Noam Chomsky Noam Chomsky - rodelu.net
26 de junio de 2007

La Nación Domingo de Chile - 24 de junio de 2007

Contra corriente

Los dueños del mundo

La promoción de la democracia, aun cuando no sea una panacea, sería un paso útil para ayudar a que Estados Unidos se transforme en un “responsable accionista” en el orden internacional, en lugar de ser objeto de miedo y de disgusto en la mayor parte del mundo.
Noam Chomsky
Tratad de imaginar cómo reaccionaría En las sociedades toscas y brutales, la línea del partido es proclamada públicamente, y debe ser obedecida. De lo contrario, una persona debe atenerse a las consecuencias. Lo que usted cree que es asunto suyo tiene una importancia menor.

En las sociedades donde el Estado ha perdido la capacidad de controlar por la fuerza, la línea del partido no es proclamada. Más bien, es presupuesta, y un vigoroso debate es alentado dentro de los límites impuestos por la inexpresada ortodoxia doctrinaria.

El sistema tosco conduce a una natural incredulidad. La variante sofisticada ofrece la impresión de apertura y libertad, y sirve para imponer la línea del partido como algo más allá de toda cuestión, incluso más allá de todo razonamiento. Es como el aire que respiramos.

En el cada vez más precario impasse entre Washington y Teherán, una línea del partido confronta a la otra. Y el mundo entero es un rehén en el conflicto, donde, después de todo, las apuestas son nucleares. De manera que no sorprende a nadie que el anuncio de George W. Bush de un incremento de tropas en Irak, como reacción al pedido de la mayoría de los estadounidenses de iniciar una retirada, fuera acompañado por ominosas filtraciones sobre combatientes que actúan desde bases iraníes y que usan explosivos fabricados en Irán. El propósito sería desbaratar la victoria de Washington, la cual es, por definición, noble. Luego le siguió el debate. Los halcones dicen que debemos adoptar violentas medidas contra este tipo de interferencias foráneas en Irak. Las palomas replican que primero debemos asegurarnos de que la evidencia es verificable. El debate puede continuar sin parecer absurdo, siempre que contemos con la tácita suposición de que somos los dueños del mundo. Así, la interferencia está limitada a aquellos que estorban nuestros objetivos en un país que invadimos y ocupamos.

¿Cuáles son los planes del cada vez más desesperado compadrazgo que mantiene el poder político en Estados Unidos? Declaraciones amenazantes, off the record, por parte de miembros del equipo del vicepresidente Dick Cheney, han aumentado los temores de una expansión de la guerra.

La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, que parecería estar enfrentada a los “nuevos locos”, intenta, al parecer, buscar una vía diplomática con Teherán. Pero la línea del partido permanece sin cambios. En abril, Rice habló sobre lo que pensaba decir en caso de encontrarse con su homólogo iraní, Manouchehr Mottaki, en la conferencia internacional sobre Irak, en Sharm-el-Sheikh. “¿Qué necesitamos hacer? Es bastante obvio”, dijo Rice. “Paren el flujo de armas a los combatientes extranjeros, paren el flujo de combatientes extranjeros que cruzan las fronteras”. Por supuesto, ella se refería a los combatientes y armas iraníes. Los combatientes y armas de Estados Unidos no son “extranjeros” en Irak. Ni en cualquier otro lugar. La premisa tácita que subyace a su comentario, y virtualmente a toda discusión pública sobre Irak (y más allá), es que nosotros somos los dueños del mundo. ¿No tenemos el derecho de invadir y destruir un país extranjero? Por supuesto que lo tenemos. Eso es algo dado. La pregunta es: ¿funcionará el envío de más tropas? ¿O alguna otra táctica? Tal vez esta catástrofe nos está costando demasiado. Y esos son los límites del debate entre los candidatos presidenciales, el Congreso y los medios de difusión, con raras excepciones.

Sin duda alguna, Teherán merece una fuerte condena, por su severa represión doméstica y la inflamada retórica del Presidente Mahmoud Ahmadinejad (que tiene poco que ver con asuntos extranjeros). Sin embargo, es útil preguntar cómo habría actuado Washington si Irán hubiera invadido Canadá y México, derrocado a los gobiernos de esos países, asesinado a decenas de miles de personas, desplegado fuerzas navales en el Caribe y lanzado amenazas creíbles de destruir a Estados Unidos si no terminaba inmediatamente con sus programas de energía nuclear. ¿Habríamos observado la situación con tranquilidad?

Después que Estados Unidos invadió Irak, “si los iraníes no hubieran intentado fabricar armas nucleares, estarían locos”, dice el historiador militar israelí Martin van Creveld. Seguramente, ninguna persona sana desea que Irán (o cualquier otro país) desarrolle armamento nuclear. Una solución razonable a la crisis permitiría a Irán desarrollar la energía nuclear según sus derechos, de acuerdo al Tratado de No Proliferación, pero no armas nucleares.

¿Es ese desenlace posible? Según encuestas recientes del Program on International Policy Attitudes, de la Universidad de Maryland, para un 75% de los norteamericanos es mejor construir relaciones con Irán en vez de utilizar amenazas de fuerza. Esto sugiere un posible modo de impedir que la crisis explote, tal vez incluso de una tercera guerra mundial, como pronosticó el historiador militar británico Correll Barnett. Esa tremenda amenaza podría ser impedida persiguiendo una propuesta familiar: la promoción de la democracia.

Aunque no podemos llevar a cabo este proyecto directamente en Irán, podemos actuar para mejorar las perspectivas de valientes reformistas y opositores que intentan conseguir exactamente eso, como Saeed Hajjarian, la Premio Nobel Shirin Ebadi, Akbar Ganji y otros.

Esto implicaría retirar las amenazas, que caen como maná del cielo para los sectores iraníes de línea dura y son amargamente condenadas por aquellos iraníes que intentan promover la democracia. Podemos actuar para abrir algún espacio entre aquellos que buscan derrocar desde adentro la reaccionaria y represiva teocracia, en lugar de socavar sus esfuerzos por medio de las amenazas y del militarismo.

La promoción de la democracia, aun cuando no sea una panacea, sería un paso útil para ayudar a que Estados Unidos se transforme en un “responsable accionista” en el orden internacional (para adoptar el término usado por los adversarios), en lugar de ser objeto de miedo y de disgusto en la mayor parte del mundo. Aparte de ser un valor en sí mismo, una democracia en funcionamiento en este país significa una promesa. Sería el simple reconocimiento de que no somos los dueños del mundo, sino que lo compartimos.


The New York Times Syndicate

 
PORTADA CHOMSKY