De
la Doctrina Monroe
a las
elecciones en Irak
Roberto
Bardini
Un famoso proverbio latino afirma:
Nihil sub sole novum nec valet quisquam dicere ecce hoc recens est iam
enim praecessit in saeculis quae fuerunt ante nos. Es decir, “nada
hay nuevo bajo el sol; y no vale que alguien diga: «mira, esto es
de ahora», pues ya ha aparecido en los tiempos que han pasado antes
de nosotros”. Con el tiempo, el adagio se redujo a nihil novi sub sole:
“Nada nuevo bajo el sol”. Las
elecciones en Irak |
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son un ejemplo de ello. Recuerdan
lo peor de la política exterior de Estados Unidos en América
Latina a lo largo de los siglos XIX y XX.
En 1912
los marines desembarcan en Nicaragua; la ocupación se prolonga
casi continuamente hasta 1933. Poco después de la invasión
al país centroamericano, William Howard Taft, presidente número
27 de Estados Unidos, declara: “No está distante el día en
que tres estrellas y tres franjas en tres puntos equidistantes delimiten
nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá
y la tercera en el Polo Sur. El hemisferio completo de hecho será
nuestro en virtud de nuestra superioridad racial, como es ya nuestro moralmente”.
La visión de Taft tiene un
antecedente que rige hasta hoy. El 2 de diciembre de 1823, el presidente
James Monroe pronuncia un discurso en el Congreso, en el que define la
posición de Estados Unidos frente a las supuestas pretensiones de
Europa hacia América Latina.
En una de sus partes, el mensaje
afirma: “Consideraremos peligrosa para nuestra paz y seguridad cualquier
tentativa hecha por ellas [las potencias europeas], que se encamine a extender
su sistema a una porción de este hemisferio (…).Cuando se trate
de gobiernos que hayan declarado y mantenido su independencia (...), la
intervención de una potencia europea, con el objeto de oprimirlos
o de dirigir de alguna manera sus destinos, no podrá ser vista por
nosotros sino como la manifestación de disposiciones hostiles hacia
los Estados Unidos”.
La doctrina Monroe
Monroe, nacido en Virginia en
1758, hizo una brillante carrera política: fue senador, embajador
en París y en Londres, gobernador de Virginia, secretario de Estado
y de Guerra, y finalmente presidente durante dos mandatos.
Posteriormente, su célebre
discurso en el Congreso será conocido como “la doctrina Monroe”
y se sintetizará así: “América para los americanos”.
Muchos historiadores interpretan que lo que el mandatario quiso decir fue
“América para los norteamericanos”.
Su doctrina asegura que los anglosajones
y sus descendientes están predestinados a imponerse en toda América
y hacerse responsables de sus recursos (tierras, aguas, ganados, minerales),
justificando el desplazamiento o exterminio de cualquier pueblo nativo
que se resista al “inevitable curso de la Historia”.
Amenazas imaginarias
El mexicano Isidro Fabela (1882-1964)
–quien fue abogado, catedrático, hombre de letras, diplomático
y especialista en Derecho Internacional- escribe: “La doctrina de
Monroe, que, según creen todavía algunos espíritus
menos que sencillos, nació con una alta finalidad altruista a favor
de las repúblicas hispanoamericanas recién emancipadas, no
fue, en realidad, sino un acto que defendía a los Estados Unidos
de un posible ataque de la Santa Alianza y de Inglaterra, y que preparó
el terreno para que la Unión tuviese algún día las
manos libres en América” (Estados Unidos contra la libertad.
Estudios de historia diplomática americana, Barcelona, 1921).
Por su parte, Samuel Flagg Bemis
sostiene que la doctrina Monroe “resultó inseparable de la expansión
continental de los Estados Unidos: fue la voz del Destino Manifiesto” (John
Quincy Adams and the Foundation of American Foreign Policy, ed. Alfred
A. Knopf, Nueva York, 1949).
Y el historiador Dexter Perkins afirma:
“Durante por lo menos medio siglo se ha afirmado persistentemente que la
acción del Presidente (Monroe) salvó al Nuevo Mundo de un
peligro mortal, que frustró los perversos designios de los miembros
de la Santa Alianza y estableció las libertades de la América
hispana (…). Por desgracia, esta idea es pura leyenda; si examinamos los
hechos con sinceridad, tenemos que admitir que el Mensaje de 1823 se dirigía
contra una amenaza imaginaria. Ni una sola de las potencias continentales
abrigaba propósito alguno de reconquistas en el Nuevo Mundo en noviembre
o diciembre de 1823” (La Doctrina de Monroe, EUDEBA, 1963).
Una política exterior inalterable
El republicano William Taft -graduado
en la Universidad de Yale, ex fiscal y ex juez federal- es un buen
discípulo de James Monroe. Ocupa la Casa Blanca de 1909 a 1913 y
tiene bastante experiencia en lo que, a falta de un concepto mejor, puede
catalogarse como “política exterior” de Estados Unidos.
En 1900, el ex fiscal encabeza la
comisión encargada de gobernar Filipinas, y al año siguiente
es el primer gobernador civil de las islas. En 1906, cuando Estados Unidos
invade Cuba, es nombrado interventor. Un año después, Washington
logra que el gobierno de República Dominicana le otorgue un negocio
millonario: la recaudación de los ingresos aduanales, situación
que se mantiene por 33 años consecutivos. En 1914, Taft es designado
secretario de Guerra mientras dirige la construcción y administración
del canal de Panamá. En 1911 ordena el desplazamiento de 20 mil
soldados estadounidenses a la frontera sur para “proteger” a ciudadanos
norteamericanos de los “desmanes” de la Revolución Mexicana.
Los sucesores de Taft mantienen la
“política exterior” sin altibajos.
En 1915, los marines ocupan
Haití para “restaurar el orden” y establecen un “protectorado” que
permanecerá hasta 1934. El secretario de Estado William Jennings
Bryan, al informar sobre la situación haitiana comenta: “Imaginen
esto: ¡negros hablando francés!”.
En 1916, los marines invaden
la República Dominicana y permanecen allí hasta 1924. Ese
año, desembarcan en Honduras para “mediar” en un enfrentamiento
civil; un militar hondureño, impuesto por los invasores, asume el
gobierno provisional. Honduras ocupa el primer lugar mundial en la exportación
de plátanos, pero las ganancias son para la United Fruit Company.
En 1933, Estados Unidos abandona
Nicaragua y deja el control del país a Anastasio Somoza, cuyos descendientes
ejercerán el poder hasta 1979. En 1952, en Cuba, Fulgencio Batista
inaugura su tiranía con la anuencia de Estados Unidos. Dos años
más tarde, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) derroca al gobierno
democrático de Jacobo Árbenz en Guatemala. Siguen casi 40
años de violencia que culminan en la política de “tierra
arrasada” de los años 80; en cuatro décadas, más de
150 mil personas pierden la vida. En 1965, Estados Unidos envía
marines a República Dominicana para reprimir un movimiento
que intenta restaurar al derrocado presidente, democráticamente
electo, Juan Bosch.
Y la historia continúa hasta
nuestros días, con la injerencia de Estados Unidos en la política
interior de Cuba y de la Venezuela bolivariana.
Un “logro histórico”
El domingo pasado, con el sonido
de bombas y disparos como fondo, se realizó la primera elección
al estilo occidental en Irak. Hubo 36 muertos y 96 heridos en distintos
atentados, la mayoría en Bagdad. Patrullas militares estadounidenses,
con el apoyo de policías iraquíes, patrullaron la capital
impidiendo la circulación de automóviles.
El presidente George W. Bush calificó
los comicios como un “éxito resonante” y felicitó a los iraquíes
por “este logro fenomenal e histórico”. Luego del cierre de las
urnas, el mandatario declaró que los insurgentes “continuarán
su guerra contra la democracia”, pero aseguró que Estados seguirá
entrenando a sus fuerzas de seguridad.
A casi dos siglos de la formulación
de la “doctrina” Monroe, en Irak se repite la historia de Nicaragua, Filipinas,
Cuba, República Dominicana, Panamá, Haití y Honduras.
Antes, a esto se le llamaba “imperialismo”, vocablo que en los tiempos
que corren no es “políticamente correcto”. Pero, como dice el proverbio
latino, nihil novi sub sole.
©
Roberto Bardini
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