Entre
la marcha anti-guerra
y los
bombazos de Estambul
Isaac
Bigio *
La
primera visita de estado de un presidente estadounidense a Londres coincidió
con dos hechos importantes. Primero fueron volados el consulado británico
y el banco HSBC en Estambul. Poco después se realizó una
marcha contra Bush en Londres que la policía calcula que tuvo 100,000
concurrentes y sus organizadores 400,000.
Esta última
ha sido la movilización hecha en día laboral más numerosa
de la historia británica. La coalición anti-guerra reivindica
que el temor a la protesta impidió que Bush se atreviera a salir
en carro a las calles o si quiera a hablar ante el parlamento, confiriéndolo
a una suerte de ‘arresto domiciliario’. La mayor parte de los oradores
son del ala laborista que pide el relevo de Blair. El último en
hablar fue George Galloway, el parlamentario que acaba de ser purgado del
partido y quien llamó a los marchistas a organizar un frente electoral
de izquierda para los comicios europeos y locales del 2004.
El atentado
ocurrido horas antes en Turquía con su secuela de casi 30 muertos
y 400 heridos ha sido utilizado por Bush y Blair para eclipsar y desoír
la protesta, y para confirmarles que ahora se necesita una nueva ofensiva
anti-terrorista firme.
Al Qaeda no
solo ha demostrado que no se interesa por la vida de civiles mahometanos
que perecieron con sus explosiones sino que buscaría evitar ser
desbordado por las movilizaciones populares. Ellos buscan polarizar al
mundo entre el Islam y los cruzados de Bush y Blair. Para estos últimos,
en cierta medida, esos ataques le sirven para reforzar su imagen y estrategia
duras.
En la víspera
de ambos acontecimientos Bush dio a conocer su doctrina. Para él
Gran Bretaña es su mejor aliada y la OTAN el mejor acuerdo multilateral
que jamás haya existido. Su objetivo es hacer que en todo el globo
se instauren democracias liberales y para ello es necesario usar la violencia
contra los violentos. El conservador Times editorializaba apoyando esta
visión y comparándola con la que tuvo Reagan a inicios de
los 1980s cuando sostuvo que una campaña por la ‘libertad’ haría
desplomar al bloque soviético.
Si las economías
centralmente planificadas sucumbieron fue debido a sus contradicciones
internas y por que no hubo confrontaciones militares. Si hubiesen habido
invasiones esto hubiese galvanizado a la población, como ahora pasa
en el caso cubano, tras los partidos comunistas dominantes identificados
con la soberanía nacional.
Los oradores
en la marcha que tumbó una estatua de Bush recalcaron que estas
guerras no traen democracia sino más destrucción, que crezca
la inestabilidad y el fundamentalismo, y que el mundo cada vez sea menos
desigual y polarizado entre los cada vez más pobres y las corporaciones.
Los últimos
atentados en Turquía e Irak serán usados por el dúo
Bush-Blair para incentivar a su población en le necesidad de mantener
o reforzar la ocupación pues no se podría dejar lo hecho
para facilitar el retorno del caos o de sus enemigos. Las imágenes
de civiles muertos en sinagogas, consulados o la cruz roja serán
mostradas para apoyar esa determinación.
Uno de los
oradores en la marcha dijo que la vendetta ‘ojo por ojo’ acaba por dejar
ciegos a todos. Para ellos más ataques contra nuevos blancos implica
abrir más escenarios de guerra y ayudar a que Bin Laden capte reclutas.
Esto, a su vez, acaba cercenando libertades democráticas y haciendo
que se destinen a la muerte recursos públicos que debería
centrarse en elevar las condiciones de salud y educación de la población
mundial.
La visión
de Bush y Blair es contrapuesta. Para ellos el principal enemigo de la
humanidad ya no es el nazismo o el comunismo, sino el terrorismo fundamentalista
y los ‘estados piratas’. Para combatirlos se debe tener la capacidad para
intervenir militarmente en todo el globo como anteriormente lo hacían
las viejas potencias para cazar filibusteros.
El laborismo
se va adentrando en una serie dicotomía. Su actual líder
se alinea con la derecha republicana y halcona de EEUU. Por otra parte,
los sindicatos (que representan la base social y monetaria del partido)
y los miles de activistas anti-guerra piden un retorno a las políticas
de protección social y desmilitarización.
Lo paradójico
es que mientras Blair ha expulsado a Galloway por llamar a las tropas británicas
a desoír órdenes de sus superiores pues consideraba la guerra
como ilegal, ahora puede volver a readmitir a Ken Livingstone, separado
del partido por atreverse a presentarse como independiente en las municipales
pasadas (las cuales ganó ampliamente). Esto, pese a que el alcalde
pide que Bush se vaya de su ciudad por ser el mayor peligro para la vida
en este planeta.
La pugna entre
quienes canalicen las aspiraciones de los marchistas anti-guerra y de quienes
privilegien la relación especial con Bush puede acabar serruchando
el piso al actual gobierno.
24 de Noviembre
de 2003
Isaac
Bigio
isaacbigio@yahoo.com
* Analista Internacional. Ha obtenido
grados y postgrados en historia y polìtica econòmica en la
London School of Economics, donde tambièn ha enseñado. Premio
Dillons (Waterstone) a la excelencia. Escribe para unos 200 medios. |