La
justa medida que nos falta
Leonardo
Boff
La cultura
imperante es excesiva en todo. No tiene el sentido de la autolimitación
ni el sentido de la justa medida. Por eso está en una crisis peligrosa
para su propio futuro. El desafío es: ¿cuál es la
justa medida que salvaguarde el patrimonio natural y la sobrevivencia?
La justa medida es el óptimo relativo, el equilibrio entre el más
y el menos. Por un lado, la medida es sentida negativamente como un límite
a nuestras pretensiones; de ahí viene el deseo y hasta el placer
de violar el límite. Por otro lado, es sentida positivamente como
la capacidad de utilizar, de forma moderada, la capacidad disponible, para
que dure más. Ello sólo es posible cuando se encuentra la
justa medida.
Las culturas de la cuenca mediteránea,
de donde venimos, la egipcia, la griega, la latina y la hebrea, postularon
siempre la búsqueda de la justa medida. Ésa era y es también
la preocupación central del budismo y de la filosofía ecolóigica
del Feng-Shui chino. Para todas, el símbolo mayor era la balanza
y las respectivas divinidades femeninas, tutoras de la justa medida.
La diosa «Maat» de los
egipcios cuidaba de que todo fluyese equilibradamente. Pero los sabios
egipcios pronto entendieron que la justa medida exterior sólo se
alcanza a partir de la justa meida interior. Sin la convergencia de la
«Maat» interior con la exterior perdemos la justa medida, o
sea, el equilibrio, y nos hacemos destructivos.
Una de las caracaterísticas
fundamentales de la cultura griega fue la búsqueda incansable de
la medida en todo («métron»). Clásica es la formulación
«meden ágan», «nada en exceso».
La diosa «Némese»,
venerada por griegos y latinos, representaba la justa medida en el orden
divino y humano. Todos los que osasen sobrepasar la propia medida (llamada
hybris = auto-afirmación arrogante) eran inmediatmante fulminados
por Némese. Así, los campeones olímpicos, que, como
en la actualidad, se dejaban endiosar por los aficionados, o los filósofos
y los artistas que permitían la excesiva exaltación de sus
vidas y sus obras.
La Biublia hebreo-cristiana funda
la medida justa en el reconocimiento del límite infranqueable entre
Creador y criatura. La criatura jamás será como Dios. Ésa
fue la pretensión de nuestros ancestros en el paraíso terrenal.
Imaginaban que lo conseguirían comiendo del fruto prohibido. Comieron
de él, sobrepasaron el límite que se les había impuesto,
no se convirtieron en dioses y fueron expulsados del paraíso.
Pecado es rechazar el límite,
no reconocer la condición de creatura. A pesar de la expulsión,
permaneció el imperativo de la justa medida en la forma de «cultivar
y guardar» el jardín del Edén, o sea, en vivir la ética
del cuidado. Detrás del «cultivar» resuena siempre «culto»
y «cultura», que señalan el trato respetuoso con la
Tierra (culto). Y detrás de «guardar», el aprovechamiento
sostenible de sus recursos para atender necesidades humanas y no para fines
de acumulación. En el lenguaje bíblico, ser «imagen
y semejanza de Dios» significa ser el representante y el lugarteniente
de Dios en medio de la creación. Como tal, debe prolongar el acto
creador divino, creando también con la misma benevolencia con que
Dios creó todas las cosas («y vio Dios que todo era bueno»).
El efecto final de las intervenciones, bajo la justa medida, es la cultura,
como hominización y humanización de la naturaleza.
Aprendamos de los antiguos cómo
sanar la crisis civilizacional: viviendo sin exceso, en la justa medida
y en el cuidado esencial para con todo lo que nos rodea.