Noam Chomsky - rodelu.net |
3 de marzo de 2008
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La
Nación Domingo de Chile - 2 de marzo de 2008
Contra corriente
La guerra de la que no se habla
No hace mucho tiempo se daba por descontado que la guerra de Irak
sería el tema central en la campaña presidencial, como lo fue en las
elecciones de mitad de período de 2006. Pero prácticamente ha
desaparecido, lo que ha generado cierta perplejidad. No debiera
haberla. "The Wall Street Journal" estuvo cerca de acertar en un
artículo de primera plana sobre el supermartes, aquel día de
múltiples primarias: "Los temas pasan a segundo plano en la campaña
2008 a medida que los electores se enfocan en la personalidad".
Noam Chomsky
Para
ponerlo en forma más precisa, los temas dejan de figurar en primer
plano, mientras los candidatos y sus agencias de relaciones públicas
se centran en la personalidad. Como de costumbre, los temas pueden
ser peligrosos. La teoría demócrata progresista sostiene que la
población ("marginales ignorantes y entrometidos") debiera ser
"espectadora" y no "partícipe" de la acción, como escribió Walter
Lippmann. Los partícipes están conscientes de que ambos partidos
políticos están bien a la derecha de la población y que la opinión
pública es consistente a través del tiempo, asunto analizado en el
útil estudio "La desconexión de la política exterior", de Benjamin
Page y Marshall Bouton. Es importante entonces que la atención sea
desviada hacia otra parte.
El trabajo concreto del mundo es dominio de un liderazgo
iluminado. Y ello se revela más en la práctica que en las palabras.
El Presidente Wilson, por ejemplo, sostuvo que se debía empoderar a
una elite de caballeros de "altos ideales" para preservar la
"estabilidad y la corrección", esencialmente en la perspectiva de
los Padres Fundadores (de Estados Unidos). En años más recientes,
esos caballeros se han transmutado en la "elite tecnocrática",
"intelectuales de acción", los neocons "straussianos" de Bush II y
otras configuraciones. Para esta vanguardia, las razones para que
Irak sea sacado de la pantalla de radar no debieran ser oscuras.
Fueron convincentemente explicadas por el distinguido historiador
Arthur M. Schlensinger, articulando la posición de los "palomas"
hace 40 años, cuando la invasión de Estados Unidos a Vietnam estaba
en su cuarto año y Washington se preparaba para sumar otros 100 mil
efectivos militares a los 175 mil que ya estaban haciendo añicos
Vietnam del Sur. Por entonces, la invasión suponía arduos costos,
por lo que Schlesinger y otros liberales de la línea Kennedy eran
reacios a pasar de halcones a palomas. En 1966, Schlesinger escribió
que "todos oramos" porque los halcones tengan la razón al pensar que
el incremento militar del momento podrá "eliminar la resistencia" y,
si lo hace, "todos podríamos estar saludando la sabiduría y la
capacidad estadista del Gobierno" al obtener la victoria, dejando al
mismo tiempo al "trágico país hecho polvo y devastado por los
bombardeos, arrasado por el napalm, convertido en una tierra baldía
por la defoliación química, una tierra en ruinas", con su "tejido
político e institucional" pulverizado. Pero la escalada
probablemente no tendrá éxito y resultará demasiado costosa para
nosotros, por lo que tal vez habría que repensar la estrategia. A
medida que los costos para comenzaron a elevarse severamente, pronto
ocurrió que todos habían sido "fuertes opositores a la guerra".
El razonamiento de la elite y las actitudes que lo acompañan
conllevan hoy pocos cambios. Y a pesar de que las críticas a la
guerra de Irak son mucho mayores y extendidas que en el caso de
Vietnam en cualquier etapa comparable, los principios que articuló
Schlesinger siguen vigentes. Y él mismo ha tomado una posición muy
diferente ante la invasión de Irak. Cuando las bombas comenzaron a
caer sobre Bagdad escribió que las políticas de Bush son
"alarmantemente similares a la política que aplicó el Japón imperial
en Pearl Harbor, en un fecha que, como dijo un anterior Presidente
estadounidense, perdurará en la infamia. Franklin D. Roosevelt tenía
razón, pero hoy somos nosotros los que vivimos en la infamia". Que
Irak es "una tierra en ruinas" no está en cuestión. Recientemente la
agencia británica Oxford Research Business actualizó su estimación
de muertes adicionales causadas por la guerra en 1,03 millones,
excluyendo a Karbala y Anbar, dos de las peores regiones. Sea
correcta esa estimación, o exagerada, según algunos, no hay duda de
que el balance es horrendo. Varios millones de personas se
encuentran internamente desplazadas. Gracias a la generosidad de
Jordania y Siria, los millones de refugiados que huyen del colapso
de Irak, incluyendo a la mayoría profesional, no han sido
simplemente exterminados. Pero esa acogida se debilita porque
Jordania y Siria no reciben ningún apoyo significativo por parte de
los autores de los crímenes en Washington y Londres; la idea de que
ellos puedan admitir esas víctimas, más allá de casos puntuales, es
demasiado estrafalaria para ser considerada. La guerra sectaria ha
devastado a Irak. Bagdad y otras áreas han sido sometidas a una
limpieza étnica brutal y dejadas en manos de señores de la guerra y
milicias, la primera carta de la actual estrategia de
contrainsurgencia desarrollada por el general Petraeus. Uno de los
más informados periodistas que se han adentrado en la chocante
tragedia, Nir Rosen, publicó recientemente un epitafio, "La muerte
de Irak", en "Current History". Escribe Rosen: "Irak ha sido
asesinado, para nunca más levantarse. La ocupación estadounidense ha
sido más desastrosa que la de los mongoles, que saquearon Bagdad en
el siglo XIII", percepción común de los iraquíes. "Sólo los tontos
hablan ahora de ‘soluciones’. No hay solución. La única esperanza es
que tal vez el daño pueda limitarse".
Independiente a la catástrofe, Irak sigue
siendo un tema marginal en la campaña presidencial. Eso es natural,
dado el espectro halcón-paloma de la opinión elitista. Las palomas
liberales adhieren a su razonamiento y actitudes tradicionales,
rezando por que los halcones tengan la razón, EEUU obtenga una
victoria e imponga "estabilidad", palabra código para la
subordinación a la voluntad de Washington. Los halcones son
alentados y las palomas silenciadas con entusiastas informes sobre
menores bajas tras el incremento de tropas. En diciembre, el
Pentágono difundió "buenas noticias" sobre Irak: un estudio mostraba
que los iraquíes tienen "opiniones mezcladas", por lo que la
reconciliación debería ser posible. Las opiniones eran dos. Primero,
que la invasión de EEUU es la causa de la violencia sectaria que ha
hecho trizas a Irak. Segundo, que los invasores debieran retirarse.
Unas pocas semanas después del informe del Pentágono, el experto
militar en Irak de "The New York Times", Michael R. Gordon, escribió
un análisis razonado sobre las opciones respecto a Irak que
enfrentan los candidatos presidenciales. Hay una voz que falta en el
debate: la de los iraquíes. Más bien, no es digna de mencionar. Y
parece que a nadie le importa. Eso tiene sentido en la habitual
presunción tácita de casi todos los discursos sobre política
internacional: somos dueños del mundo, ¿qué importa entonces lo que
otros piensen? Son "no-personas", por tomar prestado el término
usado por el historiador británico Mark Curtis en su trabajo sobre
los crímenes imperiales de Gran Bretaña. Por rutina, los
estadounidenses se unen a los iraquíes en ser no-personas. Tampoco
sus preferencias brindan opciones.
The New York Times Syndicate
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