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| Sudán,
infierno
en la Tierra
Roberto
Bardini
A fines del siglo XIX, África
encarnaba el primitivismo, el misterio y la aventura. Y también
el sueño de grandes riquezas para cualquiera que quisiera apoderarse
de ellas. Todo, claro está, en nombre de la civilización
y la supremacía blanca. |
Muchos
hombres notables, desde Rudyard Kipling hasta H. Rider Haggard, autor de
Las minas del rey Salomón y La guerra Zulú,
se sintieron atraídos por esas tierras. El corazón de
las tinieblas, novela de Joseph Conrad, está ambientada en el
curso superior del río Congo; en ese relato se inspiró Francis
Ford Coppola para hacer
Apocalypsis Now.
Ni
siquiera el precoz Arthur Rimbaud escapó a este influjo. En 1880,
a los 26 años de edad, abandonó la poesía para convertirse
en vendedor de café, marfil y piel de cocodrilo, traficante de armas
y mercader de esclavos. De regreso a Francia escribió: “Yo hubiera
podido morir en África, roído por el fango y la peste, con
el cuerpo lleno de gusanos y rodeado de desconocidos sin edad y sin sentimientos”.
Las
palabras del poeta parecen describir ese infierno en la Tierra llamado
Sudán, el país más grande del continente africano.
Con dos millones y medio de kilómetros cuadrados y alrededor de
33 millones de habitantes, la mortalidad infantil alcanza el 78 por ciento
y la esperanza de vida es de 53 años. Sólo el 37 por ciento
de la población sabe leer y escribir.
Las
principales causas de muerte son malaria, disentería, tuberculosis,
sida y desnutrición. En el castigado sur -205 mil kilómetros
cuadrados y cerca de siete millones de personas- los enviados de prensa
describen “larvas que salen de las llagas de los pies; dos clases de moscas
de picadura mortífera; un síndrome misterioso que provoca
convulsiones en los niños y retarda su crecimiento hasta matarlos”.
En esa región hay sólo tres cirujanos y un tenebroso récord:
la llamada “enfermedad del gusano de Guinea” -que prácticamente
desapareció del planeta- registra el 80 por ciento de casos en todo
el mundo.
Sin
embargo, Sudán es un país rico en recursos. Posee petróleo
y la ganadería supera los 50 millones de cabezas (bovina, caprina
y ovina). Cuenta con áreas fértiles bañadas por el
río Nilo, donde se cosecha algodón (principal cultivo, con
40 por ciento de las exportaciones), caña de azúcar, dátiles,
cacahuates, plátanos y sésamo.
Pero
la historia no ha sido generosa con este país. Primero padeció
a los árabes y turcos que llegaban a la búsqueda de esclavos.
Después, a los colonialistas europeos. Finalmente, a sus propios
dictadores y señores de la guerra.
Entre
1820 y 1822, Sudán fue conquistado por Egipto. A mediados del siglo
XIX, los británicos se interesaron en su importancia estratégica
para rutas comerciales a la India a través de recién abierto
Canal de Suez y para limitar la influencia francesa en África. En
1880, el país cayó bajo el control anglo-egipcio. Después
de la Segunda Guerra Mundial, Sudán fue causa de contiendas entre
Londres y El Cairo. En 1952, ambas naciones aprobaron un referéndum
sobre la independencia, que finalmente llegó en 1956.
Desde
entonces, Sudán sólo vivió siete fugaces años
de paz. Esa guerra olvidada entre el norte islámico y el sur no
musulmán dura cuatro décadas y ha causado, desde 1983, más
de un millón de muertos y casi tres millones de desplazados.
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Roberto Bardini
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