La
paz y el efecto mariposa
Leonardo
Boff
En el mundo
todo es dialéctico. No porque lo hayan dicho Hegel o Marx, y antes
de ellos el presocrático Heráclito, sino porque esa es la
ley de las cosas, regida por el caos y por el cosmos, y por lo sim-bólico
(lo que une) y por lo dia-bólico (lo que desune). El efecto dialéctico
de la guerra de la vergüenza, movida por Bush contra Irak, es el triunfo
del movimiento por la paz a través del mundo entero. Los constructores
de la paz no son solamente los grupos pacifistas, lo es también
la sociedad civil mundial que se convenció (por fin) de que la guerra
no es solución para ningún problema. La guerra es un problema
para la humanidad, pues si no se la controla acabará con ésta.
Y esta vez no podemos vacilar.
En los días previos a la guerra,
e incluso después, continuaron por el mundo las manifestaciones
a favor de la paz. Un interlocutor escéptico del interior de la
selva amazónica me informó por correo electrónico
que también allí se hicieron manifestaciones por la paz,
con indios, seringueros y ribereños, llevando cartelones y gritando
consignas. Y pedía mi opinión, pues estimaba que todo eso
no servía para nada, porque el siglo XXI será el siglo de
Estados Unidos y la guerra “inteligente” es el medio insuperable para imponer
la “pax americana”. Y me preguntaba: ¿qué puede significar
ese gesto realizado en el lugar más ignoto para la paz mundial?
Le contesté más o menos
en los siguientes términos. El sentido común de la humanidad
tiene la convicción de que la luz, por débil que sea, vale
más que todas las tinieblas juntas. Porque basta una cerilla para
exorcizar toda la oscuridad de un cuarto y mostrar la puerta de salida.
La luz, por naturaleza, hace su curso misterioso por el espacio y simpre
será captada por los espíritus de luz. Le decía también
que el bien posee una fuerza singular, como el amor. Por eso, al final,
nada resiste al bien, que acaba triunfando. Como la fuerza de las gotas
de lluvia sobre los inmensos incendios de la Amazonia. Una gota hace muy
poco, como el agua que trae el colibrí que, solidario, quiere dar
también su aporte. Pero, ¿no está la lluvia hecha
de gotas? Muchas gotas, millones de gotas, cual millones de minúsculos
colibríes, apagan en pocas horas el incendio más persistente.
Es la fuerza invencible de lo pequeño.
Es importante creer en la fuerza
secreta de la buena voluntad, por pequeña que sea. El bien no se
restringe a la persona que lo practica; el bien, como la luz, es una realidad
que se irradia. Como una ola, sigue su curso por el mundo, evocando el
bien que está en todos y fortaleciendo la corriente del bien. El
bien es la referencia para cualquier ética humanitaria.
Estas reflexiones obvias vienen confirmadas
por la moderna teoría del caos. Ella alude al efecto mariposa: el
aleteo de una mariposa de mi jardín pude producir una tempestad
en el Pentágono. Es decir, todo es interdependiente. A veces, el
eslabón aparentemente más insignificante es el responsable
de la irrupción de lo nuevo. Alguien totalmente desconocido señala
en la calle hacia arriba con el dedo y grita: “mira, ahí; mira ahí”.
Puede ser cualquier cosa, tal vez un objeto no identificado. Y en un momento
grupos de gente, multitudes comienzan a mirar en la misma dirección.
El efecto mariposa se ha dado. Lo pequeño produjo lo grande.
En esta concatenación, ¿quién
podrá decir que la paz no pueda desencadenarse a partir de esa ígnota
aldea del Amazonas? Sí, de lo pequeño podrá venir
la fuerza secreta de la paz.