Johnny
Rambo Kerry
Roberto
Bardini
En
1982 se estrenó Rambo, primera película de una poco
creíble trilogía protagonizada por el aún menos creíble
Sylvester Stallone. La historia describía el traumático regreso
a Estados Unidos de un letal boina verde. La segunda (1985) tuvo
por escenario a Vietnam, y la tercera -filmada en 1988, en Yuma, Arizona,
y al interior de reservas indígenas de California- se desarrollaba
en Afganistán, entonces ocupado por tropas soviéticas.
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En
una escena de la última cinta, Rambo y su guía afgano están
en la cima de una montaña. Desde allí, el mujaidin le señala
la geografía árida del país y dice: “Alejandro El
Grande, Gengis Khan, Inglaterra y Rusia quisieron conquistarnos pero nunca
fuimos vencidos”. Y agrega: “Hay un antiguo proverbio que hicieron nuestros
enemigos: Dios nos libre del veneno de la cobra, el diente del tigre y
la venganza de un afgano”.
El
guía -cuyo rostro se parece al de Osama bin Laden en su juventud-
le explica al veterano de Vietnam que los guerreros afganos combaten en
la jihad (guerra santa) como una causa sagrada. Antes de salir al
combate, hacen un ritual colectivo para declararse muertos de antemano
porque luchan con la esperanza de encontrar a Dios y honrar a su patria
y al Islam. Rambo, emocionado, le agradece su apoyo y le manifiesta el
orgullo que significa para él estar en una tierra de guerreros “tan
valientes”.
Después,
como era previsible, los dos se van a pelear contra los invasores comunistas
y los exterminan sin piedad. En los créditos finales una leyenda
dice: “Esta película está dedicada a la valiente población
de Afganistán y a todos sus guerreros mujaidines, verdaderos héroes
de la libertad”.
Dieciséis
años después, Rambo III es una joya de involuntario
humor negro. Los “héroes de la libertad” de ayer, a partir de los
atentados del 11 de septiembre de 2001, son los terroristas de hoy.
El
penúltimo capítulo de esta nueva y horrorosa zaga por entregas
tuvo por protagonista a Osama bin Laden, con un mensaje transmitido por
la cadena de televisión Al Yazira, en el que amenaza con más
atentados. “Siguen existiendo razones para repetir lo que ya ocurrió”,
fue la advertencia del líder de Al Qaeda.
Y
fue el penúltimo capítulo porque el último tuvo por
actor principal al aristócrata bostoniano John Foster Kerry. El
candidato demócrata, quien se encontraba de campaña en Palm
Beach, Florida, reaccionó con un lenguaje al estilo Johnny Rambo.
Aseguró que si ganaba las elecciones, iba a “perseguir y destruir”
a Bin Laden. Como si fuera el personaje de una cinta de guerra, prometió:
“No retrocederé ante nadie para perseguir, capturar y matar a los
terroristas, dondequiera que estén, cueste lo que cueste”.
Es
posible que algún productor de Hollywood recoja la promesa, la reelabore
a través de un guión por encargo y la transforme en un nuevo
bodrio cinematográfico. Por lo pronto, ya existe una amenaza tan
terrorífica como la de Bin Laden: el 4 de mayo pasado, Silvestre
Stallone anunció en Alemania que piensa rodar una cuarta película
de Rambo.
©
Roberto Bardini
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