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El
lado oscuro
de la
Iglesia católica
Roberto
Bardini
Se dice que
Juan Pablo II cargó hasta el final de su vida el peso de los problemas
de la humanidad: guerras, miseria, injusticia. Quizá también
llevó sobre sus hombros la cruz de su propio templo: oscurantismo,
intolerancia religiosa, torturas, enriquecimiento ilícito...
En 1994, el Papa
envió una carta confidencial a unos 60 cardenales exhortándolos
a aprovechar la cercanía de un nuevo milenio para reflexionar y
admitir que la historia de la Iglesia católica ocultaba un “lado
oscuro”. El mensaje fue “filtrado” entre algunos medios de comunicación
italianos. |
En junio de 1995,
Peggy Polk, analista de asuntos del Vaticano durante tres décadas,
escribió en el Chicago Tribune que, en su escrito,
el Juan Pablo II preguntaba: “¿Cómo puede uno permanecer
callado acerca de las muchas formas de violencia perpetradas en nombre
de la fe: guerras de religión, tribunales de la Inquisición
y otras formas de violaciones de los derechos de las personas?”.
Ese mismo año,
la estadunidense Helen Ellerbe publicó El lado oscuro de la
historia cristiana. A lo largo de 200 páginas, la autora
analiza el dogma católico en la era del oscurantismo, la utilización
del miedo, la oposición a los avances científicos, su opción
por la pena de muerte.
“En una era
en
que tantos están buscando un significado espiritual más profundo,
¿por qué no hay información más accesible sobre
la historia de las instituciones que pretenden transmitir tal verdad espiritual?”,
escribe Ellerbe en el prefacio de la edición en inglés (Morningstar
Books, California, 1995).
El imperio del miedo
En el siglo IV,
el emperador Constantino, quien había mandado a matar a su propio
hijo y hervir viva a su esposa, se fija en el cristianismo como un medio
para unir el extenso y agitado Imperio Romano. El monarca relata que en
sueños vio una cruz en el cielo con la inscripción In
hoc signo vinces (“Bajo este signo conquistarás”). Sin embargo,
el visionario recién se convierte poco antes de morir, a los 57
años.
Gracias
a Constantino, el catolicismo se transforma en la religión oficial
del imperio y adquiere un poder sin precedentes. Su sucesor, Flavio Teodosio,
estipula en febrero de 380 que "todas las naciones que están sujetas
a nuestra clemencia y moderación deben continuar practicando la
religión que fue entregada a los romanos por el divino apóstol
Pedro". Los no-cristianos son llamados "repugnantes, herejes, estúpidos
y ciegos".
La
Iglesia se convierte en la clase de jerarquía autoritaria que Jesús
había impugnado. Ireneo, obispo de Lyon, declara: “No tenemos necesidad
alguna de la ley, puesto que ya estamos muy por encima de ella con nuestro
comportamiento divino”.
A
medida que el Imperio Romano se derrumba, la Iglesia va tomando el control
en Europa. Reinterpreta las Escrituras y también la propia historia.
Instiga ataques contra musulmanes, judíos, católicos de Oriente
e, incluso, contra grupos cristianos que no reconocen la autoridad papal.
A
medida que el Imperio Romano se derrumba, la Iglesia va tomando el control
en Europa. Reinterpreta las Escrituras y también la propia historia.
Instiga ataques contra musulmanes, judíos, católicos de Oriente
e, incluso, contra grupos cristianos que no reconocen la autoridad papal.
La
escritora considera que el miedo es esencial para mantener un “orden jerárquico
por decreto divino”. La Biblia exhorta constantemente a sentir miedo a
Dios: “Teme a Dios y observa Sus mandamientos”, “Bienaventurado aquel que
teme a Jehová”, “Temed a Aquel que después de haber quitado
la vida, tiene el poder de echar en el infierno”.
San
Juan Crisóstomo (347-407), obispo de Constantinopla, explica en
el siglo IV la necesidad del miedo: “Si privaras al mundo de los magistrados
y el miedo que viene de ellos, casas, ciudades y naciones se desplomarían”.
Pena de muerte:
el fin justifica los medios
A partir del año
435, los considerados “herejes” en el Imperio Romano pueden ser ejecutados
por ley. “Herejía” deriva del griego hairesis, que significa
“elección”, en el sentido de libre albedrío. Todavía
se tolera al judaísmo, pero se lo va aislando poco a poco. Está
prohibido el matrimonio entre judíos y cristianos. Para las mujeres,
el casamiento mixto se castiga igual que el adulterio: la muerte.
San Agustín
(354-430), obispo de Hipona, vivió como un libertino hasta los 32
años y tuvo un hijo que nunca reconoció. Luego de convertirse,
proclama el principio Cognire intrare (”Obligadlos a entrar”) que
durante la era medieval se utiliza para reprimir a los disidentes: “¡Obliga
a la gente a entrar! Con amenazas de la ira de Dios, el Padre acarrea a
las almas hacia el Hijo”.
La máxima
de Maquiavelo acerca de que el fin justifica los medios tiene adeptos en
el Vaticano. Todavía a comienzos del siglo XX, León XIII,
Papa de 1878 a 1903, afirma: “La sentencia de muerte es un medio necesario
y eficaz para que la Iglesia obtenga su fin cuando los rebeldes actúan
en contra de ella”. El pontífice agrega: “Si no existe otro remedio
para salvar a su gente, se puede y debe dar muerte a estos perversos hombres”.
Mejor creer que pensar
Entre los años
500 y 1000, la Iglesia Católica tiene un efecto demoledor en Europa.
Destruye la educación, las ciencias, el arte y la medicina, fundamentalmente
griega y romana. Del siglo VI al VII recomienda únicamente la “sangría”
para todas las dolencias y, en especial, para evitar el deseo sexual.
La tecnología
de la época se echa a perder. La extensa red de caminos que facilitaba
el transporte, la comunicación y el comercio cae en el abandono.
Los vastos sistemas de acueductos y cañerías dejan de recibir
mantenimiento. Se eliminan los retretes en las casas. Mientras se deterioran
las medidas sanitarias y se pierden los hábitos de higiene, avanzan
las enfermedades. Las pestes diezman poblaciones enteras durante interminables
años.
La
fe ciega reemplaza a la investigación científica. Trescientos
años antes de Cristo, Pitágoras había formulado la
hipótesis de que la tierra gira alrededor del sol; la posibilidad
es considerada aberrante. Habrá que esperar hasta el siglo XVI para
que Copérnico reformule la teoría. Pero cuando en el siglo
siguiente Galileo Galilei asegura que el mundo también gira sobre
sí mismo, es obligado a retractarse por la Inquisición. La
Iglesia retira la condena a Galileo recién en 1965.
Fuera
de los conventos, la educación y el aprendizaje son erradicados.
La Iglesia se opone al estudio de la gramática y el latín.
Se clausuran los institutos de enseñanza y se destruyen bibliotecas
enteras. Ya antes, en 391, había sido incendiada la Biblioteca de
Alejandría, la más grande del mundo, que conservaba 700 mil
rollos y pergaminos.
“Todo rastro de
la vieja filosofía y literatura del antiguo mundo ha desaparecido
de la faz de la tierra”, se regodea San Juan Crisóstomo. Deberán
transcurrir muchos años para que los clásicos latinos, erradicados
en la etapa del Oscurantismo, se traduzcan del árabe al latín
en la Edad Media.
En el siglo XII,
Honorio de Autum se pregunta: “¿Cómo se beneficia el alma
con la lucha de Héctor, los argumentos de Platón, los poemas
de Virgilio o las elegías de Ovidio?”.
El predicador dominico
Girolamo Savonarola (1452-1498), que impulsa la proscripción de
los poetas clásicos, escribe en el siglo XV: “La única cosa
buena que les debemos a Platón y Aristóteles es que ellos
presentaron muchos argumentos que nosotros podemos usar en contra de los
herejes. Sin embargo, ellos y otros filósofos ahora están
en el infierno”.
Dos siglos de orgías de sangre
En noviembre
de 1095, el Papa Urbano II exhorta a los caballeros europeos a marchar
a Jerusalén para reconquistar Tierra Santa. Antes, Gregorio VII
había sentenciado: “Maldito sea el hombre que impide que su espada
derrame sangre”. Los devotos no se andaban con vueltas: en el año
782, el emperador Carlomagno ordenó la decapitación de cuatro
mil 500 sajones que no querían convertirse al cristianismo.
Miles de hombres
se ponen en marcha hacia Tierra Santa. En Auge y caída de los
Templarios (editorial Martínez Roca, Barcelona, 1986), Alain
Demurger los describe como “un tropel entusiasta e indisciplinado, que
mata en masa a los judíos del Rin, roba a los campesinos húngaros
y saquea los campos bizantinos”.
Jerusalén
cae en julio de 1099. Hay más de 60 mil víctimas entre musulmanes,
judíos, hombres, mujeres, ancianos y niños.
El
historiador y arzobispo francés Guillermo de Tiro, testigo ocular,
relata: “Era imposible mirar al vasto número de muertos sin horrorizarse;
por todos lados había fragmentos de cuerpos humanos y el piso estaba
cubierto de la sangre de los muertos. No era solamente el espectáculo
de cuerpos sin cabeza y extremidades mutiladas tiradas por todas direcciones
que inspiraba el terror a todos los que miraban; más horripilante
era ver a los victoriosos chorreando de sangre de pie a cabeza. Dentro
del Templo murieron alrededor de diez mil infieles”.
A lo largo de 200
años se realizan cuatro Cruzadas. Decenas de miles -quizá
millones- son asesinados sin importar si eran árabes o judíos.
La crueldad de los ejércitos católicos no tiene límites.
“Hasta los sarracenos son misericordiosos y gentiles comparados con estos
hombres que llevan la cruz de Cristo sobre sus hombros”, escribe Nicetas
Choniates, un cronista bizantino.
De
paso, los cruzados destruyen todo lo que signifique cultura. Queman libros
musulmanes y pergaminos hebreos, entre ellos los doce mil volúmenes
del Talmud y las obras de Maimónides, filósofo, matemático
y físico judío, nacido en Córdoba, España.
La Inquisición:
aterrorizar y despojar
La Inquisición
medieval se crea durante el reinado del Papa Gregorio IX (1227-1241) con
el objetivo de imponer la obediencia mediante el terror. En la historia
de la humanidad, no existe registro de otra religión que haya desplegado
un aparato tan poderoso y sádico para controlar a la gente. En los
tribunales de la Iglesia, a la inversa del derecho común,“se es
culpable hasta demostrar la inocencia”.
El inquisidor
español Francisco Peña, Doctor en Cánones y Teología,
dice en 1578: "Debemos recordar que el principal propósito del
juicio y la ejecución no es salvar el alma del acusado, sino lograr
el bien público e infundir miedo a otros".
Su colega Bernardo
Gui, un cruel dominico, inquisidor de 1307 a 1323, fue conocido por el
gran público luego de que Umberto Eco lo hiciera protagonista de
su novela El nombre de la rosa, llevada al cine por Jean-Jacques
Annaud. Autor de La técnica de la Inquisición, Gui
sostiene que el laico no debe discutir con el infiel, sino “meterle con
fuerza su espada en el vientre”.
El
español Tomás de Torquemada (1420-1498), otro dominico, gana
fama por su implacable ejercicio de la Inquisición durante once
años. Se estima que bajo su mandato dos mil personas son quemadas
en la hoguera. En 1492, aprovecha su función de confesor de Isabel
y Fernando, los Reyes Católicos, y promueve la expulsión
de los judíos y los moros de España.
Los
inquisidores se enriquecen en forma escandalosa. Además de apropiarse
del dinero, las propiedades y otros bienes de sus víctimas, reciben
sobornos de los ricos que pagan para escapar a las posibles acusaciones.
“La
tortura permaneció como opción legal para la Iglesia desde
1252 cuando fue consentida por el Papa Inocencio IV, hasta 1917, cuando
el nuevo Codex Juris Canonici fue puesto en vigor”, narra
Helen Ellerbe. “Los hornos construidos para matar gente, que adquirieron
una notoriedad infame en la Alemania nazi del siglo XX, inicialmente fueron
utilizados por la Inquisición”. Para la escritora “no fue sorprendente
que los países islámicos ofrecieran santuarios mucho más
seguros para los judíos”.
Thomas
Jefferson escribió en 1785: “Millones de hombres, mujeres y niños
inocentes, desde la introducción del cristianismo, han sido quemados
torturados, mutilados, encarcelados; sin embargo, no hemos avanzado una
sola pulgada hacia un consenso general”.
Quizá Juan
Pablo II se refería exactamente a eso cuando exhortó a los
cardenales a que asumieran el “lado oscuro” de la Iglesia.
©
Roberto Bardini
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