La
paz posible
Leonardo
Boff
Muchos hemos
sentido un profundo abatimiento por esta guerra ilegítima y vergonzosa,
llevada a cabo contra Irak. En realidad no ha sido una guerra entre combatientes,
sino una invasión y una masacre. Dada esa violencia «inteligente»,
nos preguntamos angustiados: ¿quién somos nosotros, insignificantes
seres erráticos de la Tierra, perdidos en la inmensidad del espacio,
capaces de tanto odio y de tanta devastación? Y nos avergonzamos
de nosotros mismos. ¿Merecemos todavía sobrevivir junto a
los demás seres, si nos hemos convertido en el Satán de la
Tierra? ¿Aparecerá en el proceso de evolución otro
ser con más benevolencia, amorosidad y voluntad de paz?
Pero, de nada sirve cavilar de esta
manera, pues sería una fuga de la dura realidad. La realidad es
que el gobierno de Bush ha decidido resolver los problemas mundiales utilizando
lo que le hace imbatible: la guerra tecnológica. En esta situación,
¿todavía es posible la paz? Nos negamos a aceptar la solución
resignada de Freud cuando respondía en 1932 a una consulta de Einstein
sobre la posibilidad de evitar la guerra: «hambrientos, pensamos
en el molino que muele tan lentamente que podríamos morir de hambre
antes de recibir la harina.
Creemos que la paz es posible bajo
dos condiciones: primera, que nos acojamos a la polaridad amor-odio, opresión-liberación,
casos-cosmos, como perteneciente a la condición humana, pues somos
una unidad viva de contrarios; segunda, que reforcemos el polo luminoso
de esta contradicción, de forma que ese polo pueda mantener bajo
control, limitar e integrar al polo tenebroso. Este es el camino abierto
por la sociedad civil mundial, preparado hace siglos por aquel que fue
tal vez el «último cristiano» y «el primero después
del Único», Francisco de Asís. Lo encontramos en la
«Oración de San Francisco por la paz», rezada siempre
en los encuentros de líderes religiosos del mundo entero, como un
credo en el cual todos comulgan. Esa oración fue elaborada durante
la primera guerra mundial por un autor anónimo de Normandía,
admirador de san Francisco, de quien tomó el espíritu y las
primeras palabras. Pero lo hizo en forma tan fiel y verdadera que se transformó
en la oración del propio san Francisco de Asís. El lenguaje
es religioso, pero el mensaje es universal.
A pesar de su ternura, que llama
hermanos y hermanas a todas las creaturas, Francisco de Asís no
pierde el sentido de la realidad contradictoria. No se cuestiona por qué
es así. Con la sabiduría de los sencillos, intuye que el
mal no está ahí para que tratemos de comprenderlo, sino para
que lo superemos con el bien; que la parte sana cura la parte enferma y
que la luz integra a las tinieblas en forma de sombra. Sólo en esta
medida el mal deja de ser totalmente absurdo y se disuelve en el código
de todas las cosas. Entonces suplica: «que donde haya odio, ponga
yo amor, donde haya ofensa lleve yo perdón, donde haya discordia
suscite yo unión, donde haya duda aporte yo fe, donde haya error
traiga yo verdad, donde haya desesperación inspire yo esperanza,
donde haya tristeza comunique yo alegría, donde haya tinieblas encienda
yo la luz… porque importa más consolar que ser consolado, comprender
que ser comprendido, amar que ser amado».
El efecto de esta estrategia sapiencial
es la paz, posible a los seres contradictorios que somos y a esta Tierra
conturbada. Es poco, casi nada. Pero representa la fuerza que se esconde
en cada simiente, por pequeña que sea…