Ética
y formación de valores
Leonardo
Boff
La mala
calidad general de la vida y la creciente violencia en todos los niveles
derivan, en gran parte, de una amplia crisis de valores que afecta a los
fundamentos de la ética. Los mapas al uso ya no sirven y la brújula
ya no encuentra su Norte.
Dos fuentes de la moral han orientado
a las sociedades hasta hoy: las religiones y la razón. Las religiones
siguen siendo los nichos de valor privilegiados para la mayoría
de la humanidad. La razón, desde que irrumpió en todas las
culturas mundiales en el siglo VI AC. en el llamado tiempo-eje (Jaspers)
trató de establecer códigos éticos universalmente
válidos. Estos dos paradigmas no quedan invalidados por la crisis,
pero necesitan ser enriquecidos si queremos estar a la altura de las presiones
provenientes de la realidad hoy globalizada.
La crisis crea la oportunidad de
ir hasta las raíces de la ética y bajar hasta aquella instancia
donde continuamente se gestan valores. La ética debe nacer de la
base última de la existencia humana. Ésta no reside en la
razón como Occidente siempre ha pretendido. La razón no es
ni el primero ni el último momento de la existencia. Por eso no
explica ni abarca todo. Ella se abre hacia abajo, de donde emerge algo
más elemental y ancestral: la afectividad. Y se abre hacia arriba,
hacia el espíritu que es el momento en el que la conciencia se siente
parte de un todo y que culmina en la contemplación. Por eso, la
experiencia de base no es \"pienso luego existo\", sino \"siento, luego
existo\". En la raíz de todo no está la razón (Logos),
sino la pasión (Pathos). David Goleman diría que en el fundamento
de todo está la inteligencia emocional. Afecto, emoción,
en una palabra, pasión es un sentir profundo. Es entrar en comunión,
sin distancia, con todo lo que nos rodea. Por la pasión captamos
el valor de las cosas, valor que es el carácter precioso de los
seres, lo que los hace dignos de ser y los hace apetecibles. Sólo
cuando nos apasionamos vivimos valores y es por valores por lo que nos
movemos y somos.
Siguiendo a los griegos, llamamos
a esa pasión eros, amor. El mito arcaico lo dice todo: \"Eros, el
dios del amor, se levantó para crear la tierra. Antes, todo era
silencio, desnudo e inmóvil. Ahora todo es vida, alegría,
movimiento\". Ahora todo es precioso, todo tiene valor, por causa del amor
y de la pasión.
Pero la pasión está
habitada por un demonio. Dejada a sí misma, puede degenerar en formas
de gozo destructor. Todos los valores valen, pero no todos valen para todas
las circunstancias. La pasión es un caudal fantástico de
energía que, como las aguas de un río, necesita márgenes,
límites y la justa medida para no ser avasalladora. Y aquí
es donde entra la función insustituible de la razón. Es propio
de la razón ver claro y ordenar, disciplinar y definir la dirección
de la pasión.
Ahí surge una dialéctica
dramática entre pasión y razón. Si la razón
reprime la pasión, triunfa la rigidez, la tiranía del orden
y la ética utilitaria. Si la pasión prescinde de la razón,
se impone el delirio de las pulsiones y la ética hedonista, del
puro placer. Pero si prevalece la justa medida y la pasión se sirve
de la razón para un auto-desarrollo medido, entonces surgen las
dos fuerzas que sostienen una ética humanitaria: la ternura y el
vigor. La ternura es el cuidado con el otro, el gesto amoroso que protege.
El vigor es la contención sin la dominación, la dirección
sin la intolerancia.
Aquí se funda una ética
capaz de incluir a todos en la familia humana. Esa ética se estructura
alrededor de los valores fundamentales ligados a la vida, a su cuidado,
al trabajo, a las relaciones cooperativas y a la cultura de la no-violencia
y de la paz.