Detrás
de la crisis de Ucrania
Isaac
Bigio *
Los acontecimientos
en Ucrania son sumamente importantes para reconfigurar el nuevo orden mundial.
Hace 15 años el globo estaba polarizado entre los bloques económicos
y militares encabezados por Washington y Moscú. El primero proponía
un capitalismo liberal con democracias representativas. El segundo se basaba
en economías estatizadas y planificadas que pregonaba igualitarismo
y pleno empleo y que se sustentaban en la dictadura de un partido único.
El segundo campo colapsó por
su incapacidad de mejorar sus productos y por que sus economías
se doblegaban al querer competir con la carrera armamentista desatada por
Reagan y Thatcher. En 1989 se inició un repentino y brusco desplome
de los regímenes del bloque soviético.
Para las fuerzas que cuestionaron
a dichos partidos desde la izquierda la remoción de las “burocracias
stalinistas” era imprescindible para democratizar la economía planificada
e ir hacia un socialismo verdadero. Sin embargo, la caída del llamado
“comunismo” fue capitalizada fundamentalmente por fuerzas que le cuestionaron
desde la derecha.
A los esteeuropeos se les mostraba
la imagen que la mejor manera de salir del “imperio soviético” era
apoyándose en Occidente y que las democracias liberales permitirían
libertades, variedades de productos y la modernización. El nacionalismo
fue otra fuerza usada para quebrar las federaciones “internacionalistas”
de Yugoslavia, Checoslovaquia y la URSS. La tesis en boga era promover
el deseo de cada cual de tener su propia empresa y propiedad privada y
por ende su propio estado étnico. Eslovania, Chequia o los países
bálticos, por ejemplo, preferían recobrar su independencia
a manera de poder atraer capitales, plazas para exportar sus productos
y turistas.
La mecánica utilizada por
Occidente fue presionar por protestas populares lo menos violentas posible.
Estas “revoluciones de terciopelo” buscaban paralizar al aparato represivo
y lograr que amplios sectores de las Fuerzas Armadas, la policía
y el propio aparato del Partido Comunista oficial se plegaran a su lado
bajo la promesa que reamistándose con Occidente sus intereses se
mejorarían.
Moscú, sumido en una poderosa
crisis económica y política, debió aceptar el desmantelamiento
del Pacto de Varsovia y la anexión pangermana de la Alemania del
Este. En 1989 Europa oriental se movía hacia “democracias multipartidarias”
que promovían el capitalismo. El efecto impacta sobre la URSS, la
misma que se desmorona en Agosto de 1991. La vieja federación basada
en un plan es remplazada por 15 repúblicas que alientan la diferenciación
social y la inversión privada.
Tras ese desplome Washington aparece
como la única superpotencia y busca cooptar a las nuevas repúblicas
del este a su órbita. Así logra que todas éstas busquen
afiliarse a la Unión Europea y a la Organización del Tratado
del Atlántico Norte (OTAN).
Los regímenes que resistían
esa tendencia debían ser depuestos (como en Serbia) o combatidos
(como en Eslovaquia o Belarusia). Rusia quedaba en una situación
difícil. Tanto Yeltsin como Putin necesitaban del apoyo estadounidense
para ir desmantelando la vieja economía social planificada y restablecer
un capitalismo “democrático”.
Si bien la antigua Guerra Fría
entre Washington y Moscú fue ganada por el primero, la posibilidad
que renazca una (aunque en menor escala) siempre ha estado latente en la
medida que Rusia proteste ante la creciente presencia estadounidense en
lo que considera su periferia.
De las 15 antiguas repúblicas
soviéticas las tres naciones bálticas están en la
órbita de la Unión Europea (UE) y OTAN, Ucrania mandó
tropas a Irak y hay bases militares de Estados Unidos en varias repúblicas
del Asia central.
Rusia, por su lado, requiere restablecer
su propio bloque económico y político. Evitar nuevos desmembramientos
internos (de allí su extrema dureza en Chechenia), mantener lazos
con repúblicas prorusas internas dentro de Moldova o Georgia e ir
hacia un bloque económico y político con las otras tres principales
repúblicas ex soviéticas: Ucrania, Belarusia y Khazakistán.
Este plan choca con el expansionismo
bushista. En 2003 EU financió y promocionó a su propio candidato
en Georgia. El gobierno de Shevernadze se desplomó ante movilizaciones
populares que reclamaban la democratización y la transparencia electoral.
Hoy en Ucrania se ve el mismo método.
Esta nación tiene una disyuntiva. Por una parte apunta a crear un
bloque con Rusia y por otra parte se aleja de Moscú para integrarse
a la UE y OTAN.
Víctor Yanukovich y Víctor
Yushchenko, quienes han servido como primeros ministros del presidente
ucraniano Kuchma, parecen tener el mismo nombre. Mas, el saber cual de
los dos Víctor alcanzará la victoria es algo tras cuyo fondo
está una nueva disputa entre Washington y Moscú.
Powell ha llamado al mundo a no reconocer
los resultados electorales mientras Putin salió a defender el triunfo
de su patrocinado. Occidente ha alentado presiones populares y ello podría
conducir a nuevas elecciones y al triunfo de la oposición.
Lo que está en juego no es
una disputa entre un bando pro EU y otro anti EU (ambos apoyan la guerra
en Irak) o entre un Milosevic y demócratas prooeste (ambas fracciones
son pro OTAN y promercado).
La cuestión está en
saber cómo se rediseñará el nuevo capitalismo dentro
de la difunta Unión Soviética. Moscú apunta hacia
hacer su propia versión de lo que es el Mercado Común del
Sur Argentina-Brasil-Uruguay-Paraguay (Mercosur) o la Unión Europea
con antiguos aliados suyos, mientras que Washington socava ello y busca
hacer que Ucrania se torne hacia la UE y que Belarusia cambie de Presidente.
Isaac
Bigio
Bigio2004@Yahoo.com
www.bigio.org
* El autor es analista internacional.
Escribe para más de un centenar de medios. Ha recibido grados y
postgrados en historia y política económica en la London
School of Economics donde también ha estado investigando y enseñando. |