Santos
de madera hueca
Leonardo
Boff
Hace algunos
días cayó en mis manos una foto de la Agencia Reuters que
mostraba a George Bush, Collin Powell y Donald Rumsfeld (para algunos,
el verdadero eje del mal), con los ojos cerrados y las manos entrelazadas
en gesto de profunda oración. Era antes de una reunión del
Gabinete en la que se tomarían decisiones importantes en vistas
a la guerra contra el terrorismo y contra Irak.
Un editorial de Le Monde del 30 de
marzo último («Dios y América») nos reveló
que Bush es un «born again christian», un renacido a la fe
cristiana después de una juventud de alcohólatra y llena
de desvaríos. Convertido, se acercó a la extrema derecha
evangélica, especialmente la de los predicadores mediáticos
ultraconservadores como Pat Robertson y Jerry Farwell, haciendo después
de esta derecha uno de los núcleos inspiradores de su administración.
Sus discursos están repletos de referencias bíblicas. Ha
instaurado la costumbre de iniciar las reuniones de Gabinete con una oración
que prepara por turno un ministro cada vez. Es una siniestra “comuinidad
de base”, con propósitos belicosos.
Esa piedad le ha proporcionado a
Bush no sólo ese lenguaje con el que caracteriza su guerra preventiva
contra quien amenace a Estados Unidos, sino que le ha suministrado también
la mística para desarrollar una verdadera «cruzada»
(palabra que él ha utilizado) contra el derrotado Saddam Hussein
y el terrorismo mundial. Él y su círculo más íntimo
creen que no está lejos la «batalla del gran día»,
cuando, según el Apocalipsis (16,16), los enemigos de Cristo serán
exterminados en un lugar llamado Armagedón. Entonces comenzará
un reinado de paz. Ellos se sienten instrumentos de esta estrategia. De
ahí el sentido de misión que respira su política exterior.
Aquí cabe preguntar: ¿de
qué Dios estamos hablando? ¿Es el Dios Padre-Madre de la
experiencia de Jesús, de la ternura de los humildes, padre de los
pobres? Pero este Dios es un Dios vivo, y jamás ordenaría
matar a otros. ¿No estará Bush manipulando el nombre de Dios
(y pecando obstinadamente contra el segundo mandamiento, el de «no
usarás el nombre de Dios en vano») para dar sello de legitimidad
a una guerra exterminadora de inocentes y de instituciones civiles?
Es importante darse cuenta de que
las religiones, en general, y el cristianismo en particular, históricamente,
se han dejado manipular en función de intereses de los poderosos,
que nada tienen que ver con los intereses de Dios y del pueblo. Concretamente,
los hijos de Abraham -judíos, cristianos y musulmanes- han utilizado
con frecuencia la creencia de ser «pueblos escogidos» (un mito
tribalista) para someter a los demás por la violencia dulce del
proceso civilizatorio, o por la violencia dura de las guerras y del sometimiento.
Pero si dejamos a Dios ser Dios,
y a la religión ser religión, y damos la centralidad que
corresponde al cristianismo originario (las iglesias son al fin y al cabo
traducciones culturales posteriores) entonces queda claro que la guerra
y la discriminación son contrarias a la naturaleza de estas instancias.
Éstas sólo tienen que ver con la búsqueda de la justicia
que fundamenta la paz, con el servicio humilde a los desheredados, y con
la compasión hacia los caídos de la historia.
El Dios a quien reza Bush es un ídolo.
Bush y sus auxiliares directos, imbuidos de fundamentalismo religioso,
son santos de madera hueca. Tanto los ídolos cuanto ese tipo de
santos, son insensibles, y necesitan sangre ajena para sentirse vivos.
De ahí el riesgo que representan, pues creen piadosamente en sus
propias fabulaciones religiosas y políticas.