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27 de enero de 2008
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Koinonia - 25 de enero de 2008
¿A dónde estamos huyendo?
Una de las principales características del momento actual es la
aceleración del tiempo. El espacio terrestre prácticamente lo hemos
conquistado todo, pero el tiempo continúa siendo el gran desafío.
¿Podremos dominarlo?
Leonardo
Boff *
La carrera contra él se da en todas las esferas, comenzando por el
deporte. En cada olimpiada se busca superar todos los tiempos anteriores,
especialmente en la clásica carrera de los cien metros. Los automóviles
deben ser cada vez más veloces, los aviones y las naves espaciales tienen
que superar la velocidad de la generación anterior. En el agronegocio se
utilizan abonos químicos de crecimiento para acortar el tiempo y aumentar
el lucro. Internet funciona a altísima velocidad, y sin cables, pues, para
ganar tiempo, todo se hace vía satélite. La aceleración ha alcanzado
especialmente a las bolsas. Cuanto más rápidamente se transfieren
capitales de un mercado a otro, teniendo en cuenta el huso horario, más se
puede ganar. Más que nunca antes, «el tiempo es oro».
Ciertamente, en todo este proceso hay un elemento liberador, pues el
tiempo fue en gran parte vivenciado como una servidumbre. No podemos
detenerlo. Por otro lado produce un impacto sobre la naturaleza, que tiene
sus tempos y sus ciclos. El impacto no es menor sobre las mentes de las
personas, que se sienten confundidas, particularmente las de más edad, que
pierden los parámetros de orientación y de análisis de lo que está
ocurriendo en el mundo y consigo mismas.
¿Vale la pena esta carrera imparable? ¿Hacia dónde estamos huyendo?
¡Y ay de aquellos que no se adaptan a los tiempos! En el trabajo, son
expulsados del mercado, pues sus habilidades quedan obsoletas. Los que no
se actualizan, pierden el ritmo del tiempo, y son considerados precozmente
envejecidos, o simplemente atrasados. Lo cual puede ocurrir incluso con
países enteros, los que no incorporan los avances de la tecnociencia.
Todos están obligados a modernizarse rápidamente y a ser países
emergentes.
¿A donde nos llevará esta carrera contra el tiempo? Éste siempre nos
gana, pues no podemos congelarlo. Simplemente, pasa despacio, o acelerado,
como en los grandes túneles de aceleración de partículas.
Pero es importante considerar que hay tiempos y tempos. El tiempo
natural de crecimiento de un árbol gigante puede demorar 50 años. El
tiempo tecnológico para derribarlo con la motosierra dura sólo 5 minutos.
¿Cuánto tiempo necesitamos para crecer en madurez, en sabiduría, y para
conquistar el propio corazón? A veces una vida entera de 80 años es
demasiado corta... El tiempo interior no obedece al tiempo del reloj.
Necesitamos tiempo para trabajar nuestros conflictos interiores; a veces,
esos conflictos nos obligan incluso a detenernos.
Una reflexión del maestro zen Chuang-Tzu, de hace 2.500 años, nos
parece muy inspiradora. Cuenta que había una persona que quedaba tan
perturbada al contemplar su sombra y tan malhumorada con sus propias
huellas, que pensó que era mejor librarse de ambas cosas. Utilizó el
método de la fuga, tanto de una como de las otras. Se levantó y se puso a
correr, pero siempre que ponía su pie en la tierra aparecía la huella, y
la sombra lo seguía sin la menor dificultad.
Atribuyó su error a que no estaba corriendo como debía. Entonces se
puso a correr más velozmente, y sin parar... hasta que cayó muerto. Su
error, comenta el Maestro, fue no haberse dado cuenta de que sólo con
pisar en un lugar sombrío, su sombra hubiera desaparecido, y que si se
hubiera quedado quieto, ya no habría habido más huellas que le
siguieran...
¿No es eso lo que se impone hacer hoy? ¿Hacer una parada? Ahí está el
secreto de la felicidad y de la ansiada paz interior.
Leonardo Boff
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