Es autor, además, de una gran
cantidad de ensayos, que incluyen estudios sobre la migración de
indígenas mixtecos y la influencia de sectas religiosas en la región
fronteriza.
“Quiero participar en la transformación
de México”, afirma. “Trato de mantener un equilibrio entre el mundo
académico y el activismo por los derechos humanos. Muchos profesores
universitarios no tienen el más mínimo compromiso social
y se pasan todo el tiempo frente a una computadora, encerrados en sus cubículos”.
A diferencia de ellos, Clark Alfaro
apaga su computadora todas las tardes, cierra con llave su oficina y se
pierde en calles oscuras que harían temblar de miedo a más
de un matón. Muchas veces, regresa por la noche a su casa, sorprendido
de permanecer vivo. Su labor, en realidad, no parece la de un investigador
universitario sino la de un solitario detective privado surgido de la imaginación
de Dashiel Hammett.
Metódico, vegetariano y
“yogadicto”
Los últimos veinte años
–de los 49 que el antropólogo tiene de vida– han sido para él
una continua zozobra, muy alejada de los cubículos académicos
y más cercana a la crónica policial: denunció hechos
de corrupción del gobierno de Baja California, documentó
casos de tortura, puso en entredicho a la Policía Judicial del estado,
señaló a los carteles de la droga y reveló la existencia
de traficantes de armas a ambos lados de la frontera. Estos hechos le significaron
amenazas, seguimientos, colocación de micrófonos en su oficina,
dos intentos de atentado y, en una oportunidad, un corto exilio en San
Diego.
Cuesta creerlo, observándolo
detrás de su escritorio –con sus gruesas gafas, su espesa barba
de sacerdote y su voz sin alteraciones– pero su labor como activista de
derechos humanos no concluye ahí: es un permanente defensor de los
trabajadores indocumentados que pasan a Estados Unidos y en varias ocasiones
indicó con nombre y apellido a funcionarios de migración
corruptos, lo que derivó en nuevas amenazas y persecuciones.
Todavía hay más: este
hombre de ademanes tranquilos que recuerda vagamente al actor estadunidense
Dustin Hoffman, también se dedicó a organizar en Tijuana
a las vendedoras ambulantes indígenas de origen mixteco (las marías),
a las prostitutas (las magdalenas) y a los reclusos de la Penitenciaría
(los barrabás).
Acompañé a Clark Alfaro
durante dos intensas semanas de lo que él llama su “trabajo de campo”
o “rutina antropológica”: fue una azarosa inmersión en el
sórdido bajo mundo de la frontera, que incluyó a trabajadoras
sexuales, ex delincuentes, migrantes ilegales, coyotes e informantes
policiales, y que logró que los textos duros de Raymond Chandler
parecieran cuentos para niños.
Al término del periplo, que
provocó varias descargas de adrenalina, la primera pregunta fue
casi inevitable: ¿cómo diablos hace para mantener esta “rutina”
todo el tiempo? “Soy metódico, vegetariano y yogadicto”,
fue la respuesta. “Hace casi 30 años que practico yoga y tengo una
gran tranquilidad espiritual”.
De remate, Clark Alfaro también
es artesano. Con papel, tela, madera, cuero y pintura acrílica,
el antropólogo crea coloridas máscaras que expone en la Casa
de la Cultura de Tijuana. “Es un hobby que me hace feliz”, dice con la
expresión de un jesuita florentino del Renacimiento.
Los “polleros”
En noviembre de 1986 Víctor
Clark Alfaro se vio obligado a exiliarse en San Diego. En enero del año
siguiente regresó a Tijuana y fundó el Centro Binacional
de Derechos Humanos. Fue el primer organismo del norte del país
en utilizar la denominación “derechos humanos”. La oficina se dedicó
a la protección de los indígenas mixtecos, la denuncia de
casos de tortura y la defensa de los trabajadores migrantes.
“Como antropólogo tengo mucha
curiosidad sobre los fenómenos fronterizos y, a pesar de que soy
de Tijuana, todavía me sorprende mucho lo que sucede por aquí”,
afirma.
A fines de los 80 comenzó
a vincularse con un grupo de quince polleros o coyotes, los
contrabandistas que introducen ilegalmente mexicanos a Estados Unidos.
“Con el tiempo, desarrollé amistad con ellos”, cuenta. “Fueron de
gran utilidad en la defensa de los migrantes porque ellos saben las violaciones
que cometen las autoridades y conocen a los policías que extorsionan
o maltratan a los indocumentados”.
El investigador universitario está
convencido de que, en cierta forma, “los buenos polleros contribuyen
con sus informes a la causa de los derechos humanos”. Confía más
en los informes de los contrabandistas de personas que en los datos de
instituciones académicas como El Colegio de la Frontera Norte.
“Los académicos hacen estudios
sobre la migración sentados frente a una computadora”, reitera.
“Por mi formación de antropólogo, yo prefiero el trabajo
de campo”.
No es alarde. Asistí a varias
de las clases que Clark Alfaro dicta para la Universidad Estatal de San
Diego en la zona fronteriza, a las que lleva a sus alumnos estadunidenses
a la zona roja para que entrevisten a coyotes y prostitutas.
Policías y delincuentes
A fines de 1989, 200 internos de
la penitenciaría de Tijuana, conocida como El Pueblito, iniciaron
en huelga de hambre en protesta contra la Policía Judicial Federal,
que había torturado a una gran cantidad de presos. Uno de ellos
llamó por teléfono a la oficina de Víctor Clark Alfaro
y le pidió que fuera a apoyarlos.
“Yo nunca había entrado a
la cárcel y fue una experiencia muy impresionante”, relata. “El
penal tenía una población extraordinaria en una hectárea.
Ahora es una hectárea y media. A partir de ese día, comencé
a visitar la penitenciaría durante cinco años”.
A principios de 1990, el profesor
universitario ya había establecido relaciones de diálogo
con narcotraficantes y delincuentes de renombre, con malvivientes de poca
importancia y con inocentes encerrados injustamente.
Clark Alfaro les propuso que se organizaran
como grupo de derechos humanos. Por esas fechas, ingresó a
la penitenciaría Rubén Oropeza Hurtado, un detenido que había
sido torturado por la Policía Federal. Tuvieron que extirparle los
intestinos y murió a los dos meses. Eso apresuró la creación
del Centro Binacional de Derechos Humanos Rubén Oropeza Hurtado
– Sección Penitenciaria.
“El grupo, compuesto por entre quince
y veinte muchachos, estaba dirigido por un preso que había sido
comandante de la Policía Judicial Federal y que en el pasado había
sido torturador, así que conocía perfectamente de qué
se trataba el asunto, sabía quién mentía y quién
decía la verdad”, recuerda.
En l992 presentaron un informe que
documentaba los casos de tortura y que sirvió, según Clark
Alfaro, para que los apremios ilegales se cuestionaran públicamente.
“Hoy, afortunadamente, todos los integrantes del grupo inicial están
en libertad”, expresa.
El penal tenía en l994 una
población de dos mil 200 reclusos, mientras que su capacidad era
para 600. Las autoridades hicieron una ampliación para albergar
a mil 500 presos más. La semana pasada el antropólogo fue
a visitar la cárcel y se enteró que la población era
de 6 mil internos.
“Para mí fue un privilegio
conocer ese mundo”, dice. “Hoy, muchos delincuentes y ex delincuentes que
están en las calles, me conocen. Cuando voy a la zona de tolerancia
a hacer trabajo de campo, siempre me cruzo con alguien a quien traté
en el penal en el pasado”.
En la actualidad, el académico
tijuanense cuenta con una red informal de ex presidiarios que actúan
como “fuentes” o informantes y lo tienen al tanto de las novedades en el
penal, en el ámbito policial o en el submundo de la delincuencia.
Tráfico de armas
Clark Alfaro asegura que en la frontera
norte existen diferentes carteles, especializados en drogas, contrabando
de migrantes ilegales, delincuencia organizada y robo de vehículos.
Pero hay otro grupo, muy poderoso y que actúa en las sombras, al
que todavía nadie ha etiquetado como “cartel”: el del tráfico
de armas.
“Se sabe que desde los estados norteamericanos
fronterizos ingresan armas a nuestro país”, comenta. “También
se sabe que hay venta y distribución ilegal pero nadie lo menciona
por su nombre y apellido. Ninguna autoridad, ni mexicana ni estadounidense,
ha dicho nada hasta ahora”.
El antropólogo explica que
hay armas que vienen de China por mar, vía California: “Hace tres
años agentes norteamericanos decomisaron un importante cargamento
en Long Beach, cerca de San Diego; hace siete, se encontró en Tijuana
un cargamento oculto en una casa de seguridad, custodiada por un policía
municipal”.
Sus informantes le han dicho que
a México también entran por el sur armas de diversos orígenes,
incluyendo el excedente de la guerra en Centroamérica en los 80,
sobre todo las que se utilizaron en Nicaragua y El Salvador.
“En el bajo mundo se sabe que el
mercado negro ingresa armas a México destinadas al crimen organizado
más que a los grupos guerrilleros, pero es curioso que las autoridades
no hablen del tema”, dice.
El estudioso calcula que el 30 por
ciento de los habitantes de Tijuana está armado. Si se parte del
dato que la ciudad tiene casi dos millones de pobladores, se trata de alrededor
de 600 mil personas.”Aquí se consiguen armas en cualquier lado”,
afirma.
Las “magdalenas”
En 1992, un grupo de trabajadoras
sexuales llegó al Centro Binacional de Derechos Humanos a presentar
quejas contra la Policía Municipal, que las extorsionaba y les pedía
favores sexuales con la amenaza de encarcelarlas. Ellas trabajan en los
prostíbulos de la zona norte de Tijuana, en la zona de tolerancia
conocida como La Coahuila.
Clark Alfaro documentó en
una semana y media 75 casos de acoso, acompañó a las muchachas
a entrevistarse con un atónito presidente municipal y les propuso
crear una asociación. Convocaron a una conferencia de prensa en
la que anunciaron la fundación de una asociación civil para
defender sus derechos y realizaron una manifestación por las calles
de Tijuana.
Las autoridades y la sociedad se
quedaron boquiabiertos. Fue la primera vez que un grupo de trabajadoras
sexuales se manifestó en la ciudad. Y de remate, encabezadas por
un serio académico con aspecto de monje.
La Vanguardia de Mujeres Libres “María
Magdalena” está integrada por alrededor de 75 muchachas. Clark Alfaro
aclara que representan una mínima parte de las prostitutas de Tijuana,
que son alrededor de dos mil.
“Como en muchos países de
América latina, las tres alternativas que tienen las mujeres como
ellas –campesinas sin experiencia urbana, analfabetas o con primaria incompleta–
son el servicio doméstico a 50 dólares la semana, la maquila
también por 50 dólares la semana y, la más dramática,
la prostitución, con ingresos más altos”, explica el antropólogo.
Las trabajadoras sexuales vienen
fundamentalmente de Tlaxcala, Puebla, Veracruz y Guerrero. Todas son de
origen rural y tienen entre 18 y 25 años. Los principales clientes
de la zona roja de Tijuana son habitantes locales, trabajadores
migrantes y alrededor de un 20 por ciento de turistas, clientes de fin
de semana que vienen a comprar sexo barato a 20 dólares.
Clark Alfaro asegura que por su extracción
campesina, curiosamente, ellas tienen “un perfil muy católico y
conservador, lo que suena contradictorio para quienes no conocen este mundo:
no son adictas al alcohol ni a las drogas”.
“Las autoridades dicen que la prostitución
está disminuyendo pero nosotros pensamos lo contrario”, dice. “Ellas
calculan que a la zona de tolerancia llegan entre dos y tres muchachas
por semana, y en cada reunión aparecen nuevas integrantes”.
La Vanguardia de Mujeres Libres “María
Magdalena” desarrolla cursos y talleres de educación sexual e higiene.
Han invitado a muchos funcionarios municipales, estatales y federales a
las reuniones que hacen todos los miércoles para que ellos
se den cuenta de que se trata de una organización seria, con proyectos.
“Para ellas significó que
se dieran cuenta que no eran simples objetos sexuales paradas en las esquinas,
sino que eran ciudadanas con derechos”, afirma el asesor sui generis.
“Hoy la Policía Municipal lo piensa dos veces antes de extorsionarlas.
Las trabajadoras sexuales lograron algo que todavía no han conseguido
otros sectores marginales, como los polleros y los niños
de la calle.”.
El profesor de origen católico
apunta que, al igual que otros “seres mitológicos” de la frontera,
muchas de estas mujeres se han ido convirtiendo en “figuras importantes
en las biografías de muchos migrantes”.
El ex seminarista católico
cumple años en abril. Todos los años, ellas le festejan el
aniversario con mariachis.
Los mixtecos y las “marías”
Clark Alfaro también es asesor
del Frente Indígena Oaxaqueño Binacional en el tema de los
derechos humanos. Su interés inicial, como antropólogo, fueron
los migrantes mixtecos en la frontera y realizó muchos estudios
sobre esta comunidad.
“Se trata de una migración
que viene de la Mixteca Alta y de la Mixteca Baja, en el estado de Oaxaca,
aunque en los últimos años también han aparecido mixtecos
de Puebla y de Guerrero”, explica.
Comenta que a fines de los 50 comenzaron
a llegar a la frontera los primeros grupos y aparecieron en la avenida
Revolución, la principal de la zona turística. A partir de
los 70, comenzó la migración masiva.
“En esos años, la agroindustria
del tomate y la fresa descubrió una mano de obra distinta a la que
tradicionalmente contrataba: los indígenas, que eran más
fáciles de explotar” dice. “Venían de zonas miserables de
Oaxaca, no tenían experiencia urbana y estaban desesperados por
encontrar un empleo”.
“El tomate y la fresa, que son productos
de exportación, provocan esta corriente migratoria. Los indígenas
llegan al norte, descubren Estados Unidos y comienzan a cruzar. Así
se van formando enclaves mixtecos en California. Ya hay indígenas
urbanos y mixtecos nacidos en Baja California”.
El grueso de los mixtecos –alrededor
de 12 mil– está en el Valle de San Quintín, a cuatro horas
de Tijuana por carretera, que es la zona agrícola más importante
en el estado por la producción de tomate. Es la hortaliza de más
calidad en el mercado internacional: actualmente reporta 74 millones de
dólares anuales.
En Tijuana viven cerca de diez
mil mixtecos. También están en el condado norte de San Diego,
en California. Clark Alfaro estima que la población mixteca en este
estado oscila entre 50 mil y 75 mil personas. “No hablan inglés,
ni siquiera español, y no conocen sus derechos”, cuenta. “Les pagan
menos del salario mínimo y son discriminados por los otros mexicanos”.
El antropólogo también
es asesor de una organización de mujeres vendedoras ambulantes de
origen mixteco, las mal llamadas marías. “Curiosamente, hay
una vinculación entre las marías y las magdalenas
aunque no se conocen entre ellas”, dice. “Ambas tienen origen campesino,
son vecinas de calle, ofrecen sus servicios a los turistas –unas venden
artesanías y otras rentan sus servicios sexuales– y son perseguidas
por la autoridad y discriminadas por la sociedad”.
Clark Alfaro apunta que unas y otras
tienen muchas similitudes y aunque por azares del destino son vecinas no
se conocen entre ellas. “Intentaré reunirlas para que intercambien
experiencias”, promete. Y sus promesas, como ya se sabe en Tijuana, son
prácticamente un hecho.
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de seis artículos
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