n 1996 los ambientes académicos de todo el mundo recibieron un sacudón, un tsunami en pequeña escala. El responsable fue el físico estadounidense Alan Sokal, de la Universidad de Nueva York, quien le tomó el pelo olímpicamente a unos cuantos intelectuales posmodernistas y prácticamente los exhibió en calzoncillos.
Sokal publicó en la revista Social Text, editada por Duke University Press y de alto nivel académico, un artículo titulado “Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”. El estrambótico título ocultaba una serie de disparates sin pies ni cabeza, intercalados con citas bibliográficas de algunos gurúes del posmodernismo. Mantenía, eso sí, un tono de “alta reflexión filosófica”.
El escándalo se armó cuando Sokal explicó la impostura, que provocó un amargo debate internacional. En el mundillo académico “está instalada la idea de que un texto, cuanto más oscuro y hermético, más profundo es”, declaró el físico al diario Clarín, de Buenos Aires, el 15 de abril de 1998.
El año anterior, el científico había publicado junto con el belga Jean Bricmont, profesor de física teórica en la Universidad Católica de Lovaina, Impostures Intellectuelles (París, Editions Odile Jakob, 1997). Los autores profundizan en ese libro sus ideas sobre la poca seriedad de muchos pensadores –la mayoría franceses– que deforman las teorías científicas en beneficio propio, con el exclusivo fin de generar polémica o adquirir notoriedad.
Sokal y Bricmont desnudan a muchos filósofos, psicoanalistas, politólogos y teóricos de las ciencias sociales. Mencionan a Jacques Lacan, Jean Baudrillard, Michel Foucault y Paul Virilio. También incluyen a la búlgara Julia Kristeva, profesora de lingüística en la Universidad de París VII, conocida internacionalmente como psicoanalista, filósofa, crítica y novelista. Comentan la asombrosa afirmación de Lacan acerca de que el órgano eréctil masculino es igualable a la raíz cuadrada de [–1], lo cual es totalmente absurdo desde el punto de vista de las matemáticas, la geometría y la física. El “descubrimiento” matemático-genital parece obra de Ambrose Bierce, Groucho Marx o Woody Allen.
A los 25 años, cuando estudiaba en la Universidad de Princeton, Sokal era integrante de un comité de solidaridad con Chile. Viajó a ese país y aprendió español con los libros de Mafalda y las canciones de Víctor Jara. Más tarde, de 1986 a 1988, fue profesor de matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Además de ser un hombre capaz de convocarnos a la risa, estos datos también marcan una diferencia con Lacan, Baudrillard, Foucault, Virilio y Kristeva.
Y ya que hablamos de risa, tomemos otro caso: El nombre de la rosa, de Umberto Eco, novela publicada en 1983. Muchos consideran que es una obra de erudición medieval. Otros, que es un texto que expone un gran conocimiento religioso. Algunos, quizá más atinados, han visto una magistral trama policíaca. La narración es todo eso, pero fundamentalmente rinde un homenaje a la risa.
Como se recordará, tras los muros de una abadía benedictina italiana a principios del siglo XIV se suceden extraños asesinatos. Al final, el monje franciscano Guillermo de Baskerville –una referencia a Arthur Conan Doyle– descubre al autor intelectual y su motivo: ocultar la defensa que supuestamente hiciera Aristóteles sobre la bondad del buen humor. Fray Jorge de Burgos, un siniestro bibliotecario ciego, oculta un Tratado de la Risa del filósofo griego porque considera que la carcajada es “un viento diabólico” y que “el monje no debe decir palabras vanas y tampoco reír”.
El sacerdote viejo, sin vista ni humor –una alusión a Jorge Luis Borges– argumenta que la risa no es un atributo humano, que quizá sea de los monos. Guillermo responde que la risa es absolutamente humana. Jorge se irrita: “En la Biblia nunca se dice que nuestro señor riera”. Y Guillermo replica: “Tampoco se dice que no lo hiciera”.
El Nombre de la Rosa es ficción, desde luego, pero no está exenta de realidad: aún hoy, a veces se considera que ante determinadas situaciones lo “sensato” es permanecer serios. El buen humor se asocia a la frivolidad o la inmadurez. Pero algunas investigaciones recientes demuestran que Guillermo de Baskerville tenía razón: reír es saludable.
La risa está localizada en la zona prefrontal de la corteza cerebral, la parte más evolucionada del cerebro. En esta parte, según los expertos, reside la creatividad. Sin embargo, a medida que pasan los años y nos volvemos más “serios”, perdemos la espontaneidad, la capacidad de encontrar la parte cómica a las situaciones, y dejarnos llevar por la risa.
Cuando reímos, el cerebro emite una información necesaria para activar la segregación de endorfinas, específicamente las encefalinas. Estas sustancias, que poseen unas propiedades similares a las de la morfina, tienen la capacidad de aliviar el dolor. Las endorfinas también desempeñan otras funciones, como el equilibrio entre el tono vital y la depresión. De ellas depende algo tan simple como estar bien o sentirse mal.
Veamos algunas de las propiedades y ventajas de la risa:
1. Con cada carcajada se ponen en marcha cerca de 400 músculos, incluidos algunos del estómago que sólo se pueden ejercitar con la risa.
2. Se lubrican y limpian los ojos con lágrimas. La carcajada hace vibrar la cabeza y se despeja la nariz y el oído. Además, elimina las toxinas, porque con el movimiento el diafragma produce un masaje interno que facilita la digestión y ayuda a reducir los ácidos grasos y las sustancias tóxicas.
3. Entra el doble de aire en los pulmones, dejando que la piel se oxigene más.
4. Durante el acto de reír se liberan endorfinas, sedantes naturales del cerebro. Por eso, cinco o seis minutos de risa continua actúan como un analgésico.
5. Rejuvenece al estirar y estimular los músculos de la cara. Tiene, además, un efecto tonificante y antiarrugas.
6. Previene el infarto: el masaje interno que producen los espasmos del diafragma alcanza también a los pulmones y al corazón, fortaleciéndolos.
7. Facilita el sueño: las carcajadas generan una sana fatiga que elimina el insomnio.
8. Elimina el estrés: se producen ciertas hormonas (endorfinas y adrenalina) que elevan el tono vital y nos hacen sentir más despiertos.
Nuestro deseo para todos los lectores es que en el 2006 lo logremos... a pesar de todo. ¡Buen Año Nuevo!