LA
JORNADA de México - 2 de Agosto de 2004
Crisis
de las identidades nacionales
Leonardo
Boff *
El proceso
de globalización produce crisis en las identidades culturales. Por
una parte, buscan defenderse de una homogenización excesiva generada
por la globalización dominante de cuño occidental; por otra,
se ven obligadas inevitablemente a confrontarse con otras desconocidas,
y sufren por eso una sorpresa siempre dolorosa que produce miedos comprensibles.
Frente a ese desafío se delinean
dos estrategias: la del enconchamiento y la del diálogo. Hay identidades
que para afirmarse recurren a las tradiciones, a las religiones y las glorias
de sus culturas, oponiéndose lo más posible a las consecuencias
de la globalización. Ellas, generalmente, definen claramente quiénes
son los enemigos y quiénes los amigos en consonancia con aquello
que afirmó uno de los teóricos modernos de la filosofía
política, Carl Schmitt (1888-1985): "La esencia de la existencia
política de un pueblo es su capacidad de definir al amigo y al enemigo".
No dice otra cosa el conocido teórico de la filosofía política
contemporánea Samuel P. Huntington en su Choque de civilizaciones:
"Los enemigos son esenciales para los pueblos que están buscando
su identidad y reinventando su etnia, pues sólo sabemos quiénes
somos cuando sabemos quiénes no somos y, muchas veces, cuando sabemos
contra quien estamos".
Esa perspectiva, aunque comprensible,
es impracticable en las condiciones modificadas de la historia globalizada.
Pues, ¿cómo se puede considerar a los otros como enemigos
si ahora estamos obligados a convivir con ellos en un pequeño espacio
común que es el planeta? Por ahí no existe más camino.
Es más, se está formando lentamente una identidad colectiva
y planetaria como fruto de la convivencia de todos con todos.
Entre tanto, la identidad afirmada
a partir de la oposición al otro es propuesta por la potencia hegemónica,
Estados Unidos, al imponer a todos los países esa alternativa siniestra:
o están con Estados Unidos y, así, con la civilización,
o están con los terroristas y, consecuentemente, con la barbarie.
Es la vida de la arrogancia.
La otra estrategia es la del diálogo,
pues es la única verdaderamente eficaz. La globalización
ofrece la oportunidad de un diálogo de todos con todos y en todos
los niveles. Permite un intercambio y con eso un enriquecimiento colectivo
como nunca en la historia de la humanidad.
El diálogo demanda el reconocimiento
mutuo de los interlocutores, la renuncia de un querer dominar al otro y
la garantía de que todos puedan participar. El diálogo apunta
a construir los puntos comunes a partir de los cuales surge el consenso
mínimo y a dejar en segundo plano las diferencias que nos separan.
Y, principalmente, el diálogo supone la conciencia de las ganancias
y de las pérdidas que siempre se dan. La identidad no es una estructura
inmutable, dada de una vez por todas, sino un conjunto de relaciones, a
partir de una experiencia de base, siempre en acción y en construcción,
que incorpora elementos nuevos sin desvirtuarse.
Es por el diálogo, el más
inclusivo posible, que va gestándose lentamente una identidad colectiva
de la humanidad como humanidad y no más como estados-naciones. No
sabemos ahora su perfil, pero seguramente será una humanidad que
se entenderá como un momento de un proceso de la evolución
del universo, de la Tierra y de la vida, con la responsabilidad ética
de cuidar y de hacer coevolucionar esta herencia y de celebrar el misterio
de nuestra existencia.
* Teólogo y
escritor, autor de La nueva era: la civilización planetaria
Traducción de la Agencia
Latinoamericana de Información (Alai)