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13 de julio de 2007
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Un dictador al que nadie llama dictador
Pakistán y la Mezquita Roja
Con un saldo de al menos 60 muertos culminó la resistencia de
los islamistas radicales en Lal Masjid, la Mezquita Roja de
Islamabad, capital de Pakistán. La dictadura filoestadounidense de
Pervez Musharraf tambalea y elige, aconsejada por Washington, el
baño de sangre.
Gennaro Carotenuto desde Roma
Entre
los muertos está el jefe de los rebeldes, Abdul Rashid Ghazi.
Historias contradictorias describen su fin. Para los filotalibán se
habría inmolado en el martirio. Para el gobierno se habría escudado
en mujeres y niños intentando huir. Las dos historias ya
corresponden a un uso público de su muerte, con que se busca
transformarlo en héroe o en cobarde. Lal Masjid, la Mezquita
Roja, era el centro principal de la parte más radical del islamismo
paquistaní, la minoría que propugnaba la instauración de un régimen
de tipo talib en el segundo país musulmán más poblado del mundo,
después de Indonesia, y el único que tiene armas atómicas. Los
estudiantes coránicos –que pretenden imponer la ley islámica en todo
Pakistán– ya habían protagonizado una larga secuencia de hechos
violentos, ya que se autoadjudican el derecho de atacar aquellos
comportamientos que consideran impuros. El pasado 6 de abril, por
ejemplo, Ghazi anunció la creación de un tribunal islámico para
garantizar la represión del vicio. Desde entonces los asaltos a
tiendas de libros, discos, barberías o prostíbulos se cuentan por
decenas. En varios lugares de la ciudad realizaron quemas públicas
de libros y discos compactos. Ghazi, que contaba con cientos de
jóvenes fanáticos –hombres pero también mujeres, ya que en la
mezquita funcionaba también una madraza (escuela coránica)
femenina–, había amenazado con el inicio de una serie de acciones
suicidas si el gobierno obstaculizaba la imposición de la ley
islámica. Por Lal Masjid también había pasado uno de los suicidas
que protagonizaron los atentados en Londres el 7 de julio 2005. En
aquel entonces, cuando la policía quiso entrar para indagar, cientos
de mujeres armadas con bastones, vestidas de negro y con velo, les
impidieron el ingreso.
PRUDENCIA
El pasado mes de mayo los
talibán aumentaron el desafío con el secuestro de algunos policías,
pidiendo a cambio la liberación de sus correligionarios presos. El
ejército rodeó la mezquita pero no se llegó al asalto, porque el
gobierno consideró que se trataba de un precio y un riesgo demasiado
altos. ¿Por qué tanta prudencia? Miembros del ejército de alto rango
y oficiales del servicio secreto paquistaní, el isi, solían
frecuentar en el pasado la Mezquita Roja. Es el mismo isi que
prácticamente creó a los talibán para pacificar Afganistán, al final
de los ochenta. Varios observadores concuerdan en que el
islamismo radical no está en condiciones de tomar el poder en
Pakistán y el ejército permanece como el actor más fuerte en la
escena política del país. Sin embargo el islamismo radical, que en
este caso tomó forma de neotalibanismo, es el factor más importante
de inestabilidad en este país, con grandes posibilidades de crecer
en el futuro, tanto en las ciudades como en lugares remotos. Desde
2004, cuando el ejército penetró por primera vez en las llamadas
zonas tribales del norte, cerca de Afganistán, la situación no ha
dejado de empeorar, especialmente en regiones como el Waziristán y
el Bajaur. Aunque no lo admita, el ejército ha perdido cientos de
hombres (¿700?) y padecido un número de deserciones difícil de
precisar.
MASAJES CHINOS
El pasado 27 de junio las
estudiantes de la madraza irrumpieron en un centro de masajes chino
–probablemente un prostíbulo–. Decenas de chicas en burka negra
hasta los tobillos forzaron la entrada de la casa, encontrándose con
decenas de muchachas de nacionalidad china con muy poca ropa: lo que
se dice un “choque de civilizaciones”. Al menos seis mujeres chinas
fueron secuestradas durante días; finalmente el embajador chino en
la capital, Luo Zhaohui, exigió que el incidente fuera el último de
una larga serie de atentados a intereses económicos de su país en
Pakistán. A las exigencias chinas, aliada tradicional de Pakistán en
su eterno conflicto con India, se sumó el malestar estadounidense.
Las decenas de miles de millones de dólares invertidos en apoyo al
dictador no han impedido que el noroeste del país se transforme en
santuario inexpugnable del llamado “terrorismo islámico”. Santuario
donde estarían refugiados el mismísimo Osama bin Laden y el mulá
Omar. En lo que va del año 2007 el gobierno de Washington ha
exigido repetidamente a Musharraf una mano más firme. Si Estados
Unidos tiene razón en evidenciar que Musharraf siempre mantuvo un
doble juego con los talibán y Al Qaeda, éste debe mantener una
postura algo independiente para no enemistarse aun más con sectores
de su régimen. También Musharraf utiliza a los islamistas para
controlar y delimitar el espacio de la oposición laica y demócrata,
cada vez más fuerte en el país. Entre marzo y mayo las
manifestaciones de apoyo al juez de la Corte Suprema Mohammad
Chaudhry, que había sido suspendido por Musharraf, dejaron un saldo
de 34 muertos, hasta que el mismo juez detuvo la crisis dando un
paso atrás, sustancialmente renunciando a tener un rol político.
CUESTIÓN DE LÍMITES
Mientras los talibán operaban en el
extremo oeste, el dictador podía hacer la vista gorda frente a la
creciente violencia islamista radical. Sin embargo, Lal Masjid está
en la capital, e incidentes como el del centro de masajes chino
traspasaron el límite. El ejército volvió a rodear la mezquita
denunciando que cientos de personas, entre las cuales se contaban
muchos niños, habían sido tomadas de rehenes por los
fundamentalistas. En el interior, los hombres estaban armados –o
tenían algunas armas, no está del todo claro– y las mujeres, siempre
con su burka negra, llevaban sus bastones. Cuando los soldados
empezaron a colocar alambre de púas alrededor de la mezquita, fueron
las mujeres quienes salieron y los enfrentaron con los bastones.
Horas después se registraban los primeros nueve muertos de la
crisis. Al tercer día el hermano de Gazhi, otro jefe
político-espiritual del complejo, fue arrestado mientras huía
vestido de mujer. Con él se rindieron cientos de personas y parecía
la víspera de una rápida victoria para Musharraf, presionado desde
dentro y desde fuera del país. No fue así, porque una parte decidió
resistir. El dictador resolvió que no podía dar una imagen de
debilidad ante sus aliados y ordenó el asalto, con el resultado
conocido de al menos 60 muertos. Aunque Musharraf demostró
decisión y voluntad de cortar sus relaciones con el islamismo
extremo, todavía es temprano para saber quién sale ganador. Más allá
de esto, la inestabilidad de un país que cuenta con la bomba atómica
como Pakistán, después de ocho años de dictadura filooccidental, es
cada vez más grave y la crisis llega a las capitales. Sin embargo,
por ahora, “el orden reina en Islamabad”.
Publicado en Brecha el 13 de Julio de 2007
Gennaro
Carotenuto
Columnista del semanario Brecha
de Uruguay
gc@gennarocarotenuto.it
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