Gennaro Carotenuto - rodelu.net |
6 de mayo de 2007
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El siglo de la precariedad
En
principio fue la fábrica. Antes de la fábrica ni siquiera existía el
trabajo. O si existía, los que trabajaban eran mil peones tomados
singularmente. Sin fábrica no había masas. La fábrica creó la clase,
los sindicatos, los partidos, la conciencia de sí.
Gennaro Carotenuto
Cuando
Karl Marx y Mijail Bakunin terminaron de pelearse empezó el
divertimento. Los trabajadores unidos en sindicatos y partidos lograban
más que atomizados. En el siglo XX llegó Henry Ford. Existían las masas
y Henry Ford entendió que se podía torcerle el brazo a la conciencia de
clase para que los obreros soñaran consumir los mismos productos que
producían. Sin embargo eran los capitalistas los que mientras tanto se
atomizaban. El economista inglés John Maynard Keynes teorizó la alianza
entre capital y trabajo bajo la conducción del Estado. Esto,
especialmente en la Europa rica, fue suficiente para alejar el canto de
sirenas del socialismo real con derechos, seguridad social y laboral. Terminada
la Guerra Fría, ya ningún pacto resultaba necesario entre capital y
trabajo. Al menos no le resultaba necesario al capital. Después de la
Guerra Fría podía empezar otra guerra: al trabajo. Llegaban Ronald
Reagan, Margaret Thatcher, y sus epígonos criollos. Triunfaron en
épicas batallas contra mineros y trabajadores estatales bajo una sola
lógica: había que derrotar el poder de los trabajadores organizados. Lo
lograron y la alianza que había producido el Estado de bienestar y
derrotado al socialismo no dio para más. La fábrica fordista seguía
siendo productiva en términos económicos, y sin embargo tenía un
defecto: ahí los trabajadores, a veces decenas de miles, se unían y
seguían mirándose como clase. Utilizando la teología del libre mercado,
una extraña religión que prende velas a una mano invisible que todo lo
arregla, y ayudándose con las diferencias entre norte y sur, oeste y
este, el capital fracturó sistemáticamente a la clase obrera. Las
grandes fábricas empezaron por tercerizar y terminaron deslocalizando. Nacieron
así las maquiladoras. Cada uno tenía la suya. Estados Unidos tenía a
México y con el alca quería tener toda Latinoamérica. Japón tenía media
Asia y Europa tenía su este (millones de trabajadores calificados,
sobrevivientes del fracaso del socialismo real). Cuando el comité
central del Partido Comunista de China decretó que “enriquecerse es
glorioso” barrió con todo. Podía pasar sólo en China donde muchos son
los budistas que creen en la reencarnación. Por ahora cientos de
millones trabajan en condiciones que aparentan la Manchester de la
primera revolución industrial descrita por Carlos Marx. Del norte
al sur del mundo jóvenes de clase media dejaron de consumir, fundar
familias, comprar autos o casas y parir hijos. ¿Con qué comprar si no
tengo nada seguro? Jóvenes proletarios se hundieron en los sectores
informales. El sueño de Henry Ford -que fueran sus mismos trabajadores
los que compraran sus autos- fracasó y la precariedad se expandió. Lo
único que interesa del trabajo es su costo: bajo. Los historiadores
definimos el siglo xx de muchas maneras, por las masas, por el
Holocausto judío, o por las guerras mundiales. Pero si tuvo alguna
razón Francis Fukuyama cuando proclamó el fin de la historia, el siglo
XXI podría ser el siglo de la precariedad, y el malherido siglo xx
pasaría a ser el añorado siglo de la (casi) inclusión social.
Publicado en Brecha el 27 de abril de 2007
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
http://www.gennarocarotenuto.it
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