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derrotó a Lula no fue Geraldo Alckmin, sino el propio partido del
presidente, el PT. La arrogancia de importantes dirigentes petistas le hicieron
perder la victoria que tenía garantizada Lula en la primera vuelta. Lo que pesó
no fue tanto el escándalo del dossier contra el candidato José Serra, porque
siempre existirán dossiers fabricados por políticos afectos a la intimidación y
a la manipulación de la mentira como arma política. La ausencia de Lula en el
debate final influyó negativamente, pero no fue el elemento decisivo.
Lo que destrozó al PT y obstaculizó su camino a la victoria fue la imagen que
mostraron todos los medios de comunicación de la montaña de dinero que
utilizarían para comprar el dossier. Más del 30 por ciento de la población
trabajadora no gana más que el salario mínimo. Cuando vieron esa enorme cantidad
de dinero se llenaron de vergüenza ajena y pensaron: nuestros trabajos no valen
lo mismo; ni en dos vidas acumularíamos tanto dinero como el que muestran ahí. Y
esos corruptos, ¿de dónde sacarán ese dinero? No hay dimensión de la indignación
que causó. Los políticos que usan esos expedientes merecerían la excomunión
política y religiosa. Tan grande es su pecado contra el pueblo, su dignidad y su
economía.
Puede ocurrir una impasse jurídica, policial e institucional en las
investigaciones del dossier, especialmente si su contenido fuera revelado, cosa
que todavía no se hizo y que podría eventualmente incriminar a la gestión del
PSDB, que era la que gobernaba cuando comenzó la corrupción de las ambulancias.
De todas formas, la segunda vuelta tendrá también sus ventajas: finalmente se
creará una oportunidad de confrontar dos proyectos de Brasil.
Geraldo Alckmin representa el viejo proyecto de las clases dominantes. No sin
razón los banqueros y los grandes industriales lo apoyaron, pues comparten una
afinidad de clase y comulgan con sus propuestas: garantizar políticas ricas para
los ricos y políticas pobres para los pobres. Llamativamente, no posee carisma
ni presenta nada realmente innovador capaz de suscitar una nueva esperanza. La
retórica que usa despista. Sin embargo, cabe analizarla a la luz de los
intereses de clase ocultos. La macroeconomía que feudalizó la política seguirá
su curso neoliberal, dejando fatalmente anémica a la política social. Su
victoria representará la vuelta de aquellos que siempre construirán un Brasil
para sí, sin el pueblo o contra el pueblo.
Lula da cuerpo a un proyecto de cambio. A pesar de las limitaciones de un
ambiente hegemónicamente neoliberal intentó, con relativo éxito, hacer una
transición de un Estado elitista y privatista a un Estado republicano y social.
Ahora él está obligado a definir claramente su proyecto: centrarse en el pueblo
desposeído, garantizar sus medios de vida y su inclusión ciudadana. Para eso, él
necesita volver a acercarse a su base real de sustento: los movimientos sociales
organizados y el inmenso número de excluidos. Ellos podrán inviabilizar
cualquier amenaza de impeachment. Sacar a Lula es sacarnos nuestro poder, dirán,
es anular nuestra victoria, es abortar nuestra esperanza.
Para diferenciarse claramente de Alckmin, Lula deberá resolver algunos puntos
importantes de la macroeconomía para que ella sea de facto el sostén de una
política social maciza. Deberá tener el coraje de hacer un gesto fundante de un
nuevo Brasil: retomar el proyecto de Plínio Arruda Sampaio, uno de los que mejor
entiende la reforma agraria y la ejecuta integralmente con el fin de poner
atención en los campesinos del campo y deshinchar las ciudades favelizadas. Ahí
sí se consolidará su gobierno, inaugurando la transformación social posible para
Brasil.
* Teólogo y escritor. De Carta Maior de Brasil. Especial para
Página/12.