¿Choque
de civilizaciones?
Leonardo
Boff
Samuel T.
Huntington, director de Estudios Estratégidos de la Universidad
de Harvard, en su discutido libro “El choque de las civilizaciones y la
reconfiguración del orden mundial” (1996) sostiene la hipótesis
de que las guerras de la nueva era de la historia mundial serán
sobre todo guerras de civilizaciones, marcadas fundamentalmente por las
religiones. El primer enfrentamiento, según él sería
entre Occidente y el Islam. La guerra de 1991 y ésta de ahora, ambas
contra Irak, parecen confirmar su hipótesis.
Poco importan las motivaciones, sean
mísiticas, económicas o políticas. El hecho es que
Bush se propone establecer la “Pax americana” y uniformar el mundo en los
moldes del estilo de vida americano. Después del 11 de septiembre
ha decidido que eso se va a hacer utilizando la fuerza. Nadie podrá
desafiar esta pretensión suya, o conocerá inmediatamente
el poder avasallador de Estados Unidos. Con ello, Bush prolonga y lleva
a sus últimas consecuencias la marca intrínseca del paradigma
occidental: la voluntad de someter a todo el mundo, o sea, de implantar
un imperio universal. En concreto, la llamada “globalización” no
es otra cosa que una occidentalización o “occidentoxicación”
del mundo.
¿Por qué el primer
enfrentamiento se está dando, fatalmente, con el Islam? Porque es
lo único que, objetivamente, desafía a Occidente y a Bush
en los dos puntos básicos de su pretensión: en lo religioso
y en lo económico.
En lo religioso, el Islam se presenta
como religión superior, porque surgió después del
judaísmo y del cristianismo, sintetizándolos y mejorándolos.
Tal pretensión cuestiona la legitimidad última de Occidente,
que aunque secularizado, todavía se siente portador de la única
religión verdadera y superior, el cristianismo, como recientemente
reafirmó todavía el Cardenal José Ratzinger en nombre
del Vaticano, en el documento “Dominus Iesus”. A la base de la religión
islámica se ha sedimentado una cultura de reconocida grandeza, no
obstante su expresión patológica, el fundamentalismo. En
esa cultura se unifica política y religión, cosa que Occidente
supo distinguir, para escándalo de los musulmanes que lo consideran
ateo.
En lo económico, el mundo
islámico y árabe juega un papel decisivo, pues ahí
se encuentran los mayores yacimientos de petróleo del mundo. Occidente,
y EEUU en concreto, pueden detentar el control de la producción,
del capital y del saber técnico y científico. Pero ningún
carro se mueve, ningún avión levanta el vuelo, ni una bomba
inteligente es lanzada sin petróleo árabe. De ahí
la presión y la vigilancia de las potencias occidentales sobre los
países árabes, dividiéndolos y manteniéndolos
bajo severo control.
Hay gran decepción e incluso
rabia en los pueblos árabes y musulmanes frente a Occidente y a
EEUU. A pesar de su centralidad en el funcionamiento del sistema mundial,
sienten que no cuentan para nada en el moldeamiento de la globalización
y del futuro del mundo. Y su religión, la mejor y más alta,
es vista solamente como un nido de terrorismo.
En el pasado el Islam amenazó
por dos veces a Occidente, en el cerco de Viena en 1529 y en 1683. Hoy,
en la percepción de Bush, la amenaza vuelve, bajo el espectro de
las armas de destrucción en masa y del terrorismo feroz. De ahí
el deber de afrontarlo militarmente. Importa captar estas estructuras ocultas
para que se entiendan mejor las razones de la guerra actual.