En el primer mitin del Apra,
1931.
Plaza de Acho (detrás, Haya
de la Torre).
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Magda
Portal
y sus
poderes
Cecilia
Bustamante
A Susana Uzátegui
de Klein
El poder del Estado se sostiene
y equilibra en los otros poderes, sus instituciones base deben ser sólidas
como para soportar el embate de los problemas políticos y el juego
de interrelación entre ellos. Es evidente que el manejo del poder
demanda la capacidad de organización del líder, y éste
potencial se manifiesta en la habilidad de impedir el caos, al mismo tiempo
que dirige la praxis de, digamos, la democracia, o la idea, filosofía
sobre un sistema de gobierno.
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Magda Portal
(Lima 1900-1989) es una de las principales escritoras peruanas engagé
del siglo XX. Su creación literaria laureada en plena juventud,
más el espaldarazo de José Carlos Mariátegui incentivan
su consecuente y coherente acción política en busca de la
transformación de nuestra sociedad y la participación de
la mujer dentro de una ideología de izquierda. Su destino es esencialmente
fluido y coherente como mujer y luchadora social comprometida con el cambio
y con su condición de mujer escritora comprometida, también,
con la política. La dolorosa realidad nacional le va templando el
carácter, como ocurre al disidente. Desde sus inicios asimila y
evalúa esta relación conflictiva y desigual entre el Estado
y la sociedad peruana.
Fue receptiva a las ideologías
de la época, las revoluciones de China y de Rusia, la guerra mundial.
Su decisión de contribuir al cambio por medio de la acción
política la empuja a ser parte de la política organizada
del pueblo con claro y temprano objetivo de ofrecer crítica
y resistencia al estado de cosas, de despertar conciencia sobre la impostergable
necesidad de participación de la mujer y de hacer realidad esas
demandas para acceder al poder político. Su objetivo estaba llamado
a interferir con los de los sectores dirigentes no sólo de su
partido político sino, también, con el aparato coercitivo
del Estado. Magda Portal es la proyección de la misma voz
de las mujeres disidentes que la preceden principalmente a fines de siglo
XIX y a principios del XX. Esa voz persistirá y resonará
en su prosa, su poesía y su discurso político, que son calificados
de beligerantes y subversivos desde el punto de vista de la perspectiva
masculina que copaba todas las relaciones políticas, sociales e
ideológicas de nuestro país. En su larga vida, se nos ofrece
un interesante panorama de la relación de la mujer intelectual con
las ideologías y el poder.
Desde sus inicios
tiene claro que el proceso de liberación de la mujer y la
adquisición de sus derechos civiles debía sobrepasar, ayer
como entonces, la triple alianza del conservadorismo religioso con el autoritarismo,
y la de las ideologías políticas de derecha para emprender
—sin olvidar esta base real— la educación de la mujer, su entrenamiento
y aprendizaje. La personalidad de Magda además de caracterizarse
por indomable, se distingue por ser un nítido ejemplo de ejercicio
de la praxis: para actuar políticamente, co-funda en 1924
el partido político más organizado de la política
peruana. Esa característica práctica del género, está
sólo recientemente siendo tratada por el post-feminismo y otras
corrientes. No vamos a analizar aquí los vaivenes ideológicos
de dicha relación en el caso de Magda. Cree en la educación
como clave de liberación y, cuando adquiere representación
dentro de su partido, abre oportunidades a la mujer en la Universidad Popular
González Prada. Se adelanta varias décadas a la propuesta
de Paulo Freire. Su instinto político y el hecho de ser mujer, le
señalan la acción como su método de lucha.
La plataforma de un partido político le ofrece evidentemente una
estructura organizacional desde la cual confía coordinar
los instrumentos para lograr la representación de la mujer en el
aparato político. Su visión (el voto de la mujer) se
adelantó a la dirigencia política de su propio partido
y este desenlace retrasó la participación política
de la mujer peruana por veinte años más.
Sería toda
su vida, Magda, una mujer que escribe poesía y prosa cargadas de
la furia de la denuncia como es usual en los disidentes con su tiempo.
Su vida cubrió ocho décadas que las vivió intensamente
habiendo conocido en carne propia no sólo las restricciones del
paternalismo, la vindicta social por haberse salido de las pautas
tradicionales en su vida personal. De parte del Estado recibió
la persecución el destierro, la prisión a causa de su militancia
política; es decir, el embate de las prácticas represivas,
la censura, la tortura; el brutal paradigma estructural de coerción
dirigido hacia la supresión de la disidencia y de la insurgencia
crítica. Conoce lo que Gramsci describe como la violencia
de «... no poder escribir [es lo que] me llena de furia.
Me siento dos veces prisionero. Yo soy el que acaba preso! Yo sé
lo que es la cárcel...llevo las marcas en mi piel.» Esta experiencia
de prisionera es decisiva en el desarrollo de su persona política,
porque sin duda vive lo que Angela Davis menciona en el prefacio de su
autobiografía, cuando, estando presa, se sintió: «...como
si existiera una persona real, separada y aparte de la persona
política.»
Es la desarticulación que significa la prisión. Y por mis
conversaciones con Magda, se que ella guardaba las mismas cicatrices humanas
y de mujer ante lo inhumano del encierro que puso en juego la supervivencia
de su identidad intelectual y física. El mismo desmembramiento que
vivirá todo desterrado y excluido por interferir con los intereses
del poder político, del Estado.
Y podría
añadir que gracias a la no rehuída dinámica que capta
la audaz vida de Magda Portal, las circunstancias políticas y sociales
maduraron haciendo posible que se acendrara la potencialidad de definir
su texto, al poder enrumbar la temática de las discusiones sobre
el rol de la mujer en los movimientos de liberación y ofrecer
irrefutablemente, no sólo a sus contemporáneos, las conclusiones
y consecuencias de su crítica y testimonio sobre la realidad
de la persecución política a causa de las ideas. En otros
libros y ensayos futuros que le deben las nuevas generaciones, tal
vez se encuentre un debido análisis de la importancia de su intersección
con los cambios de las ideologías y su significado empírico
respecto a las estructuras sociales, centrando en ellas el pensamiento
y acción de Magda Portal respecto al Perú. Yo no lo intentaré
aquí.
Esta rebelde heredera
de Flora Tristán descubre temprano que, dentro del autoritarismo,
nuestra condición de mujeres dependientes era intolerable y que
las reglas morales especialmente eran aplicadas por la clase dominante
a los pobres y a las mujeres, y que rara vez el Estado busca cambios fundamentales.
Observación que se encuentra respecto a las ideologías de
turno, en los escritos de la defensora de los derechos indígenas,
Dora Mayer. Era natural que este reconocimiento hiciera ineludible
incluir en su agenda el logro de los derechos civiles y el voto para la
mujer. Una cabal identidad ciudadana que condujera a la liberación
de la autoridad opresiva del poder de turno, ese camino puede desembocar
en la democracia pero es previamente revolucionario.
La dinámica
en la que se ven envueltas Magda Portal y las otras mujeres intelectuales
y políticas de la generación de Mariátegui (v. C.B.:
«Intelectuales
peruanas de la generación de José Carlos Mariátegui»
en www.ciberayllu.org) se caracteriza
por su lenguaje militante, mensaje desafiante que convoca a su praxis,
directa.
El derecho a matar, la colección de cuentos de Magda,
encierra en el título estas características. El destino
del sector laboral, el de las minorías raciales y el de la mujer
adquieren contemporaneidad no sólo nacional, haciéndose el
compromiso histórico de cambiar y definir su condición
por medio de la lucha en sus varios niveles.
El compromiso político
partidario de Magda Portal resulta pues ineludible etapa que la provee
de la racionalización necesaria sobre la proyección de su
impulso en el nacimiento del movimiento feminista en el país. Durante
el gobierno de Velasco Alvarado (1968-1975) ingresé al país
y entonces nos tratamos algo más, y procedimos a fundar el Centro
Peruano de Escritoras (CPE) el 2 de Septiembre de 1976 y, antes de
que emigrara de mi país difícilmente, Magda me hizo
notar el hecho de que estaba huyendo sola con mis hijos y me dijo «tienen
que cambiar las cosas para las mujeres». Quedó dedicada a
ordenar sus documentos, ya algo entristecida por el precio que su independencia
y visión cobraron en su propia familia.
En la III Interamerican
Women Writers Conference, en la Universidad de Ottawa, Canadá,
leí el 20 de Mayo de 1978 mi conferencia «Perspectives on
the social, economic and political role of women in Latin America»,
en que reactualicé la figura de Magda Portal y luego, en una Mesa
Redonda entre las argentinas Alicia Jurado, Martha Lynch, la mexicana Maria
Luisa Mendoza y la que escribe, discutimos su importancia. Moderó
el profesor cubano José Arrom, de la Universidad de Yale. La curiosidad
por mayores datos sobre la peruana fue enorme. Nos escribimos mucho esa
época, movilizando contactos y asegurando invitaciones. Luego, las
escritoras mexicanas Margo Glantz y Elena Urrutia aceptaron mi propuesta
de que en la IV Conferencia Interamericana de Escritoras (México,
D.F., junio, 1981) se rindiera homenaje a Magda Portal, además de
a Carmen Conde. Y se le encarga al Prof. Daniel Reedy la conferencia. En
representación del Perú asistimos Magda Portal, Blanca Varela
y yo. Sobrevive una foto en los archivos del diario La República
de Lima. La foto en la Pág. 9 del libro de Reedy, la tomó
mi pequeña hija Isolda en esa ocasión.
No podemos olvidar
que Magda llegó a su vejez sin medios económicos; el problema
para obtenerle un pasaporte lo resolvió Violeta Correa y, finalmente,
le dieron visa para entrar a Estados Unidos, en donde estuvo conmigo y
mis pequeños hijos en Austin, Texas. Por carta había mencionado
que quería vender su Archivo a la Benson Collection. Me dolió
e indignó íntimamente saber que no sabía cómo
podría sobrevivir en su vejez. Le preparé su entrevista
con la Directora. («Un secreto pavor me turba, pero
cómo quisiera/ poder decirle a alguien esta muerte anticipada,/
decirle, mas no huirle, camino andado y desandado,/ pregunta sin respuesta,
mirada desolada».) Así es nuestra patria con sus
creadores.
Es así como
sus documentos desde 1928 hasta 1989 se encuentran en la Benson Latin
American Collection de la Universidad de Texas en Austin. Yo he sumado
los míos que cubren desde mi propia actividad en la cultura y la
política desde 1950 hasta el 2000. Esta documentación registra
la participación de la mujer en ellas. En nuestro país no
había apoyo para conservar documentos que evidenciaran una vez más
que lo logrado por la mujer escritora peruana actual, no ha sido por generación
espontánea. Acordamos —por falta de fondos— ir por tren
desde la capital de Texas hasta al Distrito Federal a su propio homenaje.
Viaje largo y agotador para alguien de su edad, pero en aquellas horas
compartimos cabina y muchas historias. Habló mucho de su experiencia
de presa en las cárceles de las dictaduras.
No es pues sino
hasta 1980 en que, habiendo enlazado como mujeres, amigas y escritoras,
dedico más atención y asumo la lenta y violenta secuencia
de la «vida vivida» de estas mujeres y su legado. Parece que
escucharon a Rilke cuando dijo que «de la vida no vivida también
se puede morir».
La expresión
de las escritoras nuevas creo que había coagulado silenciosamente
en el lenguaje de las poetas de la generación de los 80, gracias
a Maria Emilia Cornejo. (v. «La
fuerza desconocida del terror. Crisis de los 80s en la poesía
femenina del Perú.», Austin, 1982. www.ciberayllu.org,
2001). Prevalecía el mismo estado de cosas que hizo exclamar a Micaela
Bastidas: «esto ya no se puede aguantar más...» La autoridad,
el poder político y excluyente retiene derechos, primero a la riqueza,
y con pocas responsabilidades; para los pobres y las minorías
siempre sus obligaciones y pobreza. Como dijo Dora Mayer: «para los
pobres el paraíso en el más allá». Sin duda,
Magda comprendió como nadie, la radicalización de anónimas
mujeres que se sumaron a la violencia y que, naturalmente, ya no existen.
La sociedad actual
sigue plena de antagonismos, esta vez sembrados por una de las más
corruptas dictaduras que hemos tenido. Para vergüenza nuestra, de
parte de un extranjero. Las instituciones formales del Estado, del sistema
social y del corpus político están trabadas y aparentemente
impedidas de asimilar la renovación de fuerzas independientes. El
fantasma de la violencia tiene que ser exorcizado constantemente. (Sobre
esta instancia escribo «Poder y Liderazgo», 2001, reproducido
entre otras publicaciones en Signo XXI, Montevideo.)
Sin embargo, existen
otros elementos de continuidad no negativos y que no se deben descartar
de plano como conflicto cultural entre el ayer y el hoy. Quedo intrigada
por la temprana posición antirregionalista de Magda; en una primera
acepción pienso que es por su posición antiimperialista y
bolivariana; nos queda pendiente a las mujeres peruanas una discusión
sobre integración, regionalismo, e identificar qué aristas
del poder político del Estado retardan esta ineludible transición.
Y qué ruta puede abrir el pensamiento independiente de la mujer.
Es dentro de este mensaje de continuidad que la vida de Magda nos habla
a través de curiosos vericuetos ideológicos: nos hace analizar
por qué y cómo llega de pronto al poder Beatriz Merino, una
mujer tecnócrata, nada radical políticamente, a tratar de
«mantener el equilibrio», otra especial característica
de la mujer que la sociedad del siglo XXI toma en cuenta para su participación
en el desarrollo.
La historiadora
peruana Maritza Villavicencio trata, ya en 1985 en un artículo sobre
las intelectuales peruanas del último tercio del siglo XIX, el papel
concertador: detecta «un profundo sentido filosófico del equilibrio»
y pasa a citar algunas de mis ideas expuestas en el ensayo «El Cuerpo
y La Escritura», ponencia leída en México (1981), y
«La Democracia del Siglo XXI» (entrevista en La República,
Lima, 1985), ideas concebidas a partir de la teoría científica
sobre el orden de las fluctuaciones. Ella se pregunta «si ese sentido
del equilibrio [...] como base para la gestación de una utopía,
es una característica típicamente femenina». Seguí
mi trabajo en 2001: «¿Nueva Utopía? Una imagen más
humana del Universo» (La Insignia, Madrid. 2001).
Por los caminos
de la historia y del tiempo la imagen de la mujer peruana se desdibuja,
dentro de una sociedad de patriarcado ya algo superada y a veces obstaculizada
por individualismos o egoísmos absurdos de parte de algunas de las
escritoras «de éxito» que se asimilan a los requerimientos
y seducción del cultural market y abandonan el
análisis de nuestra relación con los poderes. Esa decisión
no ha de soportar el insobornable examen de la historia: son ahora las
nuevas generaciones las que recuperan la posta para seguir proponiendo
a la «Mujer Nueva», con objetividad y disciplina. Continuar
el trabajo de mujeres como Magda Portal, María Rostworowski, o Maritza
Villavicencio. Hay para ello que abandonar la morbosa autocomplacencia
narcisista y abrir espacios, entrar a nuestra propia historia. No debemos
atemorizarnos, más bien continuar el análisis de las estructuras
del poder político que hasta aquí ni creamos ni poseemos.
Magda Portal se entregó a la tarea de provocar una apertura, de
alterar las relaciones fundamentales entre la mujer y el poder político
y es, por eso, una revolucionaria. Beatriz Merino es el primer caso
de una mujer peruana con verdadero poder político; revolucionaria
no es, pero preserva por ahora el orden y estabilidad de nuestro
país, aplicando un rasgo nuestro común y dando un llamado
de atención a las demás mujeres, destacando que no
sólo las profesiones de letras deben estar dentro de nuestra agenda.
Y que no toda cercanía al poder demanda la abdicación de
nuestra dignidad. Ella está creando, sin mucha teoría pero
sí en la práctica, nuevas condiciones de participación
futura, en medio del fragor inclemente de un país cercano a la anarquía
Cecilia
Bustamante©2003
Premio Nacional de Poesía
del Perú
EXTRAMARES@aol.com
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