| Estados Unidos
El efecto
mariposa
Roberto
Bardini
En 1988, el escritor James Gleick
publicó Caos, libro en el que describe el asombroso “efecto mariposa”.
Esta cuestión, formulada en los años 60 por el meteorólogo
y matemático Edward Lorenz, del Massachusetts Institute of Technology,
forma parte de la llamada Teoría del Caos y trata de responder una
pregunta: “¿Puede el aleteo de una mariposa en Pekín provocar
cambios climáticos un mes después en Nueva York?”. |
. |
 |
Por razones
menos complejas, dentro de un mes unos pocos magnates determinarán
el rumbo político de Estados Unidos y, lo que es peor, de todo el
mundo. También serán responsables millones de escépticos
a quienes la política le resulta menos interesante que naufragar
en una isla en compañía de un clavo oxidado.
En Lo que saben de política
los estadounidenses y por qué es importante saberlo (Yale University
Press, 1996), Michael Delli Carpini y Scott Keeter analizan las respuestas
a 3 mil 700 preguntas formuladas a potenciales electores entre 1940 y 1994.
Los investigadores intentan evaluar cuánto saben los norteamericanos
acerca de su sistema político. Las conclusiones no son muy estimulantes.
En 1952, solamente 27 por ciento
podía mencionar dos ramas del gobierno. En 1970, apenas 24 por ciento
sabía quién era el secretario de Estado (equivalente a secretario
de Relaciones Exteriores y considerado el segundo funcionario más
importante después del primer mandatario). En 1988, sólo
47 por ciento podía ubicar Gran Bretaña en el mapa. Los entrevistados
sólo pudieron responder cuatro de cada diez preguntas relacionadas
con el gobierno.
Según varios estudios, hay
dos características que predominan en los procesos electorales de
Estados Unidos: el gran desembolso de dinero por parte de unos pocos y
la falta de participación de los muchos.
Son los accionistas de las grandes
empresas quienes negocian acuerdos con el candidato, financian la campaña
e influyen en el programa electoral. Luego, instalan a sus hombres en la
administración ganadora, dictan la política económica
y, desde luego, se dedican a hacer negocios.
A fines de abril de este año,
George W. Bush había recaudado 185 millones de dólares y
John Kerry había recolectado 180 millones. Ese dinero no procede
de colectas ciudadanas ni ahorros de simpatizantes. El 96 por ciento de
la población estadunidense no aporta ni un centavo a ningún
candidato, según revela Charles Lewis, director ejecutivo del Center
for Public Integrity, en su libro La compra del presidente 2004.
El mayor aporte económico
para las campañas presidenciales proviene del uno por ciento de
la población de Estados Unidos. Es decir, por millonarios, grandes
corporaciones y grupos de presión. En Estúpidos hombres
blancos, el cineasta Michael Moore asegura que cuando Bush junior se
enfrentó a Al Gore en las elecciones de noviembre de 2000, disponía
de 190 millones de dólares desembolsados por apenas 700 personas.
Como contrapartida, destaca la baja
participación electoral de los estadunidenses. En 1992, William
Clinton ganó la presidencia con 43 por ciento de los votos. En las
elecciones presidenciales de 1996, sólo 49 por ciento de los ciudadanos
asistió a las casillas. En los comicios de noviembre de 2000, la
afluencia de votantes no superó el 50 por ciento: más de
100 millones de votantes potenciales eligieron mantenerse alejados de las
urnas.
Si una mariposa que aletea en Pekín
puede provocar tiempo después cambios climáticos en Nueva
York, imagínense el desastre que pueden causar millones de apático
potenciales votantes, mascadores de chiclets, devoradores de hamburguesas
y bebedores de cerveza en lata, desinformados por la prensa e idiotizados
por la televisión.
©
Roberto Bardini
Copyright © 2003 Movimiento
Bambú
bambupress@iespana.es
Bambú Press está
contra lo «políticamente correcto», el «pensamiento
único» y la «globalización» impuesta desde
arriba. Está a favor de la ética, las relaciones fraternales
entre personas y la universalidad construida desde abajo. |