Afganistán:
De
Kipling a Bush
y la
producción mundial de opio
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Roberto
Bardini
Los expertos ya hablan de “narcoeconomía”.
En noviembre del año pasado, la ONU advirtió acerca del riesgo
de que el país se convierta en un “narcoestado”. Este retroceso
es resultado de la primera guerra “antiterrorista” de Estados Unidos en
el siglo XXI |
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Según los montañeses
de Afganistán, un antiguo proverbio acuñado por sus enemigos
dice: “Cuídate del veneno de la cobra, el diente del tigre y la
venganza de un afgano”. Persas, griegos, mongoles, turcos, ingleses, soviéticos
y estadunidenses intentaron dominar el país y nunca lo lograron
del todo. Los invasores tuvieron que enfrentarse a uno de los pueblos más
aguerridos del mundo.
La historia afgana sorprende por
la repetición de acontecimientos. Es lo que el historiador Karl
E. Meyer, autor de El Saqueo del pasado (Fondo de Cultura Económica,
México, 1990) denomina “continuidad extraordinaria”. De Ciro el
Grande a los mujaidines, de Alejandro Magno a los talibanes y de
Gengis Khan a George W. Bush, la historia se repite.
El gran juego: de la seda a la amapola
El escritor inglés Rudyard
Kipling (1865-1936), nacido en Bombay, utilizó en su novela Kim
de la India, publicada en 1905, la definición de “el gran juego”
para describir las maniobras del espionaje europeo en el siglo XIX en su
intento de dominar a los pueblos de Asia Central, desde Afganistán
hasta Turquía, y apoderarse de sus recursos. Entonces el imperio
británico y el zarismo ruso competían por el control de ese
territorio salvaje, que alguna vez se conoció como “la ruta de la
seda”.
El ejército colonial inglés
ocupa Afganistán de 1839 a 1921, pero al costo de tres guerras,
varias rebeliones y uno de los desastres militares más sangrientos
de la historia del Reino Unido: la matanza de más de 12 mil personas
en el cuartel de Kabul, en 1841. Hay quienes predicen que algo similar
ocurrirá con los ocupantes estadunidenses.
En 1996, los talibanes (del persa:
“estudiosos del Corán”) toman la capital afgana y ejecutan al presidente
Mohamed Najibullah, ex jefe de la policía secreta apoyado por la
Unión Soviética. Un siglo y medio antes, los rebeldes afganos
le hicieron lo mismo a Sir William Mac Naghten, el gobernador inglés.
El “gran juego” continúa hoy
con más protagonistas. Ahora se trata de “la ruta de la amapola”.
La hermosa flor de cuatro pétalos color blanco o rojo escarlata
constituye, en forma de opio, la principal exportación de Afganistán.
Quizá sea una retribución del país asiático
a las delicadas gentilezas que Europa y Estados Unidos le dispensan desde
2001.
De “señores de la guerra”
a “barones de la droga”
En enero, el gobierno de Estados
Unidos reconoció que uno de los resultados de la ocupación
de Afganistán es que ese país volvió a ser el principal
productor mundial de opio. La primera nación invadida en la nueva
“guerra contra el terrorismo” del siglo XXI recuperó el primer lugar
internacional en la elaboración de la materia prima para la heroína
y morfina: la amapola. Según la Oficina de la ONU contra la Droga
y el Crimen (UNODC), el opio afgano proporciona el 90 por ciento
de la heroína que se consume en Europa.
En la década del 80, tras
la invasión soviética, los anticomunistas mujaidines
(palabra persa que designa a los guerreros islámicos) utilizaron
el comercio de opio para financiar su guerra, con el consentimiento de
la Agencia Central de Inteligencia y otros servicios de espionaje extranjeros.
Entonces, el gobierno de Ronald Reagan los denominaba “luchadores de la
libertad”.
Durante el régimen talibán
(1996-2001) se prohibió el cultivo de la flor y se logró
una reducción de 90 por ciento a partir de 2000. En 2002, un año
después de la invasión estadunidense, la producción
repuntó. Ahora la Organización de Naciones Unidas y otros
organismos internacionales calculan que el país produce un 87 por
ciento del opio del mundo, la mayoría del cual se convierte en heroína
y morfina.
Según cálculos de agencias
estadunidenses, las ganancias de los jefes del narcotráfico afgano
en 2004 fueron de poco más de dos mil millones de dólares.
Este año, de acuerdo con las mismas fuentes, será de 7 mil
millones. En este “gran juego”, los “señores de la guerra” aliados
de Estados Unidos contra los talibanes, van camino a convertirse en “barones
de la droga”.
El negocio representa una “inyección”
de casi tres mil millones de dólares anuales a la economía
afgana, equivalente al 60 por ciento del PIB legítimo del país.
Antes, el cultivo se realizaba en 28 de las 34 provincias; ahora, por primera
vez, se extendió a todas. Esta faena da empleo directo al 10 por
ciento de la población. Fuera del cultivo, más de un millón
y medio de nativos están involucrados en el tráfico.
El hombre que quiso ser rey
Como sucede en Bolivia, Colombia
y Perú, los agricultores de Afganistán ganan más con
la cosecha de amapola que con cualquier otra semilla. El trigo, por ejemplo,
proporciona un ingreso 30 veces menor.
Muchos campesinos afganos
de regiones aisladas adoptaron el opio como moneda. En lugar de ahorrar
dinero, almacenan la planta seca en sus casas. El estupefaciente se acepta
como pago por servicios prestados y compras en muchos comercios. Un agricultor
puede adquirir a crédito calculando la cosecha de opio de la próxima
temporada.
Los expertos ya hablan de “narcoeconomía”.
En noviembre del año pasado, el director de la Oficina de la ONU
contra la Droga y el Crimen, Antonio María Costa, advirtió
acerca del riesgo de que Afganistán se convierta en un “narcoestado”.
El funcionario indicó que la amapola se cultiva en 131 mil hectáreas
en el país, el doble que en 2003.
La ONUDC reconoce que el opio cumple
un papel importante en la subsistencia económica de las comunidades
rurales afganas. “Como producto no perecedero de poco peso y de alto valor,
es adecuado para la infraestructura dañada por la guerra”, sostiene.
Al ver los resultados de su “guerra
antiterrorista”, Bush debería intentar echarle un ojo a El hombre
que quiso ser rey, relato breve de Rudyard Kipling publicado en 1889.
Narra el intento de dos buscavidas ingleses que quieren hacerse ricos y
viajan a Kafiristán, una miserable región afgana. Uno de
ellos, Daniel Dravot, se hace pasar por descendiente de Alejandro Magno
y es considerado casi como un dios. Pero el estafador comienza a creerse
sus propias mentiras e intenta quedarse para siempre como monarca... hasta
que los nativos descubren su impostura y le cortan la cabeza.
También existe la opción
de que algún asesor le recuerde a Bush el final de Kim de la
India, cuando el héroe de la novela se encuentra tan involucrado
en las maniobras de espionaje, agresión y mentiras que llega a la
conclusión de que el “gran juego” puede seguir jugándose
solo.
“Nuevas tierras significan nuevas
pendencias”, dice uno de los personajes de El libro de las tierras vírgenes,
publicado en 1893. Además de escritor, Rudyard Kipling fue
poeta del colonialismo, masón, viajero, espía y propagandista
en tiempos de guerra. El novelista sabía de lo que hablaba.
| La primera
guerra de las drogas
Comerciantes ingleses inician en
el siglo XIX el tráfico de opio en gran escala, cuando la East India
Company (Compañía de las Indias Orientales), decide aumentar
sus ganancias con la introducción de opio del Punjab hindú
en China.
El opio está prohibido en
China desde 1729. Los británicos lo descargan en el puerto de Cantón,
oculto en cajas de sal. En 1823, un incorruptible funcionario llamado Lin
Tse-Hsu descubre la maniobra y ordena destruir 20 mil envases en los muelles.
Comienza entonces la “guerra del opio”, que dura tres años y concluye
con la derrota china. Es, en nombre del “libre comercio”, la primera guerra
del narcotráfico.
La monarquía inglesa está
en el “negocio” desde 1729, según Los protocolos de la Corona
Británica (Horacio Ricciardelli y Luis Schmid, editorial Struhart,
Buenos Aires, 2004). Según los autores, de 1827 a 1860 las ganancias
del Reino Unido excedieron, en valores actuales, a la suma de beneficios
de General Motors, Ford y Chrysler a principios de la década de
1950 en Estados Unidos.
Los flemáticos comerciantes
ingleses, desde luego, dicen que se dedican al “negocio del té”. |
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Roberto Bardini
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