Contra corriente
Los dueños del mundo
La promoción de la democracia, aun cuando no sea una panacea,
sería un paso útil para ayudar a que Estados Unidos se transforme en
un “responsable accionista” en el orden internacional, en lugar de
ser objeto de miedo y de disgusto en la mayor parte del mundo.
Noam Chomsky
Tratad de imaginar cómo reaccionaría
En las sociedades toscas y brutales, la línea del partido es
proclamada públicamente, y debe ser obedecida. De lo contrario, una
persona debe atenerse a las consecuencias. Lo que usted cree que es
asunto suyo tiene una importancia menor.
En las sociedades donde el Estado ha perdido la capacidad de
controlar por la fuerza, la línea del partido no es proclamada. Más
bien, es presupuesta, y un vigoroso debate es alentado dentro de los
límites impuestos por la inexpresada ortodoxia doctrinaria.
El sistema tosco conduce a una natural incredulidad. La variante
sofisticada ofrece la impresión de apertura y libertad, y sirve para
imponer la línea del partido como algo más allá de toda cuestión,
incluso más allá de todo razonamiento. Es como el aire que
respiramos.
En el cada vez más precario impasse entre Washington y Teherán,
una línea del partido confronta a la otra. Y el mundo entero es un
rehén en el conflicto, donde, después de todo, las apuestas son
nucleares. De manera que no sorprende a nadie que el anuncio de
George W. Bush de un incremento de tropas en Irak, como reacción al
pedido de la mayoría de los estadounidenses de iniciar una retirada,
fuera acompañado por ominosas filtraciones sobre combatientes que
actúan desde bases iraníes y que usan explosivos fabricados en Irán.
El propósito sería desbaratar la victoria de Washington, la cual es,
por definición, noble. Luego le siguió el debate. Los halcones dicen
que debemos adoptar violentas medidas contra este tipo de
interferencias foráneas en Irak. Las palomas replican que primero
debemos asegurarnos de que la evidencia es verificable. El debate
puede continuar sin parecer absurdo, siempre que contemos con la
tácita suposición de que somos los dueños del mundo. Así, la
interferencia está limitada a aquellos que estorban nuestros
objetivos en un país que invadimos y ocupamos.
¿Cuáles son los planes del cada vez más desesperado compadrazgo
que mantiene el poder político en Estados Unidos? Declaraciones
amenazantes, off the record, por parte de miembros del equipo del
vicepresidente Dick Cheney, han aumentado los temores de una
expansión de la guerra.
La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, que parecería estar
enfrentada a los “nuevos locos”, intenta, al parecer, buscar una vía
diplomática con Teherán. Pero la línea del partido permanece sin
cambios. En abril, Rice habló sobre lo que pensaba decir en caso de
encontrarse con su homólogo iraní, Manouchehr Mottaki, en la
conferencia internacional sobre Irak, en Sharm-el-Sheikh. “¿Qué
necesitamos hacer? Es bastante obvio”, dijo Rice. “Paren el flujo de
armas a los combatientes extranjeros, paren el flujo de combatientes
extranjeros que cruzan las fronteras”. Por supuesto, ella se refería
a los combatientes y armas iraníes. Los combatientes y armas de
Estados Unidos no son “extranjeros” en Irak. Ni en cualquier otro
lugar. La premisa tácita que subyace a su comentario, y virtualmente
a toda discusión pública sobre Irak (y más allá), es que nosotros
somos los dueños del mundo. ¿No tenemos el derecho de invadir y
destruir un país extranjero? Por supuesto que lo tenemos. Eso es
algo dado. La pregunta es: ¿funcionará el envío de más tropas? ¿O
alguna otra táctica? Tal vez esta catástrofe nos está costando
demasiado. Y esos son los límites del debate entre los candidatos
presidenciales, el Congreso y los medios de difusión, con raras
excepciones.
Sin duda alguna, Teherán merece una fuerte condena, por su severa
represión doméstica y la inflamada retórica del Presidente Mahmoud
Ahmadinejad (que tiene poco que ver con asuntos extranjeros). Sin
embargo, es útil preguntar cómo habría actuado Washington si Irán
hubiera invadido Canadá y México, derrocado a los gobiernos de esos
países, asesinado a decenas de miles de personas, desplegado fuerzas
navales en el Caribe y lanzado amenazas creíbles de destruir a
Estados Unidos si no terminaba inmediatamente con sus programas de
energía nuclear. ¿Habríamos observado la situación con tranquilidad?
Después que Estados Unidos invadió Irak, “si los iraníes no
hubieran intentado fabricar armas nucleares, estarían locos”, dice
el historiador militar israelí Martin van Creveld. Seguramente,
ninguna persona sana desea que Irán (o cualquier otro país)
desarrolle armamento nuclear. Una solución razonable a la crisis
permitiría a Irán desarrollar la energía nuclear según sus derechos,
de acuerdo al Tratado de No Proliferación, pero no armas nucleares.
¿Es ese desenlace posible? Según encuestas recientes del Program
on International Policy Attitudes, de la Universidad de Maryland,
para un 75% de los norteamericanos es mejor construir relaciones con
Irán en vez de utilizar amenazas de fuerza. Esto sugiere un posible
modo de impedir que la crisis explote, tal vez incluso de una
tercera guerra mundial, como pronosticó el historiador militar
británico Correll Barnett. Esa tremenda amenaza podría ser impedida
persiguiendo una propuesta familiar: la promoción de la democracia.
Aunque no podemos llevar a cabo este proyecto directamente en
Irán, podemos actuar para mejorar las perspectivas de valientes
reformistas y opositores que intentan conseguir exactamente eso,
como Saeed Hajjarian, la Premio Nobel Shirin Ebadi, Akbar Ganji y
otros.
Esto implicaría retirar las amenazas, que caen como maná del
cielo para los sectores iraníes de línea dura y son amargamente
condenadas por aquellos iraníes que intentan promover la democracia.
Podemos actuar para abrir algún espacio entre aquellos que buscan
derrocar desde adentro la reaccionaria y represiva teocracia, en
lugar de socavar sus esfuerzos por medio de las amenazas y del
militarismo.
La promoción de la democracia, aun cuando no sea una panacea,
sería un paso útil para ayudar a que Estados Unidos se transforme en
un “responsable accionista” en el orden internacional (para adoptar
el término usado por los adversarios), en lugar de ser objeto de
miedo y de disgusto en la mayor parte del mundo. Aparte de ser un
valor en sí mismo, una democracia en funcionamiento en este país
significa una promesa. Sería el simple reconocimiento de que no
somos los dueños del mundo, sino que lo compartimos.
The New York Times Syndicate