Según Stevens, el devastador huracán Katrina no fue un desastre natural. Fue provocado artificialmente por una poderosísima arma secreta desarrollada en los años 60 y 70 en la ex Unión Soviética para destruir a Estados Unidos. El arma es un generador electromagnético y Katrina es un nombre ruso.
El meteorólogo reafirma su tesis con otro dato: en septiembre de 2004, el huracán Iván afectó al estado de Florida. ¿Y de qué origen es el nombre Iván? La respuesta es obvia.
Stevens declaró al diario Post-Gazette, de Pittsburg (Pensilvania) que “los rusos inventaron en 1976 una tecnología que provoca tempestades y la vendieron por lo menos a una decena de Estados y organizaciones mafiosas a fines de los 80”.
La desaparecida Unión Soviética no reconoció jamás la posesión de un arma con estas características. Ningún científico disidente informó nada. Ningún servicio secreto enemigo comprobó la existencia de esta tecnología. Ni la CIA, ni el MI-6 británico, ni el SDECE francés, ni el Mossad israelí. Pero, bueno, un proverbio siberiano dice que “al mejor cazador capitalista se le escapa la liebre comunista”.
Poco después Stevens se contradijo un poco. Afirmó que la mafia japonesa, conocida como Yakuza, también posee un generador con esas características y fue la autora del Katrina. El meteorólogo predijo que esa mortal tecnología será utilizada muy pronto para destruir otra ciudad estadounidense, en venganza por el bombardeo atómico a Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. Al parecer, son mafiosos muy patrióticos.
Más tarde, Stevens divulgó una tercera versión sobre el origen del Katrina. En su página web (www.weatherwars.info) insinuó que cierta “élite en el poder”, que no pertenece a la administración de George W. Bush, dirigió el huracán “para provocar cambios en la sociedad norteamericana”.
Sin embargo, si uno se pone a razonar un poco, estas aparentes contradicciones encierran un realidad muy sencilla. Durante la Guerra Fría, científicos comunistas desarrollaron el generador electromagnético. Cuando se desplomó la Unión Soviética, vendieron el aparato a la Yakuza porque necesitaban dólares para una acelerada transición al capitalismo. En determinados momentos, la “élite en el poder” estadounidense solicita a la mafia japonesa que provoque un huracán. Y luego empresas como Halliburton se dedican a reconstruir los destrozos. Parece complicado pero es tan simple como un pan con mermelada.
Si la espectacular revelación de Scott Stevens se comprueba, su nombre figurará junto con los de Galileo Galilei, Copérnico, Albert Einstein, Werner von Braun y Robert Oppenheimer.
Si no se comprueba, también se ubicará en algún lugar de la historia. Posiblemente junto a Julio Verne, H. G. Wells y Ray Bradbury. O quizá al lado de Groucho Marx, Cantinflas y el escritor de política-ficción argentino-cubano Andrés Oppenheimer, quien hace más de una década publicó un libro premonitorio titulado La hora final de Castro.