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Koinonia - 25 de febrero de 2005
El águila
y la macroeconomía
Leonardo
Boff *
Hace años,
cuando escribí el libro «El águila y la gallina. Una
metáfora de la condición humana», estudié a
fondo el comportamiento de las águilas, y me di cuenta de que hay
en él grandes lecciones que podemos aplicar a situaciones actuales.
Hoy me propongo retomar una de ellas que no pude utilizar en dicho libro:
la forma como las águilas enseñan a sus aguiluchos a ser
autónomos y a volar por sus propias fuerzas.
Como sabemos, las águilas
hacen sus nidos en lo alto de las montañas, o en la copa de grandes
árboles. El tamaño del nido es considerable: un metro de
alto, tres de largo y dos de ancho. Después de nacidos, los aguiluchos
permanecen en él dos meses, alimentados por su madre, hasta que
están listos para volar.
Pasado un tiempo, la madre les escatima
la comida. En cambio, comienza a dar vueltas en el aire largo rato sobre
el nido, a fin de mostrar a sus polluelos la fuerza de sus alas y su capacidad
de volar. Luego desciende hasta el nido y comienza a empujar al aguilucho
hacia el borde, hasta que lo hace caer. Y cuando cae, se apresura a recogerlo
sobre sus alas extendidas. Y lo devuelve al nido. Repite varias veces la
escena, volando y volando sobre el nido, haciendo círculos, para
desafiar a sus crías a superar el miedo, a confiar en sus jóvenes
alas, y a querer volar. Y repite todo eso hasta que los aguiluchos se liberan.
Curiosamente, el libro del Deuteronomio atestigua este hecho: «Dios
es semejante al águila, que excita a su nidada, volando sobre sus
aguiluchos, extendiendo las alas para sostenerlos y llevarlos sobre sus
plumas» (32,11).
La madre-águila somete a su
aguilucho a esta prueba de riesgo y coraje para que adquiera confianza
en sus propias fuerzas y comience a volar autónomamente. A fin de
impedir que vuelva al nido, remueve las hojas y las ramas para hacerlo
no habitable ya. Finalmente, el aguilucho empieza a volar y busca por sí
mismo su alimento. Ahora es ya águila adulta.
La lección es cristalina:
no podemos quedarnos eternamente en la cuna y bajo las alas de los padres.
Hay que enfrentarse a la vida con sus desafíos, que muchas veces
nos hacen decir: «Dios mío, ¿estaré a la altura?»
Nos damos cuenta del peligro y de la posibilidad de fracasar. Pero aunque
fracasemos, siempre podemos aprender. Por otra parte, nunca faltará
un ala que nos ampare y algún hombro amigo en el que poder apoyarnos.
Resumiendo: vamos adquiriendo coraje para volar por nosotros mismos y seguir
el rumbo que nosotros mismos trazamos.
Otra lección: las tareas que
nos proponemos deben contener exigencias que parecen estar un poco más
allá de nuestras fuerzas. De lo contrario, no descubrimos nuestro
poder, ni conocemos nuestras energías escondidas y no crecemos.
Esta lección la aplico a la
actual política económica del gobierno brasileño.
Es bien sabido que se ha mantenido la macroeconomía neoliberal,
aceptando el recetario del FMI y del Banco Mundial, lo que obliga a sacrificar
las políticas sociales castigando a los pobres. Es la opción
perezosa de los que prefieren ser gallinas a ser águilas. Rechazan
la difícil alternativa de discutir, negociar y presionar hasta abrir
un camino nuevo que haga de la economía un instrumento de la política
social dirigido hacia las mayorías. Esta actitud haría que
fuesen águilas y no gallinas. Ésos son los que garantizan
las transformaciones sociales imprescindibles para superar las desigualdades
gritantes. El destino de un pueblo es ser águila y volar autónomamente.
Misión de los políticos es hacer lo que hacen las águilas
con sus aguiluchos: estimular al pueblo a vivir libremente y a plasmar
el destino de su país.