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Mamá,
¿ya puedo comer
postre de lombrices?
Roberto
Bardini
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De entrada,
una disculpa por autocitarme. En 2002 escribí un artículo
titulado «Volver al futuro, avanzar al pasado», que comenzaba
así:
«El futuro ya llegó
y no es cómo lo imaginábamos décadas atrás.
Este futuro que ya está aquí y que no conquistamos, no es
ni remotamente como lo presentaban en los años 50 y 60 las revistas
de historietas, las novelas y las películas de ciencia ficción.
Julio Verne y H. G. Wells se quedaron cortos.
«El hombre llegó a la
Luna y a Marte, pero en la Tierra descendió a los infiernos. Por
ningún lado se ven —ni siquiera en Estados Unidos o Europa— los
avances científicos y tecnológicos al servicio de los seres
humanos, el súper confort en casas con artefactos sofisticados,
los afanosos robots preparando un jugo de naranja sintético en cocinas
súper esterilizadas. [...] Este futuro en el que estamos ni siquiera
se aproxima al desalentador Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Es
casi un retorno a la Edad Media. Se parece más a Mad Max II,
el guerrero de la carretera».
Fin de la cita. Lo que van a leer
a continuación posiblemente les revuelva un poco el estómago.
En un futuro no muy lejano, quizá se escuche esta conversación
alrededor de la mesa en cualquier vivienda miserable de México:
- ¿Te sirvo más gusanos,
mi amor?
- No, querida. Mejor pásame un poco de larvas de hormiga.
- Mamá, ¿ya puedo comer dulce de lombrices?
- Sí, pero primero termina la sopa de mosquitas.
Suena bastante morboso, ¿verdad?
Bueno, aún hay más. Según la agencia Associated Press,
biólogos mexicanos proponen el consumo de insectos entre los sectores
más pobres. Aseguran que es una «fuente proteínica»
y una actividad productiva «benéfica para el medio ambiente».
Estos afanosos investigadores buscan incorporar los insectos a algunos
alimentos, preparando tortillas de harina (sustituto del pan) enriquecidas
con larvas, hotdogs de chapulines (saltamontes o langostas de campo) y
dulces de lombriz. Quieren, además, que los agricultores se dediquen
a la producción, comercialización y distribución de
otros «manjares», como los huevos de hormiga (conocidos como
escamoles) y los gusanos de maguey o ágave (una planta espinosa
muy común en el país).
«La larva de mosca es mejor
que la carne de vaca»
«En México, el consumo
de insectos se remonta al periodo prehispánico; se fue perdiendo
con la conquista y actualmente las poblaciones rurales conservan un poco
esta costumbre», afirma Gabriela Jiménez Casas, bióloga
de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ofrece
conferencias y demostraciones a los niños mexicanos para convencerlos
de que los insectos son «ricos y nutritivos». La bióloga
insiste que algunos insectos, añadidos a salsas o ensaladas, pueden
proporcionar las proteínas necesarias para muchos niños pobres.
Argumenta que una larva de mosca puede contener el doble de proteínas
que la carne de vaca, con mucha menos grasa, aunque reconoce que no tienen
un aspecto muy apetitoso.
Cuando leí esto, recordé
una vieja tira cómica de Mafalda, el personaje de Quino. Es de 1967
y me quedó grabada. Un grupo de aristocráticas señoras,
integrantes de una sociedad de beneficencia, organizan un banquete. Sirven
faisán, langosta (de mar, por supuesto), huevos de codornices. Con
lo que recauden, comprarán «papa, arroz, fideos y todas esas
porquerías que comen los pobres». Los pobres de ahora ni siquiera
tienen acceso a estos productos básicos.
Gelatinas de lombriz y gusanos cubiertos
con caramelo
El biólogo Juan García,
del Instituto Politécnico Nacional, es partidario del engaño.
Propone esconder los insectos mezclándolos en la harina para las
tortillas o cubriéndolos con alimentos apetecibles como chocolate
o caramelo. García ya ha producido langostas cubiertas de chocolate,
gelatinas de lombriz o gusanos cubiertos de caramelo transparente. Asegura
que a los niños les encantan estos bichos en el caramelo. Cuenta
que los pequeños empiezan a chuparlo para ver si los insectos son
de plástico. Cuando llegan, dicen: «¡Son reales!»,
y lo siguen comiendo, explica con absoluto descaro.
Si estos «especialistas»
tienen éxito, seguramente pronto tratarán de extender las
«recetas» a otros gobiernos, para ser aplicadas en villas miserias
argentinas, favelas brasileras, cantegriles uruguayos y bohíos caribeños,
eso que los organismos económicos denominan con el cínico
eufemismo de «asentamientos precarios».;
Aparentemente, estos «científicos»
no hacen el menor esfuerzo por entender por qué, en un continente
pleno de riquezas alimenticias, los pobres no tienen acceso a carne, huevos,
legumbres y frutas. Si lo hicieran, quizá entenderían que
en el origen del mal se encuentra este Nuevo Orden económico que
nos impusieron lo que, para colmo, comen bien todos los días.
Por apologistas de la inmundicia,
habría que condenarlos de por vida a la dieta alimentaria que proponen
para los demás. Que coman larvas de mosca, que contienen el doble
de proteínas que la carne y, además, mucha menos grasa. Como
decían en el Lejano Oeste: que prueben su propia medicina.
El futuro ya llegó
En aquel artículo de 2002,
escribí (y otra disculpa por volver a autocitarme):
«Lo cierto es que en este retorno
a la nueva era medieval estamos peor que en la vieja Edad Media. Las grandes
mentiras del liberalismo que supimos conseguir —o que no logramos evitar—
nos hicieron creer que los adelantos científicos o tecnológicos
permitirían que la gente trabajara menos horas, ganara más
y disfrutara de mayor tiempo para el ocio.
«Sucedió exactamente
al revés: se trabaja mucho más y se gana mucho menos. La
producción es cada día más social pero la apropiación
es cada vez más individual. Unos pocos ejemplos lo confirman:
* La suma de los principales ejecutivos,
gerentes y directores de las grandes corporaciones del mundo, más
los presidentes de los principales bancos privados, más los directores
del FMI y el Banco Mundial, dan como resultado entre 6 mil y 7 mil personas.
Ellos deciden la suerte de 6 mil millones de individuos.
* Según un informe del Programa
de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las ganancias anuales de
358 millonarios superan las ganancias anuales de 2 mil 600 millones de
personas.
* El 95 por ciento de todas las transacciones
de las grandes empresas se hacen con el llamado "dinero ficticio".
* El 20 por ciento más rico
de la población mundial recibe 82 por ciento de las ganancias. El
80 por ciento más pobre recibe 1,4 por ciento.
* Desde 1945, 600 millones de personas
murieron de hambre. Esto equivale a 10 veces más que los muertos
de la Segunda Guerra Mundial.
* La fábrica de calzado Nike
se fue de Francia porque con lo que le pagaba a un obrero francés
ahora le paga a 47 asiáticos. Los operarios chinos que producen
microchips para Motorola no ganan en un mes lo que cuesta un par de zapatos
Nike. Exactamente lo mismo sucede con los obreros de Levi Strauss, Gap,
Ralph Lauren, Guess y marcas parecidas.
* En Suiza se consume en un solo
día lo mismo que los habitantes de Mozambique en todo un año.
* En los países donde se instalan,
los hipermercados se apropian del 80 por ciento de las ganancias por consumo
de la población y exportan esas ganancias a sus países de
origen.
«Para mi generación,
lo bueno es que el futuro ya llegó. Lo malo es que Mad Max no vendrá
a salvarnos».
©
Roberto Bardini
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